15. Podría enseñártelo #2
—En el Perímetro, nosotros no… —Odió cómo se le rompió la voz—. La comida viene en latas. En paquetes. Ya hecha. No tenemos nada fresco. No tenemos cocinas elegantes con controles de temperatura y temporizadores y… —Hizo un gesto vago hacia la habitación—. No tenemos nada de esto.
Percibió un brillo extraño en su mirada. No era lástima (le habría pegado de ser así). Era otra cosa. Puede que comprensión, aunque le parecía imposible al tratarse de alguien que nunca había pasado hambre.
—Siéntate.
—No acepto órdenes de…
—Siéntate de una puta vez, Shadera. —Lo dijo con un tono más suave, cansado, pero seguía siendo una orden. Sacó un vaso de cristal de un armario y lo dejó sobre la isla. Después, cogió la botella de vodka y sirvió dos dedos—. La gente civilizada usa vasos.
—Pues menos mal que no soy civilizada. —Aun así, lo cogió. Se dejó caer en el taburete con la sensación del cristal frío contra la palma. Le dio un sorbo y observó cómo Greyson se acercaba a la nevera.
Sacó ingredientes con una eficacia que denotaba costumbre: verduras que Shadera reconocía y otras que no, otro paquete de carne, botellas y frascos de cosas que podían ser especias o salsas. Cada uno de sus movimientos era tranquilo, comedido.
Lo miró fijamente, debatiéndose entre la sospecha y la curiosidad, mientras él colocaba los ingredientes en la encimera.
—¿Qué estás haciendo?
—Cocinar —respondió sin mirarla.
—¿Tú? —No pudo ocultar la incredulidad que le tiñó la voz—. ¿El verdugo sabe cocinar?
—El verdugo tiene nombre —replicó él mientras metía las verduras en el fregadero y abría el grifo—. Y sí, cocino.
La confesión la sorprendió. Le dio otro sorbo al vodka y dejó que el ardor ahogara las preguntas que amenazaban con salir.
Él cogió algo de la encimera —una tablet pequeña— y pulsó un botón.
Empezó a sonar una música que nada tenía que ver con los bajos atronadores de los clubes del Perímetro.
Era una pieza instrumental, compleja, una mezcla de sonidos que parecía envolver el espacio.
Después Greyson se remangó.
El movimiento no debería haberle llamado la atención, pero el vodka hacía que se fijara en cosas que normalmente no notaría.
La tela doblada hacia atrás que dejaba al descubierto unos antebrazos que eran…
Dio otro trago. Solo eran brazos. No había nada especial en la sutil tensión de sus músculos bajo la piel cuando se estiró para coger un cuchillo.
La cotidianidad de la escena chocaba tanto con todo lo que sabía de él que, por un segundo, se preguntó si estaba soñando mientras él empezaba a cortar las verduras.
El cuchillo atravesó los alimentos con facilidad y los redujo a trocitos uniformes.
Tenía manos de cirujano, pensó de manera confusa.
Manos de asesino. Había visto esas manos firmar sentencias de muerte, las había imaginado cubiertas de sangre.
Pero, al verlas trabajar ahora, casi podía olvidar lo que habían hecho.
Cuántos cuellos habían partido. Cuántos gatillos habían apretado.
Ahora casi le parecían suaves, cuidadosas, creando en lugar de destruir.
Clavó la mirada en sus dedos —largos y elegantes, pero poderosos— mientras guiaban la hoja.
—¿Dónde aprendiste a cocinar? —La pregunta se le escapó antes de poder detenerla.
Él se interrumpió, con el cuchillo suspendido sobre un pimiento rojo.
—Mi madre me enseñó lo básico. El resto lo aprendí por mi cuenta. Me resulta… catártico.
—¿Tu madre? —El concepto le parecía absurdo: el verdugo de niño, de pie junto a su madre, aprendiendo algo tan corriente como cocinar.
—Por extraño que te parezca, no nací con un arma en la mano. —Había un matiz parecido al humor en su voz—. Tuve una infancia. A mi manera.
Ella no respondió. En su lugar, le dio otro sorbo lento al vodka; el alcohol le estaba nublando el juicio. Recorrió con la mirada la línea de su mandíbula bajo la máscara, se fijó en cómo se le tensaba al concentrarse.
Los músculos de la espalda se le movían bajo la camisa mientras trabajaba, y se vio siguiendo ese movimiento con un interés inconsciente.
Sus movimientos eran gráciles, controlados, un cuerpo entrenado para la violencia.
Lo habían construido para ser un luchador: no corpulento, pero sí definido por un entrenamiento constante.
Se preguntó qué clase de entrenamiento daba como resultado un cuerpo así.
Qué tipo de dolor había soportado para ganarse esos músculos.
Su mente traicionera le susurró que era hermoso de la forma en la que las cosas peligrosas suelen serlo: un depredador en movimiento, una tormenta que se acerca, una hoja que atrapa la luz. Apartó ese pensamiento de inmediato.
A ver, objetivamente, resultaba atractivo… si tu tipo eran los homicidas altos y taciturnos. Cosa que a ella no le iba. Obviamente.
Ese era el hombre que ejecutaba a ciudadanos por delitos menores. El hombre que se subía a ese cadalso día tras día para arrebatar vidas, sin ningún ápice de empatía. La encarnación de todo aquello contra lo que había luchado durante toda su vida.
Y, aun así, no podía apartar la mirada de sus manos.
El olor que empezó a llenar la cocina no se parecía en nada a su intento fallido. Rico y denso, con capas de sabor que no lograba identificar. Le rugió el estómago.
—¿Qué estás preparando? —preguntó, pues necesitaba pensar en otra cosa.
—Pasta —respondió al echar las verduras picadas a la sartén—. Un plato sencillo pero sustancioso. Y difícil de quemar —añadió, con un leve rastro de burla en su tono.
Debería haberse ofendido, debería haberle soltado un comentario mordaz. En cambio, se limitó a observar cómo añadía condimentos y ajustaba el fuego con una confianza que envidiaba.
Se le vinieron más preguntas a la cabeza, empezó a imaginarse la vida que llevaba y que ella desconocía. Había estado fuera todo el día. Después de amenazarla esa mañana, después de rodearle el cuello con las manos, había desaparecido.
Shadera se llevó los dedos al cuello al recordarlo; la piel donde la había tocado todavía le hormigueaba.
—¿Dónde has estado hoy? —Otra pregunta que se le escapó de los labios sin su permiso.
Él no apartó la vista de la sartén.
—¿Acaso importa?
—Esta mañana amenazaste con matarme. —Le dio otro sorbo al vaso de cristal—. Y luego me dejaste aquí encerrada.
—Necesitaba alejarme.
—¿De mí?
—De la tentación de cumplir la amenaza.
Su respuesta debería haberla asustado, pues sabía de lo que era capaz. En cambio, se encontró apreciando su sinceridad. Sin pretensiones, sin jueguecitos. Verdad pura y dura.
El silencio volvió a caer sobre ellos mientras estudiaba su perfil. Era una pena, la verdad. Una pena que una cara así de bonita perteneciera a alguien a quien tenía que matar. Una pena que esas manos hermosas y fuertes estuvieran cubiertas de tanta sangre. Una pena que…
No. Frenó esos pensamientos en seco. El vodka intentaba convertirlo en algo humano. Era el verdugo. Nada más.
Pasó una hora en esa extraña suspensión, donde los únicos sonidos eran el chisporroteo de la sartén y la música clásica que se filtraba con suavidad a través de los altavoces.
Shadera había cambiado el vodka por agua en algún momento —no recordaba cuándo—, pero el alcohol todavía le corría por la sangre, haciendo que todo le pareciera dulce y peligroso.
Callum emergió del despacho como si hubiera nacido de las sombras, silencioso a pesar de su tamaño.
—Somos invisibles —anunció con satisfacción en la voz.
Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Shadera. Había algo en él que le recordaba a Jameson, a cómo podía colarse en cualquier lugar en completo silencio, con ese encanto innato y esa confianza.
Sin dudarlo, Greyson levantó la mano y se quitó la máscara.
La naturalidad del gesto le cortó a Shadera la respiración.
La forma en que simplemente se la quitó, como si se despojara de un abrigo, para después dejarla sobre la encimera, sin darle mayor importancia.
Tenía el pelo oscuro ligeramente alborotado por la presión de la máscara, y se lo atusó con la mano de forma distraída, aunque solo consiguió empeorarlo.
—Quieres morir —soltó ella mientras Callum le dedicaba una sonrisa burlona.
Greyson la ignoró y se volvió hacia Callum.
—¿Todo limpio?
—Lo más limpio posible. —Callum entró en la cocina y cogió un vaso del armario, como si estuviera en su casa—.
He dejado todos los dispositivos en su sitio, por supuesto; moverlos levantaría sospechas.
Pero he creado un bucle. Para cualquiera que esté monitorizando, estáis pasando una agradable velada de silencio en habitaciones separadas.
—¿Cómo? —preguntó Shadera. Había despertado su curiosidad profesional—. Los sistemas de vigilancia del Corazón ejecutan algoritmos de reconocimiento de interferencias que detectan bucles sintéticos.
Ambos se volvieron para mirarla; por la forma en la que se pusieron rectos, sabía que los había sorprendido.
—Asesina y curiosa, me gusta —bromeó Callum, y se notaba que estaba sonriendo—.
Hay un interceptor de señal en el despacho ahora mismo.
Captura la transmisión, la empalma en un bucle creíble y se la devuelve.
Técnicamente, no hay nada sintético. Es su propio material, solo que…
con unos ligeros ajustes. Solo ven lo que quiero que vean.
—Pero las firmas de audio mostrarían el patrón del empalme. —Se inclinó hacia delante—. A menos que estés usando un aleatorizador para variar el ruido ambiente al devolverlo a través de su sistema.
Callum parpadeó mientras Greyson se quedaba boquiabierto.
—Exacto. —Callum parecía encantado—. Está programado con más de doce mil variaciones de fondo distintas. Suficiente para que el software de reconocimiento de patrones no lo detecte.
—¿Y la imagen térmica? El nuevo sistema de vigilancia del Corazón suele tener detector de calor.