5. Por los pelos #4
Se movía con la elegancia de quien entiende perfectamente cuál es su papel.
Ni servil ni desafiante, sino algo cuidadosamente calibrado entre ambos extremos.
Su pelo oscuro iba recogido en una coleta tirante, dejando a la vista la línea distinguida de su garganta y realzando sus altos pómulos y sus profundos ojos castaños.
Llevaba un vestido negro sencillo que acentuaba sus curvas sin ostentación, lo bastante caro para no llamar la atención dentro de esa torre.
Maya vivía entre mundos, al igual que Greyson, por lo que hasta cierto punto entendía cómo era sentirse dividido entre los anillos.
Era del Cardinal, pero trabajaba para Callum en su club.
No era considerada de la élite porque no vivía dentro de los límites del Corazón, pero su capacidad para guardar secretos la convertía en algo muy codiciado por los hombres del Corazón.
Greyson era uno de sus secretos.
Maya se detuvo al cruzar el umbral y sus ojos encontraron el rostro enmascarado de Greyson. No intercambiaron palabras. No había necesidad de conversar ni de fingir una intimidad más allá de lo físico. Era una transacción elevada al arte.
Sin romper el contacto visual, estiró la mano por detrás del cuello y, con un solo movimiento, se soltó el cabello de la goma que lo sujetaba y se desabrochó el vestido.
La tela cayó al suelo con un susurro y se extendió a sus pies como tinta derramada.
Debajo no llevaba nada; tenía un cuerpo pálido y libre de marcas, libre de la violencia que estigmatizaba a la mayoría de los que vivían en los anillos exteriores.
La respiración de Greyson se agravó bajo la máscara. Era preciosa: suave donde el mundo lo había hecho duro a él, impoluta donde a él lo había transformado en algo a duras penas humano.
Maya dio un paso por encima de su vestido y se acercó a él lentamente, no con cautela sino con un deseo cada vez mayor. Posó las manos en sus pectorales y siguió con los dedos las líneas abultadas de viejas heridas.
—Es tarde, incluso para ti —dijo con una voz que apenas era un susurro.
Greyson la agarró de las muñecas tan fuerte que casi resultaba doloroso.
—No hables.
Maya asintió, entendiéndolo todo. Se dejó caer de rodillas delante de él, deslizando las manos por su torso con una reverencia ensayada. Esto era lo que necesitaba, una rendición absoluta de alguien que decidía ofrecerla, que entendía que el control era la única moneda que importaba en su mundo.
Greyson hundió los dedos en su cabello y tiró hasta que ella soltó un jadeo. El sonido le hizo estremecerse hasta la médula, ese equilibrio perfecto entre el poder y la sumisión hacía que se le acelerara el pulso de una forma que las ejecuciones jamás podrían hacerlo.
—Mírame —le ordenó.
Ella echó la cabeza hacia atrás y miró los agujeros oscuros de su máscara sin parpadear siquiera.
En sus ojos, Greyson no vio miedo, solo aceptación y anticipación.
Maya entendía lo que él era, lo que necesitaba, y se lo concedía como un sacrificio ofrecido de buen grado para su hambre de dominación.
Separó los labios mientras lo miraba; sabía de sobra lo que él ansiaba. Entendía que para él aquello no era una cuestión de placer, en realidad no. Quería tener algo, alguien, que le perteneciera por completo en estos momentos robados.
Su boca lo encontró, cálida y húmeda, y Greyson echó la cabeza hacia atrás al sentir el contacto. Se le escapó un gruñido grave desde detrás de la máscara cuando ella empezó a chupársela, introduciéndosela más y más en la garganta.
—Sí —jadeó, tirándole del pelo con los dedos mientras ella se la metía hasta el fondo—. Sigue así.
Los ojos de Maya no se separaron de los suyos en ningún momento, ni siquiera cuando las lágrimas asomaron al rabillo de sus ojos por la fuerza con la que la agarraba y la falta de oxígeno.
Greyson la observó, bebiendo la imagen de ella arrodillada ante él.
Había algo puro en su honestidad: sin política, sin máscaras salvo la suya, sin pretensiones.
Solo carne y voracidad y la dulce agonía de tener por fin, por fin, el control en sus manos.
Greyson tiró de su pelo para echarla hacia atrás, lo justo para ver sus labios hinchados, el hilo de saliva que los conectaba, y después volvió a arremeter hasta el fondo.
Notó que la garganta de ella se contraía, notó cómo le daban arcadas alrededor de su miembro.
Maya se agarró a sus muslos para mantener el equilibrio mientras él empujaba una y otra vez, y los sonidos húmedos de su boca llenaron el silencio estéril del dormitorio, obscenos y perfectos.
Maya gemía alrededor de su miembro y la vibración le provocaba escalofríos por todo el cuerpo.
La separó de sí de repente y, con la mano que tenía libre, le rodeó la garganta, no tanto para asfixiarla como para dejar clara la posesión.
Notó cómo le latía el pulso contra la palma de la mano, se percató de cómo temblaba entre el miedo y la excitación.
Eso era lo que necesitaba.
—¿Recuerdas tu palabra de seguridad? —le preguntó Greyson.
—Misericordia —respondió jadeante ella.
—Buena chica —ronroneó Greyson, y la alzó del suelo.
Greyson tomaría de ella lo que quisiera, perdería hasta el último ápice de control que le quedara, lo devoraría. Después, diecisiete horas más tarde, observaría cómo el deber lo devoraba a él.