Sanguinaria (El Corazón 1) 11. Algo va mal #2
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11. Algo va mal #2

El espacio era estrecho, asfixiante, lleno de décadas de polvo y restos óseos de pequeños animales.

Se arrastró hacia delante con los codos y las rodillas, pasando por alto el dolor mientras los bordes afilados le rasgaban la ropa y la piel.

El zumbido del dron se atenuó, y luego se intensificó cuando ajustaron su patrón de búsqueda.

Llegó al final del conducto, donde otro más grande se abría hacia lo que en su día fue el sistema de ventilación del edificio.

Tenía una pendiente ascendente que conducía al tejado.

Se colocó la mochila en el pecho, apoyó la espalda contra una pared, los pies contra la otra, las palmas haciendo fuerza contra el metal a ambos lados, y comenzó a trepar, avanzando centímetro a centímetro por el conducto.

Le escocían los ojos por el sudor, pese al frío que se colaba a través de su ropa empapada. Sus músculos clamaban por un respiro. Siguió subiendo, impulsado por una certeza que crecía con cada segundo que pasaba: algo iba mal .

El conducto terminaba en otra trampilla.

La abrió de un empujón y salió al tejado del edificio.

La lluvia helada lo golpeó de inmediato, seguida del viento, que llevaba consigo los sonidos lejanos del Perímetro por la noche: gritos ahogados, disparos frecuentes y el perpetuo estruendo de la maquinaria de las plantas de procesamiento de residuos del anillo Cardinal.

Se mantuvo agachado, oculto detrás de una enorme unidad de ventilación mientras recuperaba el aliento.

Se llevó una mano a la parte baja de la espalda y aferró la empuñadura de su pistola.

La había modificado él mismo. Silenciador integrado en el cañón.

Empuñadura adaptada a su mano. Munición capaz de atravesar el blindaje de un dron como si fuera papel.

El primer dron apareció sobre el borde del tejado, flotando en silencio. Al cabo de un momento se le unió el segundo. Se movían en perfecta sincronía, barriendo el tejado en un patrón de búsqueda.

Jameson los observaba con los ojos entrecerrados, siguiendo sus movimientos y calculando la distancia que los separaba. Todavía no lo habían visto, oculto como estaba en la sombra de la unidad de ventilación. Solo contaba con una oportunidad para hacerlo bien.

Esperó hasta que ambos drones estuvieron en la misma línea de visión, centrados en el lado opuesto del tejado. Solo entonces se movió y salió de su escondite con el arma en alto.

Su dedo apretó el gatillo. La bala surcó el aire, atravesando silenciosamente la distancia mientras los drones se giraban hacia él.

No tuvieron ninguna oportunidad contra la bala de Jameson Vine.

Jameson era un tirador experto, tanto en largas distancias como en cortas. Nunca fallaba su objetivo y ellos nunca lo veían venir. En los anillos, casi todos lo conocían como «el Fantasma», y se había ganado ese título.

El disparo atravesó a los drones casi al mismo tiempo, y ambos cayeron en picado al tejado, en una lluvia de componentes rotos y metal destrozado. Se acercó a ellos rápidamente y se guardó el arma mientras se agachaba para examinarlos.

De cerca eran más grandes de lo que esperaba.

Medían más de medio metro de ancho y la carcasa era de un material negro mate que absorbía la luz.

Definitivamente no eran un modelo de serie.

Eran de grado militar, reservados para objetivos de alta prioridad y para mantener la seguridad del Corazón.

Le dio la vuelta a uno de ellos y descubrió una pequeña insignia grabada en su parte inferior: el emblema de la familia Serel.

Recogió los restos de los drones y luego se enderezó mientras oteaba los tejados circundantes en busca de cualquier otro dispositivo de vigilancia, escudriñando bien las sombras.

Como no encontró nada, echó a andar con grandes zancadas hacia el borde del tejado y se dejó caer sobre el canalón para comenzar el descenso hacia tierra firme.

Si alguien sabía lo que le había pasado a Shadera, Jameson tenía claro quién era. Y pensaba obtener respuestas como fuera.

La Boca del Lobo era un antro que había surgido en el Perímetro como un tumor. Jameson lo detestaba. Entre sus paredes no sucedía nada bueno. Era territorio sanguinario, donde reinaba Jaeger Nolin y los contratos de asesinato se repartían como hostias durante la comunión.

La puerta chirrió cuando la empujó para abrirla; las luces de neón lo cegaron un instante mientras buscaba a su objetivo en ese espacio de hormigón.

Contó diecisiete mercenarios al entrar: seis en la barra, otros ocho dispersos en las mesas por toda la estancia y tres más jugando a las cartas en un rincón.

Todos ellos reconocieron su presencia con sutiles cambios de postura.

Manos acercándose a las armas, ojos siguiendo sus movimientos, conversaciones suspendidas a mitad de frase.

Lo reconocieron como un forastero, alguien ajeno a ellos pese a sus años moviéndose entre los personajes del inframundo del Perímetro y los fallidos esfuerzos de Jaeger por reclutarlo.

Sin embargo, sabían que no debían tocarlo. Shade lo protegía, y eso significaba que contaba con la protección del mismísimo Lobo.

Jaeger estaba sentado a su mesa habitual al fondo, parcialmente oculto entre las sombras.

El rey del Perímetro tenía el mismo aspecto de siempre: curtido, pero sin revelar debilidad, con los ojos reflejando la luz como balas pulidas.

Una moneda de plata bailaba entre sus dedos, pasando de un nudillo a otro con un ritmo interminable.

Jameson se dirigió directamente a la mesa de Jaeger, sin mirar siquiera a los sanguinarios, que observaron cómo se acercaba con determinación. Sin decir palabra, arrojó los restos destrozados de los drones sobre la mesa con un estruendo que silenció por completo el local.

Jaeger no se inmutó. Sus ojos se desplazaron de la tecnología destrozada a la cara de Jameson y luego de vuelta a los drones. La moneda continuó su baile entre los dedos, sin detenerse en ningún momento.

—Algo va mal —dijo Jameson, con voz seria y acusadora—. Nunca me habían seguido tan de cerca. ¿Se puede saber dónde está Shade, Jaeger?

La expresión del Lobo siguió plácida, sin revelar nada. Su mirada se clavó en el emblema de los Serel visible en uno de los fragmentos del dron y lo examinó.

Si estaba preocupado, no permitió que Jameson lo viera.

El silencio entre ellos se hizo más denso.

Al otro lado de la estancia, una mujer con la garganta desfigurada por las cicatrices soltó despacio su vaso sobre la mesa y se llevó la otra mano al regazo para posarla sobre lo que Jameson sabía que sería un arma.

Dos hombres junto a la ventana cambiaron de postura, colocándose en mejores ángulos para disparar con precisión si fuera necesario.

Jaeger levantó la mano libre, un gesto mínimo que relajó el ambiente al instante. Los sanguinarios volvieron a sus bebidas y a la conversación y dejaron de mirar a Jameson.

El camarero se acercó con una botella de líquido ámbar y dos vasos. Jaeger gruñó para señalar su aprobación mientras los colocaba sobre la mesa y se retiraba.

Todavía en silencio, Jaeger se guardó por fin la moneda en el bolsillo, destapó la botella y vertió dos dedos de whisky en cada vaso. Le acercó uno a Jameson y asintió con la cabeza a modo de silenciosa orden.

Jameson no se sentó, pero cogió el vaso, reconociendo el ritual.

En el Perímetro, en La Boca del Lobo, la información tenía un precio.

A veces ese precio consistía en compartir veneno antes de que se revelaran los secretos.

Se bebió el whisky de un trago, sintiendo que le quemaba la garganta. Frente a él, Jaeger hizo lo mismo.

Solo entonces habló el Lobo, con voz grave y ronca por la edad y la autoridad.

—Ha fallado.

Dos palabras.

Dos palabras sencillas y demoledoras.

La mano de Jameson se cerró con fuerza alrededor del vaso vacío, y los nudillos se le quedaron blancos.

—Hace tres días —siguió Jaeger, dejando el vaso sobre la mesa y recorriendo el borde con el dedo corazón—, consiguió encontrar al verdugo y dispararle una bala, pero no mortal. Pensamos que había muerto después de eso. El Corazón no suele permitir que un sanguinario siga respirando.

La estancia pareció inclinarse bajo los pies de Jameson. Shadera no fallaba. Nunca. Jamás . Y menos todavía tratándose de Greyson Serel, el objetivo que la había obsesionado durante años.

—Esta mañana, uno de nuestros informantes en los Veyra nos ha avisado —siguió Jaeger mientras rellenaba ambos vasos—. Han trasladado a Shade a la cárcel situada debajo de la Torre Haven.

Jameson se sentó en ese momento, porque las piernas le fallaron de repente. La silla crujió bajo él mientras se inclinaba hacia delante, y el pánico empezó a irradiarse desde sus entrañas.

—¿Y?

Los ojos de Jaeger por fin se encontraron con los suyos, con algo parecido al respeto brillando en sus profundidades mientras los labios se le curvaban ligeramente hacia arriba.

—Ha iniciado una puta revolución desde su celda. —Se tomó el segundo trago de whisky y luego hizo girar el vaso por el borde inferior—. El informante nos dijo que iban a sacarla de la celda y los demás prisioneros se enteraron de lo que había hecho. Y empezaron a cantar .

—¿A cantar? —Jameson frunció el ceño.

—El himno antiguo. El que prohibieron cuando surgió New Found Haven.

Lo cantaron para ella . La han convertido en su símbolo, en su puñetera mártir.

—La voz de Jaeger se mantuvo neutra, pero algo parecido a la sorna se coló en ella por la idea de que Shadera salvase a alguien—.

Los Veyra abrieron fuego. Mataron a la mayoría.

Pero el daño ya estaba hecho. La noticia se está extendiendo por la ciudad, filtrándose desde el Corazón hacia el Cardinal y el Perímetro.

La mente de Jameson empezó a encajar piezas a toda velocidad, uniendo la información y las implicaciones. Los drones que lo rastreaban. La masacre en la cárcel. Shadera encarcelada.

«Shadera encarcelada».