12. Mi dulce y pusilánime heredero
La puerta del ascensor que llevaba al apartamento de Greyson se abrió con un siseo, como una última exhalación antes de que su santuario se convirtiera en un campo de batalla. Porque así sería tener a una sanguinaria viviendo allí: un campo de batalla.
Metió la llave en la puerta del apartamento y la giró hasta que hizo clic antes de empujar para abrirla. Titubeó un momento, a sabiendas de que, en cuanto avanzara un paso, no habría vuelta atrás.
Respiró hondo y luego cerró los ojos, sin importarle los guardias y la sanguinaria a su espalda, y se dejó llevar mientras los últimos vestigios de control se le escapaban de entre los dedos.
Se había acabado, en eso se había convertido su vida. Su padre había ganado.
Abrió los ojos de golpe cuando dos manos le golpearon la espalda, empujándolo hacia delante para hacerlo entrar. El dolor le recorrió el cuerpo mientras volvía la cabeza con brusquedad hacia Shadera y buscaba la pared con los dedos para mantener el equilibrio.
«Puta sanguinaria», pensó.
—Apártate —ladró ella, dándole un codazo para acceder a la entrada.
Se tragó un gruñido y la miró con los ojos entrecerrados mientras los Veyra pasaban junto a él y se dispersaban por el apartamento, con los escáneres cobrando vida en sus manos enguantadas.
Eran cinco, armados y eficientes, con las máscaras reflejando las superficies esterilizadas de su piso.
Sentía un dolor palpitante en la herida por debajo de las vendas; cada latido bombeaba sangre que brotaba de la carne abierta, cada latido le recordaba la bala que los había condenado a esa pesadilla.
Ella se situó a un metro a su izquierda, lo bastante cerca como para que él pudiera oír su respiración, controlada pese a los moratones que tenía por toda la cara.
No lo miró, mantuvo la vista fija al frente, con una postura deliberadamente tranquila, aunque tenía los hombros tensos.
La sangre todavía le formaba costras en el nacimiento del pelo y en la cara, y el ojo izquierdo se le estaba hinchando a pasos agigantados, prueba de lo que los Veyra le habían hecho en esa cárcel.
Greyson se preguntó qué otras heridas ocultaba bajo la ropa desgarrada, qué más había tenido que pagar por el asesinato fallido. Nada sería suficiente.
El único precio justo era su vida.
—Inspección de seguridad rutinaria, señor —anunció Mikel, aunque Greyson sabía que eso tenía poco de rutinario. La paranoia de su padre trascendía el protocolo—. Necesitaremos media hora.
Greyson asintió con la cabeza una vez, un gesto mecánico.
Se le había secado la garganta nada más atravesar la puerta.
En el vestidor de su dormitorio, envueltos en malla antiescáner y ocultos bajo un panel falso en el suelo, se hallaban suficientes suministros médicos de contrabando, marcados con el número de serie de Serel, como para ganarse una ejecución pública.
Uno se dirigió a las ventanas, con el escáner vibrando mientras hacía un barrido en busca de dispositivos de grabación.
Otro abrió los armaritos de la cocina y pasó los dedos enguantados por los estantes, en busca de compartimentos ocultos.
El tercer guardia ya había comenzado a desmontar el sistema de entretenimiento, separando los componentes para inspeccionar el cableado.
Sin embargo, fue el cuarto guardia el que hizo que los dedos de Greyson se tensaran contra su muslo. El hombre se dirigió directamente al pasillo que conducía a los dormitorios.
Shadera cambió el peso del cuerpo de un pie a otro y cruzó los brazos por delante del pecho.
El movimiento fue relajado, pero Greyson captó la forma en la que sus ojos seguían a cada guardia, catalogando sus armas, sus posiciones, sus puntos ciegos.
Incluso golpeada y ensangrentada, estaba calculando ángulos de ataque.
Se preguntó si intentaría alguna estupidez.
Una parte de él esperaba que lo hiciera; podría proporcionar la distracción suficiente para evitar que los Veyra fueran minuciosos. O, como poco, conseguir que la mataran.
Cualquiera de las dos cosas le iría bien.
—Zona de estar despejada —informó el primer guardia antes de dirigirse hacia el despacho de Greyson.
La herida de su abdomen eligió ese momento para abrirse, provocándole una punzada ardiente en las entrañas. Mantuvo una expresión neutra tras la máscara, pero se pegó la mano al costado.
El movimiento llamó la atención de Shadera.
Sus ojos verdes se posaron en su mano, luego subieron hacia su máscara y, por un instante suspendido en el tiempo, le pareció ver algo más que odio.
Reconocimiento, tal vez. Sabía, por su forma de luchar, que ella conocía el dolor íntimamente; que lo vivía, lo respiraba, lo repartía como si fuera moneda de cambio.
El pensamiento se esfumó de su cabeza cuando vio que ella esbozaba una sonrisa petulante y que volvía a mirar a los guardias.
El que se encontraba en su despacho estaba sacando los libros de las estanterías, y los sacudía abiertos para comprobar si estaban huecos.
Cada golpe sordo de un libro al caer al suelo era un eco de los rápidos latidos de su corazón, que le martilleaba contra las costillas.
Si encontraban los suministros, su padre lo sabría todo.
El delicado equilibrio que había mantenido durante años se haría añicos.
—Limpio —llegó la voz desde el despacho.
Tres guardias se dirigieron hacia el dormitorio, donde su capitán ya estaba llevando a cabo el registro, reuniéndose en el pasillo.
Greyson se obligó a permanecer junto a la puerta, a sabiendas de que seguirlos solo despertaría sospechas.
Encogió los dedos hacia la palma de la mano, clavándose las uñas hasta dejarse marcas con forma de media luna.
A su lado, Shadera se había quedado completamente inmóvil, con la quietud de un depredador que percibe un cambio en el viento… , que percibe el peligro.
La puerta del dormitorio principal se abrió.
Greyson oyó que abrían los cajones, el sonido de roce de ropa al ser movida por el capitán en su búsqueda.
Un guardia estaba comprobando la parte posterior de los cuadros que colgaban de las paredes.
Otro se había arrodillado y pasaba el escáner por los rodapiés. El cuarto…
El cuarto abrió la puerta del vestidor.
El tiempo se dilató. Greyson oyó el sonido de las botas del guardia al entrar y luego las perchas que arañaban las barras mientras él apartaba la ropa. Revisaría primero las paredes, luego el techo y después…
—Capitán. —La voz del guardia resonó desde el vestidor. A Greyson se le hizo un nudo en el estómago—. Las paredes parecen sólidas, pero debería comprobar…
—Déjalo —lo interrumpió Mikel—. El presidente quiere que esto se haga rápido. Si los sanguinarios hubieran logrado colar un dispositivo de vigilancia, los escaneos ya lo habrían detectado.
El sonido de las botas aumentó de volumen cuando el guardia salió del vestidor y se dirigió al cuarto de baño para registrarlo.
Greyson se permitió un suspiro minúsculo.
Se le había humedecido la camisa por debajo de la chaqueta del uniforme Veyra, y el temblor de su mano había empeorado mucho. Carraspeó, entrelazó las manos a la espalda e intentó adoptar la actitud de un hombre despreocupado.
Los últimos veinte minutos se le hicieron eternos. Los Veyra se mostraron minuciosos, pero no exhaustivos; su registro pretendía más imponer su presencia que encontrar algo en realidad. El verdadero mensaje de su padre estaba claro.
«Este espacio me pertenece ahora. Los dos me pertenecéis».
Por fin, Mikel se acercó.
—El registro ha concluido, señor. —Hizo una pausa e inclinó la máscara hacia Shadera—. Cualquier intento de marcharse se interpretará como una violación de la directriz del presidente.
—Entendido —logró decir Greyson, con voz firme pese a la adrenalina que todavía le corría por el cuerpo.
—No usted, señor. Solo ella. Por supuesto, usted puede entrar y salir cuando le plazca sin que nadie le pida explicaciones —añadió Mikel mientras Shadera resoplaba.
Eso era mentira.
Ya no podía existir sin dar explicaciones, y mucho menos pasear por las calles del Corazón sin que lo estuvieran observando desde todos los ángulos. Asintió con la cabeza en respuesta, sin atreverse a hablar. En ese momento, sus palabras solo conducirían a la violencia.
Los Veyra salieron en formación, y la puerta se cerró detrás de ellos con un clic.
Greyson esperó justo tres segundos, luego levantó la mano y se quitó la máscara de obsidiana.
El aire fresco le golpeó la piel como una absolución.
Dejó la máscara en su soporte junto a la puerta y luego abrió el cajón del mueble de la entrada.
El escáner estaba donde lo había dejado, pequeño y discreto.
Su padre debía de haber colocado dispositivos ocultos; era demasiado paranoico como para no hacerlo.
Lo sacó, después tomó la pistola que siempre guardaba en el fondo por si surgía alguna emergencia y se la metió en la cinturilla de los pantalones, en la base de la espalda.
Dormiría con ella a partir de ese momento si era necesario.
No iba a correr ningún riesgo mientras una asesina viviera bajo su techo.
Acto seguido, encendió el dispositivo; la pantalla mostraba una sutil superposición del campo electromagnético de la habitación. Comenzó desde la puerta, moviéndose con barridos lentos y metódicos.
A su espalda, Shadera seguía en el mismo lugar en el que había permanecido durante todo el registro, observándolo con esa expresión calculadora.
Sentía su mirada clavada en la nuca mientras trabajaba, percibía su forma de procesar esa nueva información sobre él: que no confiaba en su propio padre, que tenía secretos que merecían ser protegidos, que quizá fuera algo más que el simple verdugo obediente del Corazón.
El escáner detectó el primer dispositivo, oculto en el altavoz del sistema de entretenimiento. Greyson memorizó su ubicación y continuó con la búsqueda.