Sanguinaria (El Corazón 1) 13. Los sanguinarios no lloran #3
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13. Los sanguinarios no lloran #3

Cogió la botella de vodka y se coló en el interior, tras lo cual cerró la puerta sin apenas hacer ruido.

La habitación era tal como se la esperaba: inmaculada, organizada hasta el punto de lo patológico.

La cama estaba hecha con precisión militar, con las esquinas tan marcadas que podían cortar.

Había un escritorio pegado a una pared, con documentos apilados a la perfección.

La puerta del vestidor estaba cerrada, pero veía parte del contenido a través del cristal, todo organizado por colores y finalidad.

Era la habitación de alguien que necesitaba control, que usaba el orden para mantener a raya el caos.

«Un psicópata y un asesino, qué bonito», pensó.

Empezó por el escritorio, soltando la botella y el cuchillo para tener las dos manos libres.

Los cajones se abrieron sin hacer ruido, revelando todavía más organización; bolígrafos en una sección, documentos oficiales en otra, correspondencia personal en una tercera.

Los registró deprisa, deslizando los dedos por el fondo de los cajones para comprobar si había paneles falsos, para detectar la distribución del peso en busca de compartimentos ocultos.

Nada. Solo órdenes de ejecución, solicitudes de suministros, la burocracia del asesinato archivada por orden alfabético.

La mesita de noche reveló todavía menos: un reloj; unas gafas de cerca que al parecer necesitaba, pero que nunca llevaba en público; y un cuchillo que era más un adorno que un arma.

Miró detrás de la lámpara, debajo del fondo del cajón y en la misma base del mueble.

Sus dedos recorrieron cada superficie, en busca de irregularidades, las señales reveladoras de algún escondite.

Aún nada .

Se dirigió al vestidor y apartó la ropa pulcramente colocada para revisar las paredes que había detrás.

Sus manos recorrieron la madera, presionando contra paneles que pudieran abrirse para revelar secretos.

El hombre que se había quitado la máscara delante de ella, que prácticamente le había suplicado que lo matara, debía de tener algo oculto.

Alguna prueba del conflicto que había visto en sus ojos.

La ropa en sí misma ya revelaba cosas. Múltiples uniformes de verdugo, por supuesto, pero también ropa informal que nunca había usado, todavía con las etiquetas. Regalos, seguramente de alguien que no entendía que Greyson Serel no era humano.

La frustración se le acumuló en el pecho, entorpeciendo sus movimientos que ya no eran tan cuidadosos.

Abrió de golpe un cajón lleno de ropa interior y la arrojó a un lado para revisar el fondo.

Otro cajón que contenía documentos que parecían personales; certificado de nacimiento, expedientes académicos, historiales médicos.

Los ojeó rápidamente, en busca de cualquier cosa que pudiera aprovechar, que pudiera ser una debilidad.

Un informe médico de hacía tres años le llamó la atención.

Fracturas múltiples, hemorragia interna, daños en los órganos.

Las lesiones eran extensas, ¡brutales! La causa que figuraba era «accidente durante el entrenamiento», pero ella conocía ese tipo de heridas.

Alguien lo había golpeado hasta casi matarlo.

Alguien con fuerza, habilidad y acceso personal.

Decidió seguir investigando, sacó más documentos y volvió al dormitorio, esparciéndolos por el suelo mientras buscaba patrones, secretos, cualquier cosa que pudiera usar para destruirlo.

Tenía que haber algo. Alguna prueba de corrupción, alguna vergüenza oculta, alguna vulnerabilidad más allá del daño evidente que su padre le había infligido.

Una foto cayó de entre las páginas, pequeña, arrugada y descolorida. Dos hombres sin máscara, a uno de los cuales reconoció como Greyson. Analizó bien la imagen, fijándose en las similitudes de los rasgos, la misma sonrisa ladeada y los grandes ojos azules. El otro debía de ser su hermano.

Se quedó mirándola un momento más; en la cara del segundo hombre había algo familiar.

Lo reconocía, lo había visto en algún sitio, pero no conseguía ubicarlo.

Nunca había visto a ningún Serel sin máscara hasta Greyson y hasta el día anterior, cuando Maximus le mostró su cara.

Pero conocía al hombre de la imagen, estaba segura.

Dobló la foto, se la guardó en el bolsillo de la camiseta y siguió rebuscando entre el resto de los documentos.

Ya volvería a mirarla más tarde, pero por lo menos le revelaba una cosa: Greyson Serel era un sentimental.

Tener una foto de un miembro de la élite sin máscara era un delito, y él la había escondido.

El crujido de los papeles llenaba la habitación mientras los examinaba, tan absorta en su búsqueda que ya no estaba atenta a posibles pasos, ni comprobaba la puerta, y había descuidado la vigilancia que la había mantenido con vida hasta entonces.

—¿Buscas algo? —La voz de Greyson rompió el silencio.

Shadera se quedó paralizada, con documentos aún en la mano y papeles esparcidos a su alrededor.

No se volvió de inmediato ni se apresuró a buscar excusas.

Su mente calculó la distancia hasta la puerta, hasta la ventana, hasta la botella de vodka que podría convertirse en un arma de nuevo si la rompía contra el borde del escritorio.

Se volvió despacio para mirarlo.

Él estaba de pie en la puerta, todavía vestido con su atuendo negro de verdugo, aunque ya no llevaba la máscara.

Tenía manchas de sangre en el cuello; no era suya, comprendió.

Era de la ejecución. Ni siquiera se había molestado en cambiarse antes de volver a casa, ni había intentado eliminar de su ropa las pruebas del asesinato.

Shadera hizo una mueca al pensar en eso. «Volver a casa».

Ella no vivía en esa puta casa .

Los ojos azules de Greyson recorrieron el caos que había creado, la intimidad violada y esparcida por el suelo, y luego se posaron en su cara con una expresión que ella no pudo descifrar. No era ira exactamente. Pero sí era algo tan complejo que parecía peligroso.

Dejó que el silencio palpitase entre ellos, dejó que él se preguntara qué había encontrado, qué conclusiones había sacado de los documentos que aferraba entre los dedos.

—Necesitas una cerradura mejor —dijo ella por fin, como si tal cosa.

—Ya veo. —Entró en el dormitorio y cerró la puerta. El clic del pestillo hizo que Shadera tensara los músculos—. Aunque siento curiosidad por saber cómo has burlado el escáner biométrico.

—Tengo mis métodos —replicó ella, negándose a revelarle sus secretos.

La mirada de Greyson recorrió de nuevo los documentos esparcidos.

—Veo que te sientes como en casa.

El tono burlón que empleó la hizo apretar los dedos por la irritación. Se incorporó despacio y mantuvo una expresión impasible en la cara.

Nunca había que mostrarle a tu enemigo lo que se pensaba.

—En realidad, estaba buscando algo con lo que matarte. —Contestó con sinceridad, observando cómo se reflejaba en sus rasgos.

Un músculo se tensó en su mandíbula.

Greyson se adentró en el dormitorio, pisando los papeles sin prestarles atención. Seguía mirándola fijamente a la cara, y sus ojos azules recorrían los moratones, la hinchazón, las huellas de lo que su gente le había hecho.

Se detuvo en el escritorio, de tal forma que tanto ella como la puerta estuvieran en su campo de visión, y se remangó. La piel se le tensaba sobre los músculos de los antebrazos, y las venas que se extendían por debajo eran muy prominentes.

Shadera observó cómo se doblaba las mangas sobre los brazos antes de agarrar el borde del escritorio con los dedos.

Acto seguido, se apoyó en él sin dejar de mirarla, analizándola.

Shadera no lo había mirado de verdad hasta ese momento, no lo había analizado a fondo.

Debía de medir casi un metro noventa y cinco.

Sus rasgos eran adustos, cincelados, como si nunca hubiera aprendido a sonreír.

Sin embargo, bajo la dureza de esos rasgos esculpidos, debajo de esas cejas oscuras y de esos ojos hundidos, alcanzaba a ver un torrente de emociones agitándose.

Se preguntó si alguien más lo había visto alguna vez, si alguien había visto alguna vez la confusión que ocultaba detrás de la máscara.

Tragó saliva y apartó la mirada de él.

—Deberías estar descansando —dijo Greyson—. Tienes que estar presentable para la cena famil…

—Me importa una puta mierda la pinta que lleve a tu asquerosa cena familiar —lo interrumpió, caminando a zancadas hacia el escritorio y agarrando la botella de vodka que tenía al lado, tras lo cual se acercó al ventanal, dándole la espalda.

Bebió un largo trago mientras miraba hacia abajo, hacia el cadalso—.

Has matado a una persona esta mañana. A un niño.

—No era un niño. —La respuesta fue automática, a la defensiva—. Tenía diecinueve años. Edad más que suficiente para tener claras las consecuencias de robar en el Corazón.

—Robar —repitió ella en voz baja, bebiendo otro trago—. ¿Qué robó? ¿Pan? ¿Medicinas? ¿Algo para mantener viva a su familia mientras tú te das un festín aquí arriba, en tu torre?

La expresión de Greyson se endureció.

—Robó en una clínica del Corazón. Suministros médicos destinados a los ciudadanos que contribuyen a la sociedad.

La rabia que la inundó fue volcánica, demoledora.

Antes de poder pensar, de poder detenerse, ya se estaba moviendo.

No hacia la puerta, ni hacia la garganta de Greyson…

, se movió sin más, porque necesitaba liberar la furia de su cuerpo antes de que explotara.

Él enderezó un poco la espalda cuando la vio acercarse y mirarlo a la cara.