Sanguinaria (El Corazón 1) 20. Lo prometo
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20. Lo prometo

La puerta se cerró con un chasquido detrás de Chapman y Cal­lum se giró para mirar a Lira. Seguía de pie en la entrada con la quietud de una presa que había aprendido que cualquier movimiento podría llamar la atención del depredador. Sintió rabia en el pecho, candente y cegadora.

Sus manos se movieron antes de que su mente las detuviera, buscando el rostro de Lira, ansioso por catalogar los daños.

Ella se encogió de una forma casi imperceptible, pero él lo vio, lo sintió como un cuchillo entre las costillas.

Callum se forzó a ir más despacio, con más suavidad, telegrafiando los movimientos mientras sus dedos rozaban los bordes de la máscara.

—Li. —El nombre sonó estrangulado, atrapado entre la furia y la desazón que amenazaban con abrirlo en canal si lo permitía.

La raja se extendía desde el ojo izquierdo a la comisura de la boca; los bordes metálicos afilados se habían clavado en la piel.

La sangre se había secado en surcos que resbalaban por su garganta y desaparecían bajo el cuello del vestido.

Pero fueron los moratones los que hicieron que se le nublara la vista: unas huellas moradas oscuras que envolvían su garganta y que empezaban a asentarse como un collar de violencia.

—¿Quién? —La palabra arañó su garganta, aunque ya conocía la respuesta. Ya lo sabía y estaba calculando en cuántos pedacitos podía cortar a Maximus Serel antes de que la muerte se convirtiese en piedad.

—Mi padre. —La voz de Lira emergió hueca, drenada de su elegancia y firmeza habituales—. En la cena. En la cena familiar.

Callum apretó la mandíbula tan fuerte que le dolieron los dientes.

¿Cuántas veces tendría que ver cómo Maximus destrozaba a sus hijos bajo la excusa de la obligación familiar?

¿Cuántas veces tendría que quedarse al margen, impotente, atado por el mismo sistema que había puesto las manos alrededor de la garganta de Lira?

—Grey intentó detenerlo —continuó, y algo en su tono hizo que Callum se quedara quieto—. Mi padre le disparó.

La rabia se cristalizó en algo más frío, más peligroso.

—¿Está…?

—Vivo. Una herida en el hombro. Shadera estaba con él cuando me fui. —Lira se tambaleó un poco; el cansancio era evidente en su postura rígida.

Callum se acercó y le pasó un brazo por la cintura para sujetarla. Ella se apoyó en él un instante, dejando caer su peso contra su costado, pero luego se irguió. Siempre mantenía esa distancia, ese límite cauteloso que había dibujado entre los dos.

Se alejó de sus brazos y cruzó el vestíbulo, paseándose por su casa como si le perteneciera.

Así era, pensó Callum. Le pertenecía.

—Necesitas descansar —le dijo cuando ella se detuvo para apoyarse en la pared del salón.

Lira se limitó a asentir para darle la razón y Callum la guio hasta el fondo de su apartamento.

El espacio estaba vacío aposta; no había más que líneas despejadas y colores apagados, nada que pudiese usarse en su contra.

Sin embargo, tenía la habitación de invitados amueblada, la mantenía así religiosamente, a pesar de que nadie la usaba nunca.

Como si hubiese estado esperando este momento en el que ella necesitaba refugio.

Colocó la mano en la parte baja de la espalda de Lira mientras caminaban, notando la tensión que vibraba en su columna. Todos sus instintos le pedían que la llevara a su habitación, que la mantuviera cerca donde pudiera hacer guardia, donde pudiera sostenerla en sus brazos.

—Puedes quedarte en la habitación de invitados el tiempo que necesites —dijo en cambio, abriendo la puerta para dar paso al espacio que había preparado. Gris neutral y azul claro: sus colores favoritos.

Lira se detuvo en la puerta y Callum se percató de que relajaba un poco los hombros.

—Prepararé un baño y te haré una infusión. Necesitas algo caliente —dijo Callum en voz baja mientras ella entraba en la habitación.

Lira asintió y observó la habitación mientras él se obligaba a centrarse en esas tareas. Abrió el grifo, ajustó la temperatura, le dejó unas toallas. Con cada movimiento, mantenía las manos ocupadas, evitaba tocarla a ella, atraerla hacia sí y prometerle cosas que no tenía derecho a prometer.

—Hay ropa en el armario —comentó sin mirarla—. Debería valerte.

La había comprado hacía años, diciéndose a sí mismo que era solo por cuestión de prudencia, de preparación, no de esperanza por tener un futuro con ella. La mentira ahora le sabía amarga.

—Callum. —La voz de Lira hizo que se detuviera en la puerta.

Callum se giró y la encontró junto a la ventana, su contorno silueteado por la iluminación de la ciudad que se extendía más abajo. Hasta sufriendo, hasta dolorida, era la persona más bella que había visto en su vida.

Lo más bello que había perdido.

—Gracias —susurró ella.

—No tienes por qué darme las gracias, Li. Nunca.

Compartieron un momento sin palabras, ese viejo hilo que lo atraía hacia ella. Se giró con brusquedad antes de hacer algo al respecto y huyó.

No había otra palabra para la forma en la que salió de la habitación, impulsado por el peso de todo lo que no podía decir.

El pasillo se le antojó más largo que nunca, las paredes más pegadas entre sí.

Su apartamento, su refugio, su santuario, se había convertido en el tormento de sus errores en cuanto ella puso un pie en él.

Callum se permitió perder la compostura por fin, ahora que ella no lo veía, y dejó caer los hombros al apoyarse en la pared.

La rabia que surcaba sus venas amenazaba con entrar en erupción, lanzarlo a la noche en busca de venganza contra un hombre que se creía demasiado poderoso para que nada le afectara.

Se pasó una mano por la máscara. Después se apartó de la pared y sacó del bolsillo su tablet.

Introdujo un código y la pantalla cobró vida con los protocolos de seguridad.

Tres capas de encriptación, dos servidores proxy y un codificador de voz que lo hacía sonar como estática para todo el que intentara rastrear la llamada.

La línea hizo conexión al segundo toque.

—Tenemos que vernos —dijo Callum sin preámbulos.

—¿Mañana? —La voz al otro lado sonaba cautelosa, consciente de que no estaban siguiendo el protocolo habitual.

—Esta noche. No… —Callum se interrumpió y echó la vista atrás, al dormitorio de invitados—. Mañana por la noche. La cosa ha empeorado.

—Quiero una extracción…

—Ni de coña. —Las palabras sonaron más duras de lo que pretendía, afiladas y cortantes—. Seguiremos el plan original. No hay forma de salir con seguridad. Una vez que haya terminado la ceremonia de los votos, podremos hablar de hacer más arreglos.

—El plan no contemplaba…

—El plan contemplaba variables —interrumpió Callum—. Esto es una variable. Nos adaptamos, no abandonamos.

—Thane…

—Escucha —siseó, mirando por el pasillo para asegurarse de que seguía solo—, Maximus ha redoblado la seguridad de todos los puestos de control. El Corazón está atestado de sus guardaespaldas. Si lo hacemos ahora, acabarán todos muertos.

Se hizo el silencio en la llamada, cargado de réplicas no pronunciadas.

—Ella tiene que saber que lo estamos intentando —dijo por fin.

—Ella me importa una mierda si me jode el plan.

—Callum tomó una larga bocanada de aire y apretó la mandíbula antes de añadir—: Está bien.

Me aseguraré de que vaya a la reunión de mañana.

Pero tú puedes enviar a una persona. Una.

Podrá hablar con ella. Si intenta sacarla, lo asesinaré. Nada puede interponerse en este plan.

Una pausa.

—Dos.

Callum apretó el puño de la mano que tenía libre.

—Una. Si hay más, me arriesgo a delatarla si viene conmigo.

Otra pausa.

—De acuerdo. Mañana por la noche. ¿Donde siempre?

—No. Te enviaré las coordenadas una hora antes. Y quienquiera que mandes que comprenda bien lo que nos jugamos.

—Sí.

Callum colgó y procedió de inmediato a borrar la memoria de la tablet. El dispositivo solo mostraría un historial de búsqueda normal, cuidadosamente elegido para mantener las apariencias.

Volvió a meterse la tablet en el bolsillo y se dirigió a la cocina, mientras su mente empezaba a acelerarse con los peligros, con el delicado baile de traiciones y alianzas en el que se había convertido su vida.

La tetera cayó en el hornillo con más fuerza de la necesaria; el metal chocó con un tintineo nítido que resonó en el silencio de su apartamento.

No dejaban de temblarle las manos. No de miedo (hacía mucho que había aprendido a mantener a raya esa reacción de su cuerpo), sino de una rabia tan concentrada que parecía tener gravedad propia.

Le tiraba de los músculos, los huesos, la sangre.

Maximus se estaba rompiendo, la presión empezaba a dejar huella en el dictador. Eso significaba que podían perder la oportunidad. Lo que fuera que estuviera planeando, lo que le estuviera quebrando, llegaría pronto. Tenían que atacar ellos primero.

Mientras se calentaba el agua, introdujo unas hojas de plantas en una tetera de porcelana.

Camomila y lavanda, algo para ayudarla a dormir.

La tetera empezó a silbar, el vapor emergió del pico en una columna de humo furioso.

Callum la apartó del fuego, sirvió el agua humeante sobre las hojas y observó cómo se desenroscaban y liberaban su esencia.

Mientras la infusión reposaba, volvió a sacar su tablet e introdujo unos protocolos de seguridad distintos.

Esta llamada la aceptaron de inmediato.

—¿Señor?

—Tráeme a Davish —ordenó Callum sin alzar la voz—. A primera hora de la mañana, a la sala de interrogatorios de mi residencia privada.

—Sí, señor —respondió el hombre sin dudar—. ¿Algún preparativo específico?

Los dedos de Callum se cerraron alrededor de la tablet.

—Asegúrate de que llega con todas sus credenciales de Industrias Serel. Las quiero.

—Entendido, señor.

—Y Meras —añadió Callum—. Sin rastros ni registros.

—Como siempre, señor.