Sanguinaria (El Corazón 1) 17. Ya no tienes derecho a decirme eso #2
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17. Ya no tienes derecho a decirme eso #2

Callum se liberó de su agarre —ella se lo permitió, por supuesto— y deslizó las manos por sus piernas.

Despacio. De forma deliberada. Sus dedos encontraron la curva de sus caderas y subieron por sus costados con una posesividad que la hizo contener la respiración.

Subió una mano hasta su rostro para apartarle un mechón de pelo que se le había escapado y colocárselo de nuevo detrás de la oreja.

El gesto fue tan suave y tan tierno que Lira casi se vino abajo.

Él se incorporó, sin dejar de agarrarla por la cintura mientras ella quedaba a horcajadas sobre su cuerpo. Estaban tan cerca que sus máscaras casi se rozaban. La tomó del rostro y le acarició con el pulgar el lugar donde la máscara se fundía con su piel.

—Te echo de menos —susurró sin dejar de mirarla a los ojos.

Cuatro palabras.

Simples en su estructura, devastadoras en su impacto.

Lira las sintió como puñetazos en el estómago, cada sílaba impactando en algún lugar vital y desprotegido.

Durante un peligroso instante, se permitió inclinarse hacia su caricia, se permitió recordar lo bien que encajaban juntos, lo bien que él la había entendido de formas en las que nadie más lo había hecho ni probablemente lo haría nunca.

—No —logró murmurar, aunque odió lo débil que sonó—. Ya no tienes derecho a decirme eso.

Él dejó la mano inmóvil contra su piel.

—Li…

—No. —Se apartó y se puso en pie. Necesitaba espacio. Necesitaba distancia—. Me alejaste de ti, Callum. Me miraste a los ojos y me dijiste que lo que teníamos no significaba nada. Que yo no significaba nada.

—Sabes que no era verdad. Me conoces lo suficiente como para saber que ni una sola de esas palabras era cierta. —Su voz se volvió ronca—. Sabes por qué tuve que decirlo.

—¿Lo sé? —Recogió su vara de la estera—. Porque, por lo que a mí respecta, fuiste tú quien tomó una decisión. No yo.

Callum se levantó más despacio, sus movimientos carentes de su habitual soltura.

—No fue fácil.

—Contigo nunca lo es. —Se giró, devolvió la vara al soporte con más fuerza de la necesaria y se obligó a que su voz no mostrara la emoción que le estallaba dentro del pecho—. Contigo nada es fácil, Callum. Todo es un juego, un cálculo, movimientos en algún tablero que ni siquiera veo.

—Eso no es justo.

—¿Justo? —Lira se volvió hacia él con la voz rota—. ¿Acaso fue justo que hicieras que me enamorara de ti, que me dejaras creer que teníamos un futuro, y luego me descartaras como si fuera uno de tus acuerdos de negocios cuando dejé de serte útil?

Las palabras abrasaron el aire, como lava fundida e implacable. Eran demasiado sinceras, demasiado crudas. Lira se arrepintió al instante; le dolía el pecho, se avergonzaba de haberse desmoronado. Vio cómo Callum se tensaba como si lo hubiera apuñalado.

Ella nunca perdía el control así. Nunca dejaba que sus emociones dictaran sus palabras.

Pero Callum siempre había sido la excepción, la falla geológica, el único que atravesaba sus barricadas y sacudía los rincones más protegidos de su corazón.

El único que siempre encontraba las partes de sí misma que mantenía ocultas a todos los demás.

Dio un paso hacia ella, con las manos abiertas a los lados en un gesto que podría haber sido de rendición o súplica.

—Lira, por favor. Déjame…

—Tengo mucho que hacer —lo interrumpió, y se refugió en la formalidad como si fuera una armadura—. Gracias por la pelea.

Callum se estremeció ante la frialdad de sus palabras.

—¿Crees que quería desaparecer? ¿Que para mí fue fácil marcharme?

—Lo hiciste igualmente. —Su voz era apenas un susurro; la rabia había desaparecido, solo quedaba el dolor.

Se acercó a sus zapatos, se los puso y se enfundó la chaqueta mientras se colgaba la bolsa de deporte al hombro.

—Por favor…

No le dejó terminar.

—No. No puedo, Callum. Mi corazón no puede.

Él se la quedó mirando mientras respiraba de forma agitada. Lira observó cómo tragaba saliva, como si intentara reprimir esas dos palabras que ella había esperado oír durante cinco años.

Greyson estaba de pie junto a la isla de la cocina, con una mano alrededor de una taza humeante de café y la otra aferrada a su tablet.

La luz de la mañana atravesaba las ventanas del apartamento en ángulos afilados, reflejándose en la superficie de obsidiana de su máscara, que descansaba a su lado.

El sueño lo había eludido la mayor parte de la noche, su mente se había quedado atrapada en un bucle interminable de sonidos que no debería haber oído, que no podía dejar de oír.

Los suaves gemidos que provenían de la habitación de Shadera. El roce de las sábanas.

Se llevó la taza a los labios lentamente, y el café le abrasó la lengua. Agradeció el dolor, cualquier cosa que lo ayudara a concentrarse en algo que no fuera el recuerdo de aquellos sonidos.

Las órdenes de ejecución llenaban su pantalla: nombres, fechas, crímenes…

, todo cuidadosamente organizado en columnas que reducían vidas humanas a datos.

Pasó al siguiente archivo. Lucy Teller, veinticuatro años.

Una vecina del Cardinal a la que habían pillado robando zapatos para su hermana pequeña.

Padres fallecidos. Ejecución programada para el jueves.

La hermana sería trasladada a las clínicas del Perímetro.

Dejó el dedo suspendido sobre el botón de aprobación, un titubeo que habría sido impensable meses atrás.

«Fírmalo. Es lo único que tienes que hacer. Fírmalo y sigue adelante. No pienses en si su hermana morirá sin ella. No pienses en nada excepto en cumplir órdenes».

Rutina. Necesitaba rutina. El frío desapego de su trabajo podría acallar esos pensamientos insistentes que empezaban a convertirse en curiosidad por la mujer que dormía al final del pasillo. Su potencial asesina y, ahora, por alguna broma cósmica, su puta prometida.

El suave sonido de unos pies descalzos sobre el mármol lo sacó de su ensimismamiento.

No levantó la vista, mantuvo los ojos fijos en la tablet, como si las palabras lo mantuvieran cautivo.

Pero su cuerpo lo traicionó, afinado a su presencia como un diapasón a su nota perfecta.

El aire cambió cuando ella entró en la cocina, trayendo consigo su aroma; algo limpio, pero afilado, como lluvia sobre metal.

Se obligó a adoptar una expresión neutra.

—¿Hay café? —Tenía la voz ronca por el sueño, más baja que su cadencia habitual.

Greyson acabó levantando la mirada de la tablet, y esa máscara de indiferencia que con tanto cuidado había construido se hizo añicos.

Shadera estaba de pie en la entrada del pasillo, con el cabello cobrizo suelto y despeinado de una forma tan salvaje que le daba ganas de hundir los dedos en él. Sus piernas, tatuadas y magulladas, parecían interminables bajo el borde de una camiseta negra que le llegaba a la mitad del muslo.

«Su camiseta».

La misma que había estado buscando el día anterior. Una sensación primitiva y posesiva le ardió en el pecho al verla con su ropa, antes de sofocarla sin piedad.

Los ojos traicioneros de Greyson recorrieron todo su cuerpo: las curvas que la camiseta no lograba ocultar, la forma de su cintura, la elegante línea de su cuello donde todavía se le notaban los moratones. Cuando llegó a la altura de su rostro, ella lo estaba mirando con los ojos entrecerrados.

—¿Qué? —espetó Shadera.

Greyson se aclaró la garganta y se obligó a apartar la mirada.

—Nada —respondió con voz plana. Luego, porque fue incapaz de evitarlo, añadió—: No sabía que mi ropa era de uso comunitario.

Ella se puso pálida y bajó la vista hacia la camiseta, como si la viera por primera vez.

—¿Es tuya?

—Bueno, lo que está claro es que tuya no es. —Le dio otro sorbo al café, usando la taza para ocultar la sonrisa que se le dibujó en los labios—. Y, a menos que haya otra persona viviendo en esta casa sin mi aprobación, sí, es mía.

—Me la dio Chapman —respondió ella mientras tiraba de la tela con repentina incomodidad—. Si hubiera sabido que era tuya, le habría prendido fuego.

—No me cabe duda. —La observó acercarse a la cafetera; la camiseta se le iba subiendo un poco más con cada paso—. Intenta no quemar nada esta vez.

—Intenta no ser un puto imbécil desde tan temprano —replicó ella al coger una taza del armario—. Aunque supongo que eso es como pedirle al agua que no moje.

La domesticidad de la situación le resultó absurda.

La asesina sanguinaria en su cocina, con su ropa puesta, sirviéndose una taza de café como si fuera lo más normal del mundo.

Como si no hubiera estado la noche anterior frente a su puerta, con la mano en el pomo, a un solo empujón de cometer un error colosal.

—Anoche hiciste bastante ruido —soltó sin pensar.

El arrepentimiento fue inmediato.

Shadera se quedó paralizada, con la mano sobre la cafetera y la espalda tensa.

—¿Qué?

—En tu habitación. —Mantuvo un tono de voz neutro—. Las paredes son de papel.

Ella se dio la vuelta lentamente, con el rostro convertido en una máscara ilegible.

—No sé de qué me estás hablando.

—¿No? —Enarcó una ceja—. Me habré equivocado entonces.

La vergüenza le subió a Shadera por el cuello y le tiñó las mejillas mientras apartaba la mirada. Ahí estaba la confirmación, aunque tampoco es que la necesitara.

—Eres un puto pervertido —masculló al darse la vuelta para servirse el café.

—Lo dice la mujer que se pasó media noche gimiendo lo bastante alto como para despertar a los vecinos.

—No tienes vecinos. —La cafetera golpeó la encimera con tanta fuerza que salpicó—. Al menos yo sé cómo satisfacerme —siseó ella—. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te tocó gratis?

La irritación estalló en el pecho de Greyson. No podía permitirse el lujo de establecer vínculos románticos. Abrió la boca para responder con un comentario igual de hiriente cuando un golpe seco sonó en la puerta.