Sanguinaria (El Corazón 1) 18. Gracias #3
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18. Gracias #3

—El Corazón te consume —dijo suavemente, más para sí misma que para Greyson—. Te lo arrebata todo y no devuelve nada.

Se volvió para mirarlo y estudió la rigidez de sus hombros, la forma cuidadosa en que se mantenía sentado a su lado.

—¿Cuál es tu propósito?

La pregunta pareció pillarlo por sorpresa. Se quedó inmóvil, se le aceleró la respiración ligeramente.

—Nací para cumplir su propósito —respondió—. Para mantener el orden.

—No te he preguntado eso.

Sus miradas se encontraron detrás de las máscaras; la de ella desafiante, la de él cautelosa.

—¿Cuál es tu propósito, Greyson? —repitió—. No lo que naciste para hacer. ¿Qué eliges hacer con el poder que tienes?

Él se la quedó mirando, como si estuviera sopesando sus preguntas. Pero entonces el coche redujo la velocidad y se detuvo en otro puesto de control, por lo que la oportunidad de obtener respuestas se desvaneció cuando se inclinó para bajar la ventanilla.

Shadera se recostó en el asiento y lo observó refugiarse tras sus muros.

De pronto le sorprendió que habían pasado horas juntos, habían recorrido las zonas más seguras del Corazón, habían mantenido conversaciones que rozaban la traición…

, y, durante todo ese tiempo, no se había parado a planear su muerte ni una sola vez.

Darse cuenta de ello le resultó desconcertante.

Había venido con un único propósito: matar al verdugo.

Ahora, las líneas empezaban a difuminarse de formas que no había previsto.

Greyson seguía siendo su enemigo, seguía representando todo contra lo que luchaba, pero estaba empezando a verlo como a una persona.

Compleja, contradictoria, atrapada a su manera.

Eso hacía que su misión se volviera más difícil y más necesaria al mismo tiempo. Porque si alguien como Greyson —quien había nacido con todos los privilegios, con todas las ventajas— no podía cambiar el sistema desde dentro, entonces la única opción que le quedaba era derribarlo por completo.

El coche se detuvo frente a la entrada privada de la Torre Serel, pero Shadera no hizo ademán de salir. Una pregunta que había ido cobrando fuerza desde que dejaron el apartamento la mantenía clavada en el sitio.

—¿Lo defiendes? —le preguntó de forma brusca.

Greyson se detuvo, con la mano suspendida en el aire y extendida hacia la manija de la puerta.

—¿El qué?

—Todo. El Corazón. La visión de tu padre. La necesidad de mantener a la gente separada, hambrienta, controlada. —Se volvió hacia él y deseó poder ver la expresión que se escondía tras su máscara—. ¿De verdad crees que así es como debería ser el mundo?

Greyson miró a Chapman a través de la pantalla que los separaba.

—Danos un minuto.

Chapman asintió, salió del coche y se colocó donde podía verlos, pero no oírlos.

A Greyson se le contrajo la mandíbula bajo la máscara, un movimiento apenas perceptible, pero que revelaba la tensión que crecía en su interior. Exhaló una bocanada de aire larga y medida que parecía cargar con el peso de decisiones tomadas, de líneas cruzadas.

—No —respondió finalmente.

La palabra cayó entre ellos con el impacto de una confesión, simple pero profunda.

—¿No? —repitió Shadera, sin saber a cuál de sus preguntas respondía.

—No, no lo defiendo. No, no creo que esté bien. —Había bajado la voz, como si el coche tuviera oídos—. No, no apoyo la visión de mi padre para New Found Haven.

Shadera se quedó completamente inmóvil mientras asimilaba esa confesión tajante que coincidía a la perfección con su propia condena.

—Lo odio —declaró Greyson, sin dejarle tiempo para que ella lo cuestionara—.

Puede que incluso más que tú. Más que Lira.

Más de lo que nadie podría entender. He visto cómo destruye todo lo que toca: a mi madre, a mi hermano, la ciudad, a mí.

He apretado el gatillo contra personas sabiendo que su único crimen era la desesperación, era cuestionar un sistema diseñado para romperlas.

Cerró la mano enguantada en un puño sobre la rodilla, y el cuero crujió con la fuerza de su agarre.

—Sé perfectamente lo que soy, Shadera. Sé que siempre tendré las manos cubiertas de sangre. Sé que, cuando llegue el juicio final, si es que hay algo después de la vida, arderé por todo lo que he hecho.

A Shadera se le cortó la respiración. La sinceridad con la que le había hablado hizo que una de las capas de odio que había construido alrededor de Greyson se viniera abajo. No era el guion que esperaba, no era la conversación para la que se había preparado. Era algo crudo, algo peligroso.

—Entonces ¿por qué le sirves? —le preguntó, con la misma quietud que había percibido en él—. Si entiendes lo que está pasando, ¿por qué aceptas ser su arma?

—Porque las alternativas son peores. —Se volvió hacia ella y, a pesar de la máscara, Shadera sintió la intensidad de su mirada—.

Porque mi padre me reemplazaría por alguien que disfruta matando.

Porque desde esta posición puedo hacer cosas que no podría hacer desde la tumba.

—Bajó la mirada a sus manos—. No es suficiente. Nunca será suficiente. Pero es algo.

—¿Qué cosas? —Se inclinó hacia él, debatiéndose entre la curiosidad y la duda. Necesitaba detalles, necesitaba pruebas—. ¿Qué estás haciendo para enmendar tus errores, principito?

Algo cambió en la postura de él; una sutil retirada, una reafirmación de control.

—Ahora no —respondió, antes de volver a extender la mano hacia la puerta—. Deberíamos prepararnos para la cena.

Y, de golpe, el momento de vulnerabilidad se acabó.

Shadera quiso agarrarlo, obligarlo a continuar, exigirle pruebas de esas afirmaciones que trastocaban la imagen que tenía de él.

Pero la puerta del coche ya estaba abierta y Chapman se encontraba delante de ellos, de pie y atento.

Había perdido su oportunidad. Los muros volvieron a levantarse entre ellos.

Lo siguió al interior del edificio y notó cómo el personal de seguridad se enderezaba a su paso, cómo abrían los ojos al ver su máscara durante apenas un segundo antes de recuperar sus expresiones cuidadosamente neutras.

El ascensor subió en silencio, los pisos desaparecían bajo sus pies mientras ascendían hasta la altura del ático.

Al entrar, Shadera se percató al momento de que habían llegado paquetes: había varias cajas apiladas de forma ordenada sobre la mesa del salón, acompañadas por una nota con elegante caligrafía apoyada contra ellas.

—De parte de Lira —dijo Greyson al coger la nota enganchada a la caja más grande mientras se quitaba la máscara—. Ropa para la cena de esta noche y para los próximos días.

Shadera se acercó a los paquetes con cautela, como si pudieran contener trampas en lugar de ropa. La nota era sencilla:

Para hacer una entrada triunfal. Elige bien tu armadura.

Li

—Necesito revisar unos documentos antes de irnos —dijo Greyson de camino a su despacho—. Chapman te avisará cuando sea la hora.

Ella asintió y lo observó retirarse. Tenía los hombros igual de tensos que antes, el peso de lo que se avecinaba se los hundía de forma visible.

—Greyson —lo llamó, y hasta a ella le sorprendió el haber usado su nombre en lugar de un epíteto.

Él se detuvo en el umbral, con la mano apoyada en el marco de la puerta, y se volvió para mirarla, confuso.

—Gracias —añadió ella. Las palabras le sabían raras en la lengua—. Por enseñármelo.

Algo le cruzó el rostro; sorpresa, quizá, o algo más complejo que ella todavía no había aprendido a leer. Greyson le dedicó un leve asentimiento mientras se daba la vuelta, pero luego dudó.

Sin volverse, añadió:

—Por si sirve de algo, no te estoy pidiendo que creas en el Corazón, solo que sobrevivas el tiempo suficiente como para encontrar una salida. Para ambos.

Entonces se fue, dejando a Shadera a solas con los paquetes de Lira y la cabeza llena de pensamientos contradictorios.

Se dejó caer en el sofá; la máscara de calavera le pesaba en el rostro. Debería quitársela, estaban solos en el apartamento, no había necesidad de fingir, pero algo le impedía hacerlo, como si le proporcionara una barrera no solo entre su cara y el mundo, sino entre sus emociones y su juicio.

Ese día se había cuestionado todas las ideas preconcebidas que tenía sobre Greyson.

No se le olvidaban —seguía siendo el verdugo, seguía siendo el enemigo—, pero, bajo esa identidad, también era un chico atrapado en una red.

Un hombre creado por un sistema malvado cuya alma, por lo menos, sufría por el dolor que había causado.

El mal, a veces, adoptaba la forma de la belleza.