13. Los sanguinarios no lloran #4
—¿Que contribuyen a la sociedad? —preguntó ella con la voz quebrada—.
¿Te refieres a que han nacido en el anillo adecuado?
¿A que tienen el apellido adecuado? Ese chico seguramente tenía hermanos muriéndose de alguna infección mientras tú acaparas antibióticos para gente que no ha estado enferma de verdad en su vida.
—Se había acercado lo bastante como para ver las motas de azul más oscuro en sus iris, lo bastante como para oler el cuero de sus guantes y el rastro de pólvora en ellos.
—La ley es clara —dijo él, pero con cierto titubeo. Agotamiento, tal vez, algo parecido a la resignación. El cansancio que calaba hasta los huesos de alguien que había repetido las mismas palabras tantas veces que acababan perdiendo su significado.
—Tu ley —replicó Shadera, señalándolo con un dedo que acabó clavando en el sólido muro de músculos de su torso—. La ley de tu padre. Escrita por asesinos para proteger a asesinos.
Él levantó una mano con rapidez y le agarró la muñeca antes de que ella pudiera apartarla. Se la inmovilizó con firmeza, pero sin hacerle daño, presionando con el dedo pulgar el lugar donde el pulso le latía con rabia.
—Cuidado —dijo, bajando la voz—. Las paredes tienen oídos.
Shadera sabía que estaban escuchando. Grababan cada palabra que pronunciaban, la analizaban, la juzgaban.
Sin embargo, a la ira que la consumía ya no le importaban las consecuencias.
Esa gente se lo había arrebatado todo: a sus padres, su libertad, su esperanza.
Y encima querían exhibirla como a un animal, usarla para quebrantar el espíritu de quienes todavía luchaban.
—Que escuchen. —Se quedó quieta, dejándolo que sintiera cómo el odio le aceleraba el pulso—.
Que tu padre oiga lo que pienso exactamente del imperio que ha construido sobre los huesos de la gente que tú has matado.
—Se zafó de su mano y dio un paso atrás, alejándose de él.
Aun así, Greyson no se movió. Se limitó a observarla para ver cómo acababan las emociones con su compostura—.
¿A cuántas personas has matado, Greyson?
¿A cientos? ¿A miles? ¿Llevas la cuenta acaso o has acabado mezclándolas todas en la cabeza?
Él se enderezó al oír sus palabras, apartándose del escritorio para retroceder un paso, como si quisiera distanciarse de la pregunta.
—Las recuerdo a todas —contestó, y se le dilataron las fosas nasales mientras inspiraba con brusquedad—. A todas.
Shadera no esperaba esa respuesta, no esperaba esa vulnerabilidad. La cruda verdad. Examinó su expresión, buscando la mentira, la manipulación.
—En ese caso eres un monstruo mayor de lo que pensaba —dijo con más suavidad de la que pretendía—. Porque las recuerdas y aun así sigues matando.
—Sí. —Una réplica breve. Tajante.
Sin justificaciones, sin excusas.
Su sinceridad le provocó una sacudida en el pecho. Había esperado que lo negara, que intentase racionalizar, que le soltara la propaganda habitual del Corazón sobre los males necesarios por el bien mayor. No que reconociera abiertamente lo que era.
Shadera se movió sin pensar, impulsada por el dolor que sentía debajo del esternón. Extendió un brazo para acercarle la mano al cuello y rozó la sangre seca con los dedos. Greyson se tensó, pero no la detuvo mientras ella trazaba el contorno de la mancha.
—Ese chico —susurró—, ¿cómo se llamaba?
—Marcus Chen. —No hubo titubeo—. Del Cardinal Sur. Tres hermanos pequeños. Su madre trabaja en las plantas de procesamiento. Su padre fue ejecutado hace tres años por contrabando.
Cada detalle era un cuchillo clavado con precisión. Greyson sabía exactamente a quién había matado, conocía la vida que había cercenado y las que había destruido en el proceso.
Y, aun así, había apretado el gatillo.
—Estás enfermo —dijo ella mientras se quitaba la sangre que se le había quedado pegada en la yema del dedo, algo que le puso la piel de gallina—. Sabes que lo que haces está mal, pero lo haces de todas formas.
—«Está mal» —repitió él, como si saboreara las palabras tal como haría con un buen vino—. ¿Así describes lo que tú haces cuando le cortas el cuello a alguien por créditos? ¿Cuando envenenas a un comerciante del Cardinal que robó parte del cargamento equivocado? ¿O solo está mal cuando lo hago yo?
—Nunca he ocultado lo que soy. Mato a quienes ayudan al Corazón, no a los oprimidos. Y no me avergüenzo de hacerlo. No me avergüenza ser una asesina si con eso hago sufrir al Corazón.
Greyson le arrebató la botella de los dedos y bebió un gran trago.
—La única diferencia es que tú puedes elegir tus contratos. Yo no. Ambos somos asesinos. Solo que pagamos un precio distinto por esas muertes.
—¿Qué precio pagas tú? —preguntó Shadera con desdén.
Sus ojos azules se posaron en los documentos esparcidos a su espalda con tanta rapidez que casi no lo vio. La sombra que se extendió por sus ojos. El vacío que le oscureció los iris.
—Querías que te matara, ¿verdad? Querías morir. Lo vi en tus ojos cuando te quitaste la máscara. Querías que acabara contigo.
Greyson ni se movió.
—No sabes lo que viste —replicó en voz baja, sin mirarla a los ojos.
—Sé muy bien lo que vi. He visto esa mirada antes.
En el espejo. —Shadera achacó su propia franqueza al vodka, o tal vez fuera el agotamiento.
Siguió mirándolo, aunque sus ojos todavía estaban clavados en los documentos que ella tenía detrás, y recordó el informe médico y el hecho de que él lo había guardado.
Pruebas de maltrato ocultas bajo términos médicos—. Tu padre casi te mató hace tres años.
La expresión de Greyson no cambió, pero ella percibió el leve estremecimiento de sus hombros y su respiración entrecortada un instante. Su suposición había sido correcta.
—Un accidente durante el entrenamiento —dijo él.
—Déjate de chorradas. —Cogió el informe del suelo y lo agitó entre ellos—. Estas lesiones: costillas rotas, hemorragia interna, fractura de cráneo… Alguien te golpeó de forma sistemática. Alguien que sabía exactamente cuánto daño podías soportar sin morir.
—Ya vale. —Las palabras salieron de la boca de Greyson con un tono grave y amenazador.
Sin embargo, ella por fin había encontrado algo. Una grieta en su armadura.
—¿Qué hiciste? ¿Te negaste a llevar a cabo una ejecución? ¿Te compadeciste de un rebelde? ¿O solo necesitaba recordarte quién es tu dueño?
Greyson se movió rápido, acortando la distancia entre ellos de un solo paso. Le rodeó la garganta con una mano, sin llegar a hacerle daño, pero con la suficiente fuerza como para dejarla paralizada. Shadera veía la vena que le palpitaba en el cuello, la furia apenas controlada en sus ojos azules.
—Te he dicho que ya vale —masculló Greyson mirándola desde arriba, con los dedos flexionados contra su piel.
Debería hacerle caso. Reconocer el peligro en su voz. En cambio, alzó la vista hacia él y le sonrió.
—¿Lloraste? —Se inclinó hacia él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Cuando te rompió los huesos, cuando te dejó claro lo que realmente eres para él; una herramienta más, un arma más para mantener su poder…, ¿lloraste?
Greyson le apretó con más fuerza la garganta mientras cerraba la otra mano alrededor del cuello de la botella. Y entonces Shadera lo vio. El destello de un recuerdo en sus ojos, el fantasma de ese dolor que todavía vivía en su cuerpo tantos años después.
Ella no se inmutó.
Greyson la mantuvo allí, con sus cuerpos casi tocándose y un silencio entre ellos que adquiría un cariz peligroso.
Shadera reconoció lo que veía. Una especie de violencia más fría que la furia, tan practicada que se había convertido en rutina.
Sabía que era capaz de partirle el cuello, que podría haberlo hecho.
Que podría haberle puesto fin a toda la farsa, y que tal vez incluso quisiera hacerlo.
Pero no lo hizo. Lo vio tomar la decisión de no hacerlo.
Vio que se le tensaba la mandíbula, que se le dilataban las fosas nasales, que el azul de sus ojos se estrechaba hasta convertirse en una luna asesina.
La soltó con un empujón, como si le repugnara la idea de que ella le quitase el aire.
Shadera trastabilló hacia atrás y sus piernas lograron mantener el equilibrio.
La piel de su cuello palpitaba, y el calor se desvanecía de los puntos donde sus dedos habían presionado.
Se permitió toser, una vez, no lo suficiente para darle la satisfacción, solo lo justo para despejarse la tráquea.
Greyson se dirigió con paso firme hacia el ventanal, pasándose la mano libre por la cara mientras contemplaba la ciudad.
Shadera se percató del temblor en su otra mano cuando se llevó la botella a los labios.
Era tan leve que nadie más lo habría notado, pero ella era una experta en dolor.
Sobre todo en el tipo de dolor que atormentaba a los vivos.
—Necesito que te vayas —dijo él despacio mientras se volvía para mirarla. Su semblante era inexpresivo, no delataba ni pizca de emoción.
—No. —Shadera enderezó la espalda a modo de desafío.
Él suspiró y se presionó el puente de la nariz antes de clavar los ojos en los suyos.
—Shadera. —Una pausa—. Quiero matarte. —El tono de su voz le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda—. Como no te vayas ahora mismo , voy a hacerlo.
Esa confesión, sumada al vacío de su mirada, hizo que no pusiera en duda su sinceridad. Dudó solo un segundo mientras miraba fijamente esos ojos azules y el corazón empezaba a latirle con fuerza. Y, al final, salió corriendo del dormitorio.