11. Algo va mal #4
—Es una mujer con ansias de venganza —replicó Jameson— A la que tú has alentado y explotado.
Puede que no quisieras verlo porque es tu mejor efectivo sin duda, pero sabías que metería la pata con él.
Sabías que querría verle la cara, que querría que supiera por qué lo estaba matando.
Por eso la pillaron. Porque de otro modo jamás lo habrían hecho. Porque lo convirtió en algo personal.
Un hombre dio un paso al frente al tiempo que enroscaba un silenciador en su arma con una mano.
—Ya basta —gruñó.
—No te metas, Reeve —le ordenó Jaeger sin apartar la mirada de Jameson.
Jameson no esperó a que Jaeger le replicara. El dique se había roto y las palabras brotaban de él como la sangre de una arteria seccionada.
—¿Sabes lo que me dijo aquella noche? Me dijo que lo hacía por sí misma.
No porque fuera otro nombre en un encargo, no porque tú se lo hubieras pedido, sino por sí misma.
Eso no lo dice una profesional; eso lo dice alguien cegado por la emoción.
—Extendió las manos sobre la mesa, haciendo tanta fuerza sobre la madera con los dedos que dejó las marcas—.
Y permitiste que se fuera estando así. ¡A sabiendas de que no debería, joder!
A Jaeger no le cambió la cara, pero algo cruzó por su mirada; un destello de lo que podría haber sido remordimiento. O culpa. Desapareció tan deprisa como había llegado.
—La quieres —dijo Jaeger, y las palabras golpearon a Jameson, se le clavaron en lo más hondo.
—Ni se te ocurra intentar que parezca que es cosa mía —gruñó Jameson—. Estamos hablando de tu fracaso a la hora de proteger a uno de los tuyos. De que estás aquí sentado tramando cómo usar su captura para que se produzca tu rebelión mientras a ella la torturan en la Torre Haven.
Una mercenaria situada cerca de la barra, una mujer con la mitad del cuerpo tatuado, tomó la palabra.
—¿Desde cuándo un contrabandista les dice a los sanguinarios cómo ocuparse de sus asuntos? ¿Quién coño te crees que eres? —dijo, y su voz resonó en el tenso silencio.
Varias personas más expresaron su acuerdo con murmullos y tensaron las manos sobre sus armas. Fue como si la temperatura de la estancia bajara varios grados mientras los puntos de mira se clavaban en Jameson desde varios ángulos.
—Es el Fantasma que Shade se ha estado follando —dijo otra persona desde las sombras—. Pensar con la polla nubla un poco el juicio.
Se oyó un coro de carcajadas en la estancia, siniestras y burlonas. Jameson tensó los hombros, pero no apartó la mirada de Jaeger.
—La conozco —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso—.
Sé cómo piensa, cómo planea, qué la mueve.
Sé que duerme con un cuchillo debajo de la almohada y que se despierta gritando cinco noches de cada siete porque todavía ve la ejecución de sus padres.
Sé que bebe para mitigar el dolor, pero nunca lo suficiente como para abotargar sus reflejos.
Sé que lleva tatuados en el cuerpo los nombres de todas las personas a las que ha matado para no olvidar nunca el peso de lo que hace.
—El ambiente burlón se fue desvaneciendo a medida que hablaba, sustituido por otra clase de tensión: el reconocimiento de la pérdida, del dolor que esa ciudad había causado—.
Y sé —siguió— que ella destrozaría esta ciudad ladrillo a ladrillo para salvar a cualquiera de vosotros si estuvierais en su lugar.
Así que dime, Jaeger , ¿qué coño estás haciendo tú para salvarla?
El rostro de Jaeger permaneció impasible, pero la moneda volvió a moverse entre sus dedos, bailando de nudillo en nudillo con movimientos hipnóticos. Cuando por fin habló, lo hizo con voz comedida.
—Como he dicho, Shadera está entrenada para esta situación —afirmó—. Es fuerte e inteligente, y sabe cómo desenvolverse incluso en las salas de interrogatorio del Corazón. Confío en que tomará las decisiones correctas hasta que podamos rescatarla sana y salva.
—¿Y si esas «decisiones correctas» incluyen entregarte para salvarse a sí misma? —preguntó Jameson con tono desafiante—. ¿Y si Maximus le ofrece la libertad a cambio de saber dónde estás, de los nombres de los integrantes de tu gremio o de la estrategia que usas en tus operaciones?
—Antes moriría —afirmó Jaeger con absoluta certeza.
—Eso es lo que me da miedo —replicó Jameson, y por fin se le quebró la voz—. Eso es precisamente lo que me da miedo.
Por primera vez, algo parecido a una emoción genuina cruzó la curtida cara de Jaeger; un destello del miedo que sentía por la seguridad de Shadera y que desapareció casi de inmediato tras su habitual fachada de control. Dejó la moneda sobre la mesa con suavidad.
—Tengo a gente trabajando en el tema —dijo—.
A los mejores. Entiendo tu punto de vista, pero, como te he dicho una y otra vez, necesitamos información fiable, un plan sólido.
Ni siquiera sabemos con certeza en qué parte del Corazón se encuentra Shadera.
No voy a sacrificar a más hombres en una misión suicida solo porque seas un impaciente.