Sanguinaria (El Corazón 1) 13. Los sanguinarios no lloran #2
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13. Los sanguinarios no lloran #2

Junto a la cama, un ventanal que se alzaba del suelo al techo le ofrecía una vista de New Found Haven que no había visto antes.

La ciudad se extendía por debajo en anillos concéntricos de luz: más brillantes en el Corazón y cada vez más tenues conforme se alejaban del centro.

El Perímetro estaba sumido en la oscuridad, allá en el borde.

Desde allí no se veía el sufrimiento. No se olía la podredumbre.

Todo parecía limpio, organizado, controlado.

Empezaron a pesarle los párpados mientras observaba esas luces, contando los pisos que la separaban del suelo.

Setenta y ocho. Ni siquiera ella sobreviviría a esa caída.

La idea debería haberla inquietado. En cambio, le resultaba reconfortante saber que por lo menos tenía una salida que no podían cerrar con llave.

El sueño se apoderó rápido de ella entre una respiración y otra, arrastrándola hacia pesadillas de voces que cantaban y charcos de sangre.

El amanecer irrumpió con violencia a través del ventanal. Ni suave, ni gradual; solo una luz repentina que le golpeó el ojo hinchado y le provocó un dolor punzante en el cráneo. Shadera se despertó sobresaltada, con el cuerpo rígido por la expectativa de un ataque.

Cada herida se hizo notar en una agonía sinfónica.

Las costillas se le habían entumecido durante la noche, de modo que tenía la sensación de estar tragando cristal cada vez que respiraba.

La clavícula fracturada se había hinchado todavía más; todo el lado izquierdo de su torso se había convertido en una masa de dolor.

Se obligó a incorporarse, apretando los dientes para contener el gemido que quería escapar.

Un movimiento abajo le llamó la atención: sombras que fluían por la plaza como el agua en busca de su nivel.

Miembros de la élite . Cientos de ellos, reuniéndose a la luz de la mañana, formando filas ordenadas con la destreza de quienes ya lo habían hecho antes.

Se arrastró hasta el ventanal, con una mano pegada a las costillas para que no se le movieran.

La plaza estaba justo debajo, esa misma extensión de piedra donde le habían arrebatado todo su mundo.

En ese momento se llenaba de cuerpos, todos mirando en la misma dirección.

Todas las caras alzadas hacia su altar de asesinatos.

Hacia el cadalso.

Se le heló la sangre y después, casi de inmediato, le empezó a hervir.

Allí, en el mismo centro, se encontraba Greyson.

Incluso desde esa altura, reconoció su postura: esa espalda recta, esos hombros cuadrados, su forma de alzar la cabeza como si el peso de su máscara fuera insignificante.

Llevaba su atuendo de verdugo, tela negra que devoraba la luz de la mañana, la máscara de obsidiana que captaba los primeros rayos del sol.

Estaban arrastrando a una persona hacia el cadalso.

Joven, a juzgar por su tamaño. Hombre, a juzgar por su complexión.

Del Perímetro, a juzgar por su forma de forcejear contra sus ataduras.

La multitud se había quedado en silencio, esa terrible calma que precedía al asesinato sancionado por el Estado.

—No. —La palabra brotó desgarrada de su garganta mientras pegaba ambas palmas al cristal.

Greyson se movió, leyendo los cargos, exponiendo la ley sin emoción alguna en sus ojos, proyectados a través de la retransmisión en directo a su espalda.

Desempeñando su papel a la perfección. Obligaron al prisionero a arrodillarse, empujándole la cabeza hacia delante para dejar al descubierto el cuello.

Greyson desenfundó su arma, ese objeto ceremonial que había acabado con tantas vidas que ella había perdido la cuenta.

Su puño se estrelló contra la ventana antes de que se diera cuenta de que se había movido.

El impacto le provocó una oleada de dolor en los huesos rotos, pero volvió a golpearla.

Una y otra vez, hasta usar toda su fuerza.

Necesitaba que él la viera. Necesitaba que él supiera que estaba mirando, que entendiera que recordaría aquello, que lo llevaría consigo junto con todas las demás muertes hasta que pudiera pagarle con la misma moneda.

La bala llegó y la multitud vitoreó como siempre. Greyson se quedó de pie junto al cadáver durante exactamente tres segundos (los contó) antes de dar media vuelta y bajar del cadalso como si no hubiera hecho más que rellenar un formulario.

Shadera le dio la espalda al ventanal mientras la rabia sustituía a cualquier otra emoción. Bajaría. Lo encontraría. Le rodearía el cuello con las manos y apretaría hasta que él no viera más que el negro infierno que lo aguardaba para devorarle el alma.

El pomo de la puerta giró, pero no se abrió. Tiró con más fuerza. Nada. La había encerrado como a un animal.

—¡Abrid la puta puerta! —Golpeó la madera con la palma de la mano, y el sonido resonó por todo el apartamento—. ¡Cobardes de mierda! ¡Abrid!

El silencio fue su respuesta.

Registró la habitación, abriendo cajones, buscando algo: una llave, una herramienta, cualquier cosa con la que forzar la cerradura.

Los cajones solo contenían ropa, más pruebas de su plan para domesticarla.

Los lanzó al otro lado de la habitación, y la ropa flotó como banderas de rendición que ella nunca ondearía.

—Sé que podéis oírme —les gritó a las paredes, a los dispositivos de vigilancia ocultos—. ¿Queréis mantenerme encerrada aquí? ¿Queréis obligarme a mirar mientras masacráis a niños?

Su pie impactó en la puerta. Un relámpago de dolor le recorrió la pierna, pero la madera se astilló. Volvió a darle una patada, canalizando cada gramo de furia en el golpe. El marco de la puerta crujió. Otra patada. La madera se rajó.

—¿Creéis que esto me va a retener? —Otro golpe. La raja se ensanchó—. ¿Creéis que no voy a destrozar este puto sitio por completo? —Otro golpe con el talón—. ¡Os voy a matar!

Retrocedió tres pasos y luego embistió con el hombro, el bueno. El impacto le sacudió todas las heridas, hizo que se le nublara la vista, pero la puerta explotó hacia afuera, y los fragmentos de madera se esparcieron por el suelo del pasillo.

Shadera se quedó de pie en el vano, con la respiración agitada y la sangre brotándole de donde las astillas se le habían clavado en la piel.

El pasillo se extendía delante de ella, silencioso e inmaculado, salvo por la destrucción que había dejado a su paso.

Se lanzó hacia la puerta principal y tiró del pomo mientras recorría las cerraduras con la mirada.

Demasiadas. Demasiado segura. Golpeó la puerta con el puño, y el sonido, similar a un disparo, se mezcló con el grito de frustración que brotó de su boca.

No sería capaz de derribar esa, era demasiado gruesa.

Apoyó la frente contra la madera. No podía vivir así.

No viviría así. Al final, se apartó de la puerta, dejando en ella una mancha de sangre, y se fue cojeando a la cocina.

Cada paso le provocaba un nuevo dolor a su maltrecho cuerpo.

El frigorífico estaba lleno de comida que no reconocía; exquisiteces que seguramente requerían una preparación que desconocía.

Tenía el estómago vacío, llevaba días así, pero la idea de comer cualquier cosa del Corazón mientras el resto de la ciudad se moría de hambre hizo que la bilis le subiera por la garganta.

El vodka estaba donde lo había encontrado…, o, mejor dicho, donde lo habían vuelto a reponer después de que ella rompiera la última botella. Exactamente la misma marca y en el mismo sitio. Como si la estuvieran animando a beber hasta morir.

La agarró por el cuello, le quitó el tapón y bebió un largo trago.

El escozor le resultó limpio, familiar. Algo de su mundo, aunque llevara el envase del Corazón.

Bebió otro trago, cogió un cuchillo del bloque que había en la encimera y comenzó a recorrer el apartamento con la botella en una mano y el arma en la otra, dejando que el instinto se impusiera a todo lo demás.

Necesitaba conocer ese espacio. Cada rincón, cada salida, cada arma en potencia. Si iban a mantenerla encerrada allí, conocería su jaula al dedillo. Y, cuando llegara la oportunidad, que llegaría, estaría lista para escapar.

La puerta del dormitorio principal se encontraba al final del pasillo; era de madera negra que parecía absorber la luz.

Se acercó a ella con la botella de vodka todavía en una mano, sin apenas hacer ruido sobre el suelo pulido con los pies descalzos.

La cerradura era sofisticada; un escáner biométrico combinado con cilindros tradicionales.

Tecnología punta del Corazón que habría detenido a la mayoría de los intrusos.

Sin embargo, ella era del Perímetro, donde el hambre convertía la moralidad en algo negociable, y llevaba entrando en casas desde los doce años.

Soltó la botella con cuidado y levantó el cuchillo: todo tenía un propósito, todo podía servir como herramienta.

El escáner biométrico era el verdadero problema, pero el Corazón tenía sus puntos flacos.

Los sistemas siempre se reiniciaban cuando la corriente fluctuaba, y había un intervalo de dos segundos en el que la cerradura eléctrica quedaba desactivada.

Jameson se lo había enseñado la primera vez que se colaron en el Corazón para robar en una clínica; le había enseñado muchas cosas. Sus dedos encontraron el interruptor de la luz del pasillo y lo activaron y desactivaron en rápida sucesión.

El escáner parpadeó, se apagó y luego comenzó su secuencia de reinicio. Durante ese intervalo, introdujo el cuchillo en la cerradura, tanteando los tambores, presionando con la precisión de alguien que había hecho eso borracho, herido y en completa oscuridad.

La cerradura se abrió con un clic justo cuando el escáner volvía a funcionar y Shadera sonrió para sus adentros.

«Putos idiotas».