Sanguinaria (El Corazón 1) 4. No mueras #3
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4. No mueras #3

La confesión la pilló desprevenida y lo miró fijamente a los ojos. Los hombres como Jameson no admitían el miedo, se lo tragaban con licor barato y dejaban que se pudriera hasta que los envenenaba desde dentro. Pero ahí estaba él, enseñándole la garganta para que ella le diera un tajo.

Shadera se puso en pie lentamente; el arma le pesaba en la mano.

—Tener miedo es de ser inteligente, te mantiene a salvo.

—Entonces sé inteligente, Shade. Deja pasar este encargo.

Se le escapó una carcajada.

—¿Que lo deje pasar? ¿Crees que puedo dejar pasar a Greyson Serel ? —Señaló la pared en la que su cara enmascarada les devolvía la mirada, llena de agujeros de todos los cuchillos que le había lanzado—. Esa familia destruyó todo lo que quería. Mi vida, mis…

—Tus padres —terminó Jameson en voz baja—. Lo sé. Pero desperdiciar tu vida no te los traerá de vuelta.

—¿Quién dice que voy a desperdiciarla? —Se dirigió a las taquillas y empezó a sacar su equipo: un chaleco antibalas, gafas de visión nocturna y un escáner de drones—. Tal vez por fin pueda recuperarla.

Él la observó mientras lo recogía todo; cada objeto de su equipo desaparecía en su mochila en un lugar estratégico.

La distribución tenía que ser perfecta: demasiado pesada y no podría trepar por el hueco del ascensor; demasiado ligera y no tendría potencia de fuego suficiente para abrirse paso en el caso de que tuviera que escapar.

—¿Y si te pido que no vayas?

La pregunta hizo que Shadera se detuviera de golpe. La mano se le paralizó en mitad de un movimiento, cuando iba a coger un rollo de cuerda de rapel.

—¿Y si me pongo de rodillas ahora mismo y te suplico que te quedes? —La voz de Jameson sonaba descarnada, desprovista de su habitual tono engreído—. ¿Serviría de algo?

Shadera notó que se le cerraba la garganta. Podía imaginárselo: Jameson Vine, que no se había arrodillado ante nadie, dejándose caer de rodillas en el suelo de cemento de su almacén. La imagen le daba ganas de vomitar y hacía que algo se le retorciera dolorosamente en el pecho.

—No —susurró.

No era mentira.

—Mírame al decirlo.

Se giró para encontrarse de frente con su mirada y contempló sus ojos, furibundos como una tormenta de otoño.

—No, Jay, no me quedaría. Y no es porque no me importes ni porque tenga ganas de morir. No espero que lo entiendas, pero debo hacerlo. Debo hacerlo por mí .

Se quedaron mirándose el uno al otro y los segundos fueron pasando; ninguno de los dos sabía qué decir.

Ella quería asegurarle que volvería, que llegaría a casa sana y salva, pero era una promesa que se negaba a hacer.

Así que, en su lugar, se quedó callada, memorizando su rostro hasta que la luz de su reloj se iluminó en rojo, la señal de que era medianoche.

Era el momento.

Sintió una emoción repentina y feroz, lo que sentía antes de matar, antes de que el mundo entero se redujera al tamaño de su objetivo. Se echó la mochila al hombro y notó su peso contra sus cicatrices.

Se acercó a Jameson mientras se abrochaba la cartuchera alrededor del muslo. Después le cogió la cara con las manos; las palmas llenas de cicatrices le presionaron las mejillas.

—Eres un buen hombre, Jay. Si todo sale bien, serás el primero en saberlo cuando regrese.

Jameson no pidió su aprobación, no pidió permiso cuando la atrajo hacia sí y la besó con fuerza, con rabia y con miedo. Shadera se lo permitió, le permitió que se llevara eso.

Tal vez ella también quería llevárselo.

Cuando se apartó, descansó la frente en la de él durante un instante. Después posó la palma en su pecho y se alejó. Esbozó una sonrisa triste cuando pasó a su lado en dirección a la puerta.

Jameson le atrapó la mano y la detuvo.

—No mueras, Shade.

—Lo intentaré, pero no prometo nada —contestó ella. Le dio un apretón en los dedos y se soltó.

Un suspiro pesado escapó de sus labios en cuanto salió por la puerta y se adentró en el Perímetro.

La cuenta atrás comenzaba a medianoche y su reloj iba descontando los segundos en silencio. Tenía dos horas y cincuenta y dos minutos para llegar al Corazón antes de la siguiente patrulla.

Jameson se quedó en el almacén desierto, rodeado del rastro fantasmal de Shadera. Miró a su alrededor y se fijó en cómo lo había dejado, evocando todas las imágenes que tenía de ella paseándose entre aquellas paredes de hormigón a lo largo de los años.

Soltó un gruñido, se deslizó las palmas de la mano por la cara y se sentó en el borde de la cama, donde permaneció un instante apoyando los codos en las rodillas. Recorrió distraído con los dedos el punto frío en el que ella se había tumbado mientras permitía que el silencio lo cubriera todo.

Sabía que algún día Shadera sería una leyenda. Que corearían su nombre en las calles cuando el cambio llegara a New Found Haven. Pero nunca se había imaginado que ella podría no estar presente para presenciarlo.

Matar a Greyson Serel incitaría ese cambio, daría pie a la guerra entre anillos que ya estaba a punto de comenzar.

Cuando se echó en la cama y colocó los brazos por detrás de la cabeza, se preguntó si Shadera pensaba en él cuando mataba. Si alguna vez recordaba su cara en los momentos en los que no sabía si volvería a casa.

Esperaba que sí.