5. Por los pelos #2
Ajustó el agarre de la pistola, con la mirada fija en el espacio que se abría entre los vehículos, y vio una sombra salir de debajo del chasis de un coche.
Shadera se inclinó hacia delante, con todos los instintos a flor de piel. Fuera quien fuera esa persona, tampoco debía estar allí, o se habría acercado a pedirle sus credenciales.
Se acercó un poco más, esperando el siguiente error, el siguiente aliento.
Una gota de sudor le resbaló por la sien, recorrió el borde de su pómulo y se esfumó en el cuello de la camiseta. El olor a ozono y aceite de motor llenaba sus fosas nasales.
Retrocedió medio paso y recalibró su plan.
No había ido allí a matar a un conserje o un fantasma. Su objetivo estaba arriba, detrás de miles de toneladas de cristal blindado y prepotencia. Así que dejó estar a la sombra por el momento. No tenía tiempo para pelear con alguien que no era una amenaza activa.
Echó un último vistazo por encima del hombro, se recostó contra la pared y siguió subiendo la rampa hasta salir a la noche, rezando por que el Corazón siguiera dormido.
Greyson Serel estaba tumbado, con la columna pegada al frío hormigón, bajo el chasis de un vehículo patrulla de los Veyra. La luz de los focos del garaje se colaba a través del entramado de la suspensión e iluminaba el mundo en líneas marcadas y sombras inmóviles.
Ignoró la suciedad, los charcos de aceite usado que empapaban su uniforme. En vez de en eso, se centró en su tarea: meter los paquetes forrados de aluminio negro en algún hueco del chasis. Todos los movimientos eran una traición calculada. Si fallaba, el Corazón lo devoraría.
Hizo girar la llave inglesa que tenía en la mano y apretó el último tornillo de la malla antiescáner. Fue entonces cuando se le resbaló la llave inglesa de los dedos, rebotó en el travesaño de acero y aterrizó en el hormigón junto a su cabeza.
Greyson dejó de respirar.
Contó los segundos, con todos los músculos en tensión. Al cabo de un rato, oyó unos pasos que se movían con un ritmo lento y depredador por el cemento pulido. Maldijo entre dientes y se refugió todavía más en las sombras que le ofrecía el vehículo, inmóvil.
Las botas que llegó a ver eran negras, aunque no las reglamentarias, y se movían con la certeza de una persona hábil. De una persona entrenada militarmente. Las botas se detuvieron a su lado, y la última pizca de oxígeno abandonó su cuerpo.
Durante unos pocos instantes, se hizo el silencio en el garaje. Después, las botas giraron sobre sí mismas y desaparecieron tras otra hilera de coches.
Greyson se quedó donde estaba, incapaz de creerse su suerte. El sudor le cubrió las palmas de las manos mientras esperaba el sonido de la alarma de seguridad, los gruñidos de los sabuesos de las patrullas, la bala que le atravesaría el cráneo.
Pero no sucedió nada.
Contó hasta diez. Luego hasta treinta. Después hasta ciento veinte, y entonces salió rodando de debajo del coche.
En algún punto en la distancia, oyó el siseo de un ascensor y el chasquido presurizado de una puerta de seguridad.
Conocía la rutina. Después de cada ciclo, los Veyra enviaban un equipo de dos hombres a revisar posibles sabotajes, y acto seguido apuntaban el peso del vehículo y la telemetría GPS antes de marcharse a patrullar.
Greyson iba con retraso. Tenía unos dos minutos antes del próximo turno.
Comprobó una última vez que no hubiera nadie en el garaje, se quitó el polvo de encima, se colocó bien la máscara y se esforzó en aparentar que tenía permiso para estar allí a esas horas.
Cuando se encaminó a la salida, volvió a pensar en aquellas botas.
Si alguien lo estaba vigilando, tendría que reubicar el próximo envío, o incluso cancelar toda la operación.
Tal vez fuese una coincidencia, pero había escapado demasiado por los pelos para sentirse cómodo.
Lo último que quería era ser el motivo de otra purga, otra ronda de ejecuciones en la plaza.
Llegó al pasillo del personal, escaneó su credencial y atravesó las puertas, obligándose a ralentizar el ritmo, a caminar con la confianza sosegada de un hombre que no tiene nada que temer.
A ojos de los demás, no debería tener nada que temer.
Era el hijo del presidente, un Veyra de alto rango, el verdugo del Corazón. Pero él sabía la verdad.
El retumbar de sus botas por el pasillo reverberaba en sus propios nervios, pero mantuvo la compostura y los ojos al frente.
El corredor consistía en sesenta metros de mármol blanco iluminado con luces LED que hacían que cada defecto en su apariencia se convirtiera en una confesión.
Greyson contó sus pasos; cada uno le acercaba más a la seguridad de su propia casa.
Estuvo a punto de chocarse con el primer Veyra en la intersección del exterior de la central de seguridad.
Era un hombre alto de hombros anchos, con la máscara firmemente asentada en el rostro.
Iba acompañado de otro agente, más bajo y más ancho, que llevaba las manos cruzadas detrás de la espalda.
Su casco mostraba un reflejo resplandeciente de la iconografía del Corazón.
El material negro de policarbonato tenía tallado el emblema rojo sangre de la ciudad.
La máscara del primer oficial mostraba su rango.
Solo los capitanes y tenientes tenían el honor de portar la máscara en todo momento, salvo durante las ceremonias de ejecución, cuando utilizaban casco como el resto de oficiales.
Todos los demás Veyra llevaban cascos de patrulla, listos para entrar en combate en cualquier momento.
No tuvieron que pedirle identificación; la máscara de Greyson les dejaba claro quién era.
Los guardias se cuadraron al verlo.
Reconoció al más alto por los andares. El capitán Mikel.
—Buenas noches, señor —dijo Mikel con una voz que rozaba la insolencia, al tiempo que inclinaba la cabeza.
Greyson les dedicó un asentimiento rápido y dio un paso a un lado, obligando a Mikel a retroceder en el pasillo. Una lección de primacía para todos los presentes. De reojo llegó a ver cómo el capitán apretaba el puño antes de recomponerse.
—Una hora poco habitual, señor. Por protocolo, todas las unidades están en aislamiento. ¿Hay algún problema? —El tono de duda abrió una fisura imperceptible en la actuación.
Greyson sintió la boca seca, como si estuviera sellada al vacío detrás de la máscara. Alargó la pausa todo lo posible para que Mikel no tuviera claro si iba a recibir una reprimenda o si lo estaba ignorando.
—¿Te preocupa que haya descubierto algún problema? —replicó, cambiando su postura para parecer más amenazador.
El capitán lo miró durante un instante más de lo necesario. Greyson percibió que anotaba cada detalle, que reevaluaba su lealtad en algún archivo privado. Se preguntó si así era como su padre amasaba tanto poder, con un millón de momentos como este que funcionaban como engranajes de la paranoia.
—No. Vamos a continuar —respondió Mikel, agachando la cabeza.
Los dos guardias se marcharon a paso idéntico mientras Greyson recorría el resto del camino hacia el ascensor sin incidentes. Al entrar, metió la llave de su planta y el cristal escaneó sus datos biométricos. Entonces soltó el aire de forma lenta y controlada.
Su apartamento era una cueva de orden. Todas las superficies estaban limpias y estériles, todos los ángulos diseñados para una ocultación absoluta.
Cerró la puerta, comprobó el cerrojo manual (un ademán anticuado, pero en el que confiaba más que en el sistema del edificio) y se quitó la máscara.
La dejó en el soporte y la miró, como si esperase que cobrase vida y se moviese.
Se dirigió a la enorme cocina abierta, de encimera de mármol blanco y armarios negros, y sacó una botella de ginebra de un rincón. No se molestó en buscar una copa, se acercó el cuello de la botella a la boca y bebió.
El calor de la bebida abrasó la adrenalina de lo que acababa de hacer por décima vez, entumeciendo los bordes en los que su furia y su odio se enconaban en la oscuridad. Dio otro trago, dejó la botella en la encimera y se limpió la boca con el dorso de la mano.
Metódicamente, se desabrochó la camisa, despegando la tela negra de su piel y doblándola en un cuadrado perfecto. Colocó las manos sobre la encimera de mármol y extendió los dedos sobre la superficie, presionando la palma para absorber el frío.
Poco a poco, permitió que esa furia, ese aborrecimiento saliera a la superficie, mientras pensaba en los votos ceremoniales que tendrían lugar en dieciocho horas, en las ejecuciones programadas por la mañana, en que su padre no había movido ni un puto dedo para buscar al asesino de Brooker.
Todos los verdugos del Corazón obtenían una marca, un tatuaje que señalaba su función.
Brooker tenía un corazón tatuado sobre su pectoral izquierdo, atravesado por una bala.
Para ser alguien que había provocado tanto dolor, su umbral para soportarlo era bajísimo.
Así que su tatuaje era pequeño; no tuvo que estar mucho tiempo sentado mientras se lo hacían.
Sin embargo, Greyson disfrutaba con el dolor. Disfrutaba al sentir cómo se abría la carne, cómo llevaba su cuerpo al límite. Era algo que podía controlar, cómo reaccionaba al dolor y cómo permitía que le afectase. El dolor le recordaba que seguía vivo.
Su marca se extendía por toda su espalda, desde los hombros a la cintura. Era una calavera tatuada con tinta negra intensa, y la única piel que asomaba eran los huecos de los ojos, la nariz y los dientes. Era lo apropiado para Greyson, ya que estaba convencido de que estaba muerto por dentro.
Aquella marca se ondeó en su espalda cuando flexionó los músculos por la rabia.
Greyson necesitaba ejercer el control y, actualmente, su padre lo ostentaba por completo.