Sanguinaria (El Corazón 1) 19. No lo sabía #5
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19. No lo sabía #5

Por primera vez en su vida, Greyson se descubrió a sí mismo planteándose no solo escapar del control de su padre, sino hacer algo mucho más permanente. Algo que acabaría con su reinado de una vez por todas.

Fue un punto de inflexión.

Su puño chocó contra la pared al tiempo que un sonido más animal que humano se abría paso por sus pulmones.

Greyson atravesó la pared con el puño de nuevo.

El pladur se resquebrajó y cedió, la punzada de dolor del brazo se unió al ardor que sentía en el hombro.

La sensación física le resultó purificadora, aclaradora, un punto fijo en la tormenta.

Se arrancó la máscara de la cara y la lanzó contra el espejo que había sobre el mueble de la entrada.

Las esquirlas saltaron en todas las direcciones como metralla de cristal.

Sus manos buscaron algo, cualquier cosa que pudiera destruir.

Los taburetes de la isla de la cocina fueron los siguientes.

Los levantó uno a uno y los golpeó contra la encimera, contra la pared, contra el frigorífico, hasta que no fueron más que metal retorcido.

Se arrancó la chaqueta del cuerpo y le pegó una patada a la mesita de café.

Salió volando al otro lado de la habitación, haciéndose trizas al chocar contra el sistema de entretenimiento.

La fina pantalla de la televisión acabó destrozada, con un sonido semejante al del hielo de un lago helado resquebrajándose.

No fue suficiente.

No bastaba para contener la furia que bullía en sus venas.

—¡Joder! —La palabra le salió de dentro mientras golpeaba la isla de mármol con el puño, partiéndose los nudillos.

Destrozó el apartamento como un fenómeno natural, volteando los muebles, haciendo trizas todo lo que se interponía con su mirada. Cada acto de devastación era como aspirar oxígeno después de estar demasiado tiempo bajo el agua, como salir a la superficie después de haberse ahogado toda la vida.

Barrió todo lo que había en la encimera con un mero movimiento del brazo, haciendo añicos los platos y los vasos contra el suelo. Una botella de alcohol salió despedida hacia la ventana.

Treinta y tres años de obediencia. Treinta y tres años de aguantar su odio, de hacer de hijo devoto, de heredero perfecto.

Treinta y tres años viendo cómo su padre lo destruía todo.

¿Y para qué? ¿Para tener el privilegio de vivir en una jaula, de asesinar cuando se lo ordenaba, de fingir que el veneno del Corazón no le había infectado hasta la médula?

Fue levemente consciente de que Shadera seguía plantada junto a la entrada, observando su pérdida de control con tranquilidad. A través de la estática de la rabia, su presencia no fue más que una señal distante, pero no podía parar, no podía recuperar el control. Todavía no.

Greyson se dirigió entonces a por el sofá.

Le dio la vuelta al enorme mueble soltando otro grito que le salió de lo más hondo.

El movimiento le provocó un dolor agónico en el hombro maltrecho, y dio un traspié con la mirada emborronada.

Se apoyó en la ventana, dejando una huella de mano ensangrentada en el cristal.

Las piernas no dieron más de sí y se dejó caer al suelo, respirando entrecortadamente. La rabia empezaba a desvanecerse, a dar paso a la extenuación. El hombro palpitaba al ritmo de su corazón y, una vez disipada la adrenalina, el dolor era ya imposible de ignorar.

A su alrededor, el apartamento había quedado totalmente destrozado, un campo de batalla de posesiones rotas, un paisaje de ruina que encajaba con la devastación que sentía en su interior.

Sus jadeos entrecortados sonaban obscenamente sonoros en la repentina quietud.

La vergüenza se abrió paso por las costuras de la lucidez: por su pérdida de control, por la violencia salvaje de su arrebato, por saber que Shadera había sido testigo de cómo se rompía.

La revelación de otra debilidad, la exhibición de otra vulnerabilidad.

Apoyó la cabeza en el cristal y cerró los ojos mientras contenía un jadeo entrecortado. El tiempo pareció estirarse y contraerse a su alrededor, la realidad se desangraba en los bordes. Se estaba alejando de su cuerpo. Centímetro a centímetro. Como una marea apartándose de la costa.

Un sonido suave lo trajo de vuelta: unos pasos que se acercaban, alertándolo de antemano.

Se obligó a mirarla, a reconocer lo que había hecho. Esperaba encontrar desdén o satisfacción en sus ojos, una especie de deleite al ver caer tan bajo a su secuestrador. En cambio, Shadera se detuvo a pocos pasos de distancia, con un botiquín en las manos. Su postura sugería cautela, pero no miedo.

—¿Has terminado? —preguntó con voz firme.

Greyson asintió.

Ella se acercó lentamente, como si fuera un animal herido que aún pudiera resultar peligroso.

—No te voy a hacer daño —dijo él; las palabras emergieron ásperas y descarnadas—.

Yo nunca… —Se calló para aniquilar la mentira antes de que cobrase forma.

No tenía por qué mentirle, no tenía que fingir que era algo que no era.

Los dos se harían daño mutuamente si fuese necesario, pero, al menos, como consuelo, eran sinceros al respecto.

Una comisura de los labios de Shadera se curvó hacia arriba cuando se arrodilló frente a Greyson, abriendo el botiquín en el suelo junto a ella.

—Lo sé.

Lo dijo como dándolo por hecho, como si lo comprendiera de una manera fundamental que los demás no llegaban a captar. Como si la línea entre su personalidad comedida en público y esta destrucción privada tuviera todo el sentido del mundo para ella.

—Voy a limpiarte la herida —anunció señalando su hombro con la cabeza—.

Y, antes de que me digas que no me moleste, recuerda que, si te desangras, seré yo quien cargue con la culpa.

—Sacó el desinfectante y las vendas sin levantar la vista hacia él—.

¿Puedes mover el brazo lo suficiente para sacarlo de la manga?

Greyson asintió y obedeció, torciendo el gesto al desabrochar los botones y sacar el brazo izquierdo.

La bala le había atravesado la carne del hombro, sin rozar hueso ni arterias principales.

Un tiro de advertencia, limpio, sin intención de matar.

Su padre era un tirador demasiado preciso para fallar a esa distancia, de haber querido matar a Greyson.

Shadera trabajó en silencio y se dedicó a limpiar la herida con una indiferencia clínica. A pesar de la eficiencia de sus movimientos, sus dedos lo trataron con suavidad, una contradicción que a cada día que pasaba la definía un poco más.

—Lo siento —dijo Greyson al cabo de unos minutos de silencio—. Siento que hayas visto eso. A mi padre. Cómo es en realidad.

Sus ojos encontraron los de ella, verdes, firmes, sin miedo.

—Sé cómo es desde hace mucho tiempo —repuso en voz baja, y entonces paró. Compuso una leve sonrisa—. Además, por lo que deberías disculparte en realidad, principito , es por apuñalarme con el puto tenedor. Me dolió más que una cuchillada.

A Greyson se le escapó una carcajada, que se vio interrumpida pronto por el dolor que le causaba.

—Tienes razón.

Se quedaron un rato en silencio mientras ella trabajaba, y algo en el ambiente, la energía entre ellos, cambió.

Shadera detuvo las manos sobre su piel. Greyson habría jurado que estaba alucinando cuando la vio trazar un suave círculo con el pulgar sobre una cicatriz, y contuvo la respiración.

—No lo sabía —susurró entonces ella, tan bajo que apenas lo oyó.

Greyson levantó la vista y descubrió sus ojos clavados en su rostro y su expresión desprovista de su habitual dureza. La emoción que delataban, el dolor que parecían reflejar, hicieron que su corazón trastabillara.

—¿No sabías el qué? —Su voz le resultó tan extraña como dulce al escapar de sus labios. Estaba absorto con sus ojos, esos putos ojos preciosos.

Shadera tragó saliva.

—Cómo era para ti. Cómo te ha… —Sus dedos se deslizaron por el brazo de Greyson, sin despegarse de su piel. A él empezó a acelerársele el corazón—. Sabía que era un monstruo. Pero no sabía… Nunca imaginé que tu vida sería así. Lo que era convivir con él.

Jamás habría anticipado el grave impacto que tuvieron esas palabras en él. Eran tan simples y honestas que le pillaron desprevenido de una forma devastadora. Apartó los ojos, incapaz de soportar el peso de su mirada.

—Nadie lo sabe —respondió obligándose a mirarla de nuevo.

Ella retiró la mano de su piel y la colocó en su propio regazo, y la repentina ausencia de su tacto, de su calidez, hizo que a Greyson se le cerrase la garganta. Se contuvo de tocarla.

—Asesinó a mis padres —le contó Shadera en una voz que apenas era un susurro—. Hace veinte años, lo vi asesinar a mis padres en ese cadalso porque pertenecían a anillos diferentes. Porque decidieron que el amor era más importante que la ley.

Shadera levantó la vista para volver a mirarlo, y el dolor que Greyson vio brillando en ellos lo habría hecho caer de rodillas.

—Lo…, lo siento —dijo ella casi obligada.

—¿Por qué? —preguntó él, verdaderamente desconcertado.

Shadera se aclaró la garganta y, de nuevo, tocó suavemente sus hombros. Greyson tomó aire entrecortadamente al sentir el contacto. No le provocaba dolor, solo consuelo.

—Por dar por hecho que eras como él. —Colocó una venda sobre la herida de entrada—. Por pensar que, porque eras su hijo, el verdugo, habías elegido esta vida. Que querías asesinar a inocentes…, que lo disfrutabas.

La afirmación de sus labios fue como una puñalada entre sus costillas y acertó en el corazón de una verdad que casi nunca se reconocía a sí mismo.

Él no había elegido nada de eso.

—Eso no excusa lo que he hecho —respondió con palabras que le pesaban en la garganta—. Las decisiones que he tomado, la gente que he… —Se interrumpió, incapaz de terminar.