Sanguinaria (El Corazón 1) 21. Tengo un plan
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21. Tengo un plan

La mañana se fue amoratando a través del cielo: el lila oscuro se desangraba en un amarillo enfermizo cuando Lira despertó y descubrió que su dolor se había cristalizado en algo más acuciante.

Una rabia inmaculada, destilada, depuradora que se asentó en sus huesos como si fuera mercurio.

Pesada y tóxica pero absolutamente necesaria.

Le palpitaba la cara con cada latido y el tajo de la mejilla le tiraba a cada movimiento.

Lo tocó con cautela, recordando los labios de Callum sobre la herida, el compromiso en su voz cuando prometió venganza.

Pero la venganza ya no le bastaba. La venganza era reactiva, defensiva.

Lo que ella quería, lo que necesitaba , era un cambio.

Sacó las piernas por el borde de la cama y sus pies tocaron el frío mármol del suelo. Se le escapó de los pulmones un suspiro pesado. El tacto la trajo al presente, como un ancla física en un mundo que parecía cada vez más desconectado de la realidad.

Callum le había dejado una máscara de repuesto en la mesita de noche, y Lira la contempló un buen rato mientras tomaba una decisión. Allí, en esa casa, estaba a salvo. A salvo para ser dueña de su rostro, en vez de esconderlo del mundo.

Por primera vez en su vida adulta, Lira apartó la vista de la máscara.

Cruzó la habitación de invitados hacia el salón principal del apartamento de Callum y se detuvo en la puerta.

Había dos hombres de pie en la cocina, con una postura alerta, a pesar de lo temprano que era.

Guardias de seguridad que formaban parte del servicio privado de Callum.

Llevaban la cara al descubierto, un acto de rebeldía por parte de Callum.

Se negaba a vivir bajo las reglas del Corazón en su propia casa, se negaba a obligar a sus hombres a que las cumplieran.

Ambos hombres abrieron los ojos ligeramente al verla con el rostro descubierto.

A la vez, buscaron las máscaras que habían dejado en la larga mesa de la cocina, pero Lira levantó una mano.

—Por favor —dijo en un tono suave—. No tenéis que esconderos. No de mí.

Los hombres se miraron el uno al otro, después a ella y finalmente asintieron. Lira se percató de la batalla interna de ambos, que intentaban no fijarse en su cara maltratada.

—Señora —dijo el más alto de los dos, inclinando la cabeza en un gesto de respeto—. El señor Thane nos ha pedido que le informemos de que el desayuno está disponible para cuando le apetezca.

Lira asintió, llevándose una mano a la garganta de forma inconsciente.

—¿Dónde está?

—Abajo en su despacho, señora —respondió el guardia—. Está reunido, pero acabará dentro de poco.

—Gracias —dijo ella, acercándose a la bandeja del desayuno que había sobre la encimera—. Lo esperaré aquí.

Los guardias hundieron la barbilla y se retiraron a sus puestos junto a la puerta, dándole espacio sin dejar de vigilarla.

Lira se sirvió té de la tetera preparada, permitiendo que el ritual cotidiano le calmara los pensamientos.

Notó la taza de porcelana fina caliente contra las palmas de las manos, un pequeño consuelo en un mundo cada vez más falto de él.

Se llevó la taza a la ventana y se asomó para ver la ciudad del Corazón que se extendía más abajo.

Desde esa altura, parecía perfecta: chapiteles de platino reflejaban la luz matutina, las calles dibujaban un patrón preciso y geométrico, todo estaba en orden y controlado.

La ilusión de una utopía, mantenida a base de sangre.

Esa mañana, más inocentes perderían la vida.

Los drones de los medios volaban en círculos sobre el cadalso donde su hermano estaba plantado como una estatua detrás de dos hombres atados y arrodillados.

La cuerda roja alrededor de sus muñecas, el uniforme ceremonial de color rojo de los Veyra parecía más rabioso hoy, más acusatorio.

Se había pasado la vida mirando por ventanas como esta, asomada a los dominios de su padre. Manipulando los comunicados de prensa que dibujaban la brutalidad del Corazón como medidas de seguridad necesarias.

Siempre había sido la hija diligente. Siempre la mujer obediente. Siempre la voz que suavizaba los crímenes del régimen para consumo público.

No volvería a hacerlo, ya no.

Algo había cambiado en su pecho, un movimiento tectónico de emociones que se habían ido acumulando con el paso de los años. El miedo había sido su compañero constante desde que dejó atrás la infancia, pero ahora se veía sustituido por algo más ardiente, algo con dientes.

Rabia .

No eran los destellos temporales de furia que había sentido en el pasado y que podía reprimir rápidamente bajo capas de entrenamiento, de miedo o instinto de supervivencia.

Se trataba de algo más profundo, más intrínseco; un núcleo fundido de ira que parecía haber incendiado la niebla en la que había vivido durante tanto tiempo.

Lira cerró la mano alrededor de la taza, los nudillos blancos por la presión que ejercía.

Observó su propio reflejo en la ventana, superpuesto a la ciudad que se extendía abajo, mientras comenzaba la ejecución.

Los moratones, el corte, la hinchazón. Eran las pruebas visibles de lo que siempre había sido cierto pero se había mantenido cuidadosamente escondido.

Había nacido de la violencia.

Y había ayudado a mantener el sistema que lo permitía. Era cómplice, siempre lo había sido.

Sus capacidades, su inteligencia, su talento para la narrativa… Todo se había usado como un arma perteneciente al arsenal de su padre. Su posición le daba acceso a información, a canales de comunicación que siempre se usaban para manipular los actos del presidente.

Si tenía el poder para mantener el sistema, también lo tenía para socavarlo.

Lira dejó la taza en una mesa cercana; le temblaba la mano por la decisión que acababa de tomar. Llevaba toda la vida esperando a que le concedieran el poder, a merecerlo, pidiendo permiso para emplear unas influencias que ya poseía.

Se acabó el esperar.

Sacó su tablet, otra concesión de su estatus: la élite del Corazón tenía permiso para disponer de dispositivos personales de comunicación, mientras que los anillos inferiores se apañaban con terminales públicos y acceso limitado.

Sus dedos sobrevolaron la pantalla, buscando un contacto que jamás había usado pero nunca había borrado.

Contestó al tercer toque.

—Qué inesperado —respondió una voz, cauta pero curiosa.

Lira miró la puerta donde se encontraban los hombres de Cal­lum conversando entre ellos. Se acercó un poco más a la ventana y bajó la voz.

—Tengo un plan.

La pesada puerta de acero se había instalado hacía treinta años, cuando Maximus aún creía que era posible la redención a través del sufrimiento.

Ahora sabía la verdad.

El sufrimiento no era el camino para el conocimiento; simplemente era la herramienta más eficiente para mantener el orden. Sus dedos encontraron las bien conocidas ranuras de la cerradura y el mecanismo se abrió con un chasquido al identificar sus huellas dactilares.

El pasillo al otro lado se alargaba en la penumbra, iluminado únicamente por bombillas dispersas, que creaban charcos de una luz amarilla enfermiza.

Esta ala de su residencia era desconocida para la mayoría.

Hasta sus hijos creían que no era más que un almacén para viejos trastos de la familia.

Era una mentira necesaria. Algunos aspectos del gobierno eran demasiado puros, demasiado esenciales para ser diluidos por la observación externa.

Maximus llegó al extremo del pasillo y bajó las escaleras, midiendo sus pasos.

Le dolían los nudillos de los golpes de la lección de Elara.

Había engendrado herederos débiles, niños inútiles.

Cada vez que pensaba en el intento patético de rebelión de Lira y Greyson, en su propia mesa, se reactivaba una punzada de rabia en su pecho.

El chico siempre había sido débil, demasiado influenciado por la sentimentalidad femenina.

La noche anterior había quedado más que claro.

Defendiendo a esa escoria del Perímetro, retando la autoridad de su padre delante de las mujeres.

La corrupción estaba más extendida de lo que Maximus había sospechado.

Otra cerradura, otra puerta. Esta era más nueva y estaba reforzada con revestimiento de titanio.

La sala al otro lado la había diseñado su padre, aunque Maximus había hecho mejoras a lo largo de los años.

La eficiencia era una virtud para todas las cosas, sobre todo cuando se aplicaban medidas correctivas.

El olor fue lo que percibió primero: a sudor y orina y miedo y el sabor metálico de la sangre. Le resultaba familiar y reconfortante por su consistencia. Algunas cosas jamás cambiaban, sin importar lo mucho que el mundo fingiera evolucionar.

Elara estaba de pie en el centro de la sala, justo donde la había dejado doce horas antes.

La máscara de metal le cubría toda la cabeza, una obra maestra de tormento físico y psicológico.

El peso la obligaba a doblar el cuello hacia delante, y sus músculos se encontraban al límite por el esfuerzo.

La cadena enganchada al techo le permitía estar de pie, pero impedía que disfrutara del alivio de sentarse o tumbarse.

Observó el estremecimiento de sus pantorrillas y muslos.

Le temblaban las piernas del esfuerzo de mantenerse en pie.

Su vestido, ese tan elegante de color crema que había llevado a la cena, le colgaba del cuerpo, desgarrado y ensangrentado.

Tenía moratones verdes y azules en los brazos al descubierto, prueba de su traición y sus consecuencias.

Uno de los hombros se le había dislocado durante la lección de obediencia; Maximus lo notaba por el ángulo antinatural, por la forma en la que Elara sostenía el brazo ligeramente hacia delante.

El presidente trazó lentamente un círculo a su alrededor; sus pasos sonaban pesados contra el suelo de hormigón. Cada retumbo la hacía encogerse, movimientos ínfimos que mecían la cadena.

Bien. La anticipación era la mitad de la lección.