7. Hazlo
La sala privada de ceremonias de la Torre Haven estaba vacía y expectante; sus techos abovedados se curvaban como las costillas de alguna bestia violenta.
Los suelos pulidos de color lechoso reflejaban el brillo de las velas ceremoniales; las llamas danzaban en una quietud perfecta, como si no se atrevieran a molestar la santidad del lugar.
Greyson llegó cuarenta minutos antes, como solía hacer en todos los actos oficiales. El control empezaba con el tiempo.
Recorrió el perímetro de la sala circular, contando sus pasos a cada vuelta. Trece pasos de diámetro. Veintiséis pasos de circunferencia. Sus manos trazaron el contorno del altar central donde, en menos de una hora, quedaría unido para siempre a Moraine Daunt mediante los votos sagrados.
Los velos idénticos descansaban en sus pedestales a ambos lados del altar; uno blanco y otro negro, los dos tejidos con hilo de platino que reflejaba la luz como un relámpago atrapado. En cuanto levantaran esos velos, en cuanto se vieran el rostro el uno al otro, no habría vuelta atrás.
La ley lo dejaba claro: ver era poseer, conocer era adueñarse. Los votos ceremoniales no solo eran una tradición, eran los cimientos del orden social del Corazón.
Greyson se acercó a la ventana oeste y contempló la ciudad que se extendía a sus pies.
A esa altura, hasta la decadencia del Perímetro parecía bonita bajo el sol del atardecer, como una herida sanándose en los bordes de algo vital.
Presionó una mano contra el cristal y sintió el frío penetrando en su piel.
La familia Daunt, cuya riqueza se remontaba a varias generaciones, precedía incluso a la dinastía Serel en alguna rama bastarda del viejo mundo.
Su hija era famosa por su lealtad y su absoluta devoción a la pureza del Corazón.
Greyson la había conocido una vez, en un acto tan exquisitamente aburrido que se pasó casi toda la noche pensando en la mejor forma de quitarse la vida con el tenedor de la ensalada.
Moraine tenía una voz monótona, unos ojos matemáticos y calculadores, y nunca sonreía.
Harían una pareja perfecta, dos máscaras desprovistas de almas.
Se pasó una mano por el pelo para colocar cada mechón en su sitio, le dio la espalda a la ciudad y regresó lentamente al altar.
Se preguntó, y no era la primera vez, si Brooker habría sentido alguna vez esos nervios y esa anticipación, o si simplemente lo había compartimentado, embotellado y permitido que se pudriera en algún lugar oscuro de su interior.
Nada inquietó nunca a Brooker, o, si lo hizo, no lo mostró.
Greyson se quedó de pie en el centro de la sala, cerró los ojos y enderezó los hombros, dejando su mente en blanco salvo por un solo imperativo: «Aguanta».
Muy por encima de Greyson, escondida en las sombras del sistema de calefacción, ventilación y aire acondicionado, Shadera Kael contuvo la respiración.
Llevaba horas ahí metida, con el cuerpo contorsionado en el reducido túnel de metal que recorría los techos, y sus músculos empezaban a protestar.
A través de las rendijas estrechas del conducto de ventilación, había observado cómo preparaban la sala: varios guardias Veyra revisaron hasta el último rincón en busca de algo de contrabando y después se marcharon sin lanzar ni siquiera una mirada en su dirección.
Había observado a los trabajadores mientras colocaban las velas en ángulos perfectamente geométricos, disponían los velos en su sitio y pulían cada superficie hasta que todo quedó reluciente.
Y ahora observaba a Greyson, que se alzaba como una estatua silente en medio de la sala.
Shadera cambió de postura, y el conducto de metal crujió levemente bajo su peso. La cabeza de Greyson se giró al oírlo, y su rostro enmascarado se volvió hacia el techo.
El tiempo se alargó.
Shadera tomó una decisión en el silencio de un suspiro.
De una fuerte patada desencajó la cubierta del conducto y se dejó caer del techo de forma controlada, aterrizando agazapada junto a la cubierta que cayó al suelo con estrépito a su lado.
Antes de que Greyson pudiera reaccionar, estaba en pie, con la daga en la mano y lista para atacar.
Él se tensó y saltó como un resorte al girarse para encararla. Algo brilló en sus ojos al reconocerla, no su cara, sino lo que era. Una sanguinaria.
—Eres muy valiente o muy estúpida —dijo en voz baja y firme. No echó mano a sus armas—. Toda la guardia Veyra estará aquí en unos minutos.
Los labios de Shadera se curvaron en una sonrisa salvaje. Solo necesitaba unos segundos.
—Tiempo de sobra para arrancarte el corazón, Serel.
Se lanzó hacia delante, cortando con la daga el aire donde un instante antes se encontraba su garganta.
Greyson se alejó más rápido de lo que había esperado y le clavó el codo en las costillas cuando giró para esquivarla.
Ella sintió que el dolor se extendía por su costado, pero había nacido en el dolor y se había criado en él.
Shadera empezó a dar vueltas a su alrededor, sintiendo cómo la sangre surcaba por sus venas; él se limitó a juntar las manos por detrás de la espalda y permitírselo.
—¿No te dignas a pelear, Serel? —le provocó—. ¿Solo eres un cobarde que se esconde detrás de una máscara?
Amagó a la izquierda en cuanto las palabras abandonaron sus labios y, acto seguido, dirigió el cuchillo a su abdomen.
En un movimiento fluido, Greyson separó las manos y le sujetó la muñeca en pleno ataque, retorciéndosela hasta machacarle los huesos. La daga cayó al suelo de mármol con un ruido metálico.
—Voy a matarte —afirmó él a través de la máscara con una voz fría como el hielo.
La carcajada de Shadera se convirtió en un rechinar de dientes cuando le estampó la frente en la cara.
La máscara absorbió la mayor parte del impacto, pero Greyson dio un paso atrás y la soltó, al tiempo que la nariz de Shadera empezaba a sangrar.
De una patada rabiosa al esternón ella lo lanzó contra el altar ceremonial. Recogió el cuchillo del suelo.
—Ni de puta coña —gruñó.
Los velos cayeron al suelo cuando Greyson rodó por el altar, pero volvió a ponerse en pie blandiendo con fuerza su propia daga. La sangre le manaba por debajo de la máscara, ahí donde el impacto le había roto el labio, y la escupió al suelo impoluto.
Chocaron como frentes de tormenta, hoja contra hoja, cada golpe testigo de un entrenamiento letal.
Greyson se movía con una elegancia inesperada, y cada ataque era acompañado de un contraataque.
Tenía más alcance que ella, pero Shadera era más rápida y se atrevió a acercarse lo suficiente para causarle un corte poco profundo en el antebrazo.
Como respuesta, Greyson hizo un barrido a poca altura que estuvo a punto de cortarle las piernas. Shadera dio un salto y giró en el aire, pero el puño de Greyson le acertó en el riñón cuando aterrizó en el suelo. Ella sintió el dolor por toda la espalda, intenso y depurador.
Se le nubló la visión, el oxígeno abandonó sus pulmones por el golpe, pero se recobró con una velocidad rabiosa y lanzó hacia arriba su puño. Le alcanzó en la mandíbula, y la cabeza de Greyson se dobló hacia atrás con un chasquido reconfortante.
Él se abalanzó sobre Shadera y la empujó contra la pared, haciendo que perdiera el cuchillo que tenía en la mano.
El impacto le provocó una descarga de dolor por toda la columna y, a continuación, ella notó que Greyson le clavaba el antebrazo en la garganta y su daga encontraba un hueco blando entre las costillas.
Las palabras de Jaeger sonaron en su cerebro cuando jadeó por el dolor que sentía en el costado.
«No lo subestimes, Kael».
Sin atisbo de duda, con toda puta certeza, estaba clarísimo que Shadera lo había subestimado.
Le dio un rodillazo en la entrepierna. Greyson se dobló sobre sí mismo y relajó el agarre lo suficiente para que ella pudiera zafarse y clavarle el codo en la sien.
Gruñó al sacarse la daga de Greyson del costado, la volteó en el aire y la atrapó con el puño.
—No peleas mal para ser el perrito faldero del Corazón —admitió, escupiendo sangre al suelo.
Ahora era Greyson quien trazaba círculos a su alrededor con una actitud depredadora, sacándose otra daga de algún sitio detrás de su espalda.
—Y tú estás bien entrenada para ser escoria del Perímetro.
Volvieron a chocar; las hojas rechinaron una contra otra.
El acero besó al acero mientras intercambiaban golpes demasiado rápidos para registrarlos; sus cuerpos se movían como un baile violento.
Shadera sintió que la embargaba el ritmo que tan familiar le resultaba: una claridad perfecta del combate, donde no existía más que el siguiente golpe, el siguiente aliento.
Una cuchillada con suerte le acertó en el bíceps y le abrió un tajo profundo que no tardó en teñirle de rojo la manga. Siseó, pero se cambió la daga de Greyson a la otra mano sin perder un instante.
—¿Ya estás cansada, sanguinaria? —se burló Greyson, aunque él mismo empezaba a respirar entrecortadamente.
—Qué más quisieras —rugió Shadera.
Se lanzó a por él, haciendo amago de atacar por arriba para después dejarse caer, de forma que le pilló desprevenido.
Su cuchillo encontró la corva de la rodilla, donde atravesó tela y carne.
Él rugió de dolor, pero no cayó. Giró sobre su pierna buena y le clavó el codo en la clavícula con una fuerza demoledora.
Algo se partió. Una agonía blanca y candente estalló en el pecho de Shadera. Se apartó dando bocanadas mientras Greyson caminaba hacia ella, dejando un surco de sangre con cada paso que daba.
De nuevo se abalanzó sobre él, pero Greyson estaba preparado. La atrapó al vuelo y aprovechó el impulso para lanzarla al altar. El mármol se resquebrajó con el impacto, y Shadera sintió que algo se rasgaba en su interior. Se le nubló la vista y la oscuridad se asomó a los bordes.
Greyson se cernió sobre ella y le llevó la daga a la garganta.
—¿Quién te envía? —exigió saber.
Shadera sonrió con los dientes ensangrentados.
—Que te jodan.
Con un arranque a la desesperada, Shadera deslizó la mano hasta el muslo y sacó su última arma: la pistola reglamentaria Veyra. Sin dudarlo, la acercó al vientre de Greyson y disparó.
El disparo silenciado no fue más que un carraspeo.
Greyson dio un traspié y la soltó en cuanto el dolor se extendió por su abdomen. Trastabilló hacia atrás con una mano en la herida. Shadera rodó hasta alejarse del altar mientras él resbalaba con la sangre derramada de su pierna y caía de rodillas.
El arma apareció clara y nítida entre los huecos para los ojos de su máscara. Greyson se quedó inmóvil; la sangre manaba de sus heridas, el pecho subía y bajaba.
En la distancia oyó unas botas recorriendo el pasillo. Eran los Veyra, venían a salvar a su preciado heredero. Shadera sabía que tenía pocos segundos de margen.
—Suplica —susurró con la voz temblorosa por la rabia—. Suplica como ellos te suplicaron.
Para su sorpresa, Greyson se irguió y enderezó los hombros a pesar del dolor.
—Hazlo —repuso con una voz espeluznantemente tranquila.
Ella lo miró fijamente y frunció el ceño ante una rendición tan sencilla. ¿Le estaba suplicando la muerte?
—¿Qué? —jadeó, acercando el dedo al gatillo.
—Que lo hagas, joder —repitió.
Antes de que Shadera pudiera reaccionar, Greyson hizo algo que ella jamás habría esperado. Estiró la mano, la sangre resbalando por sus dedos, y se quitó la máscara.
El rostro de obsidiana se levantó y dejó a la vista unos rasgos tallados en sombra y luz: pómulos marcados, mandíbula fuerte, ojos del color del cielo invernal. Le caía sangre del labio partido, pero tenía una mirada clara, casi en paz.
Shadera se quedó inmóvil, sin dejar de apuntar entre esos dos ojos inverosímilmente azules. La ley más sagrada del Corazón… se había roto ante ella. Verle la cara era una sentencia de muerte para ambos.
Las puertas se abrieron de par en par.
Los Veyra entraron en la sala con las armas en posición. Shadera oyó cientos de mecanismos de seguridad al abrirse, cientos de puntos rojos desperdigados por su cuerpo como una constelación letal.
Las familias Serel y Daunt llegaron poco después de los Veyra. Todos se quedaron horrorizados al ver la escena: Greyson Serel desenmascarado delante de una asesina del Perímetro que lo apuntaba con un arma a la cabeza.
Shadera iba a morir allí. Pero él también.
Se miraron a los ojos, asesina y heredero, atrapados en un momento de comprensión tan perfecto como terrible.