Sanguinaria (El Corazón 1) 9. Prefiero la muerte
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9. Prefiero la muerte

El mundo de Shadera se vio reducido a un ataúd hecho de hierro y podredumbre.

El tiempo era algo que sucedía en el exterior; en la celda, se encharcaba y cuajaba como el agua estancada, impregnando sus pulmones, sus músculos, su cráneo.

La humedad resbalaba por los muros de metal y se acumulaba alrededor de las patas del catre, tiñéndolo todo de mugre.

El resto de los prisioneros parecía que habían nacido allí: piel moteada y fina, ojos hundidos por la falta de sol y comida.

Se sentó en su catre, pegada a la pared y con las rodillas encogidas, con los antebrazos por encima, y trató de respirar lentamente para no delatar los temblores que sentía en el pecho cada vez que aspiraba oxígeno.

Sin duda se había partido, al menos, dos costillas, y la clavícula estaba jodida.

También sabía que se había hecho un esguince en algún músculo importante de la espalda, ya que el dolor irradiaba de esa zona cada vez que se movía.

Sin embargo, no torció el gesto. Ni un solo músculo del rostro de Shadera se inmutó mientras permanecía sentada en silencio.

Nunca oscurecía. Las luces del techo parpadeaban al ritmo de un corazón deteriorado, y contaba los segundos entre latidos para mantenerse despierta. La primera norma en cualquier encierro: no duermas a menos que confíes en la persona que tienes al lado.

Shadera no confiaba en nadie.

No estaba sola en la celda: había siete más, cuatro mujeres y tres hombres, apretujados con ella, encogidos en distintos estados de inconsciencia.

Todos llevaban la misma túnica roja y el número identificativo de sus crímenes pintado en negro en la manga.

Shadera bajó la vista a su mano izquierda, al nuevo tatuaje que tenía en cada uno de sus nudillos.

Cuatro números, uno en cada dedo. 9758. Se había despertado con él al recobrar el conocimiento en la celda.

Los nombres no importaban en este agujero infernal, Shadera lo sabía. Sabía que aquí, en el sistema, era la prisionera 9758 con el número de crimen 00. Doble cero. El peor crimen que se puede cometer.

El asesinato de un miembro de la élite del Corazón.

Esos dos números la consolaban. Al menos, si iba a morir, moriría con un Serel menos en el mundo. Moriría sabiendo que Maximus Serel ya no tenía herederos varones.

A la mujer que estaba a su lado (la prisionera 3421, según sus nudillos, acusada del crimen 17, según su manga) le habían dado tal paliza que tenía el ojo izquierdo hinchado y cerrado; el moratón se extendía por su pómulo como tinta derramada.

Respiraba de una forma entrecortada y superficial que podría indicar que le habían roto alguna costilla, o algo peor.

No tendría más de veinte años, pero la crueldad del Corazón la había envejecido y tenía el rostro demacrado.

Enfrente de ellas, había un hombre mayor sentado con la espalda pegada a los barrotes y los brazos alrededor de las piernas, que terminaban en muñones por debajo de las rodillas. La carne cauterizada le dijo a Shadera todo lo que debía saber sobre las técnicas de interrogación de los Veyra.

Su crimen era el número 23: reunión ilegal. Le habían cortado las piernas por reunirse con amigos.

Esta gente estaba hambrienta. Pero de verdad.

Sus pómulos se hundían en ángulo recto en rostros a los que se les había privado de todo lo amable, de todo lo humano.

El Corazón les daba la comida justa para mantenerlos con vida hasta la fecha de su ejecución, pero nunca lo suficiente para que recuperaran las fuerzas.

Incluso ahí, en su puta prisión, se aseguraban de que los anillos exteriores siguieran sufriendo.

La rabia estalló con fuerza en el pecho de Shadera cuando observó a un joven (apenas tendría dieciocho años, por su aspecto) intentando racionar las escasas gachas que les habían dado.

Le temblaban las manos del esfuerzo de sostener el cuenco metálico, pero se aseguró de que todo el mundo tomara una cucharada antes de hacerlo él mismo.

Crimen número 31: robo de comida. Seguramente había robado pan para su familia.

La furia empezó a crecer tras sus costillas reventadas, como el vapor en una tubería sellada. Esta gente no eran criminales. Eran personas que se habían atrevido a ser humanos en una ciudad que exigía que fueran ganado.

—¿Cuál es tu historia?

La voz sobresaltó a Shadera y la sacó de sus pensamientos. La mujer con el ojo hinchado la estaba mirando; la curiosidad brillaba en su iris bueno. Los demás también se giraron hacia ella, aguardando una respuesta.

Shadera los miró a los ojos uno a uno y vio la esperanza que trataban de ocultar. La esperanza de que tal vez, solo tal vez, alguno de los presentes hubiera hecho algo importante.

—Intenté matar a Greyson Serel —afirmó sin emoción alguna.

Un grito ahogado colectivo sonó por toda la celda, seguido de un silencio atónito que pareció absorber todo el aire de la prisión.

Entonces comenzó. Un murmullo se fue extendiendo.

Al principio solo eran susurros, que se elevaron a un tono frenético cuando los prisioneros asimilaron lo que Shadera acababa de decir.

—¿Intentaste matarlo? —El hombre sin piernas se inclinó hacia delante, con los ojos abiertos a medio camino entre el asombro y la desconfianza—. ¿Al mismísimo verdugo?

Shadera asintió una vez con la mandíbula apretada.

El hombre comenzó a gritar antes de que pudiera detenerlo para compartir la noticia con el resto de las celdas.

—¡Intentó matar al verdugo!

Como respuesta, empezaron a sonar voces por toda la prisión. Los encarcelados hacían preguntas a gritos, otros chillaban de júbilo, y había quien rezaba por que hubiese tenido éxito.

La mujer que estaba al lado de Shadera se acercó un poco más; el cambio de su postura parecía desesperado.

—¿Está muerto?

Shadera tragó saliva con dificultad; el recuerdo del rostro desenmascarado de Greyson apareció ante sus ojos. La forma en la que la miró en ese último momento, resignado y casi… aliviado .

—No lo sé —respondió con sinceridad—. Le pegué un tiro, pero lo apartaron de mí antes de que pudiera verlo morir.

La mujer asintió, y la comprensión se reflejó en sus rasgos amoratados.

—Aunque esté vivo, le hiciste daño. Le hiciste sangrar . —Una leve sonrisa asomó a sus labios—. Eso es lo único que importa. Eso es combustible para la rebelión.

—No lo he hecho como acto de rebelión. No lo he hecho por la causa —le espetó Shadera. No quería que pensara que era algún tipo de salvadora rebelde—. No soy una rebelde, soy una sanguinaria, y él solo era otro nombre más en un contrato.

Esa última parte era mentira, pero Shadera no podía decírselo. No quería decirles que fue algo personal, que habría intentado asesinarlo algún día, con o sin contrato.

—Esto lo cambiará todo —repuso el anciano, enderezando los hombros y alzando el mentón—. Con o sin contrato, cuando apretaste ese gatillo, diste el mensaje a los anillos de que los Serel no son intocables.

Gritos de conformidad se alzaron de las celdas colindantes; una oleada de desafío se extendió por los cuerpos maltrechos.

Por un instante, Shadera vio un destello del espíritu que el Corazón se empeñaba en aplastar con tanto ahínco: la voluntad inquebrantable de quienes habían sufrido demasiado para someterse por completo.

Unos pasos pesados resonaron por el pasillo, acompañados del crujido de las porras eléctricas.

—¡Silencio! —rugió un Veyra, golpeando la porra contra los barrotes. Saltaron chispas que iluminaron la máscara que llevaba pegada a la cara—. O entraré ahí dentro y os callaré yo mismo.

Pero los prisioneros hicieron más ruido, alzando la voz en un coro harapiento de rebelión. Golpeaban los barrotes con los puños, pataleaban y gritaban improperios a los guardias hasta que el mismo aire pareció estremecerse con la fuerza de su rabia.

Shadera abrió la boca para hablar, pero las palabras murieron en su garganta cuando un Veyra se plantó delante de su celda.

—9758 —ladró—. En pie.

Ella no se movió, ni siquiera parpadeó. Se limitó a devolverle la mirada con el mentón alzado en gesto desafiante.

—¡He dicho en pie!

Shadera se mantuvo sentada mientras los gritos de los encarcelados subían de volumen. La puerta de la celda se abrió de par en par con un chirrido oxidado, y entraron tres guardias con las porras y las pistolas preparadas.

El primero se lanzó hacia delante dirigiendo la porra hacia su cabeza.

Shadera se agachó, y el movimiento le provocó una punzada de dolor en las costillas rotas.

Antes de que pudiera recuperarse, el segundo la golpeó en el costado con la porra eléctrica, y podría haber jurado que, en ese momento, su alma abandonó su cuerpo.

La electricidad le recorrió todo el cuerpo, los músculos se contrajeron, los dientes atraparon la lengua con tanta fuerza que saboreó la sangre.

Su presión sanguínea se convirtió en fuego líquido que arrasó las terminaciones nerviosas hasta la médula.

Se derrumbó en el suelo, convulsionando de forma involuntaria, pero reprimió un grito.

Entre lágrimas, vio que el tercero apuntaba a los demás prisioneros con el arma, obligándolos a pegarse a la pared.

—He dicho en pie —gruñó el primero, golpeándola con la culata del rifle.

Sintió el impacto en la sien y su visión se transformó en un estallido de estrellas blancas.

Le pitaban los oídos como si alguien hubiese detonado una bomba dentro de su cráneo.

Notó la sangre caer caliente por un lado de la cara.

Shadera giró la cabeza poco a poco, rozando la mejilla contra el suelo de piedra, y esbozó una sonrisa ensangrentada.

No les daría lo que querían, jamás obedecería las órdenes de un Veyra.

Unas manos enguantadas la agarraron por los hombros, la levantaron y la pusieron en pie mientras ella se resistía. Las manos la sostenían con fuerza mientras la arrastraban hacia la puerta. Shadera pataleó sin miramientos, gruñendo al sentir dolor. No se iría sin luchar.