6. No dudes
Greyson levantó la cabeza de la almohada a las cuatro de la mañana; el interior de su cráneo no era más que una cámara hueca de ecos.
Las sábanas estaban lisas; no había tenido sueños, ni pesadillas, ni siquiera descanso.
Rodó hasta ponerse en pie y permaneció desnudo en el centro de la habitación durante un minuto entero, dejando que la brisa fría se colara entre sus muslos.
A esa hora siempre era peor, el momento previo a que el ruido de la ciudad arrasara y ahogara su existencia.
Se movió por la penumbra con gestos automatizados, estirándose y haciendo crujir las articulaciones por el camino.
El ritual comenzaba en la ducha, donde dejaba que el agua cayera caliente sobre él hasta que la piel se le enrojecía y entumecía.
Se lavaba cada centímetro del cuerpo una y otra vez, con cuidado de no dejar rastro de Maya, ni pizca de complacencia que pudiera perdurar en caso de que su padre decidiera que hoy era un buen día para buscar pruebas de su vulnerabilidad.
Se vistió en silencio. El color negro de su uniforme Veyra lo señalaba como verdugo.
Era un traje hecho totalmente a medida, cada costura calculada para el uso y la intimidación.
Se anudó fuerte los cordones de las botas, con los nudillos blancos mientras se mordía la lengua hasta hacerse sangre.
Ignoró el leve temblor en su mano izquierda.
Se detuvo frente al tocador y contempló la máscara en su soporte de terciopelo. Llevarla puesta era convertirse en otra persona, asesinar al hombre que tenía dentro y dar a luz a la actuación.
Greyson la cogió y la hizo girar bajo la luz.
Buscó algún defecto, algún pequeño arañazo, alguna prueba de que alguien había jugueteado con ella.
Confiaba en que Maya jamás le haría daño, pero su padre le había advertido que los enemigos podían abrirse camino por los resquicios más estrechos.
Que una fina fractura podía suponer la diferencia entre legado y olvido.
Rezó para ser olvidado.
Notó el metal frío sobre la piel cuando se llevó la máscara a la cara y la ajustó hasta que sintió que estaba perfectamente encajada sobre sus rasgos.
Un hondo suspiro se asentó dentro de sus pulmones y lo dejó escapar poco a poco mientras se acercaba al arsenal que había en el extremo contrario del apartamento, junto a su despacho.
Sus dedos introdujeron el código como había hecho miles de veces, sin pensar en los números.
La puerta de acero reforzado se abrió con un suave sonido y Greyson entró en la sala.
Había armas del suelo al techo, colgadas en las paredes, de todas las formas y tamaños, también balas y equipamiento militar dispuestos y numerados a la perfección sobre los estantes.
Todo registrado en el inventario para que ningún objeto se extraviara.
En medio de la aséptica habitación, se extendía una larga mesa de metal, un lugar donde Greyson podía limpiar y mantener sus armas.
Cogió su revólver reglamentario Veyra de la pared y lo dejó sobre la mesa; su superficie mate absorbió la luz blanca y brillante.
Siempre lo limpiaba antes de usarlo, desmontándolo y volviéndolo a armar con una habilidad quirúrgica.
Mientras llenaba el cargador, le traicionó la mano: un temblor breve, una réplica del de cinco días antes, cuando había fallado a la hora de apretar el gatillo en el instante apropiado.
Soltó un rugido y golpeó el puño trémulo contra la mesa de acero. Aquel momento de debilidad lo habían visto miles de personas: su padre, los Veyra y toda la ciudad. Ahora le perseguía a él, como un espasmo fantasma.
Aquella vacilación le había hecho perder su último ápice de control.
Greyson se inclinó hacia delante, aspiró una honda bocanada de aire y cerró los dedos alrededor del borde de la mesa. Contó hasta diez, hasta veinte, hasta treinta, tratando de contener la rabia que dominaba su alma.
Tal vez su padre tenía razón. Era débil, demasiado débil para compaginar con firmeza las dos caras de su vida.
Dejó escapar el aire y permitió que sus dedos continuaran trabajando con el arma, poco a poco. Metió una bala, la inspeccionó por última vez antes de activar el seguro y se guardó el revólver en la funda que llevaba sujeta al hombro.
Disponía de veintisiete minutos antes de tener que hacer acto de presencia en la plaza.
Pasó diecisiete de ellos caminando en lentos círculos por el apartamento, comprobando que cada objeto y superficie estuvieran en orden.
Revisó por última vez el salón, tomando nota mental del silencio y del espacio limpio.
Memorizó la forma de todo, cómo entraba la primera luz de la mañana por el cristal, cómo aguardaba la ciudad a sus pies.
Las habitaciones estaban exactamente igual que el día que se mudó.
Le gustaba eso, pensar que el mundo exterior no podía tocar esas paredes.
No era más que otra fracción de control que Greyson estaba perdiendo.
Después de aquella noche, dejaría de pertenecerle solo a él y pasaría a manos de los votos, del contrato que su padre le obligaba a firmar. Pertenecería a Moraine Daunt.
A las seis y veinte se encaminó a la entrada y se puso los guantes.
Sus manos se deslizaron por el cuero, cada dedo se introdujo en su lugar como si estuvieran hechos para sus huesos, y los flexionó hasta que remitió el temblor.
El peso del día se le echaba encima, pero siguió adelante.
Hoy no había lugar para dudas, no había lugar para la vacilación.
Solo obediencia y la fría perfección de la ejecución.
El amanecer teñía de carmesí el mármol de la plaza, y Greyson parecía listo para pintarlo de un color aún más rojo.
El cadalso esperaba a sus pies como un altar de justicia; su superficie impoluta pronto quedaría bautizada con la sangre de otro rebelde.
Se ajustó la máscara, que le resultaba más familiar que su propio rostro, y revisó su arma de mano. Hoy le pesaba más que nunca.
El condenado se arrodilló delante de él en silencio.
Era una mujer del anillo Cardinal; el único crimen que había cometido era meter medicamentos de contrabando en el Perímetro.
El mismo crimen que él había cometido una y otra vez.
A la mujer le temblaban las manos atadas con la cuerda roja, pero sus ojos brillaban desafiantes, a pesar de las lágrimas que abrían surcos en sus mejillas sucias.
A Greyson se le cerró la garganta. Otra vida que arrebatar. Otra alma con la que alimentar el hambre insaciable de orden del Corazón.
Debería estar arrodillado junto a la mujer para recibir una bala.
A trescientos metros de distancia, agachada detrás de la barandilla ornamentada de un balcón lujoso, Shadera vigilaba a través de unos ojos robados.
La máscara de élite que le había sustraído a una mujer de la alta sociedad del Corazón borracha era un elemento extraño contra su piel.
Era de platino y perlas, cuando ella estaba acostumbrada al algodón ligero de su pasamontañas.
Sin embargo, le concedía acceso a esa torre, a ese punto ventajoso, perfecto para estudiar a su presa.
A través de la mira de su rifle, el rostro enmascarado de Greyson ocupaba todo su campo visual.
Era algo monstruoso, un caparazón insectoide que convertía sus rasgos en algo mitológico.
El uniforme negro le quedaba tan ajustado que podrían habérselo pintado sobre el cuerpo.
Permanecía de pie con sus manos enguantadas tras la espalda, los hombros tensados con una violencia controlada, absolutamente en paz delante de una ciudad que quería verlo en acción.
Detrás de él, las superficies reflectantes de las Torres Serel y Haven proyectaban la transmisión en directo.
Shadera tomó nota mental de todos los ángulos, todas las posibles fuentes de interferencia, y se permitió relajarse, al tiempo que giraba la mira hacia la rebelde.
Era una mujer que no reconocía, pero se percató de que mantenía la cabeza en alto con un gesto desafiante, a pesar de los temblores de su cuerpo.
Años atrás, ver algo así le habría hecho chillar o lanzarse al cadalso para intentar detenerlo.
Ahora tenía más experiencia y sabía que no podía parar los engranajes del Corazón que consumían a los oprimidos.
Ahora, en lugar de ello, decidió centrar su instinto animal en la misión.
La voz de Greyson se extendió por la plaza cuando el último de los asistentes llenó el espacio bajo el cadalso, frío y ceremonial.
—Por crímenes contra la Madre Patria y por quebrantar las sagradas leyes de New Found Haven, el Corazón juzga ahora a esta mujer.
Por orden del presidente Maximus Serel, el castigo justo será el más acorde con el crimen cometido: la muerte.
Los cargos son los siguientes: conspiración contra el Corazón, comunicación ilegal entre anillos, participación en actividades rebeldes y comercio de contrabando.
Todos los crímenes que mencionó eran leyes que él mismo había quebrantado.
—Tal como manda la tradición, los condenados tienen permitido hacer una última declaración y decidir el método de ejecución.
Como siempre, se giró hacia la rebelde y le preguntó si lo había entendido.
La mujer alzó el mentón y curvó los labios en una mueca de asco.
—Mi único crimen es mostrar misericordia, cuidar de aquellos que habéis olvidado. Tu bala es una bendición, la muerte es mejor que la vida en los anillos.
La palabra se le clavó en las entrañas.
«Misericordia».
A Shadera empezó a cerrársele la garganta, a nublársele la visión, mientras el público miraba fijamente a Greyson, como si el mismísimo aire escaseara hasta el punto de desaparecer.
El pánico comenzó a crecer en su pecho cuando él sacó su arma de la funda, y todo sonido quedó amortiguado en sus oídos, hasta que no quedó más que un silencio ensordecedor.
Los recuerdos parpadearon por detrás de sus ojos mientras Greyson acercaba el cañón a la base del cráneo de la rebelde.
Vio la cara de su padre cuando le dedicó a Maximus Serel una mirada de odio puro e inquebrantable, antes de que la bala le partiera la columna. A su madre cayendo a continuación, desplomada sobre su cuerpo ensangrentado.
Shadera no podía moverse, no podía ver, no podía respirar .
Greyson tragó saliva y su mano empezó a temblar cuando oyó que la rebelde susurraba algo. Una plegaria tal vez, o una maldición. No llegó a descifrarlo.
No podía dudar, otra vez no.
Se le nubló la vista y, acto seguido, apretó el gatillo.
El público estalló en aplausos cuando la sangre saltó formando un arco a través del mármol blanco, pero Greyson no lo oyó. Solo oía un rugido interior.
Shadera contuvo la respiración cuando el cuerpo de la mujer se desplomó. A través de la mira, vio que los hombros de Greyson se hundían casi imperceptiblemente, vio que guardaba su arma con una eficiencia mecánica, aunque algo vital moría bajo su máscara.
Observó cómo se acercaba al borde del cadalso y pronunciaba las últimas palabras de la ceremonia. Después le dio la espalda a la rebelde muerta como si la vida de la mujer jamás hubiese importado. Como si solo fuera otro animal asesinado al que no iba a dedicar ni un solo pensamiento.
La rabia se enroscó candente en su pecho al verlo bajar los escalones del cadalso como si nada, pero bajó el rifle.
Todavía no. El asesinato se produciría, pero sería algo personal.
Cara a cara. Quería que Greyson la mirara a los ojos cuando apretara el gatillo.
Quería que supiera perfectamente quién era la que iba a poner fin a su miserable existencia.