16. ¿Con qué ejército?
Jameson se deslizó por el puesto de control del este en silencio, asintiendo a la centinela que no apartaba los dedos del gatillo de su rifle.
El campamento ya había cambiado en las veinticuatro horas que él había estado fuera.
Más rostros demacrados, más ojos atormentados, más tumbas improvisadas delimitando el perímetro.
Cuatro montículos de tierra nuevos.
La rabia que le burbujeaba en el pecho era ya una vieja compañera, igual de familiar que el hambre que les roía el estómago a todos. Se la tragó de nuevo. La rabia sin un foco al que dirigirla no era más que ruido, y esa noche necesitaba claridad.
—Fantasma. —La voz de la centinela era un susurro, se le reflejaban las llamas lejanas de los barriles en la mirada—. Los lugartenientes te están esperando.
Cómo no. Con seis horas de silencio ya se ponían de los nervios, así que con veinticuatro lo más probable era que se estuvieran preparando para la guerra.
—Ponme al día —dijo mientras la guardia rebelde caminaba a su lado.
La centinela apretó la mandíbula.
—Han muerto otros cuatro a causa del hambre. En el sector sur se les han agotado las reservas de medicamentos. Y dicen que el Corazón está bloqueando los últimos envíos de comida.
Jameson asintió una vez y absorbió la información con rostro serio. Los líderes no se podían permitir el lujo de mostrar desesperación.
—Ve a descansar, Talia. Llevas dos días de guardia. Estás hecha un asco.
Talia soltó una risa.
—Lo dice el tío con sangre en las botas.
Bajó la mirada. No era su sangre. Nunca era suya.
Siempre era el sacrificio de otros el que lo manchaba.
Esta vez se trataba de un rebelde del Cardinal que se había cruzado en el camino de un vehículo patrulla de los Veyra por accidente.
No hicieron preguntas, ni siquiera se molestaron en detenerse cuando le dispararon por simplemente haber cruzado la carretera demasiado pronto.
El barro se le pegaba a las botas con cada paso que daba por el campamento rebelde, una resistencia húmeda que hacía parecer que el propio Perímetro intentaba retenerlo para que no corriera hacia el Corazón y lo destrozara en busca de Shade.
Veinticuatro horas menos, cuarenta y ocho más por delante.
Dos días de infierno.
El campamento rebelde se extendía ante él.
Lo que había empezado como un puñado de habitantes descontentos del Perímetro se había convertido en una fuerza de casi mil personas.
Habían transformado el distrito de las fábricas abandonadas en algo parecido a una base militar, si es que las bases militares se construyen con chatarra y determinación.
Le lloraban los ojos a causa del humo procedente de los barriles y del olor acre del plástico quemado (lo que fuera que los rebeldes hubieran encontrado para mantenerse calientes esa noche).
Las pequeñas hogueras proyectaban sombras largas sobre los caminos de barro compacto; el resplandor anaranjado pintaba las estructuras metálicas oxidadas con una falsa calidez.
Los centinelas se apostaban en los puntos estratégicos, algunos de ellos armados con rifles del Corazón que les habían robado a guardias muertos, otros con armas más rudimentarias hechas de chatarra.
Entre las estructuras, las tiendas hechas de lonas y vallas publicitarias viejas daban cobijo a quienes lo habían perdido todo por la brutalidad del Corazón.
Se movía entre ellas sin necesidad de mirar al suelo, pues se sabía de memoria cada pendiente, cada zanja de drenaje, tras noches recorriendo todos los rincones de ese refugio sin alegría.
Jameson se adentró en el campamento, devolviendo los saludos con leves inclinaciones de cabeza. Un mar de gente hambrienta y desesperanzada se apartó para dejarlo pasar.
Para ellos, él era el Fantasma. El contrabandista que podía moverse entre anillos sin ser visto. El hombre que había convertido la rebelión en algo sólido.
Odiaba la reverencia con la que lo miraban. Odiaba aún más no ser merecedor de ella.
El cuartel general se alzaba frente a él en el cielo contaminado, un edificio administrativo abandonado que en su día había albergado a los trabajadores de la fábrica.
Tenía las ventanas reventadas, por lo que las habían sustituido por láminas de metal que no dejaban pasar la lluvia pero retenían el calor.
Las paredes de hormigón estaban marcadas con agujeros de bala de la última vez que los Veyra se habían adentrado en el Perímetro.
Veintitrés muertos aquel día. Doce de ellos niños.
Jameson se detuvo en la entrada y dejó que el recuerdo lo invadiera mientras se acariciaba una de las cicatrices.
Los gritos. La sangre. Shadera derribando con sus cuchillos a cinco Veyra antes de que el resto se retiraran.
Entonces, lo supo. Lo supo al verla cubierta de la sangre de la revolución, con los ojos desorbitados por una furia protectora.
Supo que se convertiría en un símbolo para la causa.
Solo que nunca se imaginó que lo sería en cautiverio.
Empujó la puerta, subió las escaleras, que crujieron bajo su peso, y entró en lo que había sido el despacho de un supervisor.
Había mapas por todas partes: de la disposición del Corazón y de sus centros de distribución, de los campamentos rebeldes del Cardinal y del Perímetro, de los túneles subterráneos que los conectaban a todos.
Informes apilados en montones ordenados en los que se detallaba la escasez de comida, las necesidades médicas, el inventario de armas. El sistema nervioso de la rebelión.
Jameson se dejó caer en la silla detrás del escritorio. De repente, el cuerpo le pesaba como el plomo. Los días que llevaba sin dormir lo golpearon, y se le empezó a nublar la vista. Se frotó los ojos, la arenilla bajo los párpados era como vidrio molido.
Alguien abrió la puerta sin llamar. La teniente Rook entró primero, seguida por el sargento Samuels, y ambos lo miraron con preocupación.
—¿Se puede saber dónde cojones te habías metido? —le espetó Rook con los dedos enganchados al borde de su chaleco. Ladeó la cabeza rapada, a la espera de una respuesta, haciendo que las cicatrices de las quemaduras que le recorrían el cuello y el lateral del rostro se perdieran entre las sombras.
Jameson se recostó y le dedicó una pequeña sonrisa.
—Tan encantadora como siempre, Rook. Por eso me gusta tenerte cerca.
—Te gusta tenerme cerca porque soy la mejor francotiradora que has visto jamás. —No le devolvió la sonrisa—. ¿Dónde te habías metido, Fantasma? El campamento estaba empezando a preocuparse.
—Donde Jaeger. —Jameson mantuvo un tono ligero para ocultar el miedo—. Averiguando lo jodidos que estamos.
Samuel tomó asiento frente a él, se sacó el arma de la espalda y la apoyó entre sus piernas. Era más bajito que Rook, más corpulento, con esa clase de músculo denso que ganas al cargar cuerpos.
—Entonces te habrás enterado de la masacre en la prisión. Lo del canto —dijo.
Jameson asintió.
—Bueno, el canto se ha extendido —prosiguió Samuels—. Pronto todos los sectores del Perímetro conocerán el himno. Lo están cantando por las calles durante la noche.
—¿Saben que fue Shade? ¿Que cantaban por ella? —Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.
—No —respondió Rook—. No tienen un nombre. Pero saben que fue una sanguinaria, una mujer que intentó matar al verdugo. Por la información que se ha filtrado en el Perímetro, saben que se puso del lado de los prisioneros y que trató de detener la matanza.
Jameson cerró los ojos un instante y apoyó la cabeza en el respaldo de la silla mientras soltaba un suspiro pesado hacia el techo.
—Lo va a odiar —dijo Samuels con un leve deje de diversión—. Si sale del Corazón, no le hará ninguna gracia descubrir que se ha convertido en la cara de la rebelión.
— Cuando salga —lo corrigió Jameson.
Rook y Samuels intercambiaron una mirada.
Jameson sabía lo que pensaban, sabía que el Corazón nunca dejaba en libertad a nadie.
Y menos a la mujer que había intentado matar al heredero.
Al igual que ellos, sabía que si todavía no la habían ejecutado públicamente era porque el mensaje que planeaban dar con ella era mucho más grande que infundir miedo.
El silencio que se instaló sobre los tres fue pesado, pero dejó que se alargara para observar cómo sus comandantes dudaban de él.
Rook fue la primera en romperlo.
—Algunos de los rebeldes más jóvenes están hablando de marchar hacia el Corazón.
—¿Con qué ejército? —La voz de Jameson se volvió cortante—. ¿Con qué armas? Cortad de raíz ese tipo de conversaciones de inmediato. No podemos permitir que los rebeldes se vuelvan unos imprudentes.
—Están desesperados —dijo Rook—. El tema de la comida… —Se detuvo, con la mandíbula apretada.
—El tema de la comida es crítico —terminó Samuels por ella—.
Nos queda, como mucho, para una semana en el campamento, y eso recortando aún más las porciones.
El Cardinal ha empezado a rechazar nuestros créditos.
Se dice que el Corazón les está presionando.
Nada de comercio con el Perímetro o les cortarán también a ellos los suministros.
—Nos están matando de hambre. —La voz de Rook se volvió plana—. No necesitan gastar balas cuando privarnos de sustento tiene el mismo efecto.
Jameson se levantó de golpe y se acercó a la pared donde colgaba el mapa más detallado de la ciudad.
Recorrió con los dedos los círculos concéntricos: el Corazón en el centro, el Cardinal rodeándolo, el Perímetro en los bordes, desangrándose hacia las tierras baldías.
Divisiones limpias que determinaban quién vivía y quién moría basándose únicamente en la ubicación.
—Tenemos otras opciones —dijo finalmente—. Mi contacto en el Corazón ha dejado de dar noticias tras la captura de Shadera, como la mayoría de los informantes, pero creo que sé cómo podemos solucionarlo.
—¿El que cuela medicamentos en los vehículos Veyra? —preguntó Rook.
Jameson asintió.