Sanguinaria (El Corazón 1) 19. No lo sabía #3
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19. No lo sabía #3

—¿Vas a decirme qué es lo que entiendo y lo que no? —Su padre se levantó levemente en su asiento y se inclinó hacia delante—. ¿Tú, que no has logrado más que lo que yo te he otorgado? ¿Tú, que existes porque me place y que ejerces poder solo porque yo lo permito?

Esa letanía sobre su ineptitud que tan familiar le resultaba le cayó encima como lluvia ácida, quemando sus viejas cicatrices, infectando heridas que no habían llegado a curarse.

Sintió cómo se encogía bajo ella, sintió al niño de su interior queriendo agachar la cabeza, disculparse, hacer lo que fuera para que acabaran las críticas.

Pero ya no era un crío. Era la única persona que podía interponerse entre su padre y su madre, su hermana y, ahora, Shadera. Abrió la boca para hablar, pero fue demasiado tarde.

—Eso no es cierto —repuso Lira de repente, y su voz cortó el ambiente tenso—. Greyson se ha ganado todo lo que tiene. Lo respetan por sus propios méritos, no por tu apellido.

Greyson notaba cómo le latía el corazón, cómo le fluía la sangre.

«No debería haber dicho eso».

La cabeza de Maximus se giró hacia ella, y la atmósfera del salón cambió de inmediato. La temperatura bajó como si alguien hubiera abierto una ventana en invierno.

—¿Te he pedido tu opinión?

Elara movió la mano hacia la de Lira al otro lado de la mesa, un gesto tan sutil como protector.

—Maximus, tal vez deberíamos…

—Cállate —interrumpió Maximus sin tan siquiera mirar a su mujer. Su atención estaba fija en Lira—. Olvidas quién eres. Olvidas quién te permitió siquiera tener una voz.

—No me olvido de nada —replicó Lira, y Greyson oyó el leve temblor en su voz, el miedo que estaba intentando controlar—. Ojalá pudiera, padre, sinceramente. Pero no pasa un día sin que recuerde las cosas que me has hecho a mí o a esta familia.

Los ojos de Greyson se clavaron en ella.

La acusación de su voz, el dolor. Había algo más profundo, algo perturbador en la forma en la que lo había dicho, como si fuera íntimamente consciente de lo cruel que podía ser Maximus.

El estómago de Greyson se revolvió al imaginarse que su padre le ponía la mano encima.

Creía que la había mantenido a salvo, que la había alejado del camino de la ira de su padre.

El salón se sumió en un silencio tal que Greyson oía el suave tictac del reloj antiguo sobre la repisa de la chimenea, contando los segundos para la masacre. Shadera se había quedado muy quieta a su lado, observando la debacle de su familia.

—Cómo te atreves —dijo Maximus con una voz que apenas era un susurro—. Cómo te atreves a hablarme con ese desdén en mi propia casa.

Un momento estaba en pie en un extremo de la mesa y, al siguiente, junto a Lira, con la mano cerrada alrededor de su garganta, poniéndola en pie a la fuerza.

—¡Maximus! —exclamó Elara, lanzándose hacia donde se encontraba su hija.

Maximus lanzó el brazo y el puño acertó en el cráneo de Elara cuando corría a por Lira. Un lamento agudo escapó de sus labios, al tiempo que caía al suelo y se escabullía de su alcance, agarrándose un lado de la cara.

—Tú a tu sitio —le ordenó Maximus en un siseo para después volver su mirada hacia Lira.

Greyson se puso en pie de un salto, impulsado por la rabia.

Sintió que le hervía la sangre; con los puños apretados, se dispuso a atacar.

Sin embargo, los ojos de Lira, abiertos con desesperación, encontraron los suyos por encima del hombro de su padre y le rogaron en silencio que se detuviera.

Greyson se quedó quieto; su pecho subía y bajaba alterado mientras Shadera se ponía en pie a su lado lentamente.

Maximus hizo que Lira se pusiera de rodillas junto a la mesa, estrangulándola con más fuerza.

—¿Crees que porque te he dado responsabilidades, porque he permitido que ejerzas una mínima autoridad, tienes derecho a hablar en mi mesa?

—Su voz sonaba ligera, casi afable—. Te permito tener libertades como mujer porque todavía no te he obligado a tomar los votos.

Pero sigues siendo una mujer. Puedo arrebatarte esas libertades en cualquier momento, puedo venderte al mayor postor, donde no serías más que otra mujer sumisa cuyo único propósito es tener descendencia y recibir órdenes.

—Yo no tengo libertad —le espetó Lira con palabras estranguladas.

El sonido de la mano abierta de Maximus contra la cara de Lira resonó por todo el salón. Su cabeza se giró hacia un lado; el impacto fue tan fuerte que Greyson oyó el crujido distintivo de la máscara contra el anillo de su padre.

Algo se rompió en Greyson. Alguna restricción definitiva, algún vestigio del miedo o el respeto que lo había mantenido a raya todos estos años. Se lanzó alrededor de la mesa, ciego de rabia, sordo a los gritos de su madre, que le suplicaba que parase.

—¡Greyson, no! —chilló Shadera cuando intentó agarrarlo del brazo.

Pero era demasiado tarde. Ya estaba en movimiento.

Estaba a medio camino cuando su padre soltó a Lira, dejando que se derrumbara en el suelo, y sacó la pistola del interior de su chaqueta. El movimiento fue delicado, ensayado, el acto de un hombre que había anticipado este momento, que lo había estado esperando.

—Un paso más —dijo Maximus con calma—, y añado otra cicatriz a tu colección.

Greyson no se detuvo.

El disparo estalló, y la fuerza del impacto lo hizo girar sobre sí mismo cuando la bala le atravesó la carne del hombro.

Se apoyó en el borde de la mesa; la sangre empezaba a empaparle la chaqueta y a gotear en el mantel impoluto.

El dolor surcaba sus venas, pero apenas se dio cuenta de ello.

La sensación ya familiar no fue más que otra entrada de datos en una vida de lecciones de su padre.

—¿Esto es lo mejor que puedes hacer? —preguntó, subiendo la mirada para encontrarse con la de su padre—. Después de todo lo demás, ¿crees que una bala me asusta?

—Predecible —soltó Maximus con un tono calculador y frío—. Siempre corres a defender al sexo débil, a la gente débil. Por eso nunca serás apto para gobernar.

Greyson se irguió. De algún punto profundo y roto de su interior, estalló una carcajada. Se le escapó áspera y auténtica, mientras se llevaba una mano a la herida del hombro.

—¿Eso es lo que crees que me importa? ¿Ser apto para gobernar? ¿Ser como tú?

Dio un paso al frente en el salón silencioso, después otro, ignorando el arma que seguía apuntándole al pecho.

—Adelante —instó señalando el arma—. Termina lo que has empezado. Me estarías haciendo un favor.

Los ojos tras la máscara de Maximus brillaron con una pizca de incertidumbre, al tiempo que reevaluaba a su hijo. Ajustó la posición del brazo; el cañón apuntaba ahora al corazón de Greyson.

—¿Crees que no lo haré?

—Sé que sí —respondió Greyson, que seguía caminando—. En algún momento. Es lo que haces siempre: eliminar problemas. Destruir todo lo que no entra en tu visión. Pues hazlo. Termina con la decepción.

El dedo de Maximus se acercó al gatillo, vacilante. Por un momento, Greyson pensó que de verdad sería el final. Le embargó una extraña calma al imaginarlo. No era paz exactamente, sino aceptación. Una especie de liberación.

Lo mismo que había sentido cuando Shadera lo apuntó con su arma. Salvo que esta vez estaba entrelazada con el miedo. Miedo de abandonar a su familia con este hombre, miedo de abandonarla a ella con este hombre.

Entonces, en menos de un instante, Maximus se giró y se acuclilló junto a Elara. Ahora apuntaba a su cabeza.

—Tal vez empiece mejor con tu madre, ya que parece que valoras otras vidas más que la tuya propia.

La amenaza pendió en el aire, clara e indiscutible. Greyson se quedó quieto; la calma desapareció de su cuerpo tan repentinamente como había aparecido, sustituida por un pánico gélido y familiar. No por su bienestar, sino por los daños colaterales que su padre nunca dudaba en infligir.

—Eso está mejor —dijo Maximus con una satisfacción evidente en la voz—. ¿Has visto, hijo? Algunas lecciones sí que se aprenden.

Por un instante, el cuadro se mantuvo así: Maximus con la pistola contra la sien de Elara, Lira aún en el suelo, Shadera en pie, esperando permiso para atacar. Greyson notaba la sangre que le resbalaba por el brazo, cálida y constante, formando un charco alrededor de sus dedos.

—Nos marchamos —afirmó con una voz átona por la furia contenida.

Se acercó a Lira, colocándose entre ella y su padre. Shadera apareció al otro lado, con el cuerpo tenso, preparada para la acción. Se percató de la violencia que irradiaba, de que la asesina que llevaba dentro estaba calculando probabilidades, midiendo distancias.

—Harás lo que yo te… —empezó Maximus.

—No —le interrumpió Greyson. Esa única sílaba cargaba el peso de años de desafío silencioso—. Esta noche no.

Ayudó a Lira a ponerse en pie y la sujetó cuando se tambaleó. Tenía la máscara partida por un lado, una fina línea que le corría del ojo a la mejilla como un desgarro detenido en el tiempo. Mantuvo su propio cuerpo entre ella y su padre mientras la conducía hacia Shadera.

En ese momento, comprendió que confiaba en ella. No con su vida, sino con la de su hermana. De alguna forma, sabía que ella había presenciado la violencia de los hombres y que la protegería tanto como él.

—Si sales por esa puerta —dijo Maximus en un tono frío como el hielo—, habrá consecuencias.

Greyson se giró para mirarlo, al hombre que había dado forma a su vida mediante el miedo y el dolor, que lo había transformado en un arma.

—Siempre las hay —replicó—. Conseguirás tus votos.

Destruirás mi vida y yo tragaré con eso.

Pero no dudaré en matarte si vuelves a ponerle una mano encima a Lira.

—Se calló un momento, consciente de que la amenaza le saldría cara.

Pero, en vez de salir por la puerta con el daño que ya había causado, le sonrió a su padre—. Un Serel nunca duda, ¿verdad, papá?

Entonces se dio la vuelta, instando a salir a Shadera y a Lira, con la mano en la espalda de su hermana, que se apoyaba en Shadera.

—Esto no ha acabado, Greyson —dijo su padre mientras se marchaba—. Apenas ha comenzado.