19. No lo sabía
Greyson miró su reloj por tercera vez en tres minutos; la esfera de plata resplandeció bajo la luz tenue del apartamento.
Sus dedos buscaron los gemelos, que ajustó sin que fuera necesario mientras esperaba de pie junto a la puerta.
La cena sería una pesadilla (siempre lo era cuando estaba su padre), pero esa noche había un temor añadido.
Esa noche, una sanguinaria se sentaría a la mesa de su padre.
Introdujo un dedo entre el cuello de la camisa y su piel para aliviar la sensación de estar siendo estrangulado poco a poco.
¿Qué haría su padre? La pregunta daba vueltas por su mente como un buitre.
Maximus nunca hacía nada sin planificación, sin propósito.
La invitación a la cena no era una cortesía; era un movimiento en la partida que estuviera jugando.
Shadera era la carta comodín que ninguno de los dos podía predecir del todo.
La estaba llevando al nido de serpientes. Lanzándosela a su padre como carne fresca a un depredador, sabiendo que emplearía todos los recursos a su disposición para romperla, para demostrar que los tenía dominados a los dos.
Greyson miró de nuevo el reloj. En cinco minutos tenían que marcharse. Cinco minutos para prepararse mentalmente para la guerra psicológica que tuviera planeada su padre.
—¿Quiere que la llame? —se ofreció Chapman desde la puerta de la cocina, su postura rígida incluso en ese espacio privado.
—No. —Greyson consideró que la palabra había sonado más cortante de lo que pretendía—. Estará lista a tiempo.
Todavía oía el eco de su conversación en el coche. Ese momento de sinceridad que se había producido entre los dos.
«No, no creo que esté bien».
Una única frase que podría ocasionarle la muerte.
No había pretendido revelar tanto, pero algo en la forma directa que Shadera tenía de expresarse le arrancó la verdad antes de que se le ocurriera una mentira.
El suave chasquido de una puerta al abrirse lo sacó de sus pensamientos. Se giró hacia el sonido esperándose lo peor: unos vaqueros, tal vez, o cualquier otra forma de rebelión que pudiera haber fraguado con el guardarropa cuidadosamente seleccionado de Lira.
Lo primero que vio fueron las botas. Unas botas de combate pesadas y negras, desgarradas por el uso y absolutamente inapropiadas para una cena en el Corazón. Cuando alzó la vista, la reprimenda ya se estaba formando en sus labios.
Pero murió ahí.
El vestido era negro, de diseño simple pero con un efecto devastador.
Acentuaba unas curvas que él se había esforzado mucho en no percibir; la tela se adhería a su cuerpo antes de caer en una línea suave desde el centro de sus muslos tatuados y llenos de cicatrices.
El contraste entre el vestido delicado y esas botas de batalla desgastadas debería haber sido chirriante, pero de alguna forma funcionaba: era una representación visual de la contradicción que ella era.
Su mirada siguió subiendo, más allá de la cintura ajustada, hasta el escote, que se hundía más de lo que solía permitir la moda del Corazón.
Dejaba a la vista el hueco de su garganta, la línea de su clavícula amoratada, y una constelación de cicatrices que marcaban su piel como estrellas en un mapa de violencia.
Tenía una especialmente cruel que le cruzaba el hombro derecho y desaparecía bajo la fina tira del vestido.
No había hecho nada por esconder las marcas de su vida, de su profesión.
Estaban al descubierto, de una forma casi desafiante.
Al igual que los tatuajes: los números de la cárcel en los nudillos, los dibujos que le envolvían los brazos, las letras que caían en cascada a un lado de su cuello y otros que Greyson no logró ver por completo pero que vislumbró cuando Shadera cambió de postura.
—Date la vuelta —dijo. Las palabras se le escaparon antes de poder frenarlas.
Ella lo miró fijamente un momento, vacilante antes de obedecer.
Giró sobre sí misma lentamente, dejando a la vista la espalda del vestido, o, más bien, su ausencia.
La tela descendía exhibiendo toda la planicie de su espalda.
Más cicatrices, más tatuajes. Violentos y profundos.
Las heridas de bala y los tajos cicatrizados en blanco contrastaban con su piel oscura.
El vestido no solo dejaba entrever carne, sino también historia; el dolor y la supervivencia escritos en tejido cicatricial y tinta. Era bello dentro del salvajismo, un reflejo honesto del mundo que no podía eliminarse por mucho que el Corazón lo intentara.
Ella era preciosa, y Greyson se odió por pensarlo. Ella era todo lo que él nunca tendría permitido ser: un caos salvaje e indómito.
Greyson tragó saliva con dificultad. De repente, se dio cuenta de que la estaba mirando demasiado. Se giró bruscamente.
—No puedes ir con esas botas —afirmó, centrándose en el problema más fácil de solucionar.
—No pienso llevar esas trampas letales que envió tu hermana —respondió Shadera con voz clara pero con un deje que él reconoció como nerviosismo—. Tengo que poder salir corriendo si la cosa se tuerce.
Algo más que tenían en común. Un plan de huida siempre presente.
—La cosa no se va a torcer. —Hasta a sus propios oídos les resultó vacía esa afirmación. Shadera bufó.
—Claro. Y yo me voy a casar con el verdugo porque quiero.
El desdén de su voz al pronunciar «verdugo» le resultó familiar, casi reconfortante en su habitualidad. Al menos, eso no había cambiado, a pesar de que todo lo demás parecía deslizarse hacia un terreno desconocido.
—Además —añadió ella, pasando a su lado para acercarse a donde estaba su máscara en el mueble de la entrada—, necesito un sitio donde esconder mi cuchillo de untar por si tu padre me da la oportunidad de clavárselo en la garganta.
Las crudas palabras hacían un contraste tan evidente con su apariencia que Greyson no pudo evitar que una sonrisilla irónica asomara a sus labios.
—Será mejor que guardes esos pensamientos para ti esta noche, si es que planeas salir de allí con vida —dijo, mirándola al reflejo del espejo.
Ella se giró para observarlo y, de nuevo, le impresionó la transformación. El vestido no la hacía más blanda (nada podría conseguir algo así), pero sí revelaba otra faceta, como una cuchilla reflejando la luz desde un nuevo ángulo.
—¿Te pongo nervioso, principito? —Su voz dejaba traslucir un desafío, pero, en un segundo plano, él pudo captar lo que realmente quería averiguar. Le estaba preguntando una cosa totalmente distinta.
—No —respondió él, mirándola a los ojos—. Pero él sí debería ponerte nerviosa a ti. Todo lo que has visto, todo lo que crees saber sobre el Corazón, sobre mi familia…, no es más que información superficial. Puede que esta noche vislumbres algo de lo que esconde.
Un matiz en su tono debió de advertirla, porque la burla desapareció de su expresión y fue sustituida por un recelo mucho más apropiado para lo que estaba por venir.
—¿Será muy desagradable? —preguntó.
—Con él nunca se sabe.
Salieron del apartamento en silencio; el aire entre ellos estaba cargado de preocupaciones que no expresaron.
El ascensor subió despacio, elevándolos hacia una noche para la que ninguno de los dos estaba realmente preparado.
Greyson se descubrió a sí mismo analizando el reflejo de Shadera en las puertas pulidas: los hombros rígidos, la forma en la que flexionaba los dedos en los costados como si estuviera buscando armas que no llevaba encima.
Comprendió que Shadera tenía miedo. No concretamente de su padre, sino de entrar en el territorio desconocido de la sociedad del Corazón.
De adentrarse tanto en territorio enemigo sin un plan claro de huida, sin aliados leales.
El reconocimiento de su miedo la hizo más humana a sus ojos, la convirtió en algo más que una asesina sin corazón con la muerte escrita en los ojos.
—Respira —le susurró cuando el ascensor empezó a frenar—. Tú sígueme la corriente y sobreviviremos.
Ella no respondió, pero Greyson notó que hundía un poco los hombros y que su pecho subía con una respiración profunda antes de recobrar la compostura y volver a ponerse en tensión.
Las puertas se abrieron y dieron paso a la antecámara del ático de su padre. Les aguardaban dos empleadas. Tenían una postura perfecta y el saludo ensayado hasta la última sílaba.
—Señor —entonó la de mayor edad, que le dedicó una reverencia precisa—. El patriarca les está esperando a usted y a su… —Se produjo una pausa mínima mientras buscaba la palabra adecuada para describir a Shadera. ¿Prisionera? ¿Novia?—. A su prometida en el salón.
Greyson se percató de que Shadera se tensaba a su lado, notó el cambio de su postura, que indicaba que estaba calculando cómo de rápido podría atravesar el ático y neutralizar la amenaza acechante.
Pero él posó una mano en la parte baja de su espalda, un gesto tanto de contención como reconfortante.
Los dedos rozaron su piel al descubierto.
Los dejó ahí, aunque no sabría decir si lo hacía por él o por ella.
—Gracias, Quinn. Vamos para allá.
Los ojos de la criada se abrieron un poco cuando empleó su nombre, pero después asintió y se hizo a un lado para dejarles pasar.
Greyson guio a Shadera hacia delante imprimiendo una leve presión en su espalda, notando el calor de su piel en los dedos, la tensión de sus músculos al acercarse al arco de entrada al salón.
—Recuerda —murmuró con unos labios que apenas se movieron bajo la máscara—. No dice nada sin propósito. No hace nada sin un plan previo. No reacciones.
Ella se limitó a asentir levemente; Greyson vio que su garganta subía y bajaba al tragar.
Entonces se abrieron las puertas y se adentraron en la guarida del león, donde Maximus Serel estaba sentado, esperándolos como un depredador con paciencia infinita, confiado en que tarde o temprano todo el que entraba en sus dominios acababa sangrando.