17. Ya no tienes derecho a decirme eso #4
La máscara estaba hecha de obsidiana pulida, tan negra que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla.
Pero, mientras que las máscaras tradicionales del Corazón eran elegantes, de un simbolismo sutil, esta era una provocación descarada.
Tenía forma de calavera, con las cuencas de los ojos más grandes de lo habitual y ángulos afilados.
Una filigrana de plata recorría la estructura ósea, aportando un toque de delicadeza y atrapando la luz al moverse.
Ningún miembro de la élite del Corazón llevaría jamás algo tan deliberadamente macabro, tan abiertamente desafiante a la tradición.
Era perfecta.
Greyson se acercó y se asomó por encima del hombro de Shadera para observar la creación.
Se le dibujó una pequeña sonrisa en los labios al imaginarse la cara de su padre cuando Shadera apareciera en la cena con ella puesta.
Las máscaras del Corazón estaban pensadas para borrar la individualidad, para crear una sociedad uniforme donde el rango fuera visible, pero la personalidad permaneciera contenida.
Esta máscara hacía justo lo contrario; gritaba identidad, desafío, rebelión.
Declaraba a quien la llevaba como alguien peligroso.
Su padre la odiaría. Lo que hacía que a Greyson le gustara todavía más.
Su parte estratégica calculaba las ventajas.
Aquello era más que una rebelión estética; era una guerra psicológica.
Cuando Shadera apareciera a su lado llevando una máscara de calavera, el mensaje sería inconfundible.
Una sanguinaria estaba del lado de los Serel, no contra ellos.
Crearía justo la narrativa que su padre quería, a la vez que la subvertiría mediante un simbolismo que él detestaría: que Shadera seguía perteneciendo al Perímetro.
Shadera le dio vueltas a la máscara en silencio.
—Es lo que me pidió Greyson —aclaró Lira—. Quería que te hiciera algo que realmente quisieras llevar.
Shadera desvió la mirada hacia Greyson con una sorpresa momentánea antes de recuperar su semblante serio.
—La he diseñado yo misma —siguió Lira—. Me pareció que el motivo de la calavera era apropiado, dadas tus asociaciones. El símbolo de los sanguinarios es una calavera, ¿no?
—Sí —respondió Shadera en voz baja.
—Eso pensaba. Y combinará con la marca…
—Es perfecta —la interrumpió Greyson antes de que pudiera terminar, lanzándole una mirada asesina.
Shadera todavía no había visto su marca, otra cosa que desconocía de él. Tarde o temprano acabaría descubriendo que su máscara también se parecía a su propio símbolo, pero, si quería que se la pusiera, aquel no era el momento adecuado para tal revelación.
La devolvió a la caja con sumo cuidado, aunque sus movimientos eran ya más relajados.
—Gracias. Esperaba que tu hermano me pusiera un saco de patatas en la cabeza, así que esto es toda una mejora.
Para sorpresa de Greyson, Lira se rio; no su risa social ensayada, sino un sonido sincero que llevaba mucho tiempo sin oír.
—De hecho, fui yo quien sugirió lo del saco. Greyson insistió en darte algo más digno.
A Shadera se le curvaron los labios ligeramente, una diversión reacia atravesando su habitual cautela. Algo cambió en la relación entre las dos mujeres; no era amistad, sino un reconocimiento momentáneo de intereses comunes.
—¿A qué te dedicas exactamente? —le preguntó Shadera a Lira antes de apoyarse contra la encimera con la cabeza ladeada.
Greyson sintió un cosquilleo de advertencia en la nuca. Conocía esa mirada, la había visto muchas veces en sus propias interacciones. Shadera no pretendía entablar conversación con ella, su objetivo era recopilar información. Antes de poder intervenir, Lira ya estaba respondiendo.
—Me encargo de las relaciones públicas del Corazón —contestó, adoptando el tono que tan ensayado tenía para los actos oficiales—.
Concretamente, superviso los medios y la narrativa en torno a la familia Serel y el gobierno del Corazón.
Decido qué información llega al Cardinal y al Perímetro y cómo se presenta.
—Así que eres tú quien se asegura de que todos los anillos tengan una buena vista de tu hermano ejecutando a sus amigos en directo. —La voz de Shadera se había vuelto plana; el breve momento de camaradería se desvaneció.
Greyson dio un paso adelante.
—Eso no es…
—No, ya contesto yo —lo interrumpió Lira, alzando una mano para detenerlo.
Se giró para encarar a Shadera—. Sí, así es.
Me aseguro de que todos vean lo que el Corazón quiere que vean.
Construyo las historias que mantienen a la gente obediente, que justifican las ejecuciones, que sostienen el sistema.
—Su voz era firme, inquebrantable—. Yo no nací en el Perímetro, no tuve el lujo de unirme a la rebelión.
No nací en el Cardinal. Nací aquí, en esta prisión; porque no te equivoques, por muy lujosa que sea, sigue siendo una prisión, donde cada paso es observado y medido.
Shadera mantuvo el semblante serio, pero no la interrumpió. Aun así, Greyson se acercó por instinto, preparándose para su ataque.
—¿Crees que no sé la clase de persona que es mi padre? —continuó Lira, y algo crudo asomó bajo su exterior pulido—. ¿Crees que no entiendo que el Corazón está corrupto, que el sistema está roto? Lo sé desde que tuve edad suficiente para reconocer el miedo en los ojos de nuestras sirvientas.
Se inclinó sobre la encimera, acercándose más a Shadera, bajando la voz.
—Hago lo que tengo que hacer para sobrevivir, igual que tú.
La diferencia es que mi supervivencia no depende solo de mis propias acciones, sino de la percepción que tenga mi padre de mi lealtad.
¿Crees que estoy a salvo por mi apellido?
¿Por esto? —Le dio un golpecito a su máscara—.
Podría acabar sobre ese cadalso mañana mismo si me salgo del guion, si hablo en su contra.
Si muestro una sola pizca de simpatía por la causa equivocada.
Greyson observaba el intercambio con creciente inquietud. Nunca había oído a Lira hablar tan abiertamente sobre su situación, ni siquiera con él. La crudeza de sus palabras le hizo ser dolorosamente consciente de todo lo que solía ocultar, incluso a su familia.
—¿Por qué no…? —empezó Shadera.
—¿Por qué no hago nada al respecto? —terminó Lira por ella—. Porque carezco de poder, de autoridad, de posición. Porque soy una mujer en un sistema diseñado por hombres para mantener el poder en sus manos. Porque cada vez que intento mitigar el sufrimiento, me han recordado cuál es mi lugar.
Lira alzó la mano y se tocó la máscara, un gesto que parecía inconsciente, habitual.
—Esto no es solo un símbolo de estatus. Es un bozal. Un recordatorio de que mi rostro, mi identidad, mi propia existencia pertenecen primero al Corazón, después al apellido Serel y, por último, a mí.
El silencio que siguió fue denso, cargado de verdades que rara vez se pronunciaban en voz alta en el Corazón. Greyson contuvo el aliento mientras las dos mujeres se reevaluaban.
—No me caes bien —le dijo Lira a Shadera con franqueza—. Tu gente mató a mi hermano. Pero, te guste o no, compartimos un enemigo en común.
—Tu padre —respondió Shadera, más como una afirmación que como una pregunta.
—Maximus Serel es un monstruo —confirmó Lira, y Greyson sintió un escalofrío ante la simple declaración—. Y nos está utilizando a todos como piezas de un juego, sea cual sea. Así que quizá podamos dejar a un lado nuestro desprecio mutuo el tiempo suficiente como para asegurarnos de sobrevivir a él.
La cocina se quedó en silencio. Shadera estudió a Lira durante unos segundos con expresión seria, indescifrable.
—Dijiste que teníamos que hablar de otras cosas. ¿De qué? —preguntó finalmente.
Lira miró a Greyson antes de responder, como si evaluara su reacción.
—Los votos ceremoniales se celebrarán dentro de cinco días, y la cena de esta noche está diseñada para ponerte a prueba.
Es para que mi padre vea hasta dónde puede presionarte antes de que pierdas el control y así conocer tus límites en público.
No le des lo que quiere. —Greyson se percató del tic nervioso en la mandíbula de Lira antes de que continuara—.
Estás a punto de adentrarte en el mundo más cruel que te puedas imaginar.
Habla con Greyson. Hablad entre vosotros.
Asegúrate de entender lo que te espera para que no te pille por sorpresa.
Shadera se tensó.
—¿A qué te refieres?
—Tenéis mucho de que hablar. —Lira se apartó de la encimera y se colgó la correa de la bolsa al hombro—. Haré que os traigan la ropa adecuada antes de la cena. —Hizo una breve pausa para mirar a Greyson—. ¿Me acompañas a la salida, hermano?
Greyson asintió y escoltó a Lira hasta la puerta sin mirar a Shadera. Mordiéndose la lengua, esperó a estar fuera del apartamento con la puerta cerrada.
—¿Por qué le has dicho eso? —le espetó al volverse hacia ella mientras esperaban el ascensor—. ¿Te das cuenta de lo mucho que se va a cabrear? Y no me refiero a un cabreo sutil, Li, sino a que me va a cortar el cuello mientras duermo y me va a pegar una puñalada en el corazón.
Lira no lo miró hasta que las puertas del ascensor se abrieron y entró. Greyson apoyó la mano en el marco para impedir que se cerraran, a la espera de una respuesta.
—No importa lo mucho que la odie, Grey. Se merece saber lo que les pasa a las mujeres después de los votos, y necesita que seas tú quien se lo diga.
Si quieres que se ponga de nuestra parte, si quieres que confíe en nosotros, tienes que decírselo.
De lo contrario, no habrá ni la más mínima posibilidad de que nos cuente nada.
Greyson se la quedó mirando. Sabía que tenía razón.
Sabía que la verdad sería más fácil de aceptar si venía de él, pero era una verdad que ni él mismo todavía había aceptado.
Dejó caer la mano y Lira desapareció tras las puertas cuando se cerraron.
Su reflejo le devolvió la mirada en el cristal y, durante un segundo, se planteó echar a correr.