Sanguinaria (El Corazón 1) 14. Ya conoces las reglas
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14. Ya conoces las reglas

El gemido del hombre resonó en las paredes de hormigón mientras Callum rodeaba pausadamente la silla metálica.

La sangre ya decoraba el suelo formando patrones abstractos y extendiéndose desde el lugar donde el élite estaba sentado medio desplomado.

Unas gotas carmesíes cubrían su impecable camisa blanca, una prenda cara a esas alturas arruinada.

Callum flexionó los dedos por debajo del puño de latón, sintiendo el peso del cálido metal contra la piel.

Creía en las consecuencias. Creía en el orden.

Lo que acababa de hacer era una lección de ambas cosas.

El bajo de la música que sonaba en el club, tres pisos por encima de ellos, vibraba en sus huesos pese a las capas de hormigón y acero, como si fuera un segundo corazón.

Allí abajo, en el sótano que no existía en ningún plano arquitectónico, el sonido llegaba amortiguado y distorsionado; un fantasma de la diversión que tenía lugar en el mundo superior.

La solitaria bombilla que colgaba de un cable a la vista proyectaba sombras duras que volvían negra la sangre allí donde se acumulaba en las imperfecciones del suelo.

—¿Entiendes por qué estás aquí, Davish? —preguntó Cal­lum, sin que su voz delatara el asco que le retorcía las entrañas. Dejó de moverse y se colocó directamente en la línea de visión del élite.

Davish (un cuarentón de pelo ralo y con el físico delicado de una persona que nunca había pasado penurias) levantó la cabeza.

Le habían quitado la máscara, una demostración de poder por parte de Callum, una humillación que habría escandalizado a la sociedad del Corazón.

Sin ella, su cara era anodina, salvo por el terror que le hacía tener los ojos desorbitados.

—Por favor —gimió Davish, escupiendo sangre sobre el hormigón—. Esto es un malentendido. No sabía…

El puño de Callum se estrelló contra su mandíbula antes de que pudiera terminar la mentira.

Los nudillos de latón le hirieron la piel con el impacto, sumando otra herida a la colección que ya tenía Davish en la cara.

Dos guardias se encontraban de pie junto a la pared del fondo, con expresiones impasibles detrás de sus máscaras. Ya habían visto ese ritual antes.

—Un malentendido —repitió Callum, limpiándose una gota de sangre de la manga con meticuloso cuidado—.

¿De verdad no lo sabías? —le preguntó, con un tono casi amable, como si fuera una simple conversación.

Volvió a rodear la silla—. Qué raro. Porque Marina lleva mi marca.

Justo aquí. —Se tocó el lugar debajo de la oreja donde él y todos sus trabajadores llevaban el mismo pequeño tatuaje de color cobre; una solitaria rosa cuyo tallo separaba la ce y la te, las iniciales de su nombre, Callum Thane—.

A menos que me estés diciendo que no te molestaste en mirarle la cara mientras la sujetabas.

El sollozo de Davish fue una especie de gorgoteo. La sangre le manaba por la nariz y se le metía en la boca, que también tenía destrozada.

—Vamos a dejar claro lo que no debemos malinterpretar.

Pagaste por estar con Marina. Aceptaste nuestras condiciones.

Y luego le pusiste las manos encima. —Se inclinó, acercando la máscara a pocos centímetros de la cara descubierta de Davish.

La proximidad era inquietante; una violación de la ley del Corazón que ponía de relieve hasta qué punto habían abandonado las normas de la sociedad—.

Nadie toca lo que es mío —siguió en voz baja—. Y mucho menos de esa manera.

El élite intentó enderezarse en la silla, con la dignidad luchando contra el instinto de supervivencia.

—Solo es una puta del Cardinal…

En esa ocasión Callum no apuntó a la cara. Le clavó el puño en el vientre, y Davish expulsó el aire de los pulmones de golpe antes de doblarse por la mitad tanto como le permitían las ataduras y vomitar en el suelo entre sus carísimos zapatos.

Callum se agachó para mirarle el ojo que seguía intacto; el otro se le había hinchado y cerrado hacía diez minutos.

—Marina tiene tres hermanos pequeños en el Cardinal —le explicó con indiferencia cuando Davish se recuperó lo suficiente como para poder escucharlo—. Usa el noventa por ciento de lo que gana para mantenerlos con vida. —Le asestó un puñetazo en un riñón, un golpe preciso que le arrancó un chillido.

El sonido reverberó en las paredes, distorsionado e inhumano. Uno de los guardias los miró, pero no intervino. Aquello era un asunto de negocios, y los negocios exigían mensajes claros.

—Por favor —jadeó Davish entre sollozos—, te pagaré. Lo que quieras. El doble. El triple de la tarifa habitual.

—¿Vas a pagar? —se burló Callum—. ¿Crees que esto se soluciona con créditos?

—Otro puñetazo, en las costillas en esa ocasión.

Se oyó un crujido—. Marina no podrá trabajar durante tres semanas por lo menos.

Tres semanas de ingresos perdidos porque tú querías cinco minutos de sentirte poderoso.

—Se enderezó despacio—. No estamos hablando de dinero.

Estamos hablando de respeto. —Le agarró la barbilla a Davish, obligándolo a mirarlo a los ojos a través de las rendijas de su máscara—.

Ya conoces las reglas —siguió, bajando la voz hasta que solo fue un susurro—.

Todos los que cruzan mis puertas las conocen.

Si le haces daño a lo que es mío, yo te haré daño a ti.

—Volvió a rodear la silla, dejando que sus pasos resonaran en la estancia.

El miedo era más efectivo cuando no se veía de dónde vendría el siguiente golpe—.

Has entrado en mi casa, Davish. ¡En mi casa!

—repitió, mascullando cada palabra—. Así que dime, ¿no crees que debería rebanarte el cuello y tirar tu cadáver a los canales del Perímetro?

Las pupilas de Davish se dilataron por el terror.

—Tengo información —soltó—. Información valiosa. Sobre el Corazón. Sobre transacciones… ilegales. Tú coleccionas secretos. Yo tengo secretos que podría darte.

El interés iluminó los ojos de Callum, aunque mantuvo una postura relajada, impasible.

—Te escucho.

Porque, efectivamente, Callum coleccionaba secretos. Los hombres y mujeres que trabajaban en sus clubes por todo el Corazón compartían con él todo lo que averiguaban sobre sus clientes y él guardaba esos secretos hasta que llegaba el momento de aprovecharlos, de usarlos para sus propios fines.

—Industrias Serel —jadeó Davish—. Están transportando suministros con manifiestos falsos. Equipamiento médico y alimentos que nunca llegan a las clínicas del Cardinal ni del Perímetro. Se desvían a almacenes privados en el Corazón.

La mente de Callum procesó la información al instante. Aquello podría ser útil. Potencialmente valía más que la satisfacción de romperle otra costilla a Davish.

—Detalles —le exigió—. Nombres. Instalaciones. Rutas.

—Superviso la red de distribución del Cardinal —replicó Davish, y las palabras le salieron a borbotones después de haber encontrado una posible salvación—.

Todas las semanas desaparecen dos envíos del manifiesto después de pasar la aduana agrícola.

Los códigos de verificación se modifican en el sistema.

Van a un almacén del Corazón Este y luego lo queman, para deshacerse de las pruebas.

El presidente está tramando algo con otros miembros de alto rango de la dirección.

Han estado recortando poco a poco todos los envíos de ayuda y alimentos a los anillos exteriores.

Callum cruzó los brazos por delante del pecho y empezó a darse golpecitos con los dedos en los bíceps. ¿Qué estaba tramando Maximus Serel? Tendría que investigar a fondo, usar todos los contactos disponibles para recabar más información.

Luchó por disimular el asco que sentía. Sabía que habían estado acaparando suministros médicos, pero ¿comida? Estaban cortando por completo el acceso a la ya escasa cantidad de comida que llegaba al Perímetro.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Uno de sus guardias la entreabrió y habló en voz baja con quien estuviera al otro lado.

—Jefe —dijo el guardia, volviéndose—, alguien lo espera en su despacho. Dice que es importante.

Callum asintió con la cabeza y se apartó de la silla. Davish se desplomó entre sus ataduras mientras la sangre seguía cayendo sobre el hormigón. El charco había crecido considerablemente desde que empezaron.

Callum se acercó al fregadero de acero del rincón, se quitó el puño de latón y lo dejó caer con estrépito contra la pila metálica mientras abría el grifo. La sangre se fue por el desagüe, desapareciendo en las alcantarillas de la ciudad, donde se uniría a otros mil secretos.

Se lavó de forma metódica; debajo de las uñas, entre los dedos, hasta las muñecas. Cuando tuvo las manos limpias, se las secó con una toalla gris que había presenciado demasiadas palizas como esa, y luego cogió los anillos, que había dejado en un platillo junto al fregadero.

Se los colocó uno a uno con la comodidad de la rutina. El de ónice, en el pulgar izquierdo; los dos de oro, en el índice y en el anular derechos; el de cobre con la rosa tallada, en el meñique izquierdo, a juego con el tatuaje que llevaban sus trabajadores.

—Parece que vamos a tener que concluir esto —dijo, volviéndose hacia Davish—. Me has dado información útil que te ha salvado la vida, pero tus actos siguen teniendo consecuencias.

El alivio que proyectaba la cara de Davish no tardó en ser reemplazado de nuevo por el miedo.

—Cortadle un dedo —les ordenó Callum a sus guardias mientras flexionaba los nudillos magullados—. El que se usa para llevar la alianza de matrimonio. Creo que es poético, teniendo en cuenta dónde puso las manos.

—No, por favor… —La protesta de Davish acabó disuelta en sollozos.

—Esperad hasta que anochezca —siguió Callum. Se ajustó los puños, tomó la chaqueta del traje que colgaba de un gancho junto al lavabo y se la puso—. Luego dejadlo en las puertas de la clínica. La del Corazón Sur. Que vean lo que pasa cuando los élites abusan de su poder en mi territorio.