11. Algo va mal #3
Sintió un nudo en la garganta al pensar lo, y el corazón empezó a latirle con fuerza. Sus manos, que siempre habían sido firmes y nunca temblaban, empezaron a hacerlo. Apretó los puños, tragándose el pánico y obligándose a concentrarse.
—Hace una hora recibimos la confirmación de que sigue viva, de momento. Pero no sabemos qué pretenden hacer con ella —concluyó Jaeger, sirviendo un tercer trago.
—Ejecutarla —dijo Jameson de inmediato, con un regusto amargo en la boca—. Llevarán a cabo una ejecución solo por ella, para mandar un mensaje.
Jaeger negó con la cabeza despacio.
—No lo creo. Si la quisieran muerta, ya la habrían matado. Maximus no es precisamente famoso por su paciencia con los sanguinarios, mucho menos con los que atacan a su familia. No, quiere algo de ella. O planea usarla de alguna manera.
Jameson se bebió el tercer trago sin esperar a Jaeger mientras le daba vueltas a un sinfín de pensamientos, cada uno más terrible que el anterior. Tortura. Interrogatorio. Humillación pública antes de la muerte.
—Me están rastreando —dijo, señalando los drones destrozados—. Vigilancia de alto nivel, de grado militar. No es el protocolo estándar de los Veyra.
El semblante de Jaeger se endureció.
—¿Cuándo fue la última vez que la viste?
—La noche que se marchó al Corazón. —Jameson apretó los dientes mientras recordaba su imagen alejándose—. Fui a su almacén antes de que se marchara.
—¿Te dijo algo? ¿Sobre el enfoque, la estrategia de huida?
—No —contestó Jameson en voz baja, con un tono casi derrotado.
Jaeger lo miró en silencio, sabiendo dónde debía concentrarse para ver qué emoción se agitaba en el interior de Jameson sin decir una sola palabra. A esos ojos no se les escapaba nada.
—Tú le importas, más de lo que debería. Más de lo que está dispuesta a admitir. Eso te convierte en un elemento valioso para ellos si saben de vuestra conexión.
Jameson inclinó la cabeza a un lado.
—¿Crees que me están usando para controlarla?
—Lo que creo es que Maximus Serel ha sobrevivido todo este tiempo porque no ha dejado herramientas sin usar —respondió Jaeger—. Si sabe de ti, te utilizará. De una forma o de otra.
Jameson ni siquiera había tenido en cuenta la posibilidad de que su propia vida estuviera en juego en ese nuevo escenario.
Pensó en la clínica, y en que los drones lo habían localizado allí.
¿A cuántos más habían estado vigilando? ¿Cuántas de las conexiones de Shadera habían descubierto? ¿O solo lo seguían a él?
—Kael acaba de convertirse en el rostro de la revolución en los anillos gracias a lo que hicieron esos prisioneros —siguió Jaeger, con una voz que atravesó los pensamientos de Jameson.
Su mirada se desplazó hacia los mercenarios presentes en la estancia, muchos de los cuales los estaban escuchando con atención.
La multitud se había duplicado desde que Jameson entró en el antro, y todos lo observaban—.
Sus muertes no han sido en vano. El Corazón quería silenciarlos, pero lo que han conseguido es que el mensaje resuene más fuerte.
En el Cardinal no se habla de otra cosa.
Y los rumores han llegado incluso a los siervos del Corazón.
—Algo pasó por los ojos de Jaeger, una expresión calculadora, como si estuviera tomando una decisión—.
Llevamos años planeándolo, construyendo redes, preparándonos para la oportunidad de atacar.
Puede que esta sea la ocasión. La chispa que necesitamos para prender el fuego como es debido.
A Jameson se le heló la sangre en las venas.
—¿Quieres usarla como símbolo mientras la tienen prisionera?
—Ya es un símbolo —replicó tajante Jaeger—. Lo quiera ella o no. La cuestión es cómo lo usamos en su beneficio… y en beneficio de la causa.
—A la mierda la causa —masculló Jameson, lo bastante bajo como para que solo Jaeger pudiera oírlo—. Sácala de ahí.
Jaeger lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Crees que no quiero hacerlo? Es de lo mejorcito que tengo. La más leal. Pero lanzarnos a ciegas sin esperar al momento adecuado será su muerte.
—A saber lo que le están haciendo en esa torre mientras esperas el «momento adecuado» —repuso Jameson, y a punto estuvo de quebrársele la voz—. Todos sabemos lo que el presidente les hace a sus prisioneros.
—Es más fuerte de lo que crees —le aseguró Jaeger—. Está entrenada para este escenario en concreto. Sabe qué hacer, cómo sobrevivir, cómo darles lo justo para mantenerse con vida sin revelar nada importante.
—¿Y si la doblegan? ¿Si la vuelven en nuestra contra?
Jaeger titubeó solo un instante y luego respondió:
—En ese caso, yo mismo la mataré.
Las palabras flotaron entre ellos, frías y demoledoras.
A su alrededor se había hecho un silencio sepulcral.
Todos los sanguinarios observaban el intercambio con expresiones calculadoras.
Jameson era muy consciente de que lo superaban en número con creces, de todas las espadas y balas que podrían alcanzarlo antes de llegar a la puerta.
Sin embargo, el miedo se había desvanecido, sustituido por una lucidez que no había sentido en años. Shadera estaba viva. Presa, pero viva. Eso era lo único que importaba.
El camarero se acercó de nuevo y rellenó sus vasos sin que se lo pidieran. En esa ocasión se demoró un poco más de lo necesario, y su mirada pasó de Jameson a los drones destrozados.
—Noticias del Cardinal. Los Veyra están duplicando las patrullas a lo largo de las rutas principales entre los anillos. Va a pasar algo gordo.
Jaeger asintió con la cabeza y luego se volvió hacia Jameson.
—Tenemos gente dentro del Corazón. No mucha, pero sí la suficiente para mantenernos informados. En cuanto sepamos más sobre la situación de Shade, planearemos cómo actuar.
Jameson se tomó el cuarto trago de whisky, pero el alcohol no sirvió para calmar su creciente ira. Jaeger estaba jugando a largo plazo, como siempre, pero Shadera no podía permitirse el lujo de esperar. No si estaba a merced de Maximus.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó—. ¿Cuánto tardarán tus informantes en conseguir algo útil?
—Días. Quizá una semana —contestó Jaeger—. El Corazón está más cerrado que de costumbre. Está pasando algo más que todavía no entendemos del todo.
Una semana era demasiado tiempo. Demasiado tiempo .
Jameson se puso en pie, recogió las piezas rotas de los drones y volvió a guardarlas en su mochila.
—Mantenme informado. En cuanto te enteres de algo, quiero saberlo.
Jaeger lo miró de nuevo con una expresión indescifrable.
—¿Adónde vas?
—A ver a alguien que sepa más que tus informantes —respondió Jameson mientras se alejaba hacia la puerta—. Yo también dispongo de contactos.
—Ten cuidado —dijo Jaeger, con una clara advertencia en el tono—. Los drones solo han sido el principio. Si te están vigilando, estarán preparados para tu próximo movimiento.
Jameson se detuvo y miró hacia atrás, al Lobo del Perímetro.
—En ese caso, me aseguraré de sorprenderlos.
—Siguió andando a grandes zancadas hacia la puerta, consciente de que era el blanco de las miradas de todos los sanguinarios.
Su mente ya iba cinco pasos por delante, creando planes de contingencia, trazando rutas hacia el Corazón, catalogando las armas que necesitaría.
Estaba a medio camino de la puerta cuando algo dentro de él se rompió.
La presión que había ido acumulando durante todos esos días sin dormir, el miedo que había sido su compañero constante desde que Shadera salió del almacén, la indiferencia con la que Jaeger había hablado de esperar mientras ella sufría…
, todo eso se cristalizó, conformando una rabia cegadora.
Se dio media vuelta, regresó a la mesa y estampó un puño con tal fuerza que volcó los vasos de whisky. Uno de ellos rodó por la mesa y se hizo añicos contra el suelo.
El sonido resonó como un disparo en la estancia, que de repente se quedó en silencio.
—¡No debiste darle ese contrato! —gritó, y su voz reverberó en las paredes.
Las palabras le salieron de la garganta ásperas y entrecortadas, dejando al descubierto unos nervios que normalmente mantenía ocultos —.
Sabías muy bien que era un asunto personal para ella.
Sabías muy bien que intentaría algo distinto en vez de planear un asesinato fácil y calculado.
Los ojos de Jaeger se oscurecieron. Esa fue la única señal que dio de que Jameson acababa de pasarse de la raya.
Nadie le hablaba así al Lobo, no en su propio territorio, no rodeado de sus asesinos.
La moneda que había reaparecido en su mano se quedó inmóvil, sujeta entre dos dedos como una promesa de violencia.
—Cuidado, Jay —dijo en voz baja, un tono más peligroso que si hubiera alzado la voz—. Recuerda dónde estás.
Jameson se inclinó hacia él, sin importarle ya las consecuencias.
—Estoy en un antro lleno de personas que enviaron a Shadera a la muerte porque nadie entendió lo que significaba realmente para ella matar a Greyson Serel.
A su alrededor, los sanguinarios se movieron al unísono.
La mujer de las cicatrices en la garganta se bajó de su taburete, y apareció una pistola en su mano como si la hubiera conjurado de la nada.
Los dos hombres que estaban al lado de la ventana se volvieron para mirarlos de frente, con los hombros erguidos y las manos suspendidas sobre sus armas enfundadas.
Detrás de la barra, el camarero metió la mano debajo del mostrador, sacó una escopeta y se la apoyó despacio en un hombro.
—No iba a limitarse a eliminar a otro miembro de la élite del Corazón —siguió Jameson, ignorando la tensión que lo rodeaba mientras bajaba el tono de voz sin perder ni un ápice de intensidad—.
Greyson representa todo lo que ella perdió.
Ese hombre ejecuta a los rebeldes en la misma plaza donde su padre asesinó a los padres de Shadera.
Lo convertiste en algo personal en cuanto le diste ese encargo.
A Jaeger se le crispó un músculo de la mandíbula.
—Es una profesional, estaba al tanto de los riesgos.