17. Ya no tienes derecho a decirme eso #3
Ambos giraron la cabeza hacia el sonido con el cuerpo en tensión. Greyson extendió automáticamente la mano hacia su máscara y cerró los dedos sobre el metal frío. Sus miradas se encontraron a través de la cocina, un extraño momento de preocupación compartida.
No esperaba a nadie. Nadie sabía que habían desactivado la vigilancia. ¿Los hombres de su padre?
Greyson dejó la taza sobre la mesa con cuidado y se colocó la máscara.
—Quédate aquí —murmuró antes de dirigirse hacia la entrada.
Se acercó a la puerta en silencio y miró por la mirilla. La tensión abandonó sus hombros al reconocer la máscara de oro rosa al otro lado.
—Es Lira —dijo al quitar el cerrojo para abrir la puerta.
Su hermana entró en el apartamento y pasó junto a él cargando con una bolsa grande e irradiando esa energía tan particular que siempre parecía llenar cualquier espacio que ocupaba.
Se detuvo en seco en la entrada y observó la escena que tenía delante: Greyson con unos pantalones de chándal, una chaqueta a medio cerrar y la máscara puesta de cualquier manera, y Shadera con su camiseta puesta y el pelo suelto y alborotado.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Lira con la voz cargada de insinuación.
—No —respondió él demasiado rápido—. Solo estábamos tomando café.
—Eso ya lo veo. —Los miró a ambos de arriba abajo y se detuvo en las piernas desnudas de Shadera y en el estado a medio vestir de su hermano—. Entre otras cosas, por lo visto.
Shadera cambió el peso de un pie a otro y cruzó los brazos sobre el pecho. El movimiento solo sirvió para enfatizar la poca ropa que llevaba puesta, pues el dobladillo de la camiseta se le subió aún más. Greyson se obligó a apartar la mirada.
—Lira, te presento a Shadera Kael, la asesina con la que comparto piso —dijo mientras las señalaba a ambas con gesto despreocupado—. La mujer con la que voy a casarme, gracias a tu brillante plan.
A Lira se le movió la máscara, la única señal de que había levantado una ceja.
—Una presentación de lo más encantadora, Grey. Veo que te estás esforzando por que este acuerdo funcione.
—Oh, nos llevamos de maravilla —respondió Shadera antes de apoyarse contra la encimera—. Ahora solo amenaza con matarme cada dos horas.
—Vamos mejorando, entonces —comentó Lira con sequedad—. Antes era cada dos minutos.
Algo parecido a la diversión cruzó el rostro de Shadera, pero rápidamente fue sustituido por su habitual expresión de desprecio. Le dio un buen trago al café sin dejar de mirar a Lira por encima del borde de la taza.
El silencio que se instaló entre ellas se alargó, cargado de hostilidad contenida. Greyson observó a las dos mujeres evaluarse mutuamente, calculando debilidades, midiendo fuerzas: depredadoras reconociéndose en un mismo terreno de caza.
—Bueno… —Fue Lira quien rompió el silencio tras dejar su bolsa sobre la encimera—. ¿Vamos a hablar del tema o no?
—¿A qué te refieres? —preguntó Greyson mientras se pasaba una mano por el pelo.
—Greyson Serel —le espetó Lira al volverse hacia él—, más te vale no estar acostándote con una sanguinaria.
Shadera se atragantó con el café y empezó a toser porque el líquido se le fue por donde no debía. Greyson apretó la mandíbula hasta que casi le crujió.
—Lira. —Fue una advertencia.
—¿Qué? —Su hermana abrió las manos con falsa inocencia—. Me parece una preocupación justificada, teniendo en cuenta que ambos estáis a medio vestir a las siete de la mañana y ella lleva puesta tu ropa.
—No nos estamos… —empezó él.
—Preferiría follarme a un perro rabioso —lo cortó Shadera en cuanto se recuperó del ataque de tos—. De hecho, creo que preferiría al perro antes que a tu hermano en general.
—El sentimiento es mutuo, te lo aseguro —replicó Greyson con los ojos entrecerrados.
«Es demasiado temprano para esto».
Lira los miró a ambos con la cabeza ladeada, en absoluto convencida, mientras Greyson luchaba contra el impulso de empujarla de nuevo hacia la puerta.
—Pero ¿y la camiseta…? —dijo.
—¿Toda tu familia es igual de cotilla? —preguntó Shadera sin darle tiempo a responder—. Chapman me trajo esta ropa. No es que tu padre tuviera el detalle de prepararme una maleta antes de encarcelarme aquí. ¿Preferirías que fuera desnuda por toda la casa?
El recuerdo de cómo había llegado allí tras salir de la prisión —contusionada, medio inconsciente, con la ropa dura a causa de la sangre— golpeó a Greyson en el estómago.
Pero no era sentimiento de culpa, sino el conocimiento de estar añadiendo más dolor al libro de cuentas de su familia, el cual ya se encontraba en números rojos.
Lira se tensó todavía más, si es que eso era posible.
—Preferiría que no estuvieras aquí.
—Pues ya somos dos —masculló Shadera sobre su café.
Greyson se pellizcó el puente de la nariz, sintiendo cómo se le empezaba a levantar dolor de cabeza detrás de los ojos.
No era así como había planeado comenzar a poner en marcha su plan.
Necesitaba que Shadera creyera que era comprensivo, necesitaba ganarse su confianza, no ver a su hermana provocándola.
Pero hubo algo en la acusación de Lira que se le quedó en la cabeza. La simple sugerencia se le debería haber antojado ridícula. Acostarse con una sanguinaria —con la mujer que había intentado meterle una bala entre ceja y ceja— no solo era absurdo. Era obsceno.
«Aunque los sonidos de la noche anterior…».
No.
Eso era una distracción que no se podía permitir.
Tenía un objetivo. Acercarse a ella, ganarse su confianza, sonsacarle información sobre el asesinato de Brooker.
Nada más. La atracción física indeseada —hizo una mueca ante la palabra—, la curiosidad por cómo era su vida antes de que sus caminos se cruzaran…
eran debilidades que debía dominar, no alimentar.
Pero, mientras se lo repetía, la miró. Estaba apoyada contra la encimera, como si fuera suya, desafiante y letal incluso con ropa prestada.
Había algo en ella que ni siquiera las circunstancias podían doblegar.
Un núcleo de acero que, de algún modo, la hacía más presente, más real que cualquier otra persona en la habitación.
Shadera lo pilló mirándola y enarcó una ceja, el desafío escrito en cada línea de su rostro. Greyson fue el primero en apartar la mirada, una rendición inesperada que lo desconcertó.
—Supongo que no has venido solo a lanzar acusaciones —le dijo a Lira, cambiando de tema.
—No. —La voz de Lira se suavizó, aunque a él no se le pasó por alto que se guardaba sus sospechas para analizarlas más tarde—. Te he traído lo que me pediste, y venía a hablar de otras cosas.
Greyson captó la mirada de Shadera, el sutil cambio en su postura, de defensiva a cautelosamente curiosa.
No le había contado nada de lo que estaba por venir, de los horrores a los que estaba a punto de someterla.
Una cosa más que añadir a la creciente lista de conversaciones que debían tener pero que evitaban, pues estaban demasiado ocupados lanzándose pullas.
Para ser sincero, lo estaba evitando. Lo que ella sabía del Corazón apenas rozaba la superficie. Lo que realmente se ocultaba bajo el lujo era un mal puro e intacto que hacía que las ejecuciones públicas parecieran un acto de misericordia.
—¿Qué cosas? —preguntó Shadera con cautela.
Lira metió la mano en la bolsa, moviéndose con cuidado, como si Shadera fuera a abalanzarse sobre ella ante cualquier gesto brusco.
Greyson no lo descartaba. Su mano reapareció con una caja negra mate, sin adornos salvo por un cierre plateado.
La deslizó por la mesa en dirección a Shadera, quien no hizo nada por tocarla.
Greyson percibió su curiosidad al otro lado de la habitación, vio la ligera inclinación de cabeza mientras estudiaba la caja. Su primera rama de olivo, el primer paso hacia su objetivo final.
—Es para ti —le dijo él con un leve asentimiento hacia la caja—. Para hoy.
Observó cómo dudaba, se le notaba que la sospecha luchaba contra la curiosidad. Ese comportamiento le resultaba familiar, lo reconocía. Siempre evaluando amenazas, sopesando riesgos, buscando trampas. Qué forma tan miserable de vivir, pero tan necesaria para sobrevivir.
—Es un regalo —añadió Greyson con más suavidad de la que pretendía.
Por un momento, algo parecido a la vulnerabilidad le cruzó el rostro ante sus palabras. Se dio cuenta de que probablemente fuera el primer regalo que había recibido en su vida. No necesitaba vivir en el Perímetro para saber que allí no existía el lujo de comprar cosas innecesarias.
A Greyson se le encogió el estómago; la culpa le punzaba la nuca mientras veía cómo volvía a levantar sus muros. Shadera deslizó los dedos por la superficie de la encimera para alcanzar la caja con aparente despreocupación, como si nunca hubiera dudado.
—Si lo que sea que hay en esta caja me mata, que sepáis que me llevaré a los dos conmigo —dijo Shadera, aunque en realidad no había veneno en sus palabras.
Lira soltó un sonido a medio camino entre un bufido y una risa.
—Por favor, sería demasiado fácil.
Por primera vez desde que se habían conocido, Greyson vio el fantasma de una sonrisa sincera rozar los labios de Shadera. Le transformó el rostro y convirtió los bordes afilados de su belleza en algo que le tensó el pecho de forma inesperada.
«No. Decididamente no».
Greyson apartó ese sentimiento mientras ella abría la caja. Su sonrisa se tornó en algo más complejo al ver el contenido. Él la observó con atención, en busca de cualquier grieta en su compostura, cualquier señal que lo ayudara a entenderla.
«A manipularla», se corrigió a sí mismo. Ese era el objetivo, el único. Nada de curiosidad, nada de fascinación. Solo un medio para un fin.
Finalmente, Shadera metió la mano dentro y cerró los dedos alrededor del contenido. Cuando lo sacó, se le escapó un pequeño sonido involuntario; no era un jadeo, sino algo más suave. Sobre sus manos reposaba una máscara como ninguna que él hubiera visto jamás en el Corazón.