14. Ya conoces las reglas #2
—¡No! —gritó Davish, forcejeando contra sus ataduras—. ¡Por favor! ¡Tengo familia!
Callum volvió la cara hacia él, con una expresión sombría asomando debajo de su máscara.
—Marina también. —Se acercó a Davish una última vez, agachándose para hablarle directamente al oído—.
Cuando te recuperes, si llegas a recuperarte, recuerda esto: mis reglas no son sugerencias.
Son mandamientos. Como las rompas de nuevo, te corto la mano.
Si las rompes una tercera vez, jamás encontrarán tu cuerpo.
Se enderezó y les hizo un gesto con la cabeza a los guardias. Las súplicas de Davish se convirtieron en sollozos incoherentes mientras Callum se dirigía hacia la escalera. No miró atrás, ni se inmutó cuando el primer grito resonó en el aire a su espalda.
La justicia en el Corazón pocas veces era limpia.
El sonido siguió a Callum por la escalera, haciéndose más débil a cada paso hasta que la música del club lo ahogó por completo.
Sus trabajadoras merecían protección. Seguridad. La posibilidad de ganarse la vida sin temer a hombres que creían que vivir en el Corazón los convertía en intocables. Si esa protección costaba sangre sobre el hormigón y dedos en cajas, que así fuera.
La música fue lo primero que lo golpeó al abrir la puerta de su despacho: no el bajo retumbante del club, sino algo clásico que flotaba desde los altavoces que había olvidado que tenía.
Lira estaba de espaldas a él, recortada contra la pared de cristal que ofrecía una vista de la planta principal, con el cuerpo manteniendo una inmovilidad perfecta que solo años de entrenamiento en el Corazón podían crear.
Había cambiado su habitual traje pantalón por ropa de entrenamiento; pantalones negros ajustados y una camiseta sin mangas que revelaba los esbeltos músculos que había desarrollado durante meses de sesiones que, al parecer, él había olvidado esta noche.
—Mierda —murmuró Callum al tiempo que cerraba la puerta a su espalda.
Lira se dio media vuelta, con una ceja levantada debajo de su máscara de oro rosa.
—Elocuente como de costumbre.
—Siento llegar tarde, Li. —Se dirigió a su escritorio, evitando su mirada.
La oficina todavía olía levemente a los cigarros que había dejado de fumar tres meses antes, aunque guardaba un paquete en el primer cajón para las noches que las paredes le resultaban asfixiantes—. Me he liado con el trabajo.
Ella le miró las manos y reparó en sus nudillos enrojecidos, que empezaban a hincharse.
—¿Quién te ha cabreado esta vez? —preguntó con esa franqueza que solo se consigue después de años de conocer sus patrones.
Callum pensó en mentir, pero descartó la idea.
Lira lo conocía mejor que nadie, incluso mejor que Greyson.
Era una de las cosas que la hacían peligrosa.
Que hacía que fuera peligroso que estuviera cerca de él.
No porque ella fuera a revelar sus secretos, sino porque él no podía ocultarse ante sus ojos.
—Un funcionario del consejo de distribución creyó que podía abusar de una de mis chicas. —Se dirigió al carrito con bebidas del rincón y se sirvió tres dedos de whisky—. Marina. Ya la conoces: la pelirroja que lleva la planta superior.
—¿Está bien?
—Se recuperará. —El whisky le quemó la garganta, eliminando el sabor metálico que siempre persistía después de la violencia—. Tres costillas rotas, contusión en la tráquea. Nada que no se cure físicamente. Mentalmente… —Dejó la frase en el aire.
—¿Y el funcionario?
Callum sirvió un segundo vaso y se lo ofreció. Ella lo cogió, pero enseguida lo volvió a dejar en el carrito.
—La próxima vez se lo pensará mejor.
Lira sabía, hasta cierto punto, quién era Callum.
Conocía algunas de las complejidades de su mundo y la brutalidad que llenaba los rincones oscuros de su vida.
Pero siempre le ahorraba los detalles, la mantenía alejada de la sangre que le manchaba las manos.
Ella podría soportarlo, no le cabía la menor duda, pero no quería que se viera obligada a hacerlo.
Lira ya veía suficiente dolor, suficiente violencia en su propia vida, no necesitaba cargar también con el peso de la suya.
Se acercó un paso hacia él, lo bastante como para que Callum pudiera oler el sutil aroma que desprendía, algo limpio y caro que le recordaba a la primavera, y él se tensó cuando le puso la palma de la mano en el pecho.
Lira le recorrió el cuello de la camisa con los dedos mientras levantaba la mirada hacia sus ojos.
Su presencia siempre lo había abrumado, una corriente eléctrica…
, una atracción magnética que se negaba a soltarlo.
Tomó una controlada bocanada de aire en un intento por calmar los latidos de su corazón, en un intento por calmar el pulso, de modo que ella no lo sintiera contra su piel.
—Por favor, ten cuidado, Callie —susurró Lira, al tiempo que le tomaba la cara con una mano y le acariciaba la mejilla.
Callum detestaba ese diminutivo, pero viniendo de sus labios… Ella podía llamarlo como quisiera.
Su caricia le provocó un escalofrío mientras la calidez le recorría la piel. Sabía que no debía dejar que se le acercara tanto, que no debía permitirse esos momentos de debilidad. Pero, cuando se trataba de Lira, su autocontrol siempre se desmoronaba.
Tragó saliva con dificultad, con la garganta seca de repente pese al whisky.
—Siempre tengo cuidado —murmuró, palabras que ni a sus propios oídos les sonaban convincentes.
El pulgar de Lira le rozó el pómulo, trazando el borde de su máscara.
—Mentiroso. —No había acusación en su tono, solo una leve tristeza que le oprimió el pecho.
Callum luchó contra el impulso de inclinarse hacia su caricia, de cerrar los ojos y permitirse olvidar, solo por un instante, quién era ella. Quién era él y la línea que no se le permitía cruzar.
Retrocedió un paso, dejando que la mano de Lira cayera. La pérdida de contacto le pareció un espacio vacío que se abría detrás de sus costillas.
—Deberíamos empezar. Tu hermano me matará si cree que estoy descuidando tus clases.
Lira soltó un suave suspiro, pero no insistió. Lo conocía demasiado bien, sabía cuándo dejar que se refugiara detrás de sus muros.
—Tienes que hablar con él, Callie. No está bien.
—Lo sé —replicó Callum, al tiempo que soltaba el vaso en el escritorio y se quitaba la chaqueta del traje encogiendo los hombros. La colgó del respaldo de la silla y empezó a remangarse la camisa—. Intenté verlo en el hospital, pero no me dejaron pasar porque no soy Veyra.
Lira comenzó a caminar de un lado a otro por el centro del despacho.
—Se quitó la máscara para esa…, esa mujer.
Callum bebió otro sorbo de whisky mientras ella le dirigía una mirada rápida y luego clavaba de nuevo la vista en el suelo.
—Está cayendo en un pozo. Cada vez más hondo, desde que murió Brooker, y tengo miedo. Nunca lo había visto tan cerca de derrumbarse. De hecho, se derrumbó.
Tenía razón, él también se había dado cuenta.
El temblor en la mano de Greyson, que había empeorado durante los últimos meses.
Su forma de mirar siempre por encima del hombro, como si estuviera ocultando algo, y esa expresión perdida que era cada vez más frecuente en sus ojos azules. Callum lo había visto todo.
Las últimas palabras que Greyson le había dicho acudieron a su mente.
«Si me pasa algo, haz que sufran».
Sintió una punzada de inquietud en la nuca al pensarlo.
Era como si Greyson esperara eso, como si hubiera esperado que algo saliese mal.
Sabía que guardaba secretos, sabía que había cosas de las que no hablaba con nadie, pero, fuera lo que fuera lo que ocultara en ese momento, lo estaba consumiendo.
Callum se obligó a volver a concentrarse en las palabras que salían de la boca de Lira.
—No me puedo creer que se quitara la máscara, que fuera tan estúpido como para dejar que ella le viese la cara.
Una media sonrisa apareció en sus labios al cruzar la mirada con Lira desde el otro lado del escritorio.
—Recuerdo que una vez te quitaste la máscara por mí —dijo, acomodándose en el sillón y llevándose el vaso a los labios.
Lira contuvo el aliento, sin apartar los ojos de los suyos por encima del cristal tallado.
—Eso fue distinto —susurró—. Estaba enamorada de ti.
Callum sintió un nudo en el estómago mientras el corazón le latía con fuerza en el pecho.
«Estaba».
La palabra fue más punzante de lo que él esperaba, atravesándole cada órgano sin importarle si sobrevivía o no.
El silencio saturó el ambiente entre los dos mientras se miraban fijamente, con los recuerdos de aquella noche de hacía años volviendo a su mente con vívidos detalles.
El alcohol disolviendo las barreras, el temblor de sus dedos al rozar la máscara de ella, el susurro de Lira cuando dijo «Sí» antes incluso de que él pudiera formular la pregunta.
La intimidad prohibida de quitársela, de revelar la cara que había debajo: el tabú más sagrado de la sociedad del Corazón.
Y luego las manos de Lira sobre su máscara, suaves, pero seguras. La aterradora vulnerabilidad de que lo vieran tal y como era por primera vez desde la infancia. Que el aire pareciera cristalizarse entre ellos en aquel momento de revelación mutua.
La cara de Lira era más hermosa de lo que se había imaginado: pómulos altos salpicados de pecas; labios carnosos surcados por una pequeña cicatriz en la comisura izquierda; ojos que reflejaban la luz como rayos de sol sobre un mar en calma.
Trazó los contornos con las yemas de los dedos, grabando en su memoria lo que sabía que no debería haber visto nunca porque no le estaba permitido.
Luego la boca de Lira sobre la suya, titubeante al principio, después voraz.
Había sido un fin de semana de momentos robados, temerarios y embriagados por la sensación de piel contra piel sin barreras, sin máscaras.
Las manos de Callum habían recorrido cada centímetro de su cuerpo, memorizando los huecos y las curvas que sabía que nunca volvería a tocar.