12. Mi dulce y pusilánime heredero #2
A partir de ese momento eran prisioneros en una jaula de cristal, con cada palabra y cada movimiento vigilados.
El escáner detectó dos dispositivos más: uno detrás del espejo del pasillo y otro oculto en el conducto de ventilación de la cocina. Greyson memorizó cada ubicación, creando un mapa de la red de vigilancia de su padre. Habría más.
—Deberías…
—Ni se te ocurra abrir la puta boca —soltó Greyson, interrumpiendo a Shadera mientras apartaba un segundo los ojos del escáner para mirarla a la cara. Ella le devolvió la mirada durante un buen rato, con expresión dura, aunque la comprensión se abrió paso en su cara.
Era una hija de puta, pero no era tonta.
Permaneció callada y apretó los labios con fuerza mientras le indicaba a Greyson con un gesto que continuara. Otro dispositivo, oculto en el marco negro metálico de la ventana.
—No, mira, que te follen.
«Lo retiro. Es tonta del culo», pensó él.
—Tu papi debería oír a su perfecto principito cuando lo haga chillar de dolor —dijo Shadera a su espalda.
Greyson levantó la cabeza de golpe, mirándola a los ojos mientras la irritación cobraba vida en su pecho. Shadera enderezó la espalda.
—Vuelve a ponerte la puta máscara, Serel. Quitártela es lo que nos ha metido en esta situación de mierda.
Greyson no pudo ocultar la exasperación que se apoderó de su cara.
—Que intentaras matarme es lo que nos ha metido en esta situación. ¿Y por qué debería hacerlo? Según la ley, bien podríamos estar ya casados. —Le dio la espalda y empezó a avanzar por la pared mientras la luz del escáner se ponía en verde.
Shadera resopló con un deje burlón, un sonido tan penetrante como para cortar el cristal.
—Nunca me casaré contigo. —Pasó a su lado en dirección a la cocina, moviéndose con cierta torpeza por lo que los Veyra le habían hecho.
Greyson siguió sus movimientos con el rabillo del ojo mientras mantenía el escáner firme. Ella abrió el primer armarito: vacío. El segundo contenía vasos de cristal que él nunca había usado. El tercero…
—Esto ya es otra cosa. —Shadera sacó una botella de vodka, elaborado antes de la partición de la ciudad.
Costaba más de lo que la mayoría de los residentes del Perímetro veían en tres años.
Le quitó el tapón y bebió de la botella, sin inmutarse, sin titubear.
Solo un largo trago que la hizo mover la garganta de un modo que atrajo la atención de Greyson antes de obligarse a mirar de nuevo el escáner.
«Está loca de remate».
Nueve dispositivos de momento. Otro más en el pasillo de los dormitorios.
—Joder, qué bien entra —jadeó Shadera antes de limpiarse la boca y observar la botella.
—A mi padre le da igual lo que quieras —dijo Greyson, volviendo hacia la zona de estar. Inspeccionaría los dormitorios en último lugar—. O lo que yo quiera. La ley es la ley, y, ahora que nos hemos visto las caras, solo hay dos opciones: la muerte o los votos.
—Tenéis la ley en la boca todo el rato, como si fuera una polla —replicó ella antes de sentarse en uno de los taburetes de la isla de la cocina como si ya fuera la dueña del lugar.
Dio otro trago de la botella—. Tu propia polla, por cierto, ya que tú la creaste.
¿Qué se siente cuando te la metes a ti mismo?
—Yo no escribí ninguna de estas leyes, lo hizo mi padre —replicó Greyson, con poquísima paciencia ya para sus comentarios infantiles.
—Ah, así que incesto. Qué bien. Dime una cosa, principito, ¿cómo la tiene Maximus? Diría que entre cinco y diez centímetros…
—¿Es que nunca cierras la puta boca? —acabó por sisear Greyson, interrumpiéndola—.
No hay elección, así que o te aguantas, o te preparas para que te ejecuten junto a mí.
—Él no tenía la menor intención de aguantarse, ni de que lo ejecutaran en la plaza.
Lo que tenía, en cambio, era toda la intención de buscar una ventana abierta y tirarla por ella.
No podían culparlo si moría intentando escapar.
Un terrible accidente, un lamentable error.
Shadera soltó una carcajada carente de todo humor.
—Siempre hay elección. Podrías haberte dejado la máscara puesta. Podrías haber dejado que te matase en vez de rendirte de forma tan melodramática.
—¿Lo habrías hecho? —le preguntó él, volviéndose para mirarla—. ¿Me habrías matado si me hubiera dejado puesta la máscara?
Los ojos verdes de Shadera se encontraron con los suyos por encima de la botella.
—Sin remordimiento.
La creía. Había algo limpio en su respuesta, algo honesto. Habría acabado con él y no habría sentido más que satisfacción. Ni rastro de culpa, ningún remordimiento. Solo otro miembro de la élite del Corazón borrado del mundo.
—Pues no deberías haber titubeado —replicó él, y retomó la búsqueda.
Ya llevaba diez dispositivos. Detrás de la rejilla de ventilación en el salón encontró otro.
Shadera se bajó del taburete, botella en mano, y se dirigió hacia el mueble de la entrada donde se acumulaba el correo a través del sistema de entrega automática. Extendió los dedos hacia el montón de papeles.
—No toques mis cosas. —Las palabras salieron como un ladrido.
Greyson cruzó la habitación con tres zancadas y le arrebató los papeles de la mano antes de que pudiera examinarlos.
Manifiestos de suministros del Cardinal, codificados, pero peligrosos de todas formas si se sabía lo que había que buscar.
Ella esbozó una sonrisa burlona, una expresión especialmente irritante que hizo que se le tensara el labio partido.
—Es que ahora son nuestras, de los dos. —Bebió otro sorbo sin apartar los ojos de su cara—. Mi dulce y pusilánime heredero.
El insulto dio justo en el blanco.
«Pusilánime».
Era la palabra que él susurraba en la oscuridad, la palabra que se le ulceraba debajo de la piel, que se alimentaba de su cobardía.
Era demasiado débil como para enfrentarse a su padre.
Demasiado débil como para detener el maltrato a su madre.
Vivía en ambos mundos, pasándoles contrabando a los rebeldes al mismo tiempo que llevaba a cabo las ejecuciones que le destrozaban el alma.
Cada muerte era una fractura, un grito silencioso, otra parte de sí mismo que perdía.
Pero Shadera no era inocente. Era una sanguinaria.
Y los sanguinarios merecían morir.
—Puedes llamarme lo que te dé la gana —replicó, bajando la voz—. No va a cambiar la situación.
—¿No? —Ella se acercó, lo bastante como para que pudiera oler el vodka de su aliento mezclado con el olor metálico de la sangre seca—. ¿Y qué lo hará? Porque te prometo que no me voy a pasar la vida encadenada al asesino preferido del Corazón.
El escáner que tenía en la mano pitó. Otro dispositivo, oculto en la parte inferior de la isla de la cocina. Justo donde ella había estado sentada. Greyson le mostró la pantalla y la vio entrecerrar los ojos para analizarla.
—Once hasta ahora —dijo él—. Están grabando todo lo que decimos, todo lo que hacemos. Así que a lo mejor deberías pensártelo antes de anunciar tus planes de matarme.
Ella ladeó la cabeza.
—Creo que todo el mundo sabe ya que ese es mi plan, teniendo en cuenta que soy la razón por la que apenas puedes mantenerte en pie. La sangre de esa herida te está calando el uniforme.
Él bajó la mirada. Tenía razón; una mancha oscura se había extendido por la tela allí donde se le habían saltado las grapas. El dolor se había convertido en ruido de fondo, en estática, comparado con el grito implacable de su realidad actual.
—He pasado por cosas peores —replicó.
No era mentira.
Aunque nunca había estado tan cerca de morir, las cicatrices que su padre le había infligido en el cuerpo habían sido mucho peores y le habían costado mucho más.
—Seguro que sí. —Ella bebió otro trago—. Avísame cómo acaba la cosa cuando se infecte. Me aseguraré de decirle al presidente que moriste con mucha valentía. —Enfiló el pasillo para explorar el resto del apartamento.
Greyson la observó alejarse y reparó en que flaqueaba del lado izquierdo, en que movía los hombros con mucho cuidado para minimizar la presión sobre lo que seguramente era una clavícula rota.
—¿Sabes cuál es tu problema? —Shadera volvió a la carga, dándose media vuelta para mirarlo. Las palabras tenían otro peso en ese momento, destilaban un deje peligroso.
Greyson dejó el escáner en la encimera, agotado ya por cualquier idea que ella creyera tener sobre él. Se frotó el puente de la nariz.
—Por favor, ilumíname.
—No tienes respeto por la vida. Ni siquiera por la tuya, ya que prácticamente me suplicaste que te matara.
—Se acercó, demostrando la misma torpeza, pero con ademán depredador—.
Matas a personas inocentes día tras día mientras ocultas tu cara y de alguna manera crees que eso te convierte en alguien noble.
Crees que estar sobre ese cadalso te convierte en alguien mejor que los demás.
La rabia que brotó del interior de Greyson fue inmediata y volcánica.
—Soy mejor que tú —gruñó, y apretó los puños—. Eres una sanguinaria . Matas por créditos . Yo mato para mantener el orden, para evitar que esta puta ciudad se suma en el caos. ¿A cuántas personas has matado para llenarte los bolsillos?
La proximidad del cuerpo de Shadera le mandó señales de alarma a través de su sistema nervioso. Era peligrosa, estaba herida pero seguía siendo letal.
—La diferencia es que yo no finjo que eso me hace honesta.
—Se había acercado lo bastante como para que Greyson pudiera verle cada marca de la garganta, los moratones que le habían dejado los dedos de los Veyra allí donde la habían agarrado—.
Mato porque se me da bien. Porque cada contrato que cumplo consigue que haya medicamentos en las clínicas, evita que las familias del Perímetro pasen hambre aunque solo sea por unos días más. Tú matas porque tu papaíto te lo dice.