Sanguinaria (El Corazón 1) 18. Gracias #2
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18. Gracias #2

—Nada —respondió Shadera, y volvió la vista a la ventana—. Estaba pensando en que puede que ambos seamos prisioneros aquí, solo que de formas distintas.

Greyson no respondió, pero Shadera sintió cómo clavaba la mirada en su perfil durante unos segundos antes de que él también se volviera hacia el cristal para observar el Corazón, la hermosa jaula que los retenía a ambos.

El coche atravesó tres controles más, cada uno de ellos más fortificado que el anterior. En cada parada, el nombre de Greyson abría las puertas como por arte de magia; sin preguntas, sin retrasos, sin registros, solo cumplimiento inmediato.

Poder. Shadera se dio cuenta de que así era el verdadero poder. No era la fuerza bruta que había conocido en el Perímetro, sino el ser capaz de moverte con total facilidad por un mundo hecho para servirte.

Las calles se iban ensanchando a medida que se acercaban al distrito militar.

Los edificios se volvían más funcionales, menos ostentosos, aunque seguían conservando la estética característica del Corazón: cristal y platino.

Soldados Veyra con uniformes negros patrullaban en formaciones precisas, con las armas a la vista, pero sin desenfundar.

Una demostración de fuerza, cuidadosamente coreografiada para parecer tanto casual como abrumadora.

Greyson señaló en dirección a un complejo masivo rodeado por altos muros.

—La base de comercio. Desde allí mantenemos relaciones comerciales con las otras ciudades-estado.

Shadera asimiló la información. Jameson sospechaba que más ciudades habían sobrevivido al Colapso, pero la confirmación le resultaba valiosa.

—¿Con qué comerciáis? —preguntó mientras memorizaba hasta el último detalle: el número de Veyra por rotación, los puntos de acceso que podrían explotarse.

—Principalmente, con tecnología; cada ciudad-estado gestiona sus propios recursos.

—Su voz adquirió un tono didáctico, como si recitara un libro de texto—.

New Found Haven es la más grande de las tres y su producción agrícola es suficiente para nuestra población si se lleva a cabo un racionamiento adecuado.

—Racionamiento adecuado —repitió ella con frialdad—. ¿Así es como llamáis a la hambruna?

—No. Así es como mi padre llama a la gestión eficiente de los recursos.

La distinción era sutil pero clara. No decía «nosotros». Nunca decía «nosotros» cuando hablaba del Corazón; siempre era «mi padre». Shadera también se guardó esa información, sin saber qué pensar.

El coche avanzó y pasó junto a las instalaciones de producción de armas, enormes complejos que zumbaban de actividad y que eran visibles desde la calle.

Los trabajadores se movían con energía, habitantes del Cardinal con acceso temporal al Corazón para trabajar.

Greyson le proporcionó detalles sobre la capacidad de producción, los protocolos de distribución, las medidas de seguridad…

, una cantidad desmesurada de información que sería de gran valor para la resistencia.

Shadera se preguntó si él era consciente de lo que le estaba dando, o si creía que, dada su situación de rehén, ese conocimiento no suponía ninguna amenaza.

—El sector agrícola —anunció Greyson cuando se acercaron a un conjunto de cúpulas de cristal enormes que se elevaban como burbujas en el paisaje impecable del Corazón.

A Shadera se le cortó la respiración.

—Para el coche. —Las palabras le salieron casi frenéticas, sin darle tiempo a regular el tono de voz.

Chapman los observó por el retrovisor a la espera de la confirmación de Greyson, quien asintió una vez.

El coche redujo la velocidad y atravesó una entrada privada que evitaba la puerta principal de seguridad.

El vehículo se deslizó por una cámara de descontaminación y luego emergió dentro del perímetro de la primera cúpula.

Shadera contempló la abundancia tras el cristal, sintiendo que se le abría un agujero en el pecho.

Había oído hablar de ellas, por supuesto. Todos en el Perímetro sabían de la existencia de las cúpulas de cultivo. Pero verlo y oírlo eran dos cosas completamente distintas. Su magnitud le resultó abrumadora; hectáreas de tierras de cultivo protegidas, brillando bajo el sol.

—¿Te gustaría verlas por dentro? —le preguntó Greyson suavemente.

Shadera asintió de inmediato.

No se dio cuenta de que Chapman se había bajado del coche hasta que le abrió la puerta, y el aire climatizado le golpeó la piel con un calor agradable que le recordó a las historias que le habían contado sobre el mundo de antes, antes del Colapso, antes de New Found Haven, antes de que todo saliera mal.

El olor fue lo siguiente que la impactó: tierra limpia, cosas creciendo, una dulzura que no logró identificar.

Finalmente salió del coche mientras Greyson lo rodeaba por detrás.

—Por aquí —dijo, inclinando la cabeza en dirección a una entrada que conectaba directamente con la cúpula principal.

Las puertas se abrieron en silencio, y Shadera se detuvo en el umbral, aturdida por lo que se encontraba ante ella.

Campos.

Campos de cultivo auténticos que se extendían más allá de lo que parecía posible en un espacio cerrado.

El techo transparente de la cúpula se elevaba sobre ellos, filtrando la luz solar para crear condiciones perfectas de crecimiento.

Los trabajadores se movían entre las hileras de plantas, cuidando, cosechando, podando.

Ante ella se extendían todos los tonos de verde imaginables, salpicados por los colores de frutas y verduras maduras.

Avanzó lentamente, casi con reverencia. Apoyó la palma contra la barrera transparente que separaba la zona de observación de los campos mientras el corazón se le expandía en el pecho para luego volver a encogerse.

En esta ocasión, la emoción que le invadió las venas no era ira, no era rabia. Era desesperación. Había comida. Había muchísima comida.

—Esta es solo una de las doce cúpulas —dijo Greyson en voz baja al colocarse a su lado—. Hay otras según las distintas necesidades climáticas, además de instalaciones para el ganado.

Shadera tragó con dificultad; notaba la garganta tensa y un zumbido estático en los oídos.

—¿Quiénes son? —preguntó señalando a los trabajadores.

—Habitantes del Cardinal. Técnicos agrícolas especializados.

—¿Pueden llevarse algo de esto a casa para sus familias?

El silencio de Greyson fue respuesta más que suficiente.

Se volvió hacia él, y aunque la máscara ocultaba el dolor que sabía que reflejaba su rostro, no hacía lo mismo con su voz rota.

—¿Por qué me estás enseñando todo esto?

No le respondió de inmediato. Tenía la mirada clavada en los campos más allá de la barrera. Cuando finalmente habló, lo hizo con un tono medido y cuidadoso.

—En unos días serás mi esposa. Tendrás que desempeñar un papel en el Corazón, te guste o no. Deberías saber la verdad de lo que ocurre aquí.

—¿La verdad? —La rabia estaba volviendo—. La verdad es…

—Sé la verdad —la interrumpió con dureza—. Siempre la he sabido, y estoy intentando cambiar… —Se detuvo, como si hubiera estado a punto de hablar demasiado, de mostrar demasiado—. Saber y cambiar son dos cosas completamente distintas.

Antes de que ella pudiera responderle, ya se dirigía de vuelta hacia la salida, con pasos rápidos y decididos.

Shadera lo siguió; la cabeza le iba a mil mientras trataba de procesar todo lo que había visto, todo lo que le había dicho.

Le estaba ocultando algo crucial, lo notaba.

Percibía un sentimiento de ira en él que la desconcertaba; no una rabia defensiva, sino algo más profundo.

Regresaron al coche en silencio, y Chapman le abrió la puerta mientras Greyson se deslizaba en el interior del vehículo por el otro lado. Algo en aquella conversación lo había puesto tenso, de los nervios. Se apretó la rodilla, como si intentara recuperar el control de la emoción que lo atravesaba.

Observó cómo la enterraba, cómo la empujaba lentamente hacia abajo, tragándose hasta el más mínimo rastro de ella que demostrara que había estado allí alguna vez.

Greyson se aclaró la garganta.

—Ahora toca el distrito del ocio —dijo cuando atravesaron otro puesto de control. Su voz había recuperado su cadencia neutral, la grieta que se había abierto de forma momentánea en su compostura ya estaba sellada.

Aquí, la estética del Corazón cambiaba. Seguía siendo impecable, controlada, pero con una capa de indulgencia que no estaba presente en otros distritos.

Teatros, restaurantes, clubes privados; todos ellos diseñados con la misma elegancia contenida que caracterizaba la arquitectura del Corazón.

Los letreros brillaban de forma sutil, prometiendo placeres a quienes podían acceder a ellos.

—¿Aquí es donde trabaja Callum? —preguntó Shadera.

Greyson asintió y soltó una risita.

—Todo lo que ves le pertenece a Callum. Su establecimiento principal se encuentra al fondo del distrito, pero, de una forma u otra, es el dueño de todo.

—Entonces ¿solo lo gestiona? —insistió Shadera.

—Oficialmente, sí. Extraoficialmente…, digamos que, aparte de mi padre, es el hombre más peligroso del Corazón.

—Creía que lo serías tú, ya que eres el verdugo.

Greyson la miró de reojo.

—No, los élites no me temen porque no es a ellos a quienes mato en ese cadalso. Pero Callum…, él no necesita un cadalso para infundir miedo. Los secretos que recopila lo hacen por él.

De repente, Shadera sentía mucha curiosidad por ese hombre que parecía moverse entre mundos.

—¿Y le confías tus secretos?

No hubo vacilación en la respuesta de Greyson.

—Le confiaría hasta mi vida.

Shadera no respondió, se limitó a mirar por la ventana mientras el coche continuaba su recorrido.

Observó cómo la gente entraba en restaurantes donde una sola comida costaría más de lo que los anillos veían en un mes.

Vio a parejas desaparecer en teatros, sus máscaras brillando bajo la luz de la tarde.

Observó la riqueza y la comodidad desfilar mientras que, a kilómetros de distancia, la gente se mataba por un puñado de créditos.