5. Por los pelos
Shadera Kael se coló en los túneles de mantenimiento con el aliento contenido en la garganta; la escotilla de entrada se cerró a su paso con un carraspeo de carbono y polvo.
El mundo de la superficie y su clamor cruel quedaron sofocados al momento, sustituidos por el silencio del hormigón que calaba hasta los huesos.
Sacó las gafas de visión nocturna, esperó a que sus ojos se acostumbraran y se tragó el miedo que afloraba en cualquiera que supiera para qué se construyeron esos túneles.
No era solo para el paso de las patrullas a pie de los Veyra, sino que drenaban la sangre, los desechos, la vida .
Las entrañas de la ciudad eran el lugar donde las cosas morían.
Se movió en la oscuridad mientras las alimañas salían huyendo a su paso; las botas se le hundían en un cieno a medio camino entre el barro, la ceniza industrial y otras sustancias que prefería no saber lo que eran.
De las vigas del techo goteaba una lluvia constante de aguas residuales, cada gota como una aguja fría en sus clavículas.
Sacó su pistola con silenciador con una mano y la otra la mantuvo cerrada alrededor del asa de su mochila de equipamiento.
Contó los pasos. Cada cincuenta había un sensor en la pared del túnel, unos infrarrojos vidriosos tras el cristal cubierto de telarañas. Se desplazó por las zonas letales deprisa, respirando a través del pasamontañas que le cubría la cara.
No eran las ratas lo que la molestaba, sino el modo en que parecía que estaban tomando nota de su avance; sus ojos brillaban como el carburo, y jamás se escabullían lejos. Como la propia ciudad, buscaban a los débiles.
Pasó sin problemas por debajo del primer puesto de control entre el anillo del Perímetro y el del Cardinal, y antes de lo previsto. El resplandor del reloj de muñeca teñía de rojo las gotas de sudor.
Los horarios de las patrullas de los Veyra eran muy precisos, y esa noche el intervalo entre una y otra era escaso: apenas tres horas.
Ahí llegarían los problemas.
La sección del túnel que pasaba por debajo del Cardinal era donde las microbandas de la ciudad acechaban en las sombras. Sabían que, si te habías acercado tanto al Corazón y seguías con vida, tenías algo que merecía la pena robar.
Shadera los oyó mucho antes de verlos: el golpeteo de los dados, el susurro de unas risas que se interrumpieron al acercarse ella.
Ralentizó sus pasos y, con la mano que tenía libre, sacó un cuchillo de su muslo, dejando que la penumbra la cubriera, contando sus voces.
Dos, tal vez tres. Al otro lado de la pared, percibió un hedor cálido a químicos.
Aguardó a que se produjera un momento de calma entre tanta bravuconería y, acto seguido, se adentró en el hueco, con la pistola en ristre y el cuchillo escondido detrás de la espalda.
El que tenía más cerca —que era todo huesos, estaba rapado al cero y, a juzgar por sus tatuajes, provenía del Perímetro— se abalanzó sobre ella con un pincho oxidado, gritando.
Ella se hizo a un lado y le enterró la hoja bajo la mandíbula.
El cuerpo quedó inerte, los ojos mirando a la oscuridad cuando lo dejó caer al suelo sin hacer ruido.
El segundo hombre se lanzó a por ella con el arma lista para disparar, pero fue demasiado lento; estaba muy puesto de especia del Perímetro. Shadera disparó una sola vez, una bala letal que se le hundió entre las cejas.
El último de ellos, un hombre mayor y cauto, se quedó ahí sentado, con las manos en alto, temblando.
—Lárgate —le ordenó ella en voz baja—. Si vuelvo a verte aquí abajo, te abriré en canal y haré que te coman las ratas.
El tipo se esfumó, dejando a su paso un hedor a terror y orina. Shadera pasó por encima de los cadáveres, recolectó todo lo que le pareció útil y siguió avanzando sin pensarlo dos veces.
Por esto mismo era temida en todos los rincones de la ciudad, incluso por aquellos que no conocían su nombre. Porque, cuando llegaba el momento de asesinar o ser asesinado, no dudaba.
No tenía miedo a la muerte y, siendo sincera consigo misma, incluso le agradaba la idea. Eso era lo que la hacía letal, lo que la convertía en la mejor arma de Jaeger Nolin.
Shadera giró a la derecha cuando el pasillo se dividió en dos sin levantar la vista de su reloj.
Tenía los túneles grabados a fuego en su cerebro, se había aprendido todos los caminos y cruces a base de repetición y estudio.
De momento, solo había tardado sesenta minutos.
Pronto llegaría al Corazón y tendría que encontrar algún sitio donde refugiarse hasta la noche, cuando cometería el asesinato.
El túnel ascendía en vertical hacia el centro del Corazón.
Allí, los muros estaban recubiertos de aislamiento de titanio y el aire era más frío y antiséptico.
Hasta las ratas habían aprendido a guardar distancias.
Shadera encontró el conducto de mantenimiento que había marcado hacía semanas, forzó el panel para abrirlo y se aupó a la cornisa del hueco del ascensor de la Torre Serel.
Ahí era donde casi todo el mundo perdía la vida cuando intentaban adentrarse en el Corazón, ya fuera por la caída o aplastados por el ascensor si no conseguían apartarse a tiempo.
Pero Shadera no era como casi todo el mundo.
Tenía que trepar hacia arriba, y los asideros estaban pegajosos, aunque esperaba que fuera solo por la condensación.
Apretó las tiras de su mochila tras enfundar la pistola. Después empezó a subir a la superficie. Escaló deprisa; sus botas no resbalaron en ningún momento mientras se movía como una araña por su tela.
Se detuvo a medio camino y aguzó el oído.
Detectó el susurro leve de los ventiladores industriales más arriba. De abajo le llegó un tintineo repentino, de metal golpeando metal. La escalera a la que estaba agarrada empezó a vibrar. Contuvo el aliento.
El sonido sonaba cada vez más fuerte, un gemido mecánico que le sacudía hasta los huesos.
El ascensor se estaba acercando, rápido y despiadado, como una guillotina.
A Shadera se le aceleró el pulso y sintió que se mareaba cuando empezó a trepar a toda velocidad, obligando a sus extremidades a moverse más deprisa.
El pánico le estalló en el pecho. Una desconocida punzada de miedo le atravesó el estómago. No era la adrenalina controlada de una cacería, sino el terror animal de que la aplastaran como a un insecto.
El impacto al tomar conciencia de ello hizo que forzara más las piernas.
Apretó los dientes y se instó a tragarse el miedo, a mantener la calma.
El ascensor se acercaba a toda velocidad, como una bala por un cañón. Shadera soltó un improperio mientras subía con dificultad tratando de escapar de su trayectoria. Estaba ya tan cerca de ella que sentía que el aire le comprimía los pulmones, olía el aceite de sus engranajes gigantescos.
Se tumbó de lado en un hueco estrecho, apretándose como pudo contra el conducto de mantenimiento mientras la cabina pasaba a su lado como un tren de carga, llevándose consigo las armas que tenía atadas al muslo izquierdo.
La corriente de aire tiró de sus piernas como si quisiera arrastrarla a las fauces hambrientas de la máquina.
Shadera se hundió más en el hueco diminuto, con las costillas tan comprimidas que le costaba respirar. El metal gimió a su alrededor, el esqueleto del edificio protestó por el peso. Era un ruido ensordecedor, un grito que moría al instante conforme el ascensor seguía su curso hacia arriba.
Permaneció encajada en ese rincón diminuto, con el corazón latiendo desbocado en su pecho. Sentía cada latido, rápido y vivo, y una sonrisa breve y salvaje curvó sus labios antes de que se le escapara una carcajada aguda de la garganta.
«Así que esto es el miedo».
Cuando regresó el silencio, exhaló lentamente y volvió al hueco del ascensor. Le temblaban las manos; no se notaba mucho, pero así era. Apretó los puños hasta que se le pasó el temblor.
Siguió subiendo, cada vez más arriba, en busca del núcleo envenenado del Corazón, donde Greyson Serel debía de estar durmiendo, ajeno a que la muerte estaba trepando los muros para dar con él.
Alcanzó la escotilla de servicio del garaje subterráneo del Corazón y se detuvo.
Aguardó, contando los segundos con su pulso.
Había memorizado los turnos de los guardias, la forma en la que los Veyra del Corazón paseaban sus porras en círculos lentos.
Esperó por si oía el chirrido característico de un dron o los pasos pesados de las botas de algún guardia.
Silencio.
Hizo girar la compuerta y abrió una rendija. La luz que se coló por ella era cegadora, brillante y blanca. Se aupó, se tumbó sobre su estómago y se levantó del hormigón mientras sus ojos se adaptaban.
El garaje era un altar al orden: había hilera tras hilera de vehículos patrulla de los Veyra, aparcados con la precisión de tumbas militares.
Las carrocerías estaban brillantes, y hasta el aire parecía filtrado y demasiado quieto.
Shadera se movió agachada entre los coches resplandecientes; su reflejo aparecía distorsionado en los embellecedores de platino.
Esto era lo que había planeado. Veinticuatro pasos desde el hueco del ascensor a la salida a pie de calle de los vehículos, ni más ni menos. Los recorrió en silencio, sintiendo que el frío la calaba hasta los huesos con cada zancada medida al milímetro.
A medio camino, se quedó inmóvil.
Un sonido, el sonido de metal contra hormigón, resonó en el espacio cavernoso.
Se agachó detrás del vehículo más cercano, con la pistola con silenciador en ristre, lista para disparar. La sangre surcaba sus venas con tanta fuerza que pensó que la oía a través de sus poros.
Había alguien. Alguien que no había previsto.
Aguardó. El silencio se alargó, interrumpido únicamente por el zumbido de las luces del garaje. Shadera se concentró en respirar lentamente, para que la adrenalina diera paso a una mente clara y centrada.