Sanguinaria (El Corazón 1) 5. Por los pelos #3
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5. Por los pelos #3

Levantó una mano de la encimera y se echó hacia atrás los mechones de cabello negro azabache que se le habían caído sobre la ceja.

Después cerró el puño alrededor del cuello de la botella.

Arrastró el cristal por el mármol y dejó que el sonido reverberara en la caverna hueca que era su casa de cristal antes de llevárselo a los labios y dar otro trago.

Se encaminó al salón, hacia el cristal unidireccional con vistas a toda New Found Haven, y observó los millones de hogueritas y la neblina de neón que brillaban en el Perímetro. A veces deseaba haber nacido allí.

Al menos así se habría librado de su padre.

Imaginó la conversación del día siguiente. La voz de su padre afilada como el borde de un diamante, el aviso sobreentendido de que si Greyson no participaba en los votos ceremoniales y se casaba con Moraine, también sería reemplazado.

Se inclinó hacia delante, con la frente pegada al cristal, y pensó en las palabras de Callum.

«El equilibrio no existe en New Found Haven».

Si no existía el equilibrio, era imposible arreglar nada, así que ¿qué coño estaba haciendo? Sentía como si el mundo no dejase de dar vueltas y él no pudiera detenerlo. No podía controlarlo. Y era un hombre que necesitaba el control como el resto del Corazón necesitaba aire para respirar.

Sacudió la cabeza para tratar de despejar el ruido, el desastre en el que se había convertido su mundo. El reloj de la pared marcaba poco más de las dos de la madrugada; cada tic le recordaba lo que debía hacer: mostrar fortaleza, mostrar lealtad, mostrar al Corazón que no era el hijo débil.

Sus ojos se posaron en el interfono que había instalado en la mesita junto al sofá; la pantalla pequeña conectaba con los aposentos privados de su mayordomo y de todos los empleados domésticos que trabajaban para él.

Se acercó y estiró la mano; el dedo se cernió sobre el botón que conectaba con el apartamento de su mayordomo en la planta de abajo.

Si no podía detener la espiral, si no podía impedir los votos, al menos buscaría lo único que deseaba antes de que fuera demasiado tarde.

Presionó el botón y el interfono vibró al hacer la conexión.

—Chapman —dijo. La voz se distorsionó en el altavoz.

La respuesta llegó segundos después.

—Sí, señor, ¿necesita algo?

—Llama a Maya, a ver si está disponible. Si lo está, ve a buscarla y tráemela.

—Sí, señor, ahora mismo.

Greyson tragó saliva.

—Gracias, Chapman. Y perdón por la hora.

—De nada, señor —respondió Chapman, y la línea se cortó.

El silencio que siguió a la desconexión del interfono fue tan sonoro que llenó todo el apartamento. Greyson acabó con lo que quedaba de ginebra, dejó la botella en la mesita de café de cristal y se dirigió al dormitorio. Cada paso era medido, deliberado; caminaba entre el control y el colapso.

Su dormitorio era de un lujo espartano. Había una cama enorme con sábanas negras, paredes del color de la nieve recién caída y un solo cuadro de un mar tormentoso. Ni efectos personales ni fotografías. Nada que pudieran usar en su contra.

Se desnudó por completo, sin dejar que el resto de su ropa rozara el suelo, ya que la metió toda en el cesto de la ropa sucia.

El aire frío le puso el vello de punta cuando entró en el baño anexo.

El espejo reflejaba a un desconocido, un hombre compungido y atormentado.

Las cicatrices eran como relámpagos blancos que le cruzaban el pecho, ahí donde el entrenamiento Veyra había ido demasiado lejos, o cuando su padre había dado ejemplo con él cuando era niño.

Apartó la vista de su propio rostro, agradecido de que el mundo no fuera a verlo nunca.

La ducha se encendió de forma automática en cuanto puso un pie en las baldosas; el vapor se alzó en volutas cuando se colocó bajo la lluvia abrasadora. Dejó que arrasara la suciedad del garaje, el sudor del miedo, y se frotó hasta que tuvo la piel en carne viva.

Cuando salió, no se molestó en buscar una toalla, simplemente dejó que el agua se evaporara de su piel caliente mientras volvía al dormitorio.

El interfono vibró, así que se acercó a la mesita de noche, donde había otro aparato instalado en su superficie, y activó el canal para que Chapman pudiera hablar.

—Señor —se filtró la voz de Chapman—, Maya ha llegado.

A Greyson se le aceleró el pulso.

—Que suba.

Del cajón de la mesita sacó otra máscara. Las tenía guardadas por toda la casa, para tener siempre una a mano.

Se colocó la máscara en la cara; el peso que tan familiar le resultaba se en su piel como una armadura.

Incluso ahí, incluso en ese momento de liberación anticipada, no podía existir sin la barrera entre sí mismo y el mundo.

La superficie de obsidiana reflejó la luz tenue de la ciudad que se colaba por el ventanal de suelo a techo, pero no se molestó en cerrar las cortinas.

El repique suave del ascensor anunció su llegada. Greyson permaneció de pie en medio de su dormitorio, con las manos detrás de la espalda, y observó la puerta completamente inmóvil. Oyó los pasos de Chapman en el pasillo, el murmullo de las voces. Después, la retirada silenciosa de su mayordomo.

Maya entró sin llamar.