15. Podría enseñártelo #3
—Controlas, ¿eh? —respondió Callum antes de acercarse a ella con interés genuino—.
Proyectores térmicos falsos. Ahora mismo hay tres de ellos flotando en el sistema de ventilación, calibrados para proyectar marcas de calor que coincidan con vuestros patrones.
Me llevó unos treinta minutos mapear vuestros movimientos habituales a partir de las grabaciones del último día.
—Muy listo —admitió ella casi impresionada—. ¿Y la voz? Esperarán que hablemos…
—Ah, esa es la mejor parte. —Callum se sacó un pequeño dispositivo del bolsillo—. Síntesis de voz. Extraje vuestras voces de las grabaciones, las pasé por un procesador de inteligencia artificial. Ahora puedo hacer que digáis cualquier cosa.
Pulsó un botón, y Shadera oyó su propia voz decir: «Me voy a la cama. Ni te me acerques».
Luego la de Greyson: «Con mucho gusto».
La precisión resultaba inquietante. Tono perfecto, entonación perfecta.
—¿Cómo narices sabes tanto de tecnología de vigilancia y tan poco de usar una cocina? —intervino Greyson.
A Shadera se le tensó la mandíbula cuando reprimió la pequeña sonrisa que amenazaba con dibujársele en el rostro ante su desconcierto.
—La supervivencia en el Perímetro requiere habilidades distintas a las de tu existencia acomodada, principito.
—¿Aprender a sabotear sistemas de seguridad del Corazón es supervivencia? —El tono de voz de Greyson había adoptado una curiosidad sincera.
Si entendiera lo que realmente estaba ocurriendo en su ciudad, se daría cuenta de lo estúpida que era esa pregunta.
—¿Cuando te infiltras en las instalaciones del Corazón para conseguir suministros médicos o comida? Sí —le espetó Shadera con irritación—. A la gente que se muere a causa de las infecciones se la suda cómo consigo los antibióticos.
Se quedaron en silencio. Callum miró a ambos de reojo antes de dar una palmada.
—Bueno, ha sido una conversación muy entretenida, pero tengo sitios a los que ir, gente a la que amenazar, créditos que cobrar… Vamos, lo de todas las noches.
Se acercó a Greyson y le dio uno de esos abrazos entre hombres que consisten en reventarse la espalda a base de palmadas.
—Intentad no mataros —dijo, lo bastante alto para que ella lo oyera.
Luego le susurró algo al oído, algo que no alcanzo a oír.
Greyson asintió, con el semblante serio, mientras las sospechas de Shadera aumentaban.
Callum se volvió hacia ella para ofrecerle una leve reverencia que, de algún modo, resultaba burlona y respetuosa a la vez.
—Bueno, asesina, bienvenida al Corazón. —Se detuvo en la entrada para echar un último vistazo atrás—. Oye, Greyson es mucho más de lo que ves en esas pantallas. Mucho más.
Antes de que a ella le diera tiempo a responder, ya se había ido. La puerta se cerró tras él.
Greyson se acercó al fuego y sirvió lo que había preparado con la misma concentración que probablemente usaba para limpiar sus armas. Dos platos dispuestos con una atención al detalle que le parecía excesiva para algo tan simple como la comida.
Shadera se acercó a la ventana, atraída por las luces de la calle. El Corazón se extendía a sus pies, brillando como un circuito que se derramaba sobre los anillos. Hermoso y frío. Desde allí no se veía el cadalso. No se veía la sangre que nunca terminaba de desaparecer de las piedras.
—Desde aquí arriba, la ciudad casi parece bonita —dijo, sin dirigirse realmente a nadie—. Cuando no ves el sufrimiento.
—Casi. —Oyó la voz de Greyson más cerca de lo que esperaba. Veía su reflejo en la ventana, observándola a ella en lugar de al paisaje—. Las cosas bonitas suelen construirse sobre cimientos feos.
Se quedó quieta y lo miró a través del cristal, intentando no analizar en exceso sus palabras. Cuando se dio la vuelta, se lo encontró a menos de un brazo de distancia.
—¿Hablas por experiencia?
—No —respondió rápidamente en voz baja—. En mi mundo no hay nada bonito.
Las palabras golpearon a Shadera con una fuerza para la que no estaba preparada.
En realidad, le daba pena: todo ese lujo, toda esa riqueza y esa estabilidad…
Y, aun así, no era feliz. Shadera no estaba de acuerdo: había visto con sus propios ojos que, si la buscabas, la belleza podía encontrarse en cualquier rincón.
Incluso cuando el mundo estaba ardiendo.
Greyson le tendió uno de los platos.
—Come.
No discutió.
La comida estaba perfecta. Cómo no. Todo lo que hacía parecía hacerlo perfecto. Comió de pie junto a la ventana, consciente de cómo se movía por la habitación para limpiar el desorden y dejar la cocina como nueva. Le pareció hogareño, raro.
—Podría enseñártelo —dijo él de repente.
Shadera apartó la vista del plato.
—¿El qué?
—El Corazón. Mañana, antes de la cena. Puedo enseñarte cómo se ve de día.
Un sentimiento de sospecha la invadió.
—¿Por qué harías eso?
Greyson le sostuvo la mirada desde el otro lado de la habitación tenuemente iluminada; la intensidad de sus ojos atravesó la neblina de embriaguez que todavía nublaba sus pensamientos.
—Porque necesitamos que la gente se crea esta farsa. Se te tiene que ver cómoda en mi mundo, como si pertenecieras a él. Y porque… —Greyson hizo una pausa para tragar saliva—. Porque hay personas que me importan que estarán en peligro si fallamos.
Su sinceridad la tomó por sorpresa.
—Callum —dijo ella—. Era él quien salía en las imágenes del dron con tu hermana, ¿verdad? Lo sé porque reconocí la máscara que llevaba puesta esta noche.
Él no respondió, solo asintió una vez.
Shadera se volvió hacia la ventana y pensó en Jameson, en los drones que lo habían perseguido, en lo que Maximus podría hacerle si cometía un error.
Venían de dos mundos muy distintos, pero ambos estaban atrapados dentro de la misma pesadilla.
Ambos actuaban para una audiencia que destruiría todo lo que les importaba si daban un solo paso en falso.
Shadera cerró los ojos antes de inhalar profundamente por la nariz y exhalar lentamente por la boca mientras dejaba que la situación le calara, que le calara de verdad.
Hasta ahora no se había permitido ver más allá de la idea de matarlo, no se había permitido aceptar que, en realidad, era su prisionera hasta que pudiera idear un plan que no provocara la muerte de las personas a las que amaba.
Quería que muriera. Necesitaba que muriera. Pero Jameson, la gente del Perímetro… No merecían morir solo porque ella no pudiera dejar a un lado la venganza. No permitiría que nadie más muriera.
Abrió los ojos despacio y se acercó a la isla, cruzando el salón bajo la suave luz de la cocina. Dejó el plato en la encimera y se giró hacia Greyson. Apoyó los dedos en el borde del mármol y se impulsó para sentarse encima.
No lo miró, bajó la vista a la sangre seca que le cubría la pierna, donde se había cortado con el cristal, a sus muslos desnudos bajo la camiseta enorme, a sus manos entrelazadas sobre su regazo. A los números que tenía tatuados en los dedos: 9758.
—Entonces —dijo tras unos minutos de silencio mientras Greyson se apoyaba contra la parte trasera del sofá con los brazos cruzados sobre el pecho—, quieres matarme.
Greyson asintió, aunque no era una pregunta.
—Sí.
—Y yo voy a matarte. —Él inclinó la cabeza ante sus palabras y acompañó el gesto con una sonrisa ladeada que parecía decir «discutible»—. Pero, si nos matamos, todos los demás mueren.
—Ahí está el problema.
—Dejaré que me exhibas por el Corazón y me sentaré a la mesa de tu padre. Interpretaré mi papel en público, por ahora. Pero, en cuanto vea una salida, en cuanto descubra cómo largarme de aquí y se me presente la oportunidad de matarte…, no dudaré en hacerlo.
Finalmente apartó la mirada de sus manos y descubrió que él la estaba observando. No con dureza, no con odio, sino con compresión, con reconocimiento. Casi con respeto.
—Siempre y cuando sepas que yo haré lo mismo —respondió Greyson. Se pasó la mano derecha por el pecho y luego se rodeó el lado izquierdo del cuello mientras lo estiraba; se masajeó con los dedos el contorno de la mandíbula.
Los ojos de Shadera siguieron el movimiento, observando cómo se rozaba el borde del labio inferior con el pulgar. El calor le recorrió la piel y se le asentó en la base de la columna.
—¿Cómo es? —le preguntó él, lo que la sacó de su repentino trance.
Ella negó con la cabeza y se aclaró la garganta.
—¿Cómo es qué?
—Vivir en el Perímetro.
Se quedó quieta, la ira reemplazó el calor que le recorría las venas.
—¿Quieres que te haga una visita guiada por la pobreza? ¿El principito quiere saber cómo vive la otra mitad de la población?
—Quiero entender…
—No —lo interrumpió ella con brusquedad—.
Quieres absolución. Quieres que te diga que no es tan malo, que la gente se las apaña, que hay una especie de dignidad en el sufrimiento para así poder dormir por la noche en tus sábanas de seda pensando que eres de los buenos porque al menos te has tomado la molestia de preguntar.
Greyson entrecerró los ojos.
—No es así…
—Es justo así. —Se bajó de la encimera de golpe, pero tuvo que agarrarse al borde para no perder el equilibrio por culpa del vodka—.
¿Quieres saber cómo es? Es ver a niños pelear por las sobras.
Es elegir entre medicamentos o comida. Es ver cómo ejecutan a tu familia en unas pantallas por enamorarse de alguien del Cardinal.
Es venderte de cualquier forma que te mantenga con vida un día más. Es…
—¿Por qué? —explotó él, repentino y feroz, haciéndola retroceder—.
Estoy intentando coexistir contigo. Encontrar un punto medio donde podamos sobrevivir a este acuerdo sin destrozarnos.
Pero tú… —Se separó del sofá y caminó hacia ella—.
Cada palabra es un arma. Cada gesto, un ataque.
¿Es físicamente imposible para ti tener una conversación sin convertirla en una discusión?
—Cuando la conversación es contigo, sí. —Shadera enderezó los hombros—. No puedes pasearte por mi sufrimiento como si fueras un turista.