Sanguinaria (El Corazón 1) 11. Algo va mal
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11. Algo va mal

Jameson salió a hurtadillas por la puerta trasera de la clínica, con el olor a enfermedad y sangre pegado a la ropa como el perfume de la muerte.

El sol ya estaba bajo en el horizonte y proyectaba largas sombras sobre el hormigón agrietado y el metal oxidado del Perímetro, mientras las nubes de tormenta empezaban a encapotar el cielo del atardecer.

Durante cuatro días se había dedicado en cuerpo y alma a ayudar a los heridos, distribuyendo las medicinas introducidas de contrabando en los vehículos de patrulla Veyra.

Cualquier cosa con tal de evitar que su mente se obsesionara con el silencio de Shadera.

Sin embargo, el vacío en su pecho no paraba de crecer con cada hora que pasaba.

«Ya debería haber vuelto».

En otra vida Jameson pensaba que podría haber sido médico, si las circunstancias le hubieran proporcionado los medios para perseguir ese sueño.

Pero no fue así. Había nacido en el Perímetro, y las «ratas del Perímetro» no eran dignas de recibir una educación.

Así que, en cambio, leyó todo lo que pudo, aprendió todo lo que los viejos libros de texto podían enseñarle y siguió de cerca a los médicos de la clínica.

Se caló la capucha para protegerse del viento gélido que barría el estrecho callejón, llevando consigo el hedor a residuos industriales y enfermedades.

Los niños que estaban en la clínica empeoraban, aunque dos de los que pensaba que ya habrían muerto parecían estar mejorando poco a poco.

Sin embargo, la victoria le resultaba hueca sin la voz burlona de Shade preguntándole si se había ablandado.

La primera punzada de inquietud le recorrió la espalda cuando llegó al final del callejón.

Un leve zumbido mecánico, apenas audible por encima del murmullo de la multitud que comenzaba a desbordar las calles para la juerga nocturna.

Levantó la mirada como de pasada, como si estuviera interesado en la posible tormenta, y entrecerró los ojos para protegerse de los últimos rayos de sol.

Un dron Veyra sobrevolaba el cruce, y su carcasa negra relucía a la moribunda luz.

Jameson siguió caminando, sin alterar su ritmo.

Los drones no eran raros en el Perímetro (vigilaban las calles principales y en ocasiones hacían barridos por las zonas problemáticas después de los disturbios), pero rara vez se adentraban tanto en el laberinto de calles olvidadas y edificios derruidos sin ser derribados.

Torció a la izquierda en la siguiente esquina, acelerando un poco el paso. El zumbido lo siguió. Otra mirada por encima del hombro se lo confirmó: el dron había cambiado de rumbo y lo seguía, manteniendo la distancia.

No era una patrulla rutinaria.

La mano de Jameson se deslizó hacia el cuchillo que llevaba envainado en el torso, y luego hacia la pistola sujeta en la parte trasera de los vaqueros; su conocido peso le proporcionaba un frío consuelo.

Más adelante, el callejón se dividía en tres caminos: uno que conducía hacia la plaza del mercado; otro que se adentraba en el distrito industrial abandonado; y un tercero que serpenteaba hacia las terrazas más altas.

Llevaba recorriendo esas calles desde la infancia y conocía cada grieta del hormigón, cada pasadizo oculto.

Eligió el camino del medio y echó a correr oculto entre las sombras.

Diez segundos después, se agachó para pasar por un agujero en la pared de un edificio derruido, y contó en silencio mientras sus botas crujían sobre cristales rotos y escombros.

El pasadizo se estrechaba y lo obligó a ponerse de lado para colarse por un hueco que la mayoría habría pasado por alto.

Una vez al otro lado, se detuvo y aguzó el oído.

Silencio. Y, de repente, el zumbido mecánico aumentó justo cuando un relámpago fragmentaba el cielo, reflejándose en la estructura metálica del edificio, seguido de un trueno que sacudió las paredes.

El dron apareció al fondo del estrecho pasadizo, con su sensor rojo parpadeando mientras escaneaba la oscuridad.

—¡Joder! —susurró Jameson, agachándose detrás de una viga caída.

El corazón le latía con fuerza en el pecho mientras intentaba entender lo que estaba pasando.

El dron no debería haber sido capaz de rastrearlo a través del edificio.

¿Cómo era posible? Los drones patrulla Veyra estándar solo tenían sensores térmicos básicos, no los sistemas de rastreo avanzados necesarios para seguir a alguien a través de paredes sólidas.

Aquello no era un dron de patrulla. Era táctico .

Se le heló la sangre.

El dron se mantuvo en la entrada durante tres segundos y luego se abrió paso por el estrecho hueco, plegándose para avanzar por el pasadizo.

Jameson no esperó a ver más. Corrió por los restos del edificio, ajustándose las correas de la mochila mientras saltaba por encima de los escombros y se deslizaba por debajo de los cables colgantes.

Su mente barajó todas las posibilidades: lo habían confundido con otro, era un seguimiento aleatorio o estaba relacionado con el silencio de Shadera.

Ninguna de las opciones alivió el nudo que se le estaba formando en la boca del estómago.

Justo cuando la lluvia empezaba a azotarle la piel, salió a otro callejón que terminaba en una alta valla de malla metálica eslabonada coronada con concertina.

Sin reducir la velocidad, saltó y se aferró con los dedos a los eslabones oxidados de la malla.

Trepó sin esfuerzo, con la memoria muscular guiándole manos y pies.

Una vez en lo alto, balanceó el cuerpo por encima de la concertina con unos centímetros de margen y cayó los casi cinco metros que lo separaban del suelo al otro lado.

El impacto le sacudió las rodillas, pero rodó siguiendo el movimiento y se incorporó en cuclillas.

El dron apareció sobre la valla y flotó en el aire un momento antes de sobrevolarla, sin que lo detuviera la barrera capaz de cortar la carne humana en tiras.

—El cabroncete no se larga… —murmuró Jameson, con la mirada buscando ya su siguiente ruta.

El agua le corría por la cara y le goteaba por la barbilla y el pelo. Se limpió con una mano, concentrado en los siguientes pasos. Los edificios de esa zona eran más altos, conectados por una red de puentes improvisados y escaleras de incendios derrumbadas.

Agarró el peldaño más bajo de una escalera que colgaba de un bloque de pisos destrozado y se impulsó con las manos hasta llegar a una estrecha pasarela metálica, situada a seis pisos del suelo.

Esta no era la velada que había planeado. No, su idea era volver a casa, tomarse una copa, fumarse un cigarrillo, relajarse y esperar la llamada de Shade.

Relajada, normal, sin incidentes.

Pero no , por supuesto que no podía tener ni un puto día tranquilo en esa ciudad de mierda, dejada de la mano de Dios y en ruinas.

Sus pasos resonaban contra la rejilla resbaladiza por la lluvia mientras corría, y el sonido reverberaba a través del cañón de hormigón conformado por los edificios abandonados.

La pasarela terminaba de forma abrupta (se había derrumbado hacía décadas durante un bombardeo en el anillo), creando un hueco de tres metros hasta el siguiente edificio.

Jameson no dudó. Se lanzó al vacío, con los brazos extendidos, y se agarró con los dedos al borde de la plataforma opuesta.

Su cuerpo se estrelló contra el lateral del edificio, y se quedó sin aliento.

Se impulsó hacia arriba, con los músculos ardiendo, justo cuando el dron doblaba la esquina y se quedaba flotando en el aire, casi con curiosidad, observándolo con ese ojo rojo que no parpadeaba.

Jameson se puso en pie a duras penas, jadeando. Algo iba mal. Muy mal. Había eludido la vigilancia Veyra cientos de veces antes, pero nunca se habían mostrado tan persistentes, tan decididos. Algo había cambiado.

Se coló por una ventana rota de lo que una vez fue el hogar de alguien.

El papel pintado descolorido se desprendía de las paredes, y los muebles se habían reducido a esqueletos tras décadas de saqueos.

Atravesó la estancia hasta la puerta y entró en un pasillo completamente a oscuras que apestaba a moho y orina.

El resplandor rojo del ojo del dron apareció en la ventana a su espalda, proyectando sombras rojas como la sangre por el suelo. Jameson se pegó a la pared, conteniendo la respiración mientras el dron se mantenía en el exterior, escaneando.

Un nuevo sonido se unió al dron; el característico chirrido de un segundo dron que se acercaba desde la dirección opuesta. Sintió un vuelco en el estómago.

Un dron podría ser una coincidencia. Dos era algo deliberado.

El segundo dron apareció al fondo del pasillo, con su ojo sensor barriendo de un lado a otro. Lo estaban acorralando .

El pánico revoloteó en su pecho, una sensación que últimamente solo experimentaba cuando Shade aceptaba un contrato. Se obligó a reprimirlo, concentrándose en su respiración. El pánico significaba la muerte en el Perímetro.

Su mente se llenó de pensamientos sobre Shadera. Casi cuatro días de silencio desde que salió de su almacén. Cuatro días desde que fue a matar a Greyson Serel. Si lo había conseguido, el Corazón estaría sumido en el caos y no malgastarían recursos rastreándolo por el Perímetro. Si había fracasado…

La garganta le ardió al pensarlo, y se le revolvió el estómago. Shade nunca fallaba. Ni en un contrato, ni en un asesinato. Pero si ese era el caso (si la habían capturado), ¿qué le harían? ¿Qué les harían a los que estaban relacionados con ella?

El dron del pasillo se acercaba poco a poco, y el haz rojo de su escáner se deslizaba sobre puertas rotas y los escombros del techo derrumbado. El que estaba fuera de la ventana permanecía inmóvil, como si estuviera esperando.

Jameson miró al techo y divisó una trampilla de mantenimiento medio oculta por las sombras. Saltó y sus dedos se aferraron al borde del panel metálico oxidado, que crujió bajo su peso, pero aguantó mientras se impulsaba hacia el estrecho hueco situado encima.