Sanguinaria (El Corazón 1) 8. Las consecuencias
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8. Las consecuencias

Greyson le mantuvo la mirada a Shadera mientras dejaba caer la máscara de sus dedos, tintineando contra el suelo.

El sonido del metal chocando con el mármol resonó en la sala como un latido final.

Por un instante, todo quedó petrificado: los Veyra con los dedos en los gatillos, Moraine Daunt tapándose el hueco de la boca con la mano, hasta el mismísimo aire pareció cristalizarse alrededor de todos.

Greyson no se giró para mirar a su padre.

Sus ojos permanecieron fijos en los de Shadera, sintiendo que una extraña calma caía sobre él como una nevada.

Se había acabado. Era el fin. Se habían acabado las ejecuciones.

Se había acabado el seguir fingiendo. Se había acabado la lealtad a un sistema que le había consumido el alma.

La bala en su vientre era su liberación.

—¡Greyson! —El chillido de Elara cortó el silencio cuando se abrió paso entre los Veyra y corrió en su dirección.

A él el grito le sonó apagado, amortiguado como un quejido distante en algún punto de la ciudad.

Notaba que se mareaba; un hormigueo se abría paso en sus extremidades, haciéndoles perder la sensibilidad.

Elara se dejó caer de rodillas junto a Greyson y él se permitió desplomarse contra su pecho mientras ella presionaba sus heridas con las manos.

Los Veyra empezaron a moverse, las armas apuntaron a la cabeza de Shadera, pero entonces la voz del presidente restalló en la sala, como un látigo.

—¡Esperad!

La orden de su padre hizo que los guardias se paralizaran. Maximus se abrió paso entre ellos; la máscara dorada reflejó la luz al acercarse a su hijo.

—¿Qué has hecho? —Las palabras de Maximus estaban a medio camino entre el rugido y el jadeo, mientras miraba a Greyson y Shadera alternativamente.

Greyson no estaba seguro de si se refería a la máscara que se había quitado o a la bala que ella le había disparado en el abdomen. Conociendo al presidente, le preocupaba más lo de la máscara.

Su padre empezó a ladrar órdenes a los Veyra.

—¡Sacad de aquí a la familia Daunt y llevad a mi hijo al hospital! —Se giró hacia Shadera con los labios curvados en una mueca de desdén—. Y meted a esa escoria sanguinaria en el agujero.

Los Veyra se movieron en formación y rodearon a Shadera con las armas alzadas; los puntos rojos aumentaron de tamaño mientras Greyson seguía sin apartar la vista. Aun así, ella siguió apuntándole a la cabeza, sin miedo en los ojos. Eran un pozo sin fondo, no se arrepentía de nada.

Greyson deseó que no hubiera dudado.

Un guardia la placó por detrás; el arma se le escapó de las manos y se deslizó por el suelo. Shadera luchó como un animal arrinconado, con una fiereza que Greyson jamás había presenciado.

Por un solo segundo, se le oscureció la vista, pero la luz volvió el tiempo suficiente para ver la mano de su padre sobre el brazo del capitán Veyra, ordenando que pusieran a los Daunt en cuarentena. Se le nubló de nuevo la vista, de negro a una luz tenue, y negro de nuevo.

Greyson no llegó a oír la llegada del equipo médico.

Comprendió, mientras levantaban su cuerpo del suelo de mármol ensangrentado, que el ruido del mundo se había apagado y que lo único que quedaba era el lento latido de su propio corazón.

Sentía frío, desconcierto, ligereza, cuando se sumió en lo más profundo de su mente.

Su mente era un lugar oscuro y retorcido que en ocasiones hasta lo aterrorizaba.

Era un lugar donde no prosperaban la luz ni la felicidad.

Los recuerdos flotaban como cuerpos en una inundación, llenos de garras que se clavaban en su carne para arrastrarlo al infierno.

Dejaría que lo hicieran, por supuesto. Los recuerdos se mezclaban, eran fantasmas del pasado y del presente.

Caras sin máscaras, gente que había asesinado.

Gente que no había logrado salvar. Cada ejecución se había llevado un trozo vital de su persona hasta quedar hueco por dentro, una vasija vacía en manos del Corazón.

Tenía siete años la primera vez que vio a su padre matar a un hombre.

Habían traído al rebelde a la residencia privada de la familia, le habían dado una paliza para sonsacarle información, pero seguía mostrándose desafiante.

Greyson recordaba que su padre se había quitado la máscara dorada y la había dejado con delicadeza en el escritorio, como si fuera algo demasiado preciado para ensuciarlo con la sangre de alguien tan inferior.

Maximus envolvió el mentón de Greyson con los dedos y le mantuvo fija la cabeza cuando colocó la pistola entre los ojos del hombre y disparó sin vacilación.

La sangre salpicó la moqueta impoluta y algunas gotas cayeron en la cara y en la ropa de Greyson.

—Así mantenemos el orden —le había dicho Maximus con voz firme mientras se recolocaba la máscara—. Un Serel no duda, un Serel no muestra misericordia. Un Serel no mira hacia otro lado.

Greyson lo recordaba, y recordaba todas las muertes desde entonces.

La penumbra se agitó, los recuerdos dieron paso a las sensaciones. Era consciente del movimiento, de unas sacudidas violentas. Alguien lo estaba moviendo, unas manos hacían presión en la herida del estómago. El dolor aumentó, luego remitió, y después resurgió más fuerte e intenso.

Oyó la voz de su madre, aguda e histérica, exigiendo que lo salvaran. Que salvaran al heredero. Que salvaran el legado.

No que salvaran a su hijo. Eso nunca .

Una luz le apuñaló los párpados. Eran luces de hospital; el techo blanco se sucedía sobre su cabeza mientras lo trasladaban en camilla por los pasillos.

La voz de su padre atravesó la neblina; estaba amenazando al personal médico con ejecutarlo si se filtraba una sola palabra de lo sucedido. Las palabras acompañaron a Greyson a la oscuridad, cuando la consciencia volvió a escapársele, solo lo que dura un suspiro, o eso fue lo que le pareció.

Cuando recobró el sentido, todo sonaba fragmentado. Pillaba trozos de conversaciones, sentía tubos metidos en las venas, oía el pitido constante de las máquinas que monitoreaban su reticente supervivencia.

Su cuerpo luchaba por vivir mientras su mente ansiaba la quietud de la extinción.

«Está bajando la presión arterial». «Más fluidos…». «La bala no ha rozado nada vital»…

Greyson perdió el conocimiento de nuevo y se hundió todavía más en sí mismo. En las tinieblas encontró un extraño consuelo. Siempre le había pasado. Allí no había máscaras ni expectativas ni leyes del Corazón que cumplir. Solo silencio; un silencio precioso y sereno.

El silencio se vio interrumpido por una nueva voz, más cortante que las anteriores.

—Que salga de aquí todo el mundo. Ahora.

A través de los resquicios de sus párpados, Greyson distinguió la silueta de un hombre con bata quirúrgica. La máscara le cubría la mitad inferior del rostro. No era la máscara propia del Corazón, sino la de los médicos.

—Presidente Serel, con todos mis respetos, no puedo operar si le tengo respirándome en el cogote.

La voz de su padre llegó de algún punto detrás de él.

—Operará en las condiciones que yo le dicte, doctor Know­les.

—Entonces prepárese para ver morir a su hijo. —Eran palabras llanas, clínicas.

«Sí. Sí, déjame morir». Trató de abrir los ojos.

—La bala está fragmentada. Necesito espacio y concentración —añadió el doctor Knowles.

La habitación se sumió en un tenso silencio, interrumpido únicamente por el pitido constante de las máquinas. Después los pasos de su padre que se retiraban, seguidos de otros.

Greyson sintió un pinchazo agudo en el brazo y una calidez que se extendió por sus venas. El médico se inclinó y bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—Sé lo que hiciste el mes pasado en el Cardinal. Los suministros médicos que aparecieron en la clínica. Reconocí los números de serie. Gracias, salvaste diez vidas.

Greyson intentó enfocar la cara del hombre, pero la medicación lo dejó inconsciente antes de que pudiera responder. Después, la oscuridad lo engulló por completo.

Maximus Serel entró dando zancadas en su despacho de la Torre Haven; la máscara dorada brillaba bajo la tenue luz y lo sofocaba.

Por debajo, tenía la mandíbula apretada y luchaba con todas sus fuerzas para no arrancársela de la cara.

A su espalda, le seguían Clay y Moraine Daunt, con unas máscaras que eran reflejos perfectos de la tradición del Corazón.

Elara y Lira ya se encontraban allí, junto a la ventana, en tensión y con gesto preocupado.

—¡Esto es un ultraje! —La voz de Clay Daunt ocupó toda la habitación al tiempo que se cerraba la puerta a su paso—. ¡Una asesina sanguinaria en la cámara de los Votos! ¡Su hijo se ha quitado la máscara delante de ese parásito!

Maximus se giró lentamente. La intensidad de su mirada bastó para que Clay diera un paso atrás.

No pensaba responder a esa vergüenza de hombre.

Clay era débil, siempre lo había sido. No tenía estómago ni para retener el desayuno si veía una ejecución y su cerebro era demasiado aburrido para servirle de algo al Corazón.

Lo único bueno que tenía era el dinero y una hija en edad de reproducirse que, aparentemente, le había robado todo el coraje el día que la concibió.

—Entiendo tu preocupación —dijo midiendo cada palabra.

—¿La entiende? —interrumpió la voz de Moraine, más acusadora que la de su padre—. Esto va más allá de la preocupación, presidente Serel. Me prometieron al heredero del Corazón y ahora su hijo se ha contaminado. Ese…, ese animal le ha visto la cara.

Maximus se quedó totalmente quieto, aunque la insolencia de Moraine aumentó la rabia que sentía.

—Elige bien tus próximas palabras, Moraine.

—La ley lo deja claro —intervino Clay—. Cuando el rostro de alguien queda expuesto más allá del vínculo sagrado de los votos, renuncia a la vida. Ambas partes deben ser ejecutadas.

Maximus apretó el puño y, después, poco a poco, destensó los dedos, deseando tener un arma en la mano para metérsela a Clay en el gaznate y apretar el gatillo. Sus métodos, su poder, se habían cuestionado demasiadas veces esta semana.