Sanguinaria (El Corazón 1) 20. Lo prometo #2
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20. Lo prometo #2

La llamada terminó, y Callum dejó la tablet a un lado para dedicarse a servir la infusión a través de un colador en una taza delicada; una reliquia de su linaje familiar que perteneció a su madre antes de morir.

Añadió una cucharada de miel, ya que sabía que a Lira le gustaba el dulce, y la llevó a la habitación de invitados.

Industrias Serel era la clave, la última pieza del puzle que necesitaba para entender qué estaba planeando Maximus.

Callum se detuvo al otro lado de la puerta, aguzando el oído.

El sonido del agua contra la porcelana le dio a entender que Lira seguía dándose un baño.

Entró en la habitación y se acercó a la puerta del baño, con cuidado de no derramar la infusión.

Estaba entreabierta, con un leve resquicio que le permitió ver un trocito de su cuerpo a través del reflejo empañado del espejo y oír el sonido roto y camuflado del intento sin éxito de Lira por no llorar.

Callum raspó la puerta con los nudillos.

—¿Li?

—Pasa —respondió ella tan bajo que apenas lo oyó.

Callum empujó la puerta y se encontró un muro de vapor y aire caliente denso. Todo quedó en un segundo plano cuando su mirada la encontró y se quedó petrificado.

Estaba sentada en la bañera como una niña intentando desaparecer, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos alrededor de las espinillas.

Todavía llevaba la máscara, esa cosa rota y ensangrentada, mientras el agua le lamía la cintura.

Se había hecho lo más pequeña posible, un ovillo defensivo que revelaba el trauma del que nunca hablaba.

Le temblaban los hombros. Unos leves estremecimientos recorrían todo su cuerpo; se veía incluso a través del vapor. Respiraba de forma entrecortada y húmeda, interrumpida por los sollozos que intentaba contener.

Al verla, se le partió algo en el pecho.

—Te traigo la infusión —dijo Callum con delicadeza, dejando la taza en la mesa que había junto a la bañera. Después se puso de rodillas a su lado—. Te ayudará a dormir.

Lira asintió, pero no hizo amago de cogerla.

—¿Quieres estar sola? ¿Quieres que me vaya? —preguntó él, aunque era lo último que quería hacer.

Ella sacudió la cabeza, rápido, casi de forma desesperada.

—No —respondió—. No te vayas, por favor.

—La he hecho como te gusta —explicó Callum señalando la infusión para intentar que la bebiera—. Tres giros en el sentido contrario a las agujas del reloj.

Lira levantó un poco la cabeza, pero no lo miró.

—Te acuerdas.

—Lo recuerdo todo sobre ti. —La confesión se le escapó, demasiado honesta, demasiado descarnada.

Aquellas palabras parecieron romper algo en el interior de Lira. El sollozo que le atravesó la garganta sonó áspero y desgarrador. Todo su cuerpo se convulsionó con él, y le siguió otro y otro, hasta que empezó a temblar tanto que el agua se derramó por los bordes de la bañera.

—No puedo —dijo Lira, sin apenas poder pronunciar las palabras—. Callie, no puedo seguir así. No puedo sobrevivir a él mucho más tiempo.

A Callum se le partió el corazón.

Todas las barreras y defensas que había levantado, todos los muros que había construido entre sus sentimientos y sus actos, todo se vino abajo al oír el dolor de Lira.

Durante tan solo un instante, sus manos se extendieron inútiles en el aire que los separaba, queriendo tocarla, preocupado por que ella no quisiera…

A la mierda.

No le importaban el decoro ni los límites ni los putos muros.

Callum se movió.

Se levantó, metió el pie en la bañera y se dejó caer en el agua totalmente vestido. Su traje caro se empapó al instante, pero le dio igual. No le importaba nada salvo la forma en la que Lira se giró hacia él rápidamente, apoyando la cara en su pecho y aferrándose a su camisa con los dedos.

Los brazos de Callum la rodearon de inmediato, atrayéndola hacia él.

Con una mano le sujetó la parte posterior de la cabeza, mientras que con la otra empezó a trazar círculos tranquilizadores en su espalda.

La ropa se le pegó al cuerpo, el agua le lamió la piel, pero apenas se percató de ello.

Todo su universo había quedado reducido a la mujer que tenía en los brazos, a su dolor, a la necesidad imperiosa de arrebatárselo.

—Nos va… —jadeó ella entre sollozos—. Nos va a matar. A todos. Es solo cuestión de tiempo.

—No. —Pronunció la palabra con un tono tajante—. No lo hará. No se lo permitiré.

Una carcajada estrangulada compitió con sus lágrimas.

—No puedes detenerlo. Nadie puede. Estamos asustados. Todo el tiempo.

La verdad de sus palabras se asentó en su interior, cortante pero innegable.

El miedo era la moneda de cambio del Corazón, los cimientos sobre los que Maximus había construido su imperio.

Miedo a la hambruna y la enfermedad en los anillos exteriores, miedo al exilio en los interiores, miedo al cadalso y al hombre que apretaba el gatillo.

Callum se echó hacia atrás lo justo para mirarla a los ojos, hinchados e inyectados en sangre. Pronunció las siguientes palabras sin pensar.

—Déjame verte —susurró—. Por favor.

La petición pendió entre ellos un instante en el que ninguno apartó la vista del otro. Poco a poco, con cuidado, Lira inclinó la cabeza hacia arriba.

Él contuvo la respiración. La confianza de aquel gesto, la intimidad de lo que vendría después estuvo a punto de desarmarlo.

Cinco años.

Hacía cinco años que no le veía la cara.

Le tembló un poco la mano cuando la alzó, mientras sus dedos buscaban los bordes de la máscara rota. Lira se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. La máscara se retiró con un sonido suave de succión, y Callum reprimió un rugido de pura rabia.

Lo que vio le provocó una avalancha furiosa por las venas, tan potente que tuvo que contenerse para que no se reflejara en su rostro.

La máscara había tapado lo peor del golpe: el moratón oscuro que se extendía por la mandíbula, el corte en el pómulo donde la máscara se había roto y clavado en su piel.

Una fina línea de sangre se había deslizado desde la comisura de su boca y su ojo izquierdo estaba empezando a hincharse.

La delicada piel que había debajo de él se iba poniendo cada vez más morada.

—Ay, amor mío —exclamó Callum, y su respiración se fue haciendo más superficial mientras contemplaba la violencia que mostraba su rostro.

Los ojos de Lira, esos ojos preciosos e inteligentes de los que llevaba enamorado desde que podía recordar, bajaron la mirada.

Por cómo intentaba apartarse, era evidente que sentía vergüenza.

Callum no iba a permitirlo. Levantó la mano y le sostuvo la mejilla sana, girándole el rostro hacia el suyo.

—No lo hagas. —Era una orden—. No te atrevas a sentir vergüenza. Esto no es culpa tuya. Nada de esto es culpa tuya.

Subió la otra mano lentamente, para darle tiempo a ella de apartarla.

Como no lo hizo, sus dedos rozaron las heridas, catalogándolas, apuntándolas en el libro de cuentas de las deudas que Maximus Serel tendría que pagar.

Se detuvo en el corte, sintiendo el calor de la inflamación, la forma en que ella se encogía por mucho que intentaba no hacerlo.

Se inclinó hacia delante y presionó los labios en la herida, un levísimo contacto, una bendición. No fue un beso apasionado, sino de promesa, de reverencia, de rabia transformada en algo casi sagrado.

Lira contuvo el aliento y se quedó totalmente quieta bajo sus labios.

—Le haré pagar por esto —susurró Callum contra su piel, y su voz no contenía ni rastro de amabilidad.

Este era el verdadero Callum Thane, el que vivía en las sombras del Corazón, el que coleccionaba información como arma, el que llevaba planeando la caída de Maximus Serel desde la infancia, desde el día que vio la prueba de su crueldad en el cuerpo de Greyson.

—Por todas las marcas, los moratones, los momentos de miedo que te ha ocasionado a lo largo de tu vida. Voy a destruirlo de tal forma que la historia se olvidará de que existió.

Lira se estremeció en sus brazos. Apretó su camisa empapada con el puño cerrado.

—Prométemelo.

—Lo prometo. —Se echó hacia atrás para mirarla a los ojos. Ya no se ocultaba, ya no mostraba precaución—. Por todo lo que soy, por todo lo que tengo. Jamás volverá a tocarte.

Lira era suya, siempre lo había sido de alguna forma, incluso cuando se vio obligado a dejarla marchar. Y quien le hiciera daño a lo que era suyo aprendería por qué hasta la penumbra se alejaba del hombre que poseía los secretos del Corazón.