Sanguinaria (El Corazón 1) 16. ¿Con qué ejército? #2
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16. ¿Con qué ejército? #2

—Ha sido fiable durante meses. Si consigo retomar el contacto, intentaré ampliar la operación. No serán solo medicinas. También habrá comida, armas.

—Es arriesgado —observó Samuels—. Los medicamentos son una cosa. Paquetes pequeños y de poco peso. La comida abulta mucho, es más difícil de esconder, más difícil de mover. ¿Y las armas? Eso es ejecución en el acto, sin preguntas.

—¿Se te ocurre algo mejor? —Jameson se volvió hacia ellos—. Porque soy todo oídos. De lo contrario, nos toca trabajar con lo que tenemos.

Ninguno respondió. No había opciones mejores. Solo distintos grados de desesperación. Fuera, alguien tosió; esa tos áspera que anunciaba una infección, que significaba un nombre más en la lista de los que no podían salvar.

—Hay algo más. —Jameson dudó; las palabras le pesaban en la lengua como plomo—. Ayer los Veyra me siguieron con drones. Por eso no volví hasta cerciorarme de que era seguro.

—Mierda. —Rook se puso tensa—. ¿Crees que saben de la existencia del campamento?

—De ser así, ya estaríamos muertos. —Jameson se pasó una mano por el pelo plateado—.

Pero ahora están buscando con más ahínco.

Eran de vigilancia, pero los han mejorado.

Pueden colarse por espacios pequeños, ver a través de estructuras densas.

Tienen rastreo térmico, reconocimiento facial y sistemas de mapeo.

Me siguieron hasta casi llegar al puesto de control del norte antes de que los derribara.

—¿Qué están mapeando? —Samuels se inclinó hacia delante.

—Por lo que pude sacar de los chips que recuperé… la densidad de población. Puntos débiles estructurales. La clase de información que recoges antes de… —A Jameson se le secó la garganta.

—Antes de arrasarlo todo —terminó Rook con el rostro pálido bajo las cicatrices.

Jameson asintió.

—El Corazón se está preparando para algo. Algo grande.

—¿Una guerra? —preguntó Samuels.

—O su consecuencia. Para nosotros no sería una guerra, sería eutanasia sistemática.

Sería un asesinato masivo. —Jameson se volvió hacia el mapa, siguiendo con la mirada la frontera entre su distrito y el páramo tóxico que se extendía más allá—.

Quiero que preparen los refugios antiaéreos.

Todos. Los de antes de la partición todavía tienen revestimiento de plomo. Prioridad para niños y personal médico.

La brusca inhalación de Rook fue el único sonido en la habitación.

Los refugios eran reliquias de antes de New Found Haven, búnkeres de hormigón enterrados lo bastante profundo como para sobrevivir a lo que fuera que destruyó el viejo mundo.

Los habían dejado como último recurso, un santuario final por si el Corazón decidía que el Perímetro le ocasionaba más problemas que alegrías.

—¿Crees que de verdad lo harían? —preguntó Rook en voz baja—. ¿Sacrificar todo un anillo?

—Creo que Maximus Serel nunca ha dejado que la vida humana se interponga en su control —respondió Jameson con frialdad—. Y creo que debemos estar preparados para cualquier cosa.

Rook asintió una vez, con la mente ya puesta en cómo organizarlo todo.

—Iré asignando equipos para los refugios. Agua, filtros, todo el material médico que podamos permitirnos.

—No podemos permitirnos nada —intervino Samuels.

—Haremos que funcione —sentenció Rook sin admitir respuesta—. ¿Algo más?

—Doblad las patrullas en el límite norte.

Si vienen a pie o en vehículos, es por donde atacarán primero.

—Jameson señaló el mapa—. Y quiero una reunión con los líderes rebeldes del Cardinal.

Quiero hablar con Farrow sobre la situación de los créditos.

Si el flujo de comida procedente del Corazón se detiene por completo, necesitamos saberlo cuanto antes.

Siguieron durante otra hora, revisando contingencias y organizando sus escasos recursos. Mientras hablaban, Jameson sentía que un peso se asentaba sobre sus hombros. Muchas vidas dependían de que tomara las decisiones correctas. Había demasiadas formas de fallar.

Rook y Samuels finalmente se dirigieron a la puerta, listos para llevar a cabo sus órdenes, cuando Jameson los detuvo.

—Hay algo más. —Hizo una pausa y golpeó con los nudillos la superficie marcada del escritorio—. Dentro de dos días entraré en el Corazón con Jaeger y sus hombres para sacar a Shade.

—Ni se te ocurra —le espetó Rook con el ceño fruncido—. Te necesitamos aquí, Fantasma. No podemos arriesgarnos a perderte. Que los sanguinarios se ocupen de los suyos. Tú debes ocuparte de los tuyos.

Jameson la miró y asimiló sus palabras. Esa división. «Los suyos». No lo había dicho con mala intención, pero, aun así, algo le chirrió.

—En el Perímetro no hay «ellos» y «nosotros». —Su voz se volvió firme—. Da igual que te llames rebelde o sanguinario. La realidad es la misma. Todos queremos lo mismo: vivir.

—Jay… —empezó Samuels, pero este levantó la mano para detenerlo.

—No os estoy pidiendo permiso. La necesitamos…, yo la necesito. No la abandonaré, igual que tampoco os abandonaría a vosotros. Tengo que intentarlo. No podría vivir tranquilo si no lo hiciera.

La habitación se quedó en silencio mientras ambos lo observaban; la preocupación en sus rostros pasó poco a poco a convertirse en comprensión.

—Si por alguna razón no vuelvo… Rook, ocuparás mi lugar hasta que los rebeldes elijan a un nuevo líder. Pero, creedme, no tengo intención de morir en el Corazón.

Observó cómo el peso de esa responsabilidad caía sobre Rook, cómo tragaba saliva antes de asentir con firmeza. Salieron en silencio, cerrando la puerta tras ellos, mientras Jameson apoyaba las manos sobre el escritorio.

Dejó caer la cabeza durante un segundo antes de soltar un largo suspiro y enderezarse. Se frotó la cara y caminó hacia la ventana, apartando la lámina de metal para observar el campamento.

Las hogueras ardían más débiles, la noche se volvía más fría. Las sombras se movían entre las estructuras: guardias cambiando de turno, médicos haciendo rondas, padres calmando a niños que no podían dormir por culpa del hambre.

Se llevó los dedos a la profunda cicatriz que le recorría desde la clavícula hasta las costillas y trazó su forma familiar bajo la tela desgastada.

Su primera lección sobre la crueldad del Corazón, impartida por un Veyra que lo pilló robando medicinas para su hermana moribunda.

El Veyra había sonreído al hacerle el corte, dándole una clase de anatomía mientras la sangre le empapaba la camiseta.

Su hermana murió de todos modos; los medicamentos que robó llegaron demasiado tarde.

El recuerdo seguía muy presente, resurgiendo a menudo incluso quince años después.

La imagen de su hermana inmóvil en su catre cuando él entró con los antibióticos, el frío de su piel cuando intentó despertarla.

Se quedó con ella durante días, sosteniendo su mano sin vida, con las lágrimas resbalándole por las mejillas mientras la única familia que le quedaba desaparecía.

Ese día decidió convertirse en contrabandista. Lo juró por ella. No pudo salvarla, pero podría salvar a otros. Al menos, lo intentaría.

Jameson cerró los ojos y oyó a alguien cantar a lo lejos, la voz rota por la emoción al pronunciar el himno, pero sin flaquear. Dejó que el sonido lo envolviera y se permitió sentir el miedo que no podía mostrar. Se permitió sentir su ausencia.

La encontraría. O ella encontraría el camino de vuelta hasta él. Esas eran las únicas posibilidades que se permitía considerar. Cualquier otra era impensable.

El canto cobró fuerza cuando se le unieron más voces, un coro áspero de desafío flotando sobre el Perímetro como una plegaria. O quizá era una promesa.