Sanguinaria (El Corazón 1) 12. Mi dulce y pusilánime heredero #3
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12. Mi dulce y pusilánime heredero #3

Apenas si había terminado de pronunciar esas palabras cuando él ya se estaba moviendo.

No fue una decisión consciente; su cuerpo reaccionó solo al insulto, a la verdad que contenía.

Extendió el brazo para agarrarle la muñeca, para obligarla a retroceder, para hacer que dejara de hablar de una puta vez.

Ella se zafó más rápido de lo que se había esperado, usando en su contra el impulso que llevaba.

Le dio un codazo en las costillas; no fuerte, pero lo justo para que el dolor se extendiera desde el centro de su herida.

Se volvió hacia Shadera en el preciso momento en el que ella empezaba a mover la botella de vodka para estrellársela en la cabeza.

Se agachó y le clavó el hombro en el estómago, tirándola al suelo y provocando que la botella se hiciera añicos junto a ellos.

La rodilla de Shadera lo golpeó en la entrepierna mientras él intentaba inmovilizarla, y el aire se le escapó con un gruñido de dolor.

Acto seguido, Shadera le lanzó un puñetazo a la mandíbula, lanzándole la cabeza hacia atrás, antes de rodar para salir de debajo de él y agazaparse a poca distancia.

Greyson se puso en pie de un salto, echando chispas por los ojos.

—Puta asquerosa —gruñó antes de escupir sangre al suelo.

Shadera le sonrió; una mueca feroz que dejó a la vista sus dientes.

—¿Qué te pasa, verdugo? ¿No aguantas un ratito de preliminares?

Greyson se abalanzó sobre ella de nuevo. En esa ocasión, la agarró por la cintura, levantándola del suelo y estrellándola de espaldas contra el frigorífico. Los imanes salieron volando y cayeron al suelo como si fuera una especie de lluvia metálica.

Shadera le asestó un puñetazo en un riñón, y luego otro, y un tercero, pero Greyson apretó los dientes para soportar el dolor y la sujetó con más fuerza, clavándole una mano en la cadera con saña al tiempo que le rodeaba la garganta con la otra.

Ella metió una mano entre sus cuerpos en busca del vendaje que le rodeaba el torso y hundió los dedos en la herida.

El dolor fue exquisito, abrasador, demoledor.

Greyson aflojó la mano con la que le agarraba la garganta mientras jadeaba por la agonía, con la vista nublada, y Shadera aprovechó ese momento de debilidad para apartarlo de un empujón.

Él trastabilló, golpeándose la espalda con la isla, y Shadera aprovechó para lanzarse sobre él de inmediato y aplastarle la tráquea con el antebrazo.

Durante un momento, se quedaron mirándose, los dos jadeantes, con las caras a escasos centímetros. Ella tenía una mirada salvaje, con las pupilas totalmente dilatadas por la adrenalina y la rabia.

Greyson levantó una mano y la colocó sobre la clavícula que ella tenía rota, apretando con fuerza.

Shadera no se tragó el grito que se le escapó de la garganta mientras le fallaban las rodillas y Greyson la empujó de una patada contra la encimera que tenían enfrente.

La retuvo allí, con el cuerpo pegado al suyo y la mano de nuevo presionándole la clavícula.

—Ahora no eres tan dura, ¿verdad, sanguinaria? —gruñó, rozándole una oreja con los labios—. Sin tus cuchillos y tus armas, no eres nada. Solo una niñita asustada que juega a ser una asesina.

Shadera gruñó, sacudiéndose contra él, intentando quitárselo de encima. Pero Greyson era más grande que ella, más fuerte, y tenía la gravedad a su favor. Él la aplastó contra la encimera de mármol, encajando las caderas a la perfección contra las suyas.

—¿Esto es lo que quieres? —preguntó, inmovilizándola con el peso de su cuerpo mientras la miraba a los ojos—. ¿Luchar hasta que uno de los dos muera? Si es así, me aseguraré de que sea lento… para saborearlo.

—¿Eso es lo que te pone, heredero bonito? —susurró ella, burlándose de él cuando Greyson le pegó el torso al pecho—. ¿Te gusta duro, te gusta hacer daño?

Le encantaba duro.

Greyson desterró de su cabeza ese pensamiento traicionero mientras el silencio se cargaba de tensión, ya que los dos se negaban a romperlo.

—¿Señor Serel?

Al llamarlo desde la entrada, Chapman hizo pedazos el momento como una bala que atravesase el cristal. Greyson se apartó de Shadera con tanta violencia que casi se cayó, pero se mantuvo de espaldas a Chapman para que no le viera la cara.

—¿Qué? —La palabra salió como un gruñido.

Chapman estaba totalmente inmóvil en la entrada. Tenía las manos entrelazadas a la espalda en su pose habitual mientras asimilaba el aspecto de la cocina: cristales rotos, papeles tirados, sangre en la encimera.

—Le pido disculpas por la intromisión —dijo Chapman, con un tono tranquilo y profesional—. He llamado varias veces, pero el presidente me ordenó que entrara para ayudar a la señora Kael a acomodarse en su habitación.

Greyson apretó los dientes mientras la rabia y la irritación pugnaban por imponerse bajo el dolor. A su espalda oyó que Shadera se apartaba de la encimera, aplastando los cristales rotos con las botas.

—Vale —masculló. La palabra se quedaba corta para todo lo que se agitaba en su pecho, pero era lo único que le salía.

Necesitaba distancia. Espacio. Una puerta cerrada entre ese puto animal y él. Sin mirarlos a ninguno de los dos, echó a andar hacia su dormitorio, con paso un poco torpe por las heridas reabiertas.

—Señor Serel —lo llamó Chapman—, ¿debería pedir ayuda médi…?

—No. —No se dio media vuelta, no podía mirarlos. Si lo hacía, podría cometer una estupidez. Como mostrarle su cara a otra persona.

La puerta del dormitorio se cerró de un portazo a su espalda con tanta fuerza que sacudió la cama. Pegó la espalda a la madera, con la respiración agitada, y se deslizó hasta quedar sentado en el suelo. La sangre le brotó de entre los dedos al presionarse la herida.

A través de la puerta le llegaba la voz comedida de Chapman que le preguntaba a Shadera si necesitaba ayuda médica. Ella contestó en voz demasiado baja como para oírla, pero el tono sugería la amenaza de violencia como se acercase más.

Greyson cerró los ojos y dejó que la cabeza cayera hacia atrás hasta apoyarse en la puerta.

Su padre quería que se destruyeran el uno al otro, y daba la impresión de que su deseo se iba a hacer realidad.