8. Las consecuencias #2
—¿Estás sugiriendo —empezó Maximus en un tono suave y peligroso— que mi hijo, mi único heredero con vida, debería sacrificarse por romper una ley que yo mismo creé? ¿En una ciudad que mi familia construyó?
De haber sido cualquier otra persona de cualquier otra familia, Maximus les habría metido una bala en la cabeza nada más verlos en la sala de ceremonias sin la máscara.
Pero no era el caso.
Un escándalo como este podía poner en peligro todo lo que él había construido, el poder que había acumulado durante toda una vida. Maximus no pensaba perder ese poder bajo ninguna circunstancia ni por ninguna ley.
—La ley… —insistió Clay, aunque ahora le tembló un poco la voz.
—¡Yo soy la ley! —rugió Maximus, acercándose tanto a Clay que sus máscaras estuvieron a punto de rozarse.
Clay se encogió y dio medio paso atrás. Incluso con la máscara, su miedo era palpable. Moraine permanecía quieta a su lado, su silencio más desafiante que las palabras.
—Si vuelves a sugerir que ejecute a mi hijo —continuó Maximus bajando la voz hasta convertirla en un susurro que pareció succionar todo el oxígeno del despacho—, levantaré un solo dedo y toda tu estirpe desaparecerá de la memoria del Corazón. ¿Queda claro?
Clay asintió con rigidez, mirando de reojo a su hija.
—No te oigo —presionó Maximus.
—Sí, presidente Serel —consiguió responder Clay—. Perdone mi… atrevimiento.
Elara dio un paso al frente con cautela, sin dejar de mirar al suelo, y habló.
—Hay un resquicio legal.
Todos los ojos se giraron hacia ella. Maximus apretó los dientes bajo la máscara.
—¿Qué has dicho?
Elara tragó saliva y enderezó la columna.
—Cuando hice el borrador de la ley de las máscaras, incluí provisiones para situaciones extremas.
Accidentes. Casos en los que la máscara se cayera en presencia de otra persona.
En esos casos, los involucrados podrían elegir: ejecución o tomar los votos entre ellos, pues se han visto las caras.
—Se estrechó las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos—.
No podemos demostrar que Greyson se quitó la máscara por voluntad propia.
Puede que se le cayera durante la pelea.
Se hizo el silencio cuando comprendieron lo que aquello implicaba.
Maximus sabía que no era el caso, sabía que Greyson se la había quitado porque así lo había querido. Vio la máscara en las manos de su hijo, vio que la tiró al suelo como si se ofreciera voluntario a cumplir su destino.
—¿Está sugiriendo —dijo Moraine con la voz trémula de la rabia— que Greyson debería tomar los votos con esa escoria del Perímetro?
—Estoy exponiendo las opciones legales —replicó Elara con la voz algo más firme—.
Greyson podría verse obligado a tomar los votos con la mercenaria en vez de enfrentarse a una ejecución, es lo que estipula la ley para él como parte de la élite.
Si así fuera, la sanguinaria recibiría clemencia por defecto.
Moraine soltó un quejido estrangulado por detrás de la máscara. Clay estiró la mano para contener a su hija.
—¡Esto es un ultraje! —Clay apretó los puños—. ¡No permitiré que dejen de lado a mi hija por una criminal!
Maximus se quedó inmóvil de repente y se giró para mirarlo a la cara.
—De nuevo, das por hecho que me importa tu opinión. De nuevo, me hablas con desdén.
El silencio que sobrevino fue absoluto.
—Clay Daunt —continuó Maximus—, te sugiero que consideres con cautela cuál es tu lugar. Tu esposa… ¿no está recibiendo el mejor de los cuidados médicos que puede proveer el Corazón para su enfermedad?
Clay tragó saliva.
—Sí, señor presidente, así es.
—¿Cuánto crees que aguantaría sin esos cuidados? ¿Una semana? ¿Un día? —Maximus no esperó una respuesta—. ¿Cuánto crees que duraría Moraine en el Perímetro antes de que empezaras a vender su cuerpo para conseguir comida?
Moraine abrió mucho los ojos bajo la máscara y Clay se colocó delante de ella. Maximus sonrió al ver en sus iris que comprendían la situación.
—Verás, Clay, hay destinos peores que la muerte para un hombre como tú. Dios no es el único que decide cuál es. Yo también —afirmó, lanzando la amenaza con precisión.
—Por supuesto, presidente Serel. Solo queremos defender la santidad de la ley.
—Igual que yo. —Maximus señaló la puerta—. Podéis marcharos, y tal vez podríais daros una vuelta por el Perímetro para ayudaros a decidir a quién sois leales.
Los Daunt se marcharon con tanta dignidad como les fue posible; la espalda de Moraine estaba rígida de indignación al cruzar la puerta.
Cuando la cerraron a su paso, Maximus esperó tres segundos para asegurarse de que se habían ido de verdad y, acto seguido, se arrancó la máscara dorada de la cara y la lanzó al otro lado del despacho.
Acertó en una vitrina de vidrio con una fuerza tan demoledora que la hizo añicos, y miles de pedacitos resplandecientes llovieron sobre el suelo pulido. Elara se encogió y, por instinto, dio un paso atrás hacia la ventana, donde Lira le envolvió el antebrazo con los dedos.
—De todos los momentos en los que mostrar debilidad —gruñó Maximus, su cara al descubierto retorcida por la rabia—, de todos los momentos en los que venirse abajo, ¿lo hace ahora? ¿Cuando una sanguinaria le apunta con una pistola en la cabeza?
Elara permaneció en silencio. Sabía que era mejor no hablar sin permiso cuando su marido estaba en ese estado.
Maximus se giró hacia su mujer y clavó los ojos en el rostro enmascarado de Elara.
—Ese resquicio legal —dijo en voz baja—, ¿estás segura de que es irreprochable?
Elara asintió.
—Lo escribí yo misma. Nunca se ha puesto en duda.
—Padre —intervino Lira con cautela.
—Ahora no, Lira —repuso él tajante.
—Pero tienes que considerar una cosa —insistió ella, con una voz más firme que la de su madre—. Lo que nos ofrece la sugerencia de madre además de cumplir con la ley.
Maximus se giró lentamente con los ojos entornados.
—¿El qué?
Elara se acercó un poco más, envalentonada por el coraje de su hija.
—Si Greyson toma los votos con la chica sanguinaria —explicó con sumo tacto—, podría beneficiarnos. Una unión política entre el Corazón y el Perímetro. Daría a entender que podemos doblegar hasta la resistencia más violenta.
El presidente se quedó callado, pensativo.
—Continúa.
—Descubrimos qué es lo que más valora ella y lo usamos en su contra, lo usamos para que nos obedezca.
La convertiremos en una portavoz del Corazón, que los rebeldes vean a una de las suyas en la familia Serel.
Con ella podríamos calmar a los sanguinarios, tal vez incluso identificar los bastiones rebeldes repartidos por los anillos.
—Sería un alarde de poder sin parangón —añadió Lira—. Dejarías claro que el Corazón puede domar hasta su arma más letal.
Maximus se paseó de lado a lado del despacho, pisando sin miramientos el cristal hecho añicos.
Su mente repasaba todas las posibilidades, calculaba los posibles resultados.
Nadie del estatus de Greyson había quebrantado nunca la ley de las máscaras, por lo que la solución debía ser tan definitiva como pública.
—Los inminentes votos entre Greyson y Moraine no se habían hecho públicos, lo que significa que, para las demás élites, jamás existieron —siguió Elara—.
Por supuesto, los miembros del consejo están al tanto debido a su…
papel en ellos, pero podemos hacerles entender lo importante que es para el interés general que nunca se mencione el tema.
Si anunciamos que, por primera vez en la historia, vamos a retransmitir para toda New Found Haven la ceremonia en directo en la que la asesina toma los votos voluntariamente, nadie cuestionaría su validez.
Una sonrisa aterradoramente calculadora se abrió paso poco a poco por la cara de Maximus.
—Mi inteligente esposa. Siempre encuentras la forma de sacar provecho de los desastres.
Elara permaneció totalmente quieta, sin reaccionar al insólito halago.
—¿Quieres que lo prepare todo?
—Sí. —Maximus se dirigió a su escritorio; ya estaba esbozando planes—. Cuando Greyson despierte, hablaré yo con él. La sanguinaria debe permanecer con vida hasta entonces.
Elara asintió y se dirigió a la puerta, con los pasos cautelosos de una mujer que camina sobre hielo fino, y Lira la siguió.
—Elara —la llamó Maximus.
Esta se giró; la máscara reflejó el prisma de colores del cristal destrozado.
—Si esto fracasa —dijo con suavidad—, será culpa tuya. —Maximus no levantó la vista al decir las palabras, simplemente dejó que aterrizaran con la intención pretendida.
La puerta se cerró tras ellas con un susurro de irreversibilidad, y el presidente se acercó a la ventana.
En el reflejo del cristal, los labios de Maximus se curvaron en una sonrisa que no tuvo eco en su mirada.
Por primera vez, podría aprovecharse de la debilidad de Greyson.
Se quedó mirando la ciudad, los anillos perfectamente concéntricos que separaban a los ricos de la bazofia, todos ajenos a las maquinaciones que se estaban llevando a cabo en la torre más alta.
Por ahora, al menos, el equilibrio de poder seguiría su curso. Y Maximus Serel pretendía mantenerlo, costase lo que costase.