15. Podría enseñártelo #4
Greyson se acercó más, lo suficiente como para que ella tuviera que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual.
El calor le recorrió el cuerpo; rabia, se dijo, no la repentina conciencia de lo cerca que estaba, de cómo se le habían oscurecido los ojos de la emoción, de cómo le había bajado la voz a un tono que parecía vibrarle en el pecho.
Dio un último paso hacia ella y se agarró a la encimera, a ambos lados de su cintura, los pulgares rozando la curva de sus caderas.
—Puede que no conozca la pobreza, pero no pienses ni por un segundo que no conozco el dolor —dijo con un gruñido.
Sentía su aliento contra su rostro, colándose entre sus pestañas. Se le agudizaron los sentidos, hiperconsciente de cada punto donde el espacio entre ellos había desaparecido.
Se quedaron inmóviles, con los cuerpos tocándose, el aire cargado.
Greyson bajó la mirada a su boca, y ella se dio cuenta de que respiraba demasiado rápido, de que había entreabierto los labios sin ser consciente.
Era culpa del vodka. Le hacía notar cosas que no debería: el calor que irradiaba el cuerpo de él, la forma en que le subía y le bajaba el pecho, el hecho de que si inclinaba la cabeza un poco más…
Se preguntó a qué sabría. Si la boca de un verdugo sería suave o áspera. Si besaría con el mismo control y la misma perfección que mantenía. Se pasó la lengua por el labio inferior sin pensar, y vio cómo a él se le dilataban las pupilas.
El aire entre ellos se volvió eléctrico, la energía le erizaba la piel. Él se inclinó un poco más, apenas un milímetro, y, aun con su instinto gritándole, ella quería sentir su mano alrededor de la garganta de nuevo.
Greyson se apartó con brusquedad, como si se hubiera quemado. Se dio la vuelta con tal rapidez que casi hizo que se tambaleara. Se aferró al borde del sofá con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos.
—Vete a tu habitación —le ordenó con voz ronca.
No necesitó que se lo dijera dos veces. Sus piernas la llevaron por el pasillo en piloto automático, con la piel erizada, hipersensible. Le habían arreglado la puerta —obra de Chapman, supuso—, así que la empujó y la cerró tras ella con un suave clic que sonó como un reproche.
Shadera apoyó la espalda contra la madera; tenía la respiración agitada, como si hubiera estado corriendo. Como si todavía estuviera huyendo de lo que casi había pasado.
—Joder. —La palabra salió como un siseo de entre sus dientes.
Se separó de la puerta y empezó a caminar de un lado a otro de la habitación, como un animal enjaulado. Y así era. Estaba enjaulada con él. Lo odiaba, odiaba todo lo que era, todo lo que representaba.
Pero a su cuerpo no parecían importarle sus crímenes.
Se detuvo junto a la ventana y apoyó la frente contra el cristal frío. Las luces de la ciudad se difuminaban a sus pies, y veía su reflejo superpuesto: ojos salvajes, mejillas enrojecidas, labios entreabiertos como si todavía esperara ese beso.
No era más que biología. Biología pura y dura. Llevaba días sin estar con nadie. No había sentido las manos de Jameson sobre ella, como tan acostumbrada estaba a hacer noche tras noche; no había probado su boca ni lo había sentido dentro de ella. Su cuerpo solo estaba respondiendo a la cercanía.
Nada más.
Se llevó los dedos a la clavícula y acarició los moratones que le había dejado.
Ahora habían adquirido un tono amarillo verdoso; estaban feos, pero sanaban.
Los presionó y sintió una punzada de dolor.
Recordó los dedos de él, cómo se le habían oscurecido los ojos con algo que podría haber sido deseo.
Se acercó a la cama y se dejó caer sobre las sábanas mientras le vibraba el cuerpo de necesidad, de frustración sin salida.
Podía controlarlo. Tratarlo de forma clínica, eficiente.
Sacar ese deseo de su sistema para poder pensar con claridad.
Para poder centrarse en lo que realmente importaba: sobrevivir, escapar, terminar lo que había empezado, y meterle una bala a Greyson Serel en esa preciosa cara.
Deslizó la mano bajo la camiseta, dentro de la cinturilla de la ropa interior, y descubrió que ya estaba mojada.
La vergüenza la atravesó, pero no lo suficiente como para detenerla.
Cerró los ojos y evocó el rostro de Jameson.
Sus manos marcadas, su media sonrisa, la forma en que sabía exactamente cómo tocarla.
Pero la imagen seguía cambiando. Los ojos verdes de Jameson se volvieron azules. Sus manos ásperas se convirtieron en esos dedos cuidadosos y precisos. El recuerdo del peso de Jameson se transformó en Greyson sobre ella en el suelo de la cocina, el corazón de él martilleando contra su pecho.
Hizo más presión, movió los dedos en patrones familiares en un intento de obligar a su mente a regresar a un terreno más seguro.
Al apartamento de Jameson en el Perímetro, a su cama que siempre olía a salvia y humo.
A la forma en la que susurraba su nombre contra su garganta cuando estaba a punto de correrse.
Se le escapó un gemido de los pulmones mientras su mente traicionera le ofrecía imágenes distintas y se mordió el puño para ahogar el sonido.
La boca de Greyson sobre la suya con sabor a whisky caro y crueldad.
Esas manos que mataban sin remordimientos aprendiéndose su cuerpo con la misma concentración letal.
La forma en que podría decir su nombre; no con la calidez de Jameson, sino con un filo mortal que alimentaba su control.
Pensó en su mano alrededor de su garganta. No en la violencia del gesto, sino en la contención. En cómo podría haberle aplastado la tráquea, pero no lo hizo. El control que debió de requerir.
¿Cómo sería si perdiera ese control? ¿Si ella le hiciera perderlo?
Greyson necesitaba sacarla de su puta casa.
Su habitación estaba al final del pasillo, una promesa de soledad. Su santuario. Aceleró el paso, desesperado por poner entre ellos la mayor cantidad posible de puertas y paredes, cuando un sonido hizo que se quedara paralizado frente a la puerta de Shadera.
No estaba… No podía ser.
Permaneció inmóvil mientras aguzaba el oído. Se lo había imaginado, su mente le estaba jugando una mala pasada. Pero ahí estaba otra vez. Un gemido, más fuerte en esta ocasión, acompañado por el suave roce de las sábanas.
El calor le invadió y se acumuló en la parte baja de su vientre. Ya la tenía medio dura por su interacción, su autocontrol reducido a un hilo. Se le vino a la cabeza la imagen de ella con esa camiseta enorme, que era de él, las piernas largas tatuadas, desnudas y tentadoras.
Cerró los ojos con fuerza para intentar bloquear el sonido. Aquello era una locura. Era una maldita sanguinaria, joder. Debería estar planeando su muerte, no imaginándosela entre sus sábanas.
Otro gemido se filtró a través de la puerta, más entrecortado que el anterior, y su autocontrol se quebró.
Sin pararse a pensarlo, Greyson llevó la mano al pomo. Lo giró con facilidad; la puerta no estaba cerrada. Un empujón y podría verla. Ver qué la hacía emitir esos sonidos. Ver si se ponía igual de roja con el placer que con la rabia.
Apoyó la frente contra la madera con la respiración agitada. Era una línea que no podía descruzar. Un límite del que no podría regresar. Si abría la puerta, si la veía así…
Apretó la mano alrededor del pomo hasta que se le pusieron blancos los nudillos. Cada músculo de su cuerpo le suplicaba avanzar, averiguar si follaba con la misma brutalidad con la que luchaba.
Se apartó de la puerta con brusquedad. No podía entrar, y no había ningún mundo en el que ella quisiera que lo hiciera. En el que ella lo quisiera a él . Cubrió la distancia que lo separaba de su habitación en tres zancadas, cerró la puerta tras él y echó el pestillo con una mano temblorosa.
Apoyó la espalda contra la madera y se golpeó la cabeza contra ella mientras intentaba respirar con normalidad. Aquello no podía pasar. No podía permitirse sentir eso: esa mezcla enfermiza de deseo y repulsión por una mujer que quería verlo muerto.
Por una mujer a la que él quería ver muerta.
Se pasó una mano por la cara, sintiendo la aspereza de su barba contra la palma. Otra noche más escondiéndose en su propia casa.