17. Ya no tienes derecho a decirme eso
Los pasos de Lira resonaban por la sala de entrenamiento vacía; cada roce de su tacón contra el mármol devolvía un pequeño eco en el silencio.
El amanecer apenas había cruzado el horizonte, tiñendo los altos ventanales con tonos dorados que transformaban el espacio austero en algo casi hermoso.
Prefería la estancia así: vacía, en calma, toda para ella durante esa preciosa hora antes de que los Veyra llegaran y rompieran la soledad con su presencia.
De hecho, era el único momento en el que se le permitía estar en esas salas de entrenamiento: cuando nadie podía verla.
Deslizó los dedos por la madera pulida de los estantes de las armas al pasar junto a ellos, una costumbre inconsciente que había adquirido tras años acudiendo allí a ver entrenar a sus hermanos. Por supuesto, como mujer, nunca se le permitió tocar ninguna.
«Las mujeres no entrenan con los hombres, Lira —le había dicho su padre—. Tu lugar está detrás de nosotros, preparada para ser llamada cuando haga falta. No al lado, nunca al lado».
El recuerdo acudió a su mente mientras los materiales se deslizaban por su piel.
Cada hoja, cada bastón, cada arma de entrenamiento que ahora estaba decidida a dominar.
Nunca lo admitiría ante nadie, ni siquiera lo diría en voz alta, pero envidiaba a las mujeres de los anillos exteriores.
Envidiaba que las entrenaran para protegerse, que los rebeldes no permitieran que el género te impidiera luchar, liderar.
Notaba la máscara más pesada esa mañana; el oro rosa le presionaba las sienes con un peso inusual.
Quizá era la falta de sueño, las horas caminando de un lado a otro en sus aposentos, la preocupación por Greyson, por la frágil paz que pendía de un hilo entre todos ellos.
O quizá era porque sabía que ese día iba a entregar una máscara que tensaría aún más ese hilo.
Lira se quitó la chaqueta y dejó caer su bolsa de deporte al suelo.
Se pasó los dedos por el cabello oscuro para recogérselo en una coleta baja mientras se acercaba a la estera y se quitaba los zapatos.
Dio un par de saltos sobre las puntas de los pies, sintiendo la leve elasticidad de la superficie acolchada.
Sus músculos recordaron el entrenamiento con Callum incluso antes de que su mente se lo ordenara; su cuerpo adquirió la postura habitual: pies separados a la altura de los hombros, rodillas ligeramente flexionadas.
La primera bocanada de aire fue profunda y centrada, llevando el oxígeno hasta su abdomen, tal y como Callum le había enseñado.
Con la segunda expandió la caja torácica y elevó su postura a una alineación perfecta. Y la tercera…
—Se te nota que vas a atacar por la izquierda.
Lira se giró de golpe hacia la voz, llevándose la mano hacia un arma inexistente a su espalda por instinto.
Callum estaba apoyado contra el marco de la puerta con aspecto despreocupado, mirándola con los brazos cruzados sobre el pecho.
El cobre y el oro de su máscara reflejaban la luz del amanecer, transformando el metal en una llama viva.
—¿Qué haces aquí? —La voz le salió más cortante de lo que pretendía, quebrada por la sorpresa.
Él se enderezó y se apartó de la puerta con la facilidad de alguien que sabía perfectamente el efecto que tenía sobre ella.
—Buenos días a ti también, Li. —Su tono era irritante en su calidez.
Ella entrecerró los ojos tras la máscara.
—No tienes permiso para estar en esta sala. —Una afirmación, no una pregunta. Lira se sabía todos los nombres de la lista de acceso. La había revisado personalmente tras la última brecha de seguridad—. No llevas identificación. Tampoco credenciales de los Serel.
—Tengo mis trucos —respondió él con ese toque de picardía que siempre había sido su debilidad. Se adentró más en la habitación, rodeando el borde de la estera como un depredador que inspecciona su territorio—. El sistema de seguridad Veyra tiene… fallos. Para aquellos que saben dónde mirar.
—Por esos fallos ejecutan a gente. —Permaneció en el centro de la estera, siguiendo sus movimientos. Estaba tramando algo, siempre estaba tramando algo—. ¿Por qué estás aquí realmente?
Se detuvo junto al estante de armas más cercano, con los dedos suspendidos sobre una vara de entrenamiento antes de cogerla. Hizo girar la madera entre los dedos sin ningún esfuerzo.
—Quizá solo quería verte.
Ahí estaba. La vieja herida, nombrada y reabierta en el espacio de una sola frase. Debería haberse marchado, pero sus pies se quedaron clavados sobre la estera.
Odiaba lo rápido que la tensión de la sala se convertía en una especie de gravedad, atrayéndolos a ella y a Callum el uno hacia el otro a pesar del dolor que le causaba. Pero odiaba todavía más esa parte de sí misma que quería creerle.
Lira ignoró la sensación y se centró en lo que de verdad importaba.
—Si te pillan…
—No lo harán —respondió Callum en voz baja a la vez que entraba en la estera con la vara sujeta con soltura en una mano—. ¿Peleamos?
Lira dudó. Estar a solas con Callum era peligroso, como manipular cables pelados con las manos mojadas. Existía la posibilidad de que le pegara un calambrazo con cada interacción, de que se quemara con esa corriente que nunca había dejado de fluir entre ellos a pesar de sus intentos por cortarla.
—De acuerdo, una ronda —cedió—. Pero luego debes irte antes de que te pillen aquí. —Pudo ver la sonrisa que se le dibujaba tras la máscara reflejada en su mirada mientras ella cogía su propia vara. Notaba la madera fría contra la palma, con el peso perfecto.
Se colocó en posición en el centro de la estera, obligándolo a acercarse. Callum no dudó.
Se rodearon, dos planetas atrapados en una órbita compartida, cada uno de ellos calculando el momento de colisión. Callum era más alto, más fuerte, pero Lira llevaba toda la vida aprendiendo a contrarrestar las ventajas de los hombres que se creían intocables.
Hizo el amago de atacarle por la izquierda, él la siguió.
Le lanzó una patada, él la esquivó. Se movían con la comodidad del recuerdo, músculos y huesos evocando todos sus entrenamientos.
Su primer ataque llegó rápido, de prueba, una estocada que ella bloqueó con facilidad.
Las varas de madera chocaron con un sonido seco en la sala vacía.
Lira contraatacó con un golpe bajo que él eludió saltando con una gracia irritante, aterrizando con gran ligereza sobre las puntas de los pies.
—Te estás conteniendo —lo acusó antes de lanzarle una serie de ataques rápidos que lo obligaron a retroceder.
—Tú también. —Bloqueó cada uno de sus golpes—. ¿Te da miedo acercarte demasiado, mi amor?
El viejo apodo le dolió más de lo que debería.
«Mi amor».
Lo que solía susurrarle al oído en esos momentos robados antes de cargarse cualquier posibilidad que hubiera existido entre ellos.
Lo atacó con una intensidad renovada, canalizando la oleada de emoción en fuerza bruta.
Cada golpe llevaba consigo un recuerdo que no podía permitirse reconocer: las manos de Callum en su pelo, su boca en su cuello, la forma en la que la miró la primera vez que se quitó la máscara.
Como si fuera un milagro que no terminaba de creerse.
Callum igualó su ritmo y pasó de la defensa al ataque sin esfuerzo mientras encontraba el compás de su rabia.
—Estás cabreada —dijo con la voz apenas cansada pese al esfuerzo—. Genial. Usa la rabia.
—No estoy cabreada —jadeó ella—. Estoy concentrada.
Su risa fue cálida, cómplice.
—Nunca has sabido mentirme, Li. No de forma convincente.
Esa verdad alimentó su frustración. Hizo el amago de golpear hacia arriba, pero entonces bajó y barrió el suelo con la vara en dirección a sus tobillos.
Él saltó, pero no lo suficiente; la madera le golpeó el talón y le hizo perder el equilibrio.
Lira aprovechó la ventaja para acortar la distancia y atacarle en el torso.
Callum bloqueó el golpe, pero la fuerza lo hizo retroceder aún más.
Atrapó la vara de Lira con la suya, y estas quedaron entrelazadas entre sus cuerpos. Ahora estaban lo bastante cerca como para verle a Callum las motas verdes de sus ojos a través de la máscara, como para sentir el calor que irradiaba su cuerpo.
Él sonrió y tiró de las varas para acercarla más a él, con un brillo en la mirada.
—Hola, cariño —le dijo con un susurro cargado de intimidad.
Lira liberó su vara de un tirón, la lanzó a un lado y se dio la vuelta para poner distancia entre ellos.
El corazón le golpeaba las costillas con fuerza, una traición atronadora a su compostura.
Por eso hacía todo lo posible por evitarlo; porque su cuerpo recordaba lo que su mente luchaba por olvidar.
Callum la imitó: tiró la vara a un lado y esperó su siguiente ataque. Lira avanzó para golpear, pero él la agarró del brazo y la hizo girar, inmovilizándola contra su pecho. Lira se soltó, rodó y se levantó con un barrido que casi le hizo caer.
Se movían como el humo, girando y entrelazándose el uno con el otro. Cada ataque fluía hacia la defensa, cada defensa hacia el ataque. Cada roce de su piel le provocaba a Lira una descarga eléctrica. Sus cuerpos se recordaban, una memoria muscular que cinco años no habían borrado.
Cayeron sobre la estera con fuerza. Lira quedó encima; con los muslos le apresó por la cintura y con las manos le sujetó las muñecas por encima de la cabeza.
Ambos se quedaron inmóviles, jadeando. Notaba los latidos de su corazón en aquellas zonas en las que sus cuerpos se rozaban, veía su propia máscara reflejada en la de él.