15. Podría enseñártelo
El vodka le había parecido una idea estupenda hacía tres horas.
Ahora, mientras un humo negro salía a borbotones del horno y algo que en algún momento pudo haber sido un filete chisporroteaba con rabia en la sartén, Shadera empezaba a replanteárselo.
La cocina del apartamento de Greyson, repleta de superficies relucientes y electrodomésticos complejos con pantallas holográficas, se balanceaba de un lado a otro.
Agarró la puerta del horno y la abrió de golpe.
Una pared de humo agria y sofocante le pegó un bofetón en la cara.
Lo que fuera que había metido ahí dentro —¿pan?
Juraría que era pan— se había convertido en una masa negra como el carbón que se podría utilizar como arma. Comida ya no era, eso estaba claro.
—Mierda, mierda, mierda —bufó, y se tropezó con sus propios pies. La habitación empezó a darle vueltas, recordándole que se había pimplado casi toda la botella. Vodka del bueno, además. De ese por el que matarían en el Perímetro.
Le dolía el estómago del hambre que tenía.
Llevaba días sin comer apenas, y el alcohol lo único que hacía era intensificar más esa sensación de vacío.
Cogió la botella de la encimera y le pegó otro trago mientras el humo llenaba la estancia.
El ardor le resultaba familiar, reconfortante.
A diferencia del resto de las cosas de esa prisión de cristal.
La carne no se estaba cocinando bien. Había partes negras y otras que seguían crudas.
Subió más el fuego, pensando que más calor implicaba que se hiciera más rápido.
El aceite de la sartén comenzó a burbujear.
Luego a humear. De pronto, empezó a arder.
Unas llamaradas naranjas se alzaron y prendieron la balsa de aceite.
—Joder. —La palabra le salió arrastrada, desesperada.
Se volvió hacia el fregadero con movimientos torpes y descoordinados, y agarró lo primero que encontró: una jarra de agua.
La alarma de incendios empezó a sonar, y el estruendo le taladró el cerebro.
Las llamas eran cada vez más altas, empezaban a lamer la campana extractora.
Levantó la jarra justo cuando la puerta principal se abría de golpe.
Greyson se quedó en la entrada durante apenas un segundo asimilando la escena: el infierno en su cocina, el humo saliendo del horno, y ella en mitad de la habitación con una jarra de agua y lo que imaginaba que era una expresión de culpabilidad espectacular.
—¡Quieta! —Se movió más rápido de lo que sus ojos borrachos podían seguir y la apartó de un empujón—. Nunca se le echa agua a una sartén en llamas, tonta del…
La jarra salió volando mientras Shadera caía hacia atrás y se estrellaba contra el suelo con toda el agua cayéndole encima. El recipiente se rompió al chocar y pequeños trozos de cristal saltaron sobre sus piernas desnudas.
Shadera siseó cuando se le clavó uno de los trozos en la pantorrilla, y Greyson le ladró una orden a quien había entrado en el apartamento con él.
El hombre se puso en marcha al instante; abrió todas las ventanas que pudo y entreabrió la puerta del balcón del salón.
Greyson había conseguido controlar el fuego con una tapa mientras el humo negro restante escapaba por los conductos de ventilación.
Dio un paso en su dirección con una mirada asesina. El cristal crujió bajo sus botas, y, al instante, Greyson se resbaló en el suelo mojado y cayó encima de ella. Shadera retrocedió como pudo, pero sus extremidades borrachas no reaccionaron con la velocidad suficiente.
Él apoyó las manos desnudas sobre el cristal a ambos lados de su cabeza para evitar aplastarla.
Se le escapó un pequeño gruñido de dolor entre los dientes apretados mientras en su máscara se reflejaba el rostro de Shadera: manchas de hollín, ojos desorbitados por la conmoción y el vodka.
Ella pudo sentir que el corazón de él le martilleaba en el pecho allí donde hacía presión contra el suyo.
—¿Qué cojones estabas haciendo? —Las palabras fueron gélidas, cada una de ellas perfectamente escogida para hacerle sentir como una niña pequeña a la que le están echando una bronca.
Tragó saliva. La cercanía, la calidez del cuerpo de Greyson contra el suyo enviaba señales de calor y alerta a través de sus nervios entumecidos por el alcohol.
—Tenía hambre —respondió mientras se incorporaba sobre los codos. El movimiento acortó todavía más la distancia que los separaba. Greyson la observó, clavó su mirada en la de ella y la bajó a sus labios durante menos tiempo de lo que dura un latido antes de apartarse de golpe y ponerse de pie.
No le ofreció la mano para ayudarla a levantarse, simplemente se dirigió a la cocina y cogió la sartén. Ella observó cómo se acercaba al conducto de basura que había junto a la nevera para tirar la sartén dentro. Shadera resopló, rodó sobre el costado y se levantó.
Seguro que el tío no había lavado un plato en su puta vida.
—¿Casi quemas mi apartamento porque tenías hambre? —Greyson no pudo por menos que alzar la voz: la incredulidad se abrió paso a través de la frialdad de su ira—. Para algo existe el sistema de comunicación. Chapman podría…
—No apoyo la esclavitud —lo interrumpió Shadera al agarrarse a la isla mientras la habitación le daba vueltas.
—¿Esclavitud? —replicó Greyson sin dejar de mirarla—. Chapman es…
—Me llamo Callum. —Su voz cortó la tensión y ambos se volvieron hacia él.
Estaba junto a la ventana; se había quitado la chaqueta en algún momento.
Llevaba la camisa remangada, lo que dejaba a la vista sus antebrazos marcados con tatuajes y las viejas cicatrices que el ojo entrenado de Shadera reconocía como heridas defensivas.
Se acercó a ellos con naturalidad, pero se detuvo justo en el límite de la distancia de ataque; un hombre que sabía moverse en situaciones violentas sin provocarlas. Su máscara era de cobre y oro, más ornamentada que la austera obsidiana de Greyson.
Callum inclinó la cabeza.
—Soy un viejo amigo de nuestro hosco verdugo.
Greyson le lanzó una mirada asesina antes de respirar hondo y relajar ligeramente los hombros.
—Ha venido para arreglar unas cerraduras. —Señaló la isla de la cocina.
Shadera siguió su mirada y se fijó en el escáner de vigilancia que él había usado la primera noche. Entonces lo entendió. No hablaba de cerraduras. Sino de dispositivos de vigilancia.
Observó a Callum con un nuevo interés mientras su mente borracha intentaba clasificarlo. Formaba parte de la élite del Corazón, eso estaba claro, pero había algo más. La forma en la que se movía, las cicatrices, lo cómodo que se encontraba en situaciones críticas.
—¿A qué te dedicas? —preguntó, y pudo sentir cómo arrastraba las palabras—. ¿También te cargas a gente?
La risa de Callum fue sincera, cálida, algo poco habitual en el Corazón.
—No, tengo gente que se encarga de eso. —La sinceridad de sus palabras y su encanto natural la hizo parpadear—. Hago muchas cosas. Dirijo el distrito del ocio. Consigo cosas que hay que conseguir. Y, ahora mismo, le estoy echando una mano a esta pareja de tortolitos.
Shadera casi vomitó ante esa última palabra mientras él le guiñaba un ojo a Greyson, que parecía dispuesto a cargárselo en esa misma cocina.
—¿El despacho? —gruñó Greyson.
—El despacho —afirmó Callum con un brillo travieso en los ojos antes de mirarla—. Intenta no quemar nada más mientras trabajo.
Shadera no necesitaba verle la cara para saber que estaba sonriendo bajo su máscara cuando desapareció por algún rincón del apartamento, dejándolos a solas con todo ese desastre.
La cocina todavía apestaba a humo cuando Shadera se apoyó en la encimera y se sacó el trozo de cristal de la pierna, dejándolo caer sobre la superficie. Dejó que su mirada vagara hacia Greyson, quien evaluaba los daños con esos fríos ojos azules.
—¿Cuánto has bebido? —preguntó sin mirarla mientras recogía del suelo los restos rotos de la jarra.
—No me importaría haber bebido más. —Alargó la mano hacia la botella de vodka, pero él la apartó antes de que pudiera alcanzarla.
—Deberías haber llamado a Chapman. —Su voz tenía ese tono particular que tantas ganas le daban de pegarle un puñetazo en la garganta—. Para algo está.
—Como te he dicho, que ahora mismo sea una prisionera no significa que vaya a añadir más sufrimiento a tus empleados. —Las palabras le salieron exactamente como pretendía: afiladas y acusatorias.
Greyson se detuvo y se giró para mirarla de frente. Ahora estaban uno a cada lado de la isla de la cocina, el mármol entre ellos era como la línea de batalla.
—Chapman no es un esclavo —dijo como si fuera obvio—. Tiene un buen sueldo. Un muy buen sueldo. Es del Cardinal, tiene familia allí. Lleva diez años conmigo por elección propia.
Shadera soltó un bufido, que le salió áspero de la garganta.
—Claro. Como si alguien del Cardinal tuviera muchas opciones al trabajar para el verdugo de Corazón.
A Greyson se le marcaron los músculos de la mandíbula al apretarla.
—Puede irse cuando quiera. Le he ofrecido ayudarlo a reubicarse tres veces. Se queda porque… —Se calló y negó con la cabeza—. ¿Pero por qué me estoy justificando?
—Porque intentas fingir que no eres un monstruo —respondió ella con un falso mohín e impregnando cada palabra de sarcasmo—. Debe de ser complicado encontrar buenos empleados cuando te ganas la vida matando niños.
Greyson apoyó las manos en el mármol, y Shadera vio cómo se le tensaban los tendones de los antebrazos. Por un momento, pensó que rodearía la isla y que la agarraría del cuello de nuevo. En parte, lo deseaba. Pelear era mucho más fácil que hablar.
—¿Sabes cocinar? —le preguntó él de repente, y la curiosidad se apoderó de su tono de voz.
—¿Qué?
—Es una pregunta sencilla. ¿Sabes cocinar?
La vulnerabilidad la golpeó antes de poder detenerla, atravesando la neblina provocada por el vodka como un cubo de agua fría. Se le pusieron los hombros rígidos, a la defensiva.
—No.
Él esperó, con los ojos clavados en su rostro.