19. No lo sabía #6
—No —coincidió ella, y no había absolución ni perdón en su voz—. En absoluto. Pero explica más de lo que entendía antes.
Sus ojos se posaron en el rostro de Greyson, analizándolo abiertamente. Este se preguntó qué versión de él veía en ese momento: ¿el verdugo, el heredero, el hombre roto? ¿Todas a la vez? Todas eran tan verdaderas como falsas.
—Antes —empezó Shadera, cambiando de tema— dijiste algo de que mi máscara hacía juego con tu marca. ¿A qué te referías?
La pregunta era un salvavidas, una deriva de la verdad de lo que él había hecho, así que se lo agradeció. Dejó escapar el aire poco a poco mientras pensaba la respuesta.
—Todos los verdugos tenemos una marca —explicó—. Un símbolo que nos identifica, que se asocia a nuestro… trabajo entre los rangos de los Veyra. La mía es una calavera.
—¿Un tatuaje? —preguntó Shadera, repasando lo que veía de su pecho, reparando en las cicatrices pero sin vislumbrar una marca visible.
—Sí. —Él vaciló un momento, pero tomó una decisión.
Si Shadera iba a entenderlo, entender de verdad al hombre al que se enfrentaban, debía verlo. Todo.
Lentamente, apartó la camisa de su cuerpo y la dejó caer al suelo.
Después se giró hacia ella y le enseñó la espalda.
El sonido que hizo al ahogar un grito le dio a entender que la había visto: la calavera tatuada que le cubría toda la espalda, idéntica a la de su máscara.
La tinta negra empapaba una piel que no era más que un mapa de cicatrices, quemaduras y latigazos.
Había algunas más quirúrgicas, otras serradas y despiadadas.
Prueba de los años de «disciplina» en manos de su padre.
—Esta es mi marca —dijo en voz baja, aún sin mirarla a la cara—. Mi legado de mierda.
Shadera rozó su piel con los dedos, tan superficialmente que bien podría haber sido producto de su imaginación de no ser por la calidez que acompañaba la estela de su caricia mientras trazaba una de las cicatrices que atravesaba la calavera.
—¿Y esto? —preguntó con reverencia en la voz—. ¿También forma parte de tu legado?
Greyson cerró los ojos, resistiéndose a la avalancha desprevenida de emociones que despertaron sus caricias.
—No. Forma parte de mi educación.
Sin decir nada, Shadera cogió un paquete de gasas y se dispuso a limpiar rápidamente la herida de salida, para después taparla y vendarla.
Sus dedos hicieron un último baile por su carne, trazando los bordes de su dolor, hasta que su mano se quedó quieta contra su espalda, un punto de calidez en la fría habitación.
Luego la apartó, dejándolo extrañamente despojado de algo.
—Greyson —dijo, y el sonido de su nombre en sus labios, sin título ni burla ni desdén, hizo que algo cambiara en su interior—. Mírame.
Él se giró y la miró a los ojos. Shadera lo contempló un largo rato, con las emociones bullendo en su mirada. Entonces levantó las manos, pero dudó. Solo tardó un instante en tomar la decisión que estuviera planteándose, porque posó las manos a cada lado de su cara.
Greyson contuvo la respiración.
Jamás lo habían tocado de esa forma. La máscara no lo permitía, y, cuando era niño, antes de que fuera obligatorio llevarla, no hubo manos que le rozaran las mejillas.
Los pulgares de Shadera se deslizaron por la superficie al unísono y se detuvieron a ambos lados de su nariz. Él no respiró ni parpadeó, por miedo a que ella se alejara y se llevara consigo este consuelo.
Shadera lo miró fijamente antes de abrir los labios.
—En este momento voy a dejar a un lado el odio que siento por ti. Voy a olvidar que eres mi enemigo y te voy a hablar de superviviente a superviviente.
Greyson tragó saliva y asintió, sin apartar los ojos de los suyos.
Shadera tensó las manos sobre su piel.
—Te merecías…, te mereces un padre mejor.
El amor no tiene que ser cruel y lo que te ha hecho…
no es culpa tuya. Eres mejor hombre que él, Greyson.
Ahora es el momento de ser ese hombre. —Se detuvo ahí donde el pulso retumbaba junto a sus oídos, que le pitaban como si fuera la primera vez que oía algo—.
Tu legado no tiene por qué ser la muerte.
Se quedaron así, suspendidos en el silencio. Greyson no supo cuánto tiempo tardó en apartar las manos, pero después se puso en pie delante de él y le ofreció una mano.
—Tienes que dormir —afirmó con una voz aún amable—. Has perdido sangre. Necesitas descansar.
Greyson asintió de nuevo. No se atrevía a hablar, no se fiaba de las palabras que rogaban por salir en libertad.
Se limitó a aceptar su mano y se puso en pie para asimilar el destrozo que los rodeaba. Al día siguiente tendría que contarle la verdad sobre los votos, la piedra angular del Corazón. Pero esa noche necesitaba dormir. Necesitaba distancia. Necesitaba claridad.
Shadera se marchó sin pronunciar palabra a su habitación, y Greyson observó cómo se alejaba, esos rizos rojizos que se mecían a cada paso que daba. Se percató de la ironía de toda la situación.
La mujer que habían enviado para asesinarlo era la única mujer que le había hecho sentir a salvo.