Sanguinaria (El Corazón 1) 10. No tienes elección
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10. No tienes elección

El mundo consistía en capas de blanco y gris, superpuestas unas sobre otras hasta que el recuerdo del dolor perdió todo su significado.

Cuando Greyson despertó, lo hizo al ritmo del fuerte latido de su propio corazón, que resonaba contra las baldosas esterilizadas, y con el penetrante olor a antiséptico inundándole las fosas nasales.

A su lado no había una madre preocupada apretándole la mano con demasiada fuerza mientras rezaba para que sobreviviera ni un padre nervioso.

Solo estaba él, en una habitación, acompañado por los lentos pitidos de las máquinas del hospital.

Abría y cerraba los ojos, y la habitación se expandía y se contraía a su alrededor con cada respiración.

Se dejó llevar.

A ratos era consciente de la delgada línea azul de la vía intravenosa que tenía en el brazo, de las sábanas impecables que se le ceñían al cuerpo, del zumbido industrial de las luces del techo.

A veces una enfermera aparecía en la periferia de su campo de visión; una imagen borrosa de manos pálidas y con una voz tan suave que le ponía la carne de gallina.

En una ocasión creyó que era su hermana, pero los ojos de la mujer eran demasiado amables.

Habían pasado tres días desde la bala. O quizá treinta. Los días se fundían unos con otros, medidos solo por el dolor que iba y venía por debajo de sus costillas, por la cadencia de los pasos en el pasillo, por el reloj que parecía no moverse nunca.

Flotaba a través de sueños de sangre, ceremonias y el rostro de la sanguinaria.

Ella lo miraba fijamente, con los ojos como dos fragmentos de cristal verdoso que solo reflejaban desprecio.

Luego se convertía en su padre, y luego en su hermano, y luego en una oscuridad que lo consumía todo.

Se despertaba jadeando, solo para descubrir que el mundo era menos real que el sueño.

No hablaba con las enfermeras, ni con los médicos, ni con los auxiliares que entraban para comprobar sus constantes vitales y reajustar los monitores.

Cuando le preguntaban por el nivel de dolor, mentía y decía que no le dolía nada.

Cuando le revisaban la herida, los miraba fijamente, con la mente volviendo al altar, al momento del desenmascaramiento.

Nunca había visto a nadie como ella, nunca había presenciado tal brutalidad y sed de violencia en ninguna mujer. Había luchado mejor que cualquiera de los Veyra con los que había entrenado y eso había hecho que el odio hacia ella se le clavara más hondo en los huesos.

Era una sanguinaria, un arma, y había que acabar con ella.

Lo haría él, como verdugo, y la idea le proporcionó una especie de satisfacción.

En ese momento se cerraría el círculo completo, una bala por otra bala.

La vida de un sanguinario extinguida. Pago con sangre por lo que le habían hecho a Brooker.

Una ejecución que haría justicia de verdad.

Soltó un largo suspiro, apartando la mirada del techo mientras se presionaba los dedos contra el cuello para sentir el latido constante e implacable de su propio pulso. Por más que deseara que la bala hubiese supuesto su muerte, el deseo de ser él quien la matara era mayor.

Un dron entró en la habitación y Greyson lo miró con los ojos entrecerrados mientras se colocaba sobre él para escanear su cuerpo.

Emitió tres pitidos con una luz verde parpadeante cuando una enfermera entró en la habitación.

La mujer no levantó la mirada de la tablet que tenía en la mano mientras la acercaba a la parte inferior del dron para descargar sus constantes vitales.

En sus labios apareció una sonrisilla satisfecha mientras dejaba la tablet en la mesita de noche que había junto a la cama y apartaba la sábana que lo cubría.

Sus manos eran hábiles y profesionales, y no demostró la menor repulsión por el rojo intenso de la herida ni por los moratones que le salpicaban el abdomen. Murmuró algo en señal de aprobación mientras comprobaba los puntos, la cicatrización y la ausencia de infección.

—Considérese afortunado —dijo en voz baja mientras le cubría la herida con un apósito nuevo—. No ha afectado a nada importante.

—Qué mala suerte —replicó Greyson, con la voz apagada por la máscara mientras veía las manchas de sangre fresca que se iban extendiendo por el apósito. Le gustaba el color, su forma de extenderse y de empapar el tejido, y le recordaba su propia fragilidad.

Los ojos de la enfermera se levantaron para encontrarse con los suyos, y la sonrisa profesional titubeó un instante, revelando algo parecido a la comprensión nadando en sus profundidades.

—Tendré que cambiarle el apósito de nuevo dentro de unas horas, pero se está recuperando estupendamente. El médico dice que podrá irse mañana por la mañana.

Greyson volvió a clavar la mirada en el techo.

—¿Cuándo podré reincorporarme a mis funciones?

—El médico recomienda por lo menos dos semanas de reposo antes de…

—No he preguntado qué recomienda el médico —la interrumpió, con un tono más cortante de lo que pretendía. Se obligó a suavizar la voz y soltó un leve suspiro—. ¿Cuándo podré reincorporarme a mis obligaciones físicamente?

La enfermera tragó saliva y apartó la mirada mientras volvía a cubrirle el abdomen con la sábana.

—Podría reincorporarse en unos días, pero no es aconsejable.

Greyson asintió con la cabeza una vez. Sabía que esas eran las preguntas que su padre haría. Cuanto más tiempo permaneciera en cama, más débiles parecerían los Serel. Le encantaría tomarse el tiempo recomendado, dejar que su cuerpo sanara, pero el presidente nunca lo permitiría.

La enfermera titubeó un segundo junto a su cama, observándolo mientras la mente de él se convertía en un hervidero de pensamientos.

—Yo… podría anotar en su historial que todavía hay hemorragia interna. Que necesita más tiempo para recuperarse.

Los ojos de Greyson se clavaron en los suyos y, por un instante, se miraron fijamente. Ella se había ofrecido a mentirle al Corazón por él, había visto algo en su semblante que reflejaba la confusión que reinaba en su cabeza. Esa sola frase podría costarle la vida.

—No, nunca te pondría en esa situación —contestó al fin Greyson, negando con la cabeza.

La enfermera cogió su tablet, inclinó la cabeza a modo de respuesta y miró brevemente por encima de su hombro antes de volver a dirigirse a Greyson.

—El doctor Knowles dice que es usted importante, y no solo por su apellido. Dice que la causa lo necesita, que hagamos todo lo posible para mantenerlo con vida.

Greyson sintió un nudo en la garganta al oír sus palabras y se le aceleró el pulso.

Abrió la boca para responder, pero las palabras murieron antes de que pudieran salir porque en ese momento entró el capitán Mikel en la habitación.

La enfermera retrocedió un paso, pegándose a la pared del fondo, con la mirada moviéndose frenéticamente entre ellos mientras el capitán se acercaba a la cama.

—Greyson —dijo Mikel con sequedad—, el presidente solicita su presencia en la Torre Haven de inmediato.

La enfermera dio un paso al frente, enderezando la espalda con coraje profesional.

—Todavía no puede irse. El médico no le ha dado el alta para…

Mikel extendió un brazo y la empujó con tanta fuerza que la mujer trastabilló hacia atrás y tropezó contra el carrito, haciendo que el instrumental médico cayera al suelo con gran estrépito.

Un calor punzante recorrió la piel de Greyson mientras se incorporaba despacio en la cama, sin hacerle caso al intenso dolor que le recorrió el abdomen.

—Discúlpate —le ordenó a Mikel entre dientes.

El capitán lo miró confundido.

—Ahora mismo.

Mikel se volvió hacia la enfermera e inclinó la cabeza fingiendo sinceridad.

—Por favor, perdona mis modales, no volverá a ocurrir.

Greyson se levantó de la cama en cuanto Mikel terminó de hablar. Sentía las piernas raras, como desconectadas en cierto modo, como si fueran de otra persona. Tres días de inmovilidad habían dejado sus músculos débiles y su equilibrio inestable.

Se volvió hacia la enfermera, juntando las manos a la espalda para ocultar los temblores.

—¿Me puedes traer la ropa, por favor?

La mujer titubeó un momento y luego se dirigió al armarito emplazado en un rincón. Sacó el uniforme negro de verdugo, planchado y limpio, sin rastro del agujero de bala ni de la sangre que lo había empapado.

—Señor Serel, por favor —dijo, insistiendo de nuevo mientras atravesaba la corta distancia que los separaba y colocaba la ropa sobre la cama—. Su herida podría reabrirse.

—Gracias —repuso Greyson en un tono tajante mientras le dirigía un último gesto de asentimiento—. Por favor, disculpadme mientras me visto.

La enfermera retrocedió un paso y bajó la mirada al suelo mientras Mikel abandonaba la habitación. No tardó en seguirlo; cerró la puerta al salir y se alejó a toda prisa por el pasillo.

Greyson esperó tres segundos antes de permitirse un tembloroso suspiro.

El esfuerzo de incorporarse le había provocado algún desgarro; tenía el apósito manchado con sangre fresca.

Se presionó la herida con la palma de la mano y sintió que el líquido caliente se filtraba entre sus dedos.

Sus ojos recorrieron rápidamente la habitación, buscando más apósitos, gasas o cualquier cosa que ocultara la hemorragia de posibles miradas indiscretas.

Lo último que necesitaba era que su padre viera pruebas de la herida. Se acercó a duras penas al armarito de suministros y empezó a abrir cajones, dejando manchas de sangre en los tiradores hasta que encontró lo que necesitaba. Esparadrapo, una grapadora cutánea y gruesas compresas blancas de gasa.