18. Gracias
Shadera se colocó frente al espejo mientras le daba vueltas a la máscara. Preciosa y macabra. Un símbolo sanguinario presente en el corazón del mundo de su enemigo. Odiaba que le encantara.
Acarició el contorno de los pómulos, las cuencas vacías, la curva donde iba la nariz. Era una obra manual exquisita, mucho más detallada de lo que había esperado que le dieran.
Un regalo. Nunca antes le habían regalado nada. En el Perímetro, todo tenía un precio. Supuso que esto también lo tendría.
—Joder —le murmuró a su reflejo.
En el Perímetro, los rostros eran armas, las identidades eran una armadura. Taparte era admitir miedo, decirle al mundo que eras un cobarde. Pero aquí, en esta prisión de lujo, no tenía elección.
Se la llevó al rostro; la gelidez del material le provocó un escalofrío al entrar en contacto con su piel.
El peso la sorprendió; pesaba más de lo que parecía.
Los bordes se acomodaron contra sus rasgos y la mantuvieron en su sitio.
Encajaba a la perfección, pero llevar puesta una máscara del Corazón le provocaba un sentimiento de derrota. Extraño. Invasivo. Como una traición.
No se molestó en mirar su reflejo, no ahora. No con lo que vería devolviéndole la mirada.
Shadera se ajustó la máscara por tercera vez mientras Chapman le abría la puerta del coche; el sedán negro los esperaba en la entrada privada del edificio.
Captó su reflejo en la ventana tintada: la muerte le devolvía la mirada, elegante y trazada en plata.
Si tenía que llevar la marca que le imponían, al menos la llevaría como una amenaza.
Chapman se había quedado horrorizado cuando la había visto salir de la habitación con ella puesta, y hasta le había lanzado una miradita a Greyson, como si esperara su objeción.
Pero este se limitó a asentir con algo parecido a la satisfacción brillándole en los ojos.
Un conjunto de pesadillas a juego, preparados para su debut público.
—Te queda bien —comentó Greyson desde detrás de la máscara; la ya familiar obsidiana ocultaba cualquier expresión que pudiera acompañar a sus palabras mientras le hacía un gesto para que se subiera al coche.
Shadera no respondió, simplemente se deslizó en el asiento trasero, el cuero frío y flexible bajo su cuerpo.
Otro lujo que le erizaba la piel al ser consciente de lo que tal exceso le costaba al Perímetro.
Se pegó al extremo más alejado para poner entre ellos la mayor distancia posible.
Greyson la siguió y se acomodó en el asiento contiguo.
Chapman cerró la puerta y luego ocupó su lugar en el asiento del conductor.
Era un hombre delgado pero fuerte, mayor de lo que había esperado para un sirviente del Corazón, con movimientos metódicos que dejaban claro que había recibido entrenamiento militar.
Greyson le había dicho que había nacido en el Cardinal.
Que no era un esclavo. Ella no estaba convencida de que existiera diferencia cuando se trataba de servir al Corazón.
La pantalla que los separaba de Chapman estaba medio levantada, creando una burbuja íntima que de repente le parecía demasiado pequeña para los dos. Shadera sintió que se le contraían los pulmones y se le tensaba el pecho.
Se puso a observar la ruta mientras el coche se alejaba del edificio, catalogando puntos de referencia, intersecciones, puestos de control.
Tres giros hasta el bulevar principal. Cuatro controles entre ese punto y el perímetro exterior del Corazón.
Dos centros de drones de vigilancia en los tejados.
Valiosa información que podría usar si…, cuando encontrara su oportunidad de escapar.
Información que Jaeger y Jameson podrían usar para planear sus próximos golpes.
Pensar en Jameson le provocó una punzada en el pecho. A esas alturas ya estaría como loco, la daría por muerta o algo peor. Pero allí estaba ella, en un coche de lujo junto al verdugo, con una máscara del Corazón, como si fuera una especie de mascota. La vergüenza le ardió bajo la piel.
—¿Adónde vamos? —preguntó con voz plana.
No mostrar nada. No revelar nada. Memorizarlo todo.
—Primero al distrito militar —respondió Greyson, con la atención puesta en una tablet que había traído—. Después a las cúpulas de cultivo y al distrito del ocio. Deberías ver a qué te enfrentas antes de esta noche.
—Te refieres a lo que me están obligando a respaldar.
Él levantó la vista de la tablet y la observó con esos ojos azules brillantes e ilegibles que se ocultaban tras la máscara.
—Sí. —La simple constatación de la verdad por parte de Greyson la sorprendió.
Shadera inclinó la cabeza.
—Bastante sensato por tu parte enseñarle a tu asesina lo bien defendido que estás.
A Greyson se le escapó un leve bufido.
—Considéralo un beneficio mutuo. Tú satisfaces tu curiosidad, y yo te dejo claro que no servirán de nada tus futuros intentos de asesinato.
—Muy atrevido por tu parte dar por sentado que eso me detendrá.
Juraría que vio cómo se le reflejaba una sonrisa en la mirada.
—Muy atrevido por tu parte dar por sentado que tendrás otra oportunidad.
Ambos guardaron silencio, pero ahora era distinto; estaba cargado con algo que no resultaba tan hostil.
Shadera se volvió hacia la ventanilla mientras el coche avanzaba por las impecables calles del Corazón.
Todo estaba impoluto: las aceras inmaculadas, los edificios relucían bajo los rayos del sol de primera hora de la tarde.
Hasta las árboles parecían podados al milímetro, sin una sola hoja fuera de lugar.
Era precioso de una forma estéril y controlada que hizo que se le revolviera el estómago de rabia.
La gente caminaba sin prisa, con los rostros ocultos tras máscaras de distintos diseños, aunque ninguna tan provocadora como la suya.
Vestían ropas muy similares entre sí: elegantes, discretas, caras.
Desde la distancia, parecían figuras de una simulación en lugar de personas reales. Perfectas y vacías.
—Después de la cena de esta noche —dijo Greyson de repente, rompiendo el silencio—, deberíamos hablar de lo que mencionó Lira.
Shadera se volvió hacia él.
—¿Sobre qué esperar?
Él asintió; tamborileaba los dedos enguantados contra su rodilla marcando un ritmo inquieto.
—Hay aspectos de la sociedad del Corazón, de los votos ceremoniales, para los que deberías estar preparada. Cosas que se esperarán de ti. Cosas que verás y que… —Se quedó callado. Apretó la mandíbula bajo la máscara—. Cosas que serán difíciles…, impactantes para alguien que no ha crecido aquí.
Ella percibió algo en su tono de voz que hizo que lo estudiara con más atención.
La rigidez de sus hombros, la forma en que había cerrado la mano en un puño sobre el muslo, cómo se le había acelerado la respiración.
Señales que le habían enseñado a leer en sus objetivos antes de matarlos; señales de miedo, de angustia.
—No quieres ir a esa cena, te preocupa —dijo en voz alta al darse cuenta.
Greyson giró la cabeza hacia ella de forma brusca.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Tu cuerpo lo grita. —Señaló su postura tensa—. Me he tirado toda la vida leyendo el miedo en la gente. Emana de ti en oleadas.
Por un momento, pensó que lo negaría, que se escondería tras esa fachada fría que solía mantener. En cambio, exhaló lentamente, y se le hundieron los hombros apenas un poco.
—No quiero ir —admitió, aunque lo hizo tan bajo que casi no lo oyó—. Pero las consecuencias de no ir no merecen la pena.
Esa confesión cambió algo entre ellos. Una grieta en la armadura del verdugo perfecto, el atisbo de un hombre bajo el monstruo.
Shadera se preguntó, y no por primera vez, quién podría haber sido Greyson Serel si no hubiera nacido en esa familia, si no hubiera sido moldeado por el veneno del Corazón.
—¿Qué pasa en esas cenas? —preguntó. Su curiosidad reemplazó la evaluación táctica que había estado llevando a cabo.
Greyson apartó la mirada para observar la ciudad que se dibujaba tras la ventana.
—Nada bueno.
El coche redujo la velocidad al acercarse a un puesto de control, el primero de muchos, supuso, dada la presencia militar que se desplegaba más adelante. Numerosos guardias con rifles de pulso permanecían en posición de firmes.
—Por ahora —continuó Greyson al enderezarse cuando se detuvieron— recuerda que ya no eres solo Shadera Kael, una sanguinaria del Perímetro. Eres mi prometida. Mi compañera. Intenta actuar en consecuencia.
—¿Quieres que te mire embobada y suspire ante cada una de tus palabras? —preguntó ella, sin poder evitar el filo de su voz.
Greyson se rio, y la sonrisa se le reflejó en la mirada.
—Me encantaría ver cómo lo intentas. Pero no, simplemente… no amenaces con matar a nadie en público. Con eso bastará.
Muy a su pesar, Shadera tuvo que reprimir la sonrisa que amenazaba con curvarle los labios.
—No hago promesas que no puedo cumplir.
Un guardia se acercó a la ventana, y Greyson le dio un leve toque al panel que se encontraba a su lado para bajarla. El guardia abrió los ojos ligeramente al ver la máscara de Shadera, pero se recompuso al instante.
—¿Su identificación, señor?
Greyson le entregó una elegante tarjeta negra.
—Greyson Serel. Habilitación de seguridad alfa nueve. Y mi prometida, Shadera Kael. Ha sido autorizada por el propio patriarca.
El guardia escaneó la tarjeta y luego asintió con rigidez.
—Sí, señor. Recibimos la notificación. Pueden pasar.
Shadera frunció el ceño cuando volvió a subir la ventanilla.
—Maximus jamás me daría acceso a la base Veyra.
—Ya. —Greyson ladeó la cabeza y le dedicó una sonrisa—. Pero Callum sí.
Mientras atravesaban la puerta, Shadera volvió a estudiar a Greyson.
Empezó a darse cuenta de que escondía mucho más, de que existían capas ocultas más allá del verdugo, el hijo, el miembro de la élite del Corazón.
Una complejidad que no había querido reconocer porque le resultaba más fácil odiar a un simple monstruo que a un hombre complicado.
—¿Qué? —le preguntó él, pues se había percatado de su escrutinio.