Sanguinaria (El Corazón 1) 14. Ya conoces las reglas #3
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14. Ya conoces las reglas #3

Recordaba los sonidos jadeantes que salían de su garganta mientras él le dejaba un reguero de besos con la boca abierta en el cuello, su forma de arquear la espalda hacia él cuando por fin se hundió en su interior.

Se movieron a la par, con la piel resbaladiza por el sudor y jadeantes, mientras ella le arañaba la espalda conforme él la acercaba al precipicio.

Esa sensación se había grabado a fuego en el alma de Cal­lum, la forma en la que se le encogió el corazón antes de expandirse hasta el punto de romperse cuando ella lo miró a través de sus densas y oscuras pestañas y le dijo que lo quería.

Los dedos de Lira le trazaron arabescos en el pecho mientras el sol matutino se colaba por la ventana y la pintaba de dorado. Se quedaron allí horas, días, susurrándose confesiones y promesas. Planeando un futuro que nunca podrían tener. Cal­lum se permitió creérselo, solo durante un momento.

Sin embargo, la realidad regresó con fuerza a la semana siguiente, destruyendo cualquier esperanza para ellos. Greyson nunca lo perdonaría. Era la única regla, la única, de su amistad.

Lira estaba fuera de su alcance.

De modo que Callum hizo lo que siempre hacía: la apartó. Le dijo que no significaba nada, que solo había sido sexo y adrenalina. Que no la deseaba.

Todas y cada una de las palabras fueron mentira.

Su corazón le pertenecía, cada latido era suyo. Callum sabía, con una certeza absoluta, que nunca amaría a otra mujer.

Pero Greyson acertó al decirle que se mantuviera alejado de Lira. Sabía que solo intentaba proteger a su hermana de la barbarie que asolaba los confines de su mundo.

Lira se merecía algo mejor que él.

Callum se había pasado todos los días desde aquel momento intentando no hacerle caso al dolor que sentía en el pecho cada vez que ella estaba cerca, e incluso cuando no lo estaba.

Soltó el vaso en el escritorio con un poco más de fuerza de la necesaria, y el golpe del cristal contra la madera rompió el silencio cargado de implicaciones, antes de encogerse de hombros para aliviar la tensión que se le acumulaba en ese punto.

La puerta de su despacho se abrió de repente con tanta fuerza que hizo vibrar la pared de cristal, y ambos, con sus caras enmascaradas, se volvieron bruscamente hacia el sonido.

Greyson estaba allí plantado, la violencia personificada, con la máscara bien puesta en su sitio.

Callum no necesitaba verle la cara para percatarse de su rabia: se reflejaba en cada línea de su cuerpo, en los puños apretados a los costados, en la rigidez de sus hombros.

En sus ojos azules se veía una ferocidad que Cal­lum solo había presenciado una vez antes, la noche que sacaron el cuerpo de Brooker de la plaza del Corazón.

Callum se levantó de su sillón, calculando ya cuánto control de daños requeriría esa situación.

—¿Qué ha pasado?

Greyson echó a andar hacia el centro de la estancia a grandes zancadas, con los movimientos de un depredador enjaulado: controlados, pero a duras penas.

Abría y cerraba las manos repetidamente, como si buscara algo que destruir.

Lira retrocedió tres pasos con rapidez, alejándose de él y acercándose a Callum, para así ponerse fuera del alcance de su furia.

Callum extendió un brazo hacia ella y le puso una mano en la curva de la cintura para acercarla otro paso más.

—¿Qué pasa? —preguntó Lira con voz preocupada.

—Está en mi casa. —Las palabras brotaron como si se las hubieran arrancado de la garganta—. La sanguinaria está en mi puta casa.

Callum enderezó la espalda por completo al oír semejante revelación.

—Casi la he matado esta mañana. Tenía una mano alrededor de su garganta, podía sentir su pulso acelerado debajo de los dedos.

Si se hubiera quedado un segundo más, un solo segundo más, le habría partido el cuello.

Le habría aplastado la tráquea y la habría visto morir en el suelo de mi dormitorio.

—Greyson por fin dejó de pasearse de un lado para otro y se volvió hacia ellos mientras se pasaba una mano por la máscara—.

Él me habría matado por eso. —No hacía falta que dijera el nombre para que supieran a quién se refería—.

La quiere viva, la necesita viva porque tiene un plan para New Found Haven.

Como si no fuera la misma chusma que mató a Brooker.

Callum salió de detrás de su escritorio.

—Necesitas respirar, Grey. —Mantuvo un tono calmado a conciencia, un contrapunto a la furia de Greyson, que se llevó una mano al abdomen de forma instintiva.

—Tengo que casarme con ella. Una puta farsa de votos ceremoniales. Mi castigo por hacerlo parecer débil.

Lira tomó aire de golpe e hizo que los dos hombres la mirasen. Algo cambió en su postura, algo sutil que Callum reconoció como culpa. Entrecerró los ojos detrás de la máscara, escrutándola.

—¿Cuánto hace que lo sabes? —preguntó Greyson, con un susurro peligroso mientras se volvía para mirar a su hermana de frente.

—¿El qué? —El intento de Lira de parecer inocente cayó en saco roto.

—No. —Greyson dio un paso hacia ella—. Eres muchas cosas, Li, pero mentirosa no.

El silencio se extendió entre ellos, tenso como un cable. Cal­lum observó a los hermanos y se percató de que la explosión estaba a punto de suceder. Ya lo había visto antes: la rabia de Greyson, la terquedad de Lira, el mal genio Serel que vivía en la sangre de ambos.

—¿Qué sabes? —insistió Greyson.

Ella se irguió y enderezó los hombros, preparándose para el impacto.

—Madre y yo le sugerimos los votos a Maximus. El compromiso con ella.

Las palabras cayeron como piedras en un lago tranquilo, con ondas expansivas. Greyson se quedó completamente inmóvil, con esa clase de inmovilidad que precedía a la violencia.

—¿Que hicisteis qué? —preguntó en voz baja, algo peor que los gritos.

—Sugerimos el matrimonio como forma de salvarte la vida —siguió Lira, que se apresuraba a hablar a esas alturas—.

Los Daunt querían que te ejecutaran por quitarte la máscara.

La ley es absoluta, ya lo sabes. Pero madre sabía que había un resquicio legal para cuando las máscaras se caen de forma accidental.

Lo convencimos de que tomar los votos con ella serviría mejor a sus propósitos.

—La muerte no habría sido el peor destino.

—No digas eso —susurró Lira con la voz quebrada—. No puedo perderte a ti también.

Callum vio que la postura de su amigo cambiaba, que la rabia daba paso momentáneamente a algo más vulnerable, antes de endurecerse de nuevo.

—¿Así que decidisteis que obligarme a vivir con mi asesina fallida sería una alternativa mejor? —Greyson soltó una carcajada carente de humor—. Un plan brillante, Li. Una genialidad.

—Eso nos da tiempo —insistió Lira—. Tiempo para encontrar otra solución.

—¿Y qué solución sería? ¿Que ella termine el trabajo?

¿Que padre nos exhiba por ahí como un símbolo perverso del poder del Corazón?

Me habéis dejado atrapado con ella. —Greyson seguía hablando en voz baja, controlada, pero Callum veía el músculo que le palpitaba en el mentón, su forma de apretar los puños—.

Habéis metido a esa asesina en mi casa, en mi cama…

—Duerme en el cuarto de invitados —lo corrigió Lira.

—¡Eso da igual, joder!

El grito brotó de Greyson sin previo aviso, tan fuerte que Callum se interpuso entre los hermanos de forma instintiva. Sabía que Greyson moriría antes de atreverse a ponerle la mano encima a su hermana, pero también conocía a Lira, y ella sin duda le daría una paliza por hablarle de esa manera.

—Ya basta —dijo Callum con firmeza, con una mano en el pecho de Greyson y la otra levantada hacia Lira—. Los dos. Esto no nos ayuda.

—Me ha traicionado —masculló Greyson.

—Te ha salvado la vida, imbécil —replicó Callum—. Aunque el método fuera una mierda, la intención era buena.

—Me dan igual las intenciones…

—De eso nada. —Callum empujó con más fuerza contra el pecho de Greyson, obligándolo a retroceder un paso—. No te dan igual porque se trata de tu hermana, te quiere y le daba pavor perderte. Igual que a todos nosotros.

La agresividad de Greyson se desvaneció tan rápido como había surgido, y dejó caer los hombros.

—No sé si voy a ser capaz de hacerlo —murmuró—. No sé cuánto tiempo voy a aguantar en esa casa sin matarla.

—Pues lo arreglaremos —replicó Callum con tranquilidad.

Los dos hermanos lo miraron.

—¿Cómo? —preguntó Lira, que relajó la postura.

—Sentaos —les ordenó Callum, señalando los sillones de cuero dispuestos alrededor de una mesa baja—. Gritaros el uno al otro no va a solucionar nada.

Se quedó un poco sorprendido cuando lo obedecieron. Los hermanos se acomodaron en los sillones, el uno frente al otro, con la tensión entre ellos todavía palpable, pero mitigada en parte.

Callum se dirigió al carrito con bebidas y sirvió dos whiskies y un vodka. Le entregó un whisky a Greyson, que se lo tomó de forma mecánica, y le ofreció el vodka a Lira. Ella lo aceptó con un gesto de agradecimiento mientras Callum se apoyaba en el borde de su escritorio, frente a ellos.

—Conseguiremos que se ponga de nuestro lado. Tu padre no se equivoca al decir que debería usarse como un activo, pero no como el suyo. —Bebió un sorbo de whisky—. Vamos a ser metódicos con esto. ¿Qué sabemos de sus hábitos? ¿De sus vulnerabilidades? ¿De sus debilidades?

Greyson soltó una carcajada amarga.

—Llevamos viviendo juntos menos de veinticuatro horas. Lo único que sé es que bebe más vodka que cualquier persona que haya conocido, que no respeta la privacidad y que aguanta palizas sin pestañear. Es fuerte, sería una estupidez subestimarla.

—Parece justo tu tipo —bromeó Callum antes de asentir con la cabeza—. Así que la situación es esta: tú quieres matarla porque es una sanguinaria y los sanguinarios mataron a Brooker, y ella quiere matarte porque tú eres… En fin, porque eres tú. ¿Es así? ¿Se me escapa algo?

Greyson chasqueó la lengua por el ligero tono sarcástico de la voz de Callum.

—No —masculló.