10. No tienes elección #2
Sus ojos volaron hacia el ojo de buey de la puerta, asegurándose de que Mikel no estaba a la vista, antes de darle la espalda, arrancarse el apósito ensangrentado del abdomen y soltar un suspiro para infundirse valor.
Apretó la herida con fuerza soltando un gemido que surgió de lo más profundo de sus pulmones y presionó la grapadora contra su piel.
No contó, no se dio tiempo para pensar en el dolor que sentiría mientras accionaba el mecanismo y notaba cómo la primera grapa se clavaba en su piel.
Durante una fracción de segundo, el aire se le atascó en la garganta mientras grapaba rápidamente seis grapas más, tras lo cual dejó caer el aparato al suelo y se agarró al borde de la encimera para mantenerse en pie.
Apretó los dientes mientras respiraba soportando el dolor hasta que se atenuó lo suficiente como para enderezarse.
Este tipo de dolor era depurador, era bienvenido, y lo soportaría diez veces más si así se libraba de las batallas mentales de Maximus. El dolor físico ahogaba el tormento que le carcomía el pecho, las partes de su alma que el Corazón, su padre, había desmoronado.
Se colocó despacio una compresa limpia en el abdomen y la sujetó con esparadrapo que se envolvió en torno a la cintura mientras regresaba junto a la cama, a cuyo pie estaba su ropa, primorosamente doblada.
Vestirse fue un momento de agonía controlada. Cada movimiento le tiraba de las grapas y le provocaba nuevas oleadas de náuseas que le subían por la garganta. Cuando por fin se abrochó el último botón, tenía la frente y el labio superior perlados de sudor por detrás de la máscara.
La puerta se abrió sin que llamaran. El capitán Mikel estaba en el vano, oculto detrás de su máscara, que no revelaba nada del hombre que había debajo.
—Greyson —dijo, inclinando la cabeza—, el presidente le espera.
Greyson se percató del uso de su nombre de pila otra vez, de la falta de respeto y del sutil cambio en la actitud de Mikel. Las noticias volaban entre los Veyra. Había perdido todo el prestigio para ellos: el heredero que se había quitado la máscara, que había mostrado debilidad ante un enemigo.
«El hijo más débil de New Found Haven».
—En ese caso, no deberíamos hacerlo esperar —replicó Greyson con voz firme pese al fuego que le devoraba las entrañas.
Avanzó a zancadas hacia la puerta, obligando a sus extremidades a moverse sin demostrar ningún signo de dolor.
Se detuvo cuando dejó atrás al capitán—.
Y Mikel —dijo por encima del hombro—, sigo siendo el verdugo, no vuelvas a dirigirte a mí de manera informal.
—Sí, señor. —La respuesta de Mikel fue inmediata, y enderezó la espalda mientras asentía con la cabeza.
El pasillo del hospital se extendía por delante de él, increíblemente largo. Cada paso era una batalla contra la gravedad, contra la súplica desesperada de su cuerpo por tumbarse y rendirse. Greyson se concentró en su respiración, en poner un pie delante del otro sin vacilar.
No mostraría debilidad.
No de nuevo .
No se molestaron en limpiarle la sangre de la cara.
No les importaba el corte que le atravesaba la frente ni la sangre seca que le apelmazaba el pelo.
Shadera ni siquiera sabía si era su sangre o la de los Veyra a los que había matado la que le había dejado la piel pegajosa mientras la obligaban a entrar en el despacho del presidente en la Torre Haven.
Sentía las costillas como si las hubieran hecho papilla y cada respiración era como una hoja de sierra que le atravesaba el pecho, pero se mantuvo erguida mientras la empujaban para que avanzase.
El despacho era un monumento al poder, con paredes revestidas de obsidiana y cristal y unos ventanales con vistas a los decadentes anillos de la ciudad.
El zumbido de los aparatos tecnológicos flotaba en el ambiente, y el aire filtrado hacía que el olor metálico de la sangre que se aferraba a su cuerpo fuera más pronunciado.
Su corazón dio un vuelco al ver al hombre responsable de todas las tragedias que habían asolado su vida. La rabia se encendió en su corazón agitado, pero se la tragó. Seguía viva, y por un motivo. Descubriría ese motivo antes de tomar una decisión precipitada.
El presidente Maximus Serel estaba sentado a una mesa de trabajo del tamaño de una tumba, con la cabeza inclinada sobre un montón de documentos y holopantallas. Llevaba la máscara dorada pulida hasta alcanzar un brillo tan intenso que Shadera veía el reflejo de su cara maltrecha en la superficie.
El guardia Veyra la obligó a sentarse en una silla de respaldo alto delante de la mesa y luego se retiró y cerró la puerta doble, que sonó como si se cerrara de forma hermética.
Maximus no levantó la mirada. Firmó un documento con una pluma antigua y luego presionó el pulgar contra un escáner.
El silencio se prolongó, interrumpido únicamente por el dolor palpitante que la consumía.
No sería ella quien rompiera el silencio, no le daría ningún motivo para pensar que lo temía.
Al contrario, sopesó la idea de saltar por encima de la mesa y rodearle la garganta con las manos rotas, pero la magnitud de sus heridas era un lastre.
El presidente terminó con el papeleo, se recostó en el respaldo de su sillón y la miró en silencio. La máscara hacía que resultara imposible interpretar su expresión, pero Shadera sentía el peso de su atención con tanta certeza como el cañón de una pistola en la sien.
Cuando por fin habló, su voz era culta, refinada, pero carente de calidez.
—Eres Shadera Kael —dijo—. Una sanguinaria.
Ella se mantuvo en silencio.
—Los sanguinarios han matado a muchos de mis hombres en los últimos años.
Tú, en concreto, has destruido propiedades de los Veyra valoradas en millones de créditos.
Hace tres días intentaste asesinar a mi hijo.
—Dejó que las palabras flotaran en el aire, como si estuviera enumerando los artículos de una lista de la compra.
Ella frunció los labios.
—Haría cualquier cosa para que el Corazón sangrara.
Seguramente no fuera la respuesta más sensata si aspiraba a seguir con vida, pero tampoco esperaba llegar a cumplir treinta y un años al ritmo que llevaba.
La máscara del presidente se ladeó un poco.
—Has dañado el futuro de esta ciudad. Es una herida mucho mayor que cualquier otra que pudieras infligir con una bala. —Acto seguido, se puso en pie, con movimientos lentos y calculados, calibrados para causar efecto.
Rodeó la mesa y se detuvo justo delante de ella. Los ojos de la máscara la taladraron, reflejando el ardor animal de su odio. Sin previo aviso, Maximus se llevó la mano a la cara para quitarse la máscara, y el aire de la habitación pareció congelarse.
Shadera lo interpretó como lo que era: un intento de reafirmar su dominio, de hacer alarde de su poder. De decirle sin palabras que él era el Corazón y que estaba por encima de la ley.
Su cara no se parecía en nada a la de Greyson.
No había ni un atisbo de dulzura ni de humanidad.
Maximus Serel era una espada afilada hasta el extremo.
Pómulos pronunciados de piel tensa que le otorgaban el aspecto de un depredador.
Ojos de un gris incoloro que no revelaban nada.
Pelo de un gris perfecto, sin un solo mechón fuera de su sitio.
Arrugas que eran el testimonio de una larga vida marcada por victorias y más victorias.
La miró con la indiferencia de un hombre que examinara una nueva cepa de virus bajo el microscopio.
Shadera se obligó a enfrentar su mirada, negándose a apartar los ojos ni siquiera cuando resurgieron en su interior los viejos miedos de la infancia.
Siempre habían circulado historias sobre lo que Maximus les hacía a los rebeldes que capturaba antes de llevarlos al cadalso.
Sobre la tortura que les infligía antes de que exhalaran su último aliento delante de los ojos de toda New Found Haven.
El presidente se agachó y le agarró la barbilla, obligándola a levantar la cabeza. Sus dedos eran fríos, suaves; señal de una vida de lujos. Le volvió la cara hacia la izquierda y luego hacia la derecha, como si estuviera evaluando sus heridas.
—No te pareces en nada a lo que esperaba —dijo mientras la soltaba—. Recuerdo a tus padres. Eres el producto de la fraternización entre anillos.
Shadera contuvo un gruñido al oír sus palabras, y tuvo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para evitar que la rabia estallara por todos los poros de su cuerpo.
Se mordió la lengua para permanecer en silencio.
—¿Por qué sigues viva? ¿Lo sabes? —le preguntó el presidente, que cruzó los brazos por delante del pecho.
—No me importa —le soltó ella antes de escupir un coágulo de sangre sobre su zapato—. No le tengo miedo al Corazón, y no le tengo miedo a su cara sin máscara. No me asusta, señor presidente .
Maximus se acuclilló con elegancia y se limpió la sangre del zapato con un pañuelo que luego le tiró al regazo.
—No es a mi cara a lo que deberías tenerle miedo, Shadera Kael.
—Se enderezó—. Solo eres una cucaracha, y la única razón por la que no estás muerta es porque lo que vas a hacer a continuación me es de utilidad.
—Se dio media vuelta y se puso de nuevo la máscara mientras la puerta doble de su despacho se abría con un silbido.
Greyson Serel entró en la estancia, y el cuerpo de Shadera reaccionó antes que su mente. Se puso de pie de un salto, con un dolor punzante en el costado, mientras miraba al hombre al que le había disparado a quemarropa.
— Tú —le gruñó a Greyson mientras Maximus regresaba a su sillón al otro lado de su mesa.
Greyson enderezó la espalda, desviando la mirada hacia su padre y luego de vuelta hacia ella, su propia sorpresa claramente reflejada en su lenguaje corporal.
—¿Qué coño hace ella aquí? —masculló Greyson, y Maximus volvió la cabeza con brusquedad hacia él.