19. No lo sabía #4
Greyson no se dignó a mirar atrás, no ralentizó el ritmo cuando salieron del salón.
La violencia de su padre había quedado marcada en sangre en su camisa y en los moratones que empezaban a salir en la garganta de Lira.
A su espalda, oyó el sonido del cristal al partirse contra una pared; la rabia de su padre encontró un objetivo cuando estuvieron fuera de su alcance.
No podía salvar a su madre, lo sabía de sobra.
Sabía que ella jamás traicionaría a su padre.
Que Maximus le metería un tiro en la cabeza antes de que ella pusiera un pie fuera de esa habitación.
A Greyson se le partió el alma de pensarlo, de saber que sería ella quien soportaría la furia de su padre sin escapatoria alguna.
La verdad de las últimas palabras de Maximus le pesaban como plomo.
«Esto no ha acabado».
Independientemente del juego al que estuviese jugando su padre, o la trampa que estuviera tendiendo, esta cena solo había sido un movimiento más en un tablero mucho más grande de lo que Greyson alcanzaba a ver.
Todos corrían peligro.
Presionó el botón de su planta, dejando una mancha carmesí en el metal brillante.
Las puertas del ascensor se deslizaron hasta cerrarse, sellándolos en un silencio tan solo interrumpido por la respiración superficial y asustada de Lira, algo que Greyson reconocía a la perfección: el resultado de recibir la atención de su padre.
—Li. —Mantuvo la voz firme, amable de una forma que solo le reservaba a ella—. Concéntrate en mi voz.
Lira tenía los ojos desorbitados tras la máscara, y las pupilas dilatadas. Se llevó una mano a la garganta, ahí donde habían estado los dedos de Maximus.
—No puedo… —jadeó entrecortadamente.
Su respiración empezó a acelerarse, cada inhalación más corta que la anterior, y el cuerpo le comenzó a temblar de forma visible.
Greyson se movió en su dirección, pero Shadera fue más rápida.
Se plantó delante de su hermana y se arrancó la máscara de la cara.
Colocó las manos en los hombros de Lira con movimientos cuidadosos pero firmes.
—Mírame —dijo con la voz más afable que Greyson le había oído hasta la fecha—. A través de la máscara. Encuentra mis ojos.
Lira levantó la vista de golpe; su pecho trabajaba laboriosamente para respirar.
—Bien —continuó Shadera, al tiempo que estiraba la mano para ajustar la máscara de Lira y enderezarla un poco—. Ahora respira conmigo. Inspira por la nariz. —Hizo lo propio, y su pecho se hinchó lentamente—. Exhala por la boca.
Para asombro de Greyson, Lira intentó seguirla, a pesar de que su respiración seguía sonando histérica. Sin embargo, poco a poco, fue igualando el ritmo de Shadera. La asesina mantuvo el mismo patrón, totalmente centrada en Lira, como si fueran las únicas personas en el ascensor.
—Eso es —la alentó—. Otra vez. Dentro… y fuera.
Greyson sacó la tablet del bolsillo de su chaqueta, torciendo el gesto cuando el movimiento le provocó una punzada de dolor en el hombro. Introdujo un código de seguridad y buscó el canal de comunicación habitual para conectar directamente con Chapman.
—¿Señor? —La voz de Chapman respondió de inmediato, en alerta y preocupado.
—Tenemos un problema —respondió Greyson en voz baja—. Ven a mi planta. De inmediato.
Terminó la llamada sin esperar respuesta, sabiendo que Chapman estaría allí. Ese hombre nunca le había fallado, ni una sola vez en diez años de servicio.
Greyson se giró hacia las mujeres y observó cómo cuidaba Shadera de su hermana mientras algo se removía en su pecho. La escena le parecía irreal, en absoluto coherente con lo que creía saber de los sanguinarios.
Se suponía que eran asesinos desprovistos de emoción.
No deberían cuidar a otras personas, no deberían sentir empatía ni mostrar amabilidad.
El dolor le latía en el hombro, pero lo obvió y compartimentó, tal como le habían enseñado.
El dolor físico era lo menos que su padre había infligido esa noche.
La herida de bala se curaría. La imagen de la mano de su padre alrededor de la garganta de Lira, la pistola apuntando la cabeza de su madre…
Esas heridas se infectarían como todas las demás, enterradas pero jamás olvidadas.
El ascensor empezó a frenar y se detuvo al mismo tiempo que la lluvia comenzó a tamborilear contra la caja de cristal. La mirada de Shadera pasó de ellos a la ciudad al otro lado de la ventana, catalogando, analizando, planeando. Greyson casi veía los cálculos detrás de sus ojos.
Las puertas se deslizaron para abrirse y dieron paso a un Chapman de pie en el umbral, con la espalda recta y una expresión neutra, a pesar de la sangre del traje de Greyson, a pesar de lo alterada que claramente estaba Lira.
Shadera ayudó a Lira a sostenerse en pie mientras Chapman empleaba su propia llave para abrir la puerta y entrar en el apartamento el primero para cerciorarse de que era seguro. Le dedicó un asentimiento a Greyson antes de instarlos a pasar.
—Tienes que llevar a Lira con Callum —le pidió Greyson a Chapman sin preámbulos—. Dile que no puede despegarse de su lado hasta que yo me ponga en contacto con él. Por ningún motivo. Ni por trabajo, ni por padre, ni por nada. Y ve por los túneles de servicio, no por las calles principales.
Chapman asintió, ya en movimiento, sacando del armario que había junto a la puerta un abrigo para Lira.
—Grey… —susurró ella, con la voz aún temblorosa.
—Por favor. —Oyó la desesperación de su propia voz—. Ahora mismo no estás a salvo en casa. Callum puede protegerte hasta que decidamos qué hacer a continuación.
—Entonces ven conmigo —le insistió Lira—. Si puede protegerme a mí, entonces puede protegernos a todos.
Greyson negó con la cabeza.
—Nadie está a salvo ahora mismo con Shadera y conmigo cerca. —Colocó la mano buena en su mejilla sana, un insólito gesto de afecto físico—. Necesito saber que estás a salvo, Li. Por favor.
—Al menos déjame ayudarte a ti primero —concedió ella, apoyando el rostro en la palma de su hermano mientras miraba su hombro.
—Estoy bien —mintió, ignorando la sangre caliente que corría por su costado por debajo de la chaqueta—. Esta no es la primera vez. Dudo que sea la última.
Hubo algo en esas palabras que pareció romperla por dentro.
Se abalanzó hacia delante, envolviéndolo con sus brazos en un abrazo feroz que le provocó un dolor tremendo en el hombro.
Greyson no se inmutó, no se apartó. Apretó en cambio los dientes y cerró con fuerza los brazos alrededor de su hermana pequeña, acunándola contra su pecho mientras sus lágrimas le empapaban la camisa.
—Lo odio —susurró Lira contra su cuerpo—. Odio lo que nos ha hecho. Quiero que muera.
—Lo sé. —Greyson presionó los labios en la coronilla de su hermana—. Lo sé, Li. Vete con Chapman. Quédate con Callum. Yo lo arreglaré.
Otra mentira, posiblemente. Pero era lo que ella necesitaba oír.
Lira se apartó, los dedos acariciaron el hombro maltrecho con la delicadeza de una mariposa.
—Prométeme que te curarás esto —dijo señalando la herida.
—Lo prometo.
Lira se giró entonces hacia Shadera, con un gesto vacilante e incierto.
—Gracias —se limitó a decir—. Por lo del ascensor.
Shadera inclinó la cabeza, su expresión indescifrable.
—No ha sido nada.
—Sí que lo ha sido —insistió Lira. Después, en voz más baja—: Cuida de él. Al menos esta noche. Mantenlo a salvo, por favor.
Antes de que Shadera pudiera responder, Lira se giró y se acercó a Chapman, que la esperaba en la entrada, con su paciencia infinita y su discreción absoluta. Greyson la acompañó hasta la puerta, la abrió y presionó el botón del ascensor. Después hizo que Chapman retrocediera un paso.
—Que nadie le ponga un dedo encima —le dijo, en una voz tan baja que solo él lo oyó, al tiempo que sacaba un arma de un cajón de la mesa de la entrada y se la entregaba—. Si alguien se atreve, aunque sean los hombres de mi padre, tienes mi autorización para emplear la fuerza letal.
Los ojos de Chapman brillaron al comprenderlo.
—Sí, señor. Con mi vida.
Las puertas del ascensor se abrieron y, un segundo después, se habían marchado, dejando a Greyson a solas con Shadera, en un apartamento que de pronto estaba demasiado silencioso. La ausencia de los demás hacía que el espacio pareciera más grande, más vacío; el silencio lo presionaba y lo sofocaba.
Greyson se quedó de pie sin moverse, manteniendo el control con el más fino de los hilos.
Ahora que Lira ya no estaba, ahora que centrarse en su bienestar ya no era una obligación, notaba que algo se desmoronaba en su interior: un muro de dolor y desesperación que se había mantenido erecto durante décadas.
El control. Toda su vida había girado en torno al control, mantenerlo, proyectarlo, sin permitir jamás que se le escapara entre los dedos, sin importar lo que hiciera su padre, sin importar los horrores que presenciaba en el cadalso, sin importar lo mucho que perdía de sí mismo con tal de mantener la fachada.
El sonido de su propio corazón retumbaba en sus oídos, la herida del hombro no era más que una preocupación distante en comparación con la rabia que bullía en su interior.
Empezó en la yema de sus dedos, un temblor que trepó por su brazo, que se extendió por su pecho, hasta que todo su cuerpo vibró con él. Ese control que había mantenido, siempre, en todo momento, empezó a resquebrajarse; unas fallas que se abrían como zanjas.
—Deberías sentarte —dijo Shadera, rompiendo el silencio—. Déjame que eche un vistazo al hombro.
Su voz penetró la niebla que amenazaba con nublarle el pensamiento, pero no consiguió responder.
El sonido de la bofetada de su padre en la cara de Lira aún resonaba en sus oídos.
La imagen del arma contra la sien de su madre le ardía en los párpados.
La sensación de impotencia, tan familiar y asfixiante, era una soga al cuello.
—¿Greyson? —Shadera se acercó, hablándole en un tono más acuciante, más insistente.