Sanguinaria (El Corazón 1) 9. Prefiero la muerte #2
18%

9. Prefiero la muerte #2

Los guardias la sacaron de allí a empujones; su cuerpo maltrecho chocó contra los barrotes metálicos mientras ellos la guiaban hacia el pasillo. El impacto le provocó una nueva agonía en la clavícula y, finalmente, se le escapó un quejido de entre los labios.

Shadera se había entrenado para esto. Se había entrenado para resistir la tortura y las palizas. Prefería morir antes que confesar cualquiera de sus secretos al Corazón.

A su espalda, los demás prisioneros empezaron a gritar, sus voces cada vez más elevadas, mientras Shadera gruñía a los guardias.

Su rodilla alcanzó la entrepierna del primer guardia, que se dobló sobre sí mismo, al tiempo que una segunda tanda de electricidad recorría cada músculo de su cuerpo.

Esta vez sus pulmones no pudieron contener un grito.

—¡Dejadla en paz!

—¡Quitadle las manos de encima!

Las protestas se extendieron como un incendio forestal.

Todas las celdas por las que pasó estallaron en gritos y aullidos, las manos estiradas a través de los barrotes, las caras descompuestas por la rabia y la desesperación.

Los guardias la sujetaron con más fuerza, clavándole los dedos en una carne que ya empezaba a amoratarse.

—Callaos de una puta vez —gritó uno de los guardias, que disparó una bala al techo mientras hacían un alto y miraban las celdas que los rodeaban en gesto de advertencia.

Por un instante, la prisión se sumió en el silencio, tan solo interrumpido por el eco de la bala.

Después, de entre la quietud, surgió la voz fina pero decidida de una mujer, que empezó a cantar.

Era una melodía antigua, pero Shadera la reconoció de inmediato y sintió que el pánico le cerraba la garganta.

«No, no», pensó para sí, buscando desesperadamente el origen de la voz entre las celdas. Esto provocaría el caos, causaría una masacre. Encontró los ojos de la mujer. Era la misma del ojo morado que se había sentado a su lado en la celda.

La prisionera 3421.

No dejó de cantar cuando Shadera la miró fijamente. No se trabó con ninguna palabra. Le dedicó un solo asentimiento a Shadera, se llevó una mano al corazón y empezó a cantar más fuerte.

—¡Silencio! —chilló el guardia, girándose hacia ella y apuntándola con su rifle. La mujer no dejó de cantar cuando un punto rojo se posó en el centro de su frente.

Shadera lo vio, el momento en el que la mujer aceptó su destino. El momento en el que echó los hombros atrás, se plantó por última vez contra el Corazón y levantó el mentón con gesto desafiante.

—¡No! —gritó Shadera abalanzándose hacia el arma—. Parad…

El disparo resonó en el ambiente al tiempo que los otros dos guardias la sujetaban por detrás.

Por un terrible instante, Shadera se quedó totalmente inmóvil, viendo cómo se desplomaba en el suelo el cuerpo de la mujer.

La sangre se deslizaba en tres surcos del agujero que había abierto la bala entre sus cejas.

Toda la prisión pareció contener la respiración.

El pecho de Shadera subía y bajaba en rápida sucesión cuando apartó los ojos del cuerpo sin vida de la mujer y descubrió que todos los prisioneros la miraban fijamente, con la mano en el corazón y el mentón en alto.

«No».

Una explosión melódica reverberó en los muros de la prisión cuando todos se pusieron a cantar.

Los prisioneros se hacían eco de su resistencia.

Le hacían una inclinación de cabeza como reconocimiento.

Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, sus voces se unieron en un coro que se extendió hasta los rincones de sus jaulas y sonó más allá del pasillo.

Era la canción de la resistencia, de la esperanza en plena desesperación, de la unidad ante la represión. Era el himno nacional del viejo mundo. La canción que se ilegalizó cuando se fundó New Found Haven.

Era más que una canción, era un grito de guerra .

Al oírlo acudieron más guardias, con las armas en posición. Rodearon a Shadera y apuntaron a los inocentes.

—¡He dicho silencio! —exclamó de nuevo el guardia cuando formaron a lo largo del estrecho pasillo.

Los prisioneros lo ignoraron y alzaron más la voz. El himno prohibido salía de sus gargantas al mismo tiempo que golpeaban los barrotes con los puños y pataleaban en el suelo al ritmo de sus voces. Todos desafiantes, asustados, firmes.

Shadera se quedó petrificada en el centro del enjambre de guardias mientras la canción fluía por su piel. Tenía el corazón henchido, pero la culpa y el miedo tensaban sus músculos. Las lágrimas empezaron a asomar al rabillo de sus ojos por la belleza desconcertante del momento.

Sentía cuánto valía su coraje, que hubieran decidido desafiar al Corazón sabiendo que solo les procuraría la muerte.

Eran valientes de una forma en que ella jamás lo había sido.

Ella solo había luchado por sí misma. Sin embargo, esa gente, esos desconocidos, estaban renunciando a toda posibilidad de sobrevivir por una rebelión.

Y todo porque Shadera había apretado un gatillo.

Todo porque ella se había atrevido a ejecutar al heredero del Corazón.

Nunca había presenciado una valentía así.

Algo se activó en su interior cuando vio que el guardia que estaba a su lado apretaba el dedo sobre el gatillo.

Se lanzó hacia delante, a pesar de la agonía que recorría cada centímetro de su cuerpo, desesperada por detener la masacre que sabía que iba a ocurrir.

Agarró el cañón del rifle al mismo tiempo que el guardia apretaba el gatillo hasta el fondo y consiguió moverlo hacia arriba. Pero fue demasiado tarde.

Demasiado tarde.

El sonido restalló en el espacio cerrado, y un prisionero de la celda de enfrente cayó al suelo. La sangre brotaba de su pecho como una flor macabra.

La canción se detuvo, una pausa momentánea por el terror, pero después continuó, más fuerte y desafiante que antes.

El guardia se giró hacia Shadera cuando esta le arrebató el arma de las manos más rápido de lo que se había movido en la vida.

Se hincó sobre una rodilla, presionó la culata contra su hombro y abrió fuego contra los guardias. Los Veyra caían uno tras otro.

Una porra se estampó en su pómulo y Shadera oyó cómo se partía; la cabeza se le inclinó hacia atrás.

Se esforzó por enfocar la vista, apuntó con el rifle hacia arriba y disparó en la carne blanda del mentón del guardia una bala, que le salió por la parte superior de la cabeza.

Unas manos la sujetaron por el cuello cuando el cuerpo del guardia cayó al suelo, y ella las arañó para quedarse con el arma, pero se la arrancaron de los dedos.

Las balas salían disparadas de las armas de todos los Veyra hacia las celdas; atravesaron carne y hueso con una facilidad enfermiza mientras a ella la arrastraban por el suelo cogida por la garganta.

Los cuerpos se desplomaban a su paso, voces silenciadas para siempre, pero el himno siguió sonando. Un toque de rebato para los caídos.

Shadera jamás los olvidaría.

Un grito de angustia y rabia, un aullido sin palabras, escapó de sus pulmones mientras pataleaba y se resistía al agarre de los Veyra.

—¡Matadme! ¡Prefiero la muerte! —chilló, las palabras arrancadas de lo más hondo de su cuerpo—. Soy yo a quien queréis. ¡Dejadlos en paz!

Shadera echó la cabeza hacia atrás. Su cráneo golpeó la máscara del guardia que la retenía y esta cayó al suelo. El hombre se lanzó a por su máscara y la soltó, y sus botas aterrizaron en el suelo manchado de sangre. Se abalanzó a por otro guardia.

Tenía que detener esto, tenía que salvar a alguien, a quien fuera.

Recibió otro golpe en la cara que la empujó hacia atrás. Saboreó la sangre, notó el crujido de su nariz al romperse, pero el dolor no era nada comparado con la matanza y la música que se desplegaba a su alrededor.

Un guardia la agarró del brazo, dejándole marca, y le hincó la punta de la bota en el estómago.

Shadera se encogió sobre sí misma cuando el hombre se la echó sobre el hombro y se giró hacia la salida.

Sus uñas se rompieron y sangraron al arañarle la espalda, mientras golpeaba la armadura con sus puños.

—¡Mátame! ¡Prefiero la muerte! —gritó de nuevo cuando la puerta de la cárcel se cerró de un portazo al paso de los Veyra.

Un sollozo se encajó en su pecho cuando vio a través de la ventanita cuadrada de la puerta de la cárcel que la masacre continuaba. El guardia la llevó al hombro por el pasillo; la canción y la ventana se fueron empequeñeciendo mientras las lágrimas caían por sus mejillas ensangrentadas.

Sería la única superviviente, de eso estaba segura. Sabía que este acto de brutalidad sería enterrado, oculto a los ojos de la ciudad.

Prefería morir antes que dejar que eso sucediera.

Apenas se percató de las puertas que atravesaron, los giros que tomaron, el ascensor al que subieron.

Solo podía concentrarse en ese único punto de odio recalcitrante que sentía por el hombre que la sostenía.

Por el sistema que lo había criado. Por el mundo que permitía que floreciera ese salvajismo.

El ascensor se detuvo y el Veyra bajó a Shadera de su hombro al tiempo que se abrían las puertas. Ella trastabilló, sus botas mancharon de sangre los suelos de mármol pulidos, pero el guardia la arrastró hacia las puertas dobles que había al final del pasillo.

—No podéis silenciarnos a todos —dijo Shadera con rabia; las palabras le sabían a sangre. El guardia se detuvo frente a las puertas—. No podéis matar a todos los que no pertenecen al Corazón y esperar que nadie se alce en contra.

El Veyra la miró fijamente un buen rato sin decir nada. Después levantó el puño y llamó a la puerta. La voz que respondió desde el otro lado le provocó un escalofrío de miedo.

—Pasa —dijo Maximus Serel, y las puertas se abrieron.