Sanguinaria (El Corazón 1) 10. No tienes elección #3
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10. No tienes elección #3

No necesitó decir ni una sola palabra. La mirada que le dirigió a su hijo desde detrás de la máscara bastó para que el calor desapareciera de la estancia. Todos apretaron los puños y se les puso de punta el vello como si se estuvieran preparando para atacar, para arrancar tendones y desgarrar piel.

El presidente esperó hasta que el silencio cobró vida propia, hasta que los nervios y la violencia despojaron sus rostros de todo color. Solo entonces unió las manos por las yemas de los dedos y habló.

—Os casaréis el martes que viene, en una ceremonia pública de intercambio de votos. El uno con el otro.

Shadera tardó tres segundos enteros en asimilar las palabras. Luego lo comprendió. El odio que guardaba en su interior coaguló en una línea abrasadora que le bajó por la garganta.

—¡Y una mierda! —soltó.

—Ni hablar. —La respuesta de Greyson se superpuso a la suya, pero no fue más moderada.

Maximus movió una mano, disfrutando de la situación.

—Lo habéis malinterpretado. Esto no es una petición. Es la única solución que nos queda para preservar el orden. Ahora, sentaos.

La mirada de Shadera se posó rápidamente en Greyson, en busca de alguna señal de que se trataba de un truco, de una trampa, de una alucinación provocada por el dolor que se filtraba a través de su sangre.

Pero parecía tan atónito como ella, con los ojos azules vacíos detrás de la máscara de obsidiana.

—Ahora. —La palabra salió como una orden de la boca del presidente y Shadera contuvo la bilis que le subía por la garganta por la idea de obedecerla.

Greyson se movió primero y dio unos cuantos pasos para sentarse en la silla que ella tenía a la derecha, en la que se dejó caer a regañadientes. Shadera apretó los dientes antes de moverse para obedecer, pero acabó sentándose en la otra silla, al lado de Greyson.

La máscara de Maximus brilló cuando se inclinó hacia delante.

—Si el mundo se entera de que el verdugo del Corazón se quitó la máscara delante de una asesina de los sanguinarios, los cimientos de nuestra sociedad se derrumbarán. La ley no deja lugar a dudas. Solo los votos santifican ese intercambio.

Greyson tensó la mandíbula.

—Fue un accidente. Ella intentó matarme.

Shadera resopló y entrecerró los ojos para mirarlo.

—Te quitaste la máscara tú solo como un imbéc…

La mano del presidente se levantó, silenciándola antes de que pudiera terminar de vomitar la larga lista de palabrotas que tenía en la punta de la lengua, y pasó por alto su insulto.

—Greyson, los accidentes no conforman la historia.

La conforman las consecuencias. —Maximus se volvió hacia Shadera—.

Se te concederá el estatus de Élite. La primera de tu clase.

Y, gracias a ti, los anillos verán que el Corazón puede domesticar hasta al animal más salvaje.

Y que hasta un sanguinario puede volverse contra los suyos.

—Prefiero la muerte antes que casarme con él —replicó Shadera, con una voz tan cortante que se le quedó la garganta en carne viva.

La risa de Maximus fue suave, casi compasiva.

—En ese caso, morirás. Pero no antes de que envíe al infierno a tus queridos anillos. Quemaré a todos los sanguinarios del Perímetro, a todos los rebeldes, y con sus cenizas fertilizaré mis jardines. ¿Es eso lo que quieres para tu pueblo?

«Para tu pueblo», repitió ella en silencio.

Pero ¿quién se creían que era ella para los anillos?

Shadera tragó saliva, ya que la amenaza había surtido efecto tal y como él pretendía. Sabía que sería capaz de hacerlo, que arrasaría un anillo entero solo para dejar claras sus intenciones.

Greyson intervino y dijo con voz tensa:

—Esto es una locura. ¿Me obligas a casarme con la mujer que intentó asesinar a tu propio hijo? ¿La que estuvo a punto de acabar con el legado que dices venerar?

—Es poético —respondió Maximus—, ¿no te parece? —Volvió la cabeza, dejando que la luz iluminara los rasgos perfectos de su rostro dorado—. ¿Qué mejor manera de demostrar que la voluntad del Corazón siempre prevalece? Por encima del amor, del odio o incluso de la violencia.

Shadera vio que Greyson se estremecía y luego se enderezaba.

—Esto deshonra la memoria de Brooker. Murió a manos de un sanguinario.

Shadera volvió la cabeza hacia él de golpe, con una expresión de sorpresa en la cara. Si un sanguinario hubiera matado al primer Heredero, ella lo sabría. Habría sido motivo de celebración.

—¿Cómo sabes que fue un sanguinario? —le preguntó.

Greyson ni siquiera la miró mientras respondía.

—Porque dejaron sobre su cuerpo un contrato aceptado y firmado por Jaeger Nolin para que lo encontráramos en el centro del Corazón.

De repente, el mundo pareció reducirse a ese único y terrible hecho. Shadera dejó que la información calara en ella, y una extraña calma se extendió por su interior. Se habría echado a reír de buena gana y, de hecho, en sus labios se dibujó el asomo de una sonrisa salvaje.

Ojalá ese contrato hubiera sido suyo.

Maximus rompió el silencio para decir:

—Tenéis una semana para aceptar esta decisión. Hasta entonces residiréis juntos en el apartamento de Greyson, bajo vigilancia, para… conoceros el uno al otro. Si alguno de los dos intenta romper el compromiso, las consecuencias serán inmediatas y fatales.

Pulsó un botón situado debajo de su mesa y una parte de la pared giró, revelando una pantalla gigante que cobró vida con un parpadeo para mostrar la imagen borrosa de un hombre que se movía por los callejones del Perímetro. Su forma de andar era inconfundible: Jameson.

Maximus pasó al siguiente ángulo. Shadera vio la cara de Jameson, cansado pero sonriente, mientras entraba en una clínica improvisada y se agachaba junto a un grupo de niños rebeldes. Se quedó helada y sintió que se le congelaba la sangre en las venas mientras lo observaba.

—En fin —dijo Maximus con voz suave, casi paternal—, sabemos dónde están tus seres queridos.

Sabemos a quiénes proteges. Y, como no cumplas, la primera bomba caerá sobre la clínica donde tu amigo ayuda a la rebelión.

Luego caerá otra, y otra más, hasta que solo quede tierra humeante.

Solo hará falta una palabra mía. —Se puso en pie, cerniéndose sobre ellos—. ¿Lo entiendes?

Shadera se agarró a los reposabrazos con tanta fuerza que clavó las uñas en la tapicería.

Todos los músculos de su cuerpo ansiaban abalanzarse y arrancarle esa cara dorada, matarlo aunque eso significara su propia muerte.

Sin embargo, la cara de Jameson, y los niños que estaban a su lado, la mantuvieron anclada a la silla.

La mano de Greyson se movió hacia su herida. Se quedó quieto, pero la tensión en él era palpable e iba aumentando lentamente hacia algo inevitable.

—Lo entiendo —dijo Shadera, y las palabras le dejaron un regusto amargo en la boca.

Al oír su respuesta, un suspiro exasperado brotó de los labios de Greyson, que entrecerró los ojos para mirar a Maximus.

—¿Y qué pasa conmigo, padre? ¿Bombardearás tu propio y querido Corazón si no obedezco? ¿Ejecutarás en directo a tu último heredero vivo para dejar clara tu postura?

—No —le espetó Maximus, con los dedos extendidos sobre la mesa y echándose hacia delante para apoyarse en las palmas de las manos.

La pantalla parpadeó y apareció una imagen diferente. En ella se veían dos figuras, una con una máscara que Shadera reconoció como la de la hija, Lira Serel. No reconoció la otra, adornada con filigrana de oro y cobre.

Greyson se puso en pie de un salto y soltó un gruñido desde detrás de su máscara mientras se inclinaba hacia su padre.

—No te atreverías.

—Tal y como le he dicho a Shadera, sé dónde golpear, sé qué teclas pulsar si tengo que recurrir a ese extremo para que me supliques estos votos —replicó Maximus sin emoción alguna en la voz—.

Quiero a Lira, como quiero a todos mis hijos.

Pero ni ella ni Callum me sirven. No tienes elección, Greyson. Acabarás obedeciendo, como siempre.

El silencio que siguió fue sobrenatural, como si un velo se hubiera extendido sobre el mundo para acallar todos los sonidos. Shadera vio que el pecho de Greyson subía y bajaba muy rápido, con los puños aferrados al borde de la mesa, como si se estuviera anclando a ella para no golpearlo.

Maximus rompió el silencio de nuevo.

—¿Lo entiendes ahora, hijo mío ?

Greyson apretó los dientes mientras se le hinchaban las venas del cuello. No habló y se limitó a hacer un pequeño gesto de asentimiento con la barbilla.

—Excelente —dijo Maximus, con renovado vigor en la voz y juntando las manos con una palmada—.

Por favor, haz que Shadera se sienta como en casa.

Os espero a ambos en la cena familiar del jueves.

—Tecleó una orden en su mesa mientras pronunciaba esas palabras y la puerta doble del despacho se abrió con un siseo.

Cuatro guardias Veyra esperaban al otro lado.

Shadera se levantó despacio de la silla, trazando planes, ideando formas de acabar de una vez por todas con el linaje Serel.

No se dio cuenta de que un Veyra se había acercado a ella para obligarla a moverse.

Se zafó de su agarre y se volvió por fin hacia la puerta para dirigirse a su próxima celda: la casa de Greyson Serel.

A su espalda, sintió la mirada de Maximus clavada en ella, observando cada uno de sus pasos. El último rey de una ciudad construida sobre huesos.