Sanguinaria (El Corazón 1) 21. Tengo un plan #2
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21. Tengo un plan #2

—Mi pobre mujer —comentó imprimiendo una falsa empatía en su tono. Las palabras eran un ritual, parte del proceso que había recreado cientos de veces a lo largo de su matrimonio—. Mira lo que me haces hacer.

Un sonido emergió de la máscara. No era un sollozo ni tampoco una palabra. El diseño lo amortiguaba todo y reducía la comunicación a los elementos más básicos. Más eficiencia.

Maximus continuó dando vueltas, percatándose de la sangre seca bajo las uñas de su mujer, en las puntas de los dedos, por haber intentado quitarse la máscara para escapar.

Qué lucha más inútil. Ella sabía cómo acababa aquello.

Siempre lo sabía y, aun así, insistía en estas pequeñas rebeliones que necesitaban corrección.

—Treinta y cinco años —musitó Maximus, deteniéndose delante de ella—. Treinta y cinco años de matrimonio y todavía no has aprendido cuál es tu sitio. ¿Sabes lo que eso dice de mí? ¿Del presidente de New Found Haven, patriarca de la familia, que no es capaz de controlar a su mujer?

La cadena tintineó cuando Elara volvió a tambalearse; el cansancio hacía que sus movimientos fueran cada vez más erráticos. Maximus estiró una mano y la sujetó con una mano en el hombro dislocado. Su mujer emitió un sonido que habría sido un grito si no lo hubiese contenido.

—Ojalá dejaras de obligarme a castigarte —continuó, manteniendo ese mismo tono despreocupado. Aplicó una presión leve en la articulación maltrecha—. Resulta tedioso, sinceramente. Tengo asuntos más importantes que atender que enseñarte repetidamente las mismas lecciones.

Las mujeres eran criaturas sentimentales, se lo había enseñado su padre.

Carecían de la capacidad para un pensamiento realmente lógico, para entender las complejidades del gobierno y el orden.

Requerían mano firme, límites claros y consecuencias cuando los transgredían.

Sin esas cosas, se volvían caóticas, destructivas, como Lira anoche, que habló cuando no le correspondía y cuestionó su autoridad.

Como Elara, enseñándole a su hija que tenía permiso para ser atrevida, dándole ejemplo de hablar cuando no tocaba.

La debilidad se propagaba a través de la sangre femenina como una enfermedad.

Lo había visto en su madre, esa suave corrupción que al final había exigido su eliminación.

Lo vio en Elara, a pesar de años de esmerado entrenamiento.

Y ahora lo veía en Lira, que de algún modo había absorbido esas ideas envenenadas sobre la igualdad, sobre que las mujeres merecían tener voz en asuntos que trascendían su comprensión.

Se suponía que Elara iba a ser de las buenas. El padre de Maximus examinó su linaje antes de acceder a los votos. Todas eran obedientes, sumisas. Todas eran mujeres que sabían perfectamente que el lugar que les correspondía era arrodilladas a los pies de los hombres.

Su mujer resultó ser la manzana podrida.

—¿Te acuerdas ahora de tu lugar? —preguntó soltándole el hombro para seguir patrullando lentamente alrededor de su cuerpo tembloroso—. ¿O quieres que sigamos con la lección?

La respuesta fue inmediata: un asentimiento frenético que hizo que la cadena se moviera sin parar. Las piernas le cedieron un poco, las rodillas se le doblaron antes de que consiguiera enderezarse de nuevo. La cadena la ahorcaría si caía demasiado.

—Palabras, Elara. Emplea palabras.

Los sonidos que siguieron apenas podían considerarse humanos, distorsionados por el diseño interior de la máscara. Pero el presidente había tenido décadas para aprender este idioma de sufrimiento particular.

—Sí —estaba diciendo su mujer—. Sí, sí, por favor.

—¿Sí qué? —Se detuvo a su espalda, lo bastante cerca para que notara su presencia pero no pudiera verlo ni aunque la máscara se lo permitiera—. Especifica.

Más sonidos, esta vez desesperados. Todo su cuerpo se estremecía del esfuerzo de permanecer erguida, de lanzar palabras más allá de los confines de la máscara.

—Conozco… lugar… Conozco mi lugar…

—¿Y volverás a hablar en mi mesa?

Una violenta sacudida de la cabeza, seguido de algo que sonaba a:

—No, nunca, nunca más.

Maximus se planteó alargar la lección. Había cierto valor en el esmero, en asegurarse de que el mensaje se había asimilado de verdad.

Sin embargo, tenía otros asuntos que atender.

Greyson, la rebelión creciente en los anillos, la ceremonia de los votos, los informes de la base militar.

Todo requería su atención. Por eficiencia, debía concluir esta sesión.

Sacó una llave de un bolsillo interior tomándose su tiempo.

Dejó que ella lo oyera, lo reconociera, sintiera esa mezcla entre la esperanza y el miedo que precedía a la liberación.

La cerradura se encontraba en la parte posterior de la máscara, y Elara se quedó rígida y con los músculos en tensión cuando Maximus introdujo la llave.

El mecanismo se abrió con un leve chasquido.

La máscara se separó como las fauces de una bestia salvaje y Maximus la apartó de su cabeza al tiempo que se ponía delante para verle la cara a su mujer.

Elara lo miró un instante, solo uno, y ahí lo vio.

El odio. Un desdén concentrado que ningún entrenamiento o castigo parecía extinguir del todo.

Era un brillo que murió en cuanto el instinto de supervivencia se activó.

Fue sustituido por la expresión neutral que había perfeccionado a lo largo de los años.

Entonces le fallaron las piernas.

Se derrumbó en el suelo de cemento como un montoncito de tela desgarrada y carne maltratada. Su cuerpo se dobló sobre sí mismo como una marioneta sin eje. Su hombro dislocado paró el golpe, arrancándole un grito que ya no tuvo fuerzas para contener.

Maximus dio un paso atrás para esquivar el contacto con sus extremidades extendidas.

Elara se quedó ahí jadeando, con el pecho subiendo y bajando mientras aspiraba aire desesperadamente.

Sus manos arañaron con torpeza el suelo en un intento de encontrar apoyo, de levantarse tal como exigía el entrenamiento.

Pero su cuerpo había llegado al límite. No pudo hacer otra cosa que quedarse ahí tumbada, estremeciéndose con cada respiración.

El presidente la observó retorcerse durante un rato, examinando con indiferencia los daños.

Nada permanente. Nada que no pudiera curarse, nada que no pudiera ocultar bajo la ropa.

Había sido preciso, como siempre. Otro motivo por el que usaba la máscara.

En realidad, solo se la ponía para protegerla, para que su cara quedara a salvo de las lecciones.

Los moratones desaparecerían, los cortes se cerrarían, el hombro se recolocaría.

Cuando llegase el momento de los votos, volvería a estar presentable.

La esposa perfecta, la madre perfecta para el Corazón.

—Miranda —llamó Maximus, y su voz hizo eco por el pasillo.

La criada apareció unos segundos después. Había estado esperando, pues conocía la rutina. Era una mujer mayor, nacida en el Cardinal pero ascendida a su servicio después de años de perfecta obediencia.

—Lávala —le ordenó el presidente, mientras se giraba hacia la puerta—. Recolócale antes el hombro. Tendrá que recuperar la movilidad para sus apariciones en público y para terminar sus planes para los votos. La quiero presentable en veinticuatro horas.

—Sí, presidente —murmuró Miranda, que ya se acercaba a ella.

Maximus se detuvo en el umbral y echó la vista atrás, hacia el cuerpo roto de su mujer.