Sanguinaria (El Corazón 1) 13. Los sanguinarios no lloran
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13. Los sanguinarios no lloran

La puerta del cuarto de baño se cerró detrás de ella con un clic, y Shadera se quedó de pie en el marmóreo silencio, respirando entre dientes.

Todo relucía: azulejos de obsidiana, accesorios de porcelana, una bañera lo bastante profunda como para ahogarse en ella.

La clase de lujo que podría dar de comer a una familia del Perímetro durante una década.

Su reflejo la miraba fijamente desde tres espejos distintos, y cada ángulo revelaba daños nuevos.

La sangre se había secado formándole diseños abstractos en el cuerpo en parte era suya, aunque la mayoría no.

Sangre de los Veyra. Sangre de los prisioneros.

Toda junta endureciéndose en una segunda piel de la que necesitaba despojarse.

Buscó con los dedos el bajo de la túnica de la cárcel y tiró de ella.

El movimiento le provocó un relámpago en las costillas, lo bastante penetrante como para tener que pararse a la mitad, con los brazos atrapados por encima de la cabeza y la tela arrugada alrededor de los hombros.

Respiró de forma superficial, contando hasta tres, y luego se la quitó del todo con un tirón.

La prenda cayó al inmaculado suelo desmadejada, ensangrentada, olvidada, igual que lo habían hecho antes los prisioneros.

Los pantalones fueron peor. Inclinarse hacia delante hizo que se le nublara la vista, que la clavícula rota se plegara sobre sí misma.

Se los bajó por las caderas con manos temblorosas, dejando rastros de sangre por sus piernas.

Cuando por fin se los quitó con los pies, se apoyó en el borde del lavabo, con los nudillos blancos contra el mármol.

Cada herida le gritaba desde los espejos.

Magulladuras entre moradas y negras le salpicaban el torso como un mapa con territorios de dolor.

La hinchazón alrededor de su ojo izquierdo se había extendido hasta la mejilla, convirtiendo la mitad de su cara en algo irreconocible.

La clavícula le sobresalía de forma extraña bajo la piel, una protuberancia visible donde el hueso se había separado.

Los puntos donde las porras eléctricas le habían tocado la carne ya tenían ampollas, unos círculos de un rojo encendido que le dejarían cicatrices.

Se preparó y se presionó la nariz. Un crujido, un cuchillo que le atravesó la cabeza…

Gimió mientras aguantaba el dolor hasta que remitió.

La clavícula fue la siguiente, una agotadora recolocación del hueso bajo la piel.

Respiró hondo, cerrando los ojos con fuerza mientras empujaba para volver a colocar el hueso en su sitio.

En esa ocasión gritó, un sonido gutural que invadió sus oídos.

Se esforzó en respirar hondo mientras esperaba a que el dolor remitiera un poco.

La sangre goteaba sobre la encimera desde la herida que tenía en el labio, y la observó durante un momento, la vio derramarse mientras otra gota caía sobre ella y resbalaba por el mármol.

Al cabo de un rato, apartó la mirada y se volvió hacia la monstruosidad de porcelana negra que podría dar cabida a tres personas.

La ducha colgaba sobre ella, uno de esos cabezales de lluvia que solo se encontraban en sitios lujosos: agua que caía en cascada del techo como si fueran dueños del mismísimo cielo.

En el Perímetro, el agua se racionaba. Allí parecía que no iba a agotarse jamás.

Shadera abrió ambos grifos hasta el tope. El vapor brotó al instante, llenando el cuarto de baño de un calor que le escoció en la piel dañada. No ajustó la temperatura, no la atemperó con agua fría. La dejó hirviendo. Dejó que quemara todo lo que había presenciado en aquella cárcel.

La bañera comenzó a llenarse mientras el agua caía con fuerza.

Un derroche. Un exceso. Pasó por encima del borde, y casi le flaquearon las rodillas.

Sentía que el agua le achicharraba los pies y le subía por los tobillos mientras ella se iba sentando despacio.

Cada centímetro que bajaba provocaba una nueva protesta de sus destrozados músculos, de los huesos rotos, de la carne que había soportado demasiado daño como para curarse como debía sin una ayuda médica adecuada que nunca aceptaría del Corazón.

Cuando por fin se sentó, cuando el agua le llegó al pecho y el chorro de la ducha le golpeaba la cabeza, algo en su interior se rompió. Aunque no fue hueso en esa ocasión. Algo más profundo, algo que la había estado desgarrando desde dentro.

El primer sollozo la sorprendió. Se le escapó de la garganta sin permiso, descarnado y roto.

Levantó las manos para taparse la cara, y fue entonces cuando llegaron los demás: grandes sollozos entrecortados que hacían que sus costillas protestaran, que hacían brotar sangre fresca de la piel desgarrada.

Los veía detrás de los párpados. Los veía a todos y cada uno de ellos.

Un coro silencioso de muertos. La mujer con el ojo hinchado, entonando en voz alta una trémula canción hasta que aquel disparo lo convirtió todo en caos.

El hombre sin piernas, la columna recta contra el suelo, la barbilla levantada en un último acto de rebeldía.

El joven, demasiado joven, que repartía sus gachas con una sonrisa antes de que pintaran las paredes con su sangre.

Murieron por culpa de ella. Por su fracaso. Si hubiera matado a Greyson, si hubiera apretado el gatillo, nunca habría estado en esa cárcel, nunca les habría contado lo que había hecho. Nunca habrían empezado a cantar.

No quería lo que sucedió. No quería convertirse en un símbolo, en una líder.

Pero en aquel momento, cuando empezó a sonar la primera nota, sabía que la habían convertido en eso.

Con sus voces alzadas para entonar el himno prohibido, con su sangre derramada, la habían convertido en algo que nunca quiso ser.

Le habían dado una responsabilidad con la que no podía cargar.

El peso de esa verdad la asfixiaba.

Habían dado sus vidas por algo más importante, algo más grande que ella o que Greyson. Habían dado sus vidas por la esperanza de un futuro mejor.

Ella no tenía esperanza alguna para New Found Haven.

Se inclinó hacia delante, encogiéndose, con las rodillas pegadas al pecho pese al dolor que le causaba, y se dejó llevar por completo.

Le temblaban los hombros con la fuerza de los sollozos mientras las lágrimas se mezclaban con el agua y la sangre.

Los sanguinarios no lloran, pero allí, aunque solo fuera por un momento a solas en mitad de ese lujo obsceno, se permitió ser humana.

Jameson la habría abrazado hasta que se le pasase.

Aunque ella le gruñera que no la tocase, aunque insistiera en que no necesitaba el consuelo de nadie, él la habría envuelto con esos brazos llenos de cicatrices y se habría negado a soltarla.

Él conocía sus señales, sabía cuándo su ira era en realidad dolor disfrazado.

Casi sentía su presencia, su forma de apoyarle la frente contra la nuca y de respirar con ella hasta que la tormenta pasara.

Y, ahora, lo había arrastrado al peligro porque había sido incapaz de ver más allá de su necesidad de venganza. Esos drones que lo seguían eran culpa suya. Si Maximus decidía dar un escarmiento, si arrasaba la clínica donde Jameson era voluntario…

Se le escapó otro sollozo. ¿Cuántos más morirían porque ella había titubeado? ¿Porque había querido que Greyson le viera la cara cuando lo matase? Su necesidad de ese momento de reconocimiento, de obligarlo a comprender por qué acababa con él, le había costado todo.

El agua se había vuelto rosa a su alrededor, manchada por la sangre que seguía brotando de varias heridas.

La vio arremolinarse y recordó cómo se había acumulado en el suelo de la prisión.

Una mala palabra, un acto de rebeldía por su parte ahora, y Maximus reduciría el Perímetro a cenizas.

Mataría a cientos, quizá a miles, solo para demostrar que tenía el control.

Apoyó la frente en las rodillas, con el agua cayéndole en cascada sobre la columna vertebral curvada.

Algunos traumas se grababan tan hondo que se convertían en parte del esqueleto.

Llevaría consigo las caras de esos prisioneros para siempre, los vería cada vez que cerrara los ojos.

Su sacrificio se había convertido en su responsabilidad, y no los defraudaría.

—Solo quería matarlo —susurró al agua, al vapor, a la nada que la escuchaba—. Solo quería verlo morir.

En cambio, el verdugo seguía respirando mientras los que habían cantado para ella estaban siendo arrojados a fosas comunes.

Los sollozos se fueron silenciando poco a poco, sus bordes irregulares se difuminaron hasta convertirse en lágrimas silenciosas y, al final, en nada.

Cuando por fin cerró el agua, el silencio le pareció otra forma de ahogamiento.

Se quedó sentada en el agua que se iba enfriando hasta que se le arrugó la piel.

Cuando se puso de pie, todos sus músculos protestaron.

La ropa que Chapman había dejado no se parecía en nada a la suya: tela suave que no sabía lo que era el trabajo.

Rebuscó entre el montón y se decidió por una camiseta ancha de manga corta.

Gimió al pasársela por la cabeza; el tejido le rozó las magulladuras como si temiera tocarlas.

Nada de pantalones, solo la camiseta que le llegaba hasta la mitad de los muslos.

Sus piernas la llevaron desde el baño hasta el dormitorio, con los pies moviéndose solo gracias a la memoria muscular.

El colchón era otra obscenidad; tan grueso que podría cortarse en diez colchonetas individuales para llenar las clínicas de los anillos, cubierto por una sábana con un número de hilos que seguramente superaría la mayoría de las cuentas de crédito del Perímetro.

Se dejó caer de costado sobre él, sin molestarse en apartar las sábanas, sin molestarse en buscar una almohada. Su cuerpo dejó de funcionar sin más, dejó de responder a cualquier orden excepto a la de desplomarse.